2/10/09

MITOLOGÍA E ICONOGRAFÍA EN EL MUSEO DEL PRADO




Leí y disfruté con este libro durante el mes de agosto, y ahora me gustaría que otros disfrutaran también con su lectura. Esta reseña anteriormente ha sido publicada en La2Revelación:




PILAR GONZALEZ SERRANO es la autora de este libro, resultado de años de investigación y de recopilación de datos, de reflexión sobre una gran cantidad de imágenes y de interpretación de sus contenidos. Licenciada en Filosofía y Letras, (sección de Historia), en la UCM, en 1957. Posteriormente se doctoró en Historia, en 1965, con la Tesis Tipología de las ánforas romanas en la Península Ibérica. Profesora Titular de Arqueología de la UCM, en la que ha ejercido su labor docente durante 47 años, hasta su jubilación en 2005. Autora de diversos libros y numerosos artículos de Arqueología e Iconografía clásicas, dirigió varios Seminarios, en especial, el de Iconografía del mundo clásico, cuyo material y reflexiones dieron origen a esta obra. En la introducción, la profesora González nos cuenta con qué placer recuerda aún las clases que recibió del profesor Diego Angulo (toda una institución de la Historia del Arte en España), a pie de cuadro, en el Museo del Prado, los lunes por la tarde cuando el museo estaba cerrado al público. Realmente, semejante privilegio es digno de ser recordado con orgullo y placer.
En cuanto al objetivo de esta obra, ha sido presentar al disfrute visual y la reflexión sobre los mitos en los que se basan, mostrando las obras pictóricas de carácter mitológico que guarda y expone nuestro gran Museo del Prado. La mitología griega y la religión judeocristiana son los dos pilares en los que se fundamenta nuestra cultura, la cultura occidental. Y entiendo que, en la medida en que la representación de los mitos parece encontrarse, en el caso español, en un nivel un tanto más bajo que la iconografía religiosa, poderosísima desde el medioevo, parece oportuno llenar este, no llamémosle vacío, sino desnivel.
El ensayo que nos ocupa está estructurado como sigue: una introducción donde se explica el origen y finalidad de esta investigación, y se da una breve noticia bibliográfica. Un segundo y muy interesante apartado, por los detalles que en él se incluyen, se dedica al Museo del Prado, a su origen y posterior desarrollo y usos, hasta el momento actual. Un tercer apartado desarrolla los conceptos de Mitología y de Iconografía, y un cuarto realiza un breve avance, a modo de resumen, sobre la pintura mitológica en el Museo: sus orígenes y procedencia, los pintores más importantes y los personajes mitológicos representados.
A partir de aquí ya se entra en materia, pasando directamente a hablar de las ¡doscientas doce! obras, catalogadas en apartados por escuelas pictóricas: Española, Italiana, Flamenca, Holandesa, Alemana, y Francesa. No sólo se nos muestra la obra que habitualmente podemos ver en el Prado, sino lo que se viene a llamar el Prado disperso, es decir, obras que han estado en El Prado y ahora están ubicadas en otros museos o edificios o en los fondos del Museo. La autora respeta la clasificación tradicional de los cuadros, por autores y países, que nos resume al principio. Antes de abordar una o un grupo de obras de un artista, reproducidas en pequeño formato, introduce un texto ilustrativo de su vida y obra, para situarnos en su contexto. Por último, se incluye un apéndice explicativo de los personajes mitológicos, su autoría y clasificación, y, naturalmente, una extensa bibliografía.


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En cuanto al apartado Mitológico-Iconográfico, se ocupa en primer lugar de la definición el mito a la manera clásica, no en su versión amplia actual. Según otro estudioso del tema mitológico, Carlos García Gual, podemos definir el mito como un relato, una narración que puede contener elementos simbólicos, pero que, frente a las imágenes de carácter puntual, se caracteriza por presentar una “historia”. El relato mítico tiene un carácter dramático y ejemplar, siendo el rasgo básico de su representación el antropomorfismo de las fuerzas naturales o de los dioses. La tradición mítica es un fenómeno social, los mitos son “historias de tribu” que viven en el “país de la memoria”. Los límites de la mitología y la religión son algo confusos, y desde luego, el mito está más cerca de ella que de la filosofía, que desde un primer momento se le opuso: razón frente a creencia, logos versus mythos. Pero el mito, a diferencia de la religión, que implica unos ritos y unas normas morales, funciona más bien como una leyenda popular, algo que se cuenta de generación en generación y que sirve de alimento para el comienzo de la literatura: la poesía épica, y el drama. Los primeros recolectores y organizadores de mitos fueron Homero y Hesíodo, y posteriormente toda la tragedia clásica se nutrió de ellos. Los mitos se imbrican entre sí, constituyendo un conjunto de historias y de personajes relacionados, que es lo que llamamos Mitología.
En cuanto al tema de la representación iconográfica del mito, que es de lo que se ocupa este ensayo, los protagonistas de los mitos son seres extraordinarios, generalmente divinos o heroicos, como en el caso griego. Los dioses intervienen en la creación del mundo, en el orden de las cosas y de la vida humana. Y los héroes despejan el camino de monstruos y sombras. Tanto unos como otros son representados con formas humanas, aunque los dioses suelan transformarse en animales o fuerzas de la naturaleza para determinadas acciones, como los diversos aspectos de toma Zeus para acercarse a sus objetos de amor: águila, para raptar a Ganímedes, cisne, para poseer a Leda, toro, para raptar a Europa, etc. También cada personaje tiene tradicionalmente unos atributos iconográficos, como el tocado de Hermes y sus sandalias, provistas de pequeñas alas; o el casco y armadura de Atenea, el rayo en las manos de Zeus, la lira en los brazos de Apolo, el tridente de Poseidón, etc. Y es de este modo que los artistas han reflejado en sus obras los modos en que tradicionalmente se nos han presentado los personajes y relatos mitológicos, recogidos en las diversas obras que a su vez recuperaron la primitiva tradición oral, transmitida a través de generaciones. Ovidio, en su Metamorfosis, ha servido de fuente para una gran mayoría de artistas del Renacimiento y posteriores, a la hora de plasmar en una imagen visual, en una pintura o escultura, los personajes o las escenas de los mitos griegos. Y paulatinamente, toda la tradición trágica griega, Homero y Hesíodo, han ido inspirando a nuestros artistas, que han bebido de ese pozo el agua maravillosa del mito.
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No vamos, obviamente, a comentar todos los cuadros que se nos muestran y de los que nos habla en el libro, sino más bien destacaremos algunos autores, temas repetitivos y obras con un interés especial. Aun así, habrán de disculpársenos olvidos imperdonables. Desde una visión general, el gran adalid de la pintura mitológica, si nos atenemos al número de cuadros suyos que el Prado posee, es, sin duda alguna, Rubens. A gran distancia de los demás, incluido Velázquez, ya que en la pintura velazqueña los temas mitológicos componen una sección reducida. De otros autores, italianos o españoles, no hay un número de obras tan arrollador como se da con Rubens y su escuela. Sin embargo, si miramos la obra desde un punto de vista cualitativo, es decir, el tema tratado y de qué modo, las posiciones varían. Porque hay muchos temas que se repiten, por ser más usuales en la iconografía, mientras que otros son más raros o sencillamente, desconocidos. El caso de Prometeo escapando con el fuego o castigado por el buitre; Leda y el cisne; Dánae y el polvo dorado; el rapto de Europa; Dioniso-Baco en distintas situaciones; el juicio de Paris; Hércules y sus hazañas; Orfeo y Eurídice; y un largo etcétera, son interpretados por distintos pintores en formas más o menos diversas, siempre ateniéndose a una iconografía similar. Otros autores prefieren usar el hecho mitológico como excusa para mostrarnos un bello paisaje, como Patinir, por ejemplo, en su Paso de la laguna Estigia, o la Muerte de Adonis que Martínez del Mazo copia de Rubens.
En la pintura holandesa, con representación muy minoritaria en el museo, predomina el paisaje sobre la escena narrada, como en el caso de El baño de Diana y El dolor de Hécuba, de Van Poelenburgh y Leonardo Bramer, respectivamente.
Y en la francesa, dominan las obras corales de Poussin y, para mi gusto, un delicioso Acis y Galatea, de Ch. de la Fosse y la pareja de obras Diana y Calisto y Júpiter y Antíope, de Jean B.-M. Pierre, de sabor absolutamente rococó y de regusto boucheriano.
En la pintura española hay obras que son más peculiares, como es el caso de las pinturas velazqueñas de Las Hilanderas o su Mercurio y Argos. Las Hilanderas, magnífica y compleja obra de Velazquez, cuyo tema es el del mito de Aracne, sitúa precisamente a las protagonistas en un discretísimo tercer plano, eso sí, recibiendo de lleno la iluminación. Y en el caso de Mercurio y Argos, obra de su última etapa, de muy libre trazo, nos los presenta muy relajados, ignorando los cien ojos de Argos y reconociendo a Mercurio únicamente por su tocado alado, y colocando a la vaca Io tras ellos, para recordarnos el motivo de la vigilancia de Argos. Rubens nos presenta, por su parte, el mismo mito en su momento culminante de acción. Y también el caso del Marte (Ares) velazqueño, que, si bien lleva puesto su casco y a sus pies yace su escudo, la pose es atípica, de absoluto relax y abandono, y con un mostacho que le hace parecerse más a un tercio de Flandes después de hacer una siesta, mostrando sutilmente la decadencia militar española del momento, como sugiere la autora. La obra de José Ribera, El Españoleto, es impactante: las figuras mitológicas que nos presenta, los condenados a eternos castigos, Ticio (tema tratado por Tiziano, de un modo muy distinto) e Ixión, un tanto difíciles de identificar, sin embargo tienen una carga dramática tremenda, por el uso del claroscuro, y por los escorzos y la expresividad de los cuerpos dolientes. Los trabajos de Hércules de Zurbarán, también son un caso peculiar, y casi desconocido hasta ahora, en los que tampoco el artista se acoge a la iconografía clásica, aunque respete los símbolos herculanos de la maza y la piel del león, pero las poses son también atípicas, ya que, según sugiere la autora, el artista probablemente no tuvo acceso a imágenes clásicas.
En cuanto a la pintura italiana, Tiziano tiene pocos, pero magníficos cuadros, destacando la Bacanal de los andrios, donde figura el bellísimo desnudo triangular de una supuesta Ariadna, un espléndido Venus y Adonis, y una de sus cuatro versiones de Danae. Tanto Veronés como Carracci aportan deliciosas Venus y Adonis, y el mejor discípulo de Carracci, Guido Reni nos deleita con la obra cuyo detalle ilustra la portada del libro: Atalanta e Hipómenes, en su competición vital, usando el ardid de las manzanas de oro. Obra de tensa composición, donde el fuerte escorzo de Atalanta contrasta con la ahusada y ligera figura de Hipómenes. Otro artista a destacar es Luca Giordano, muy querido en la corte española, del que destacaría su Perseo victorioso y su Andrómeda.
La escuela flamenca tiene la mayoría aplastante de obra. Caso especial es el de Rubens y su escuela, por la cantidad de obra con tema mitológico que guarda El Prado, gracias, en parte al encargo recibido de Felipe IV (ciento trece cuadros, de los cuales, sesenta y tres de escenas mitológicas) para la Torre de la Parada, su pabellón de caza. Aunque Rubens, genial pintor, cotizadísimo y agobiado de encargos en su época, no acabara todas sus obras y delegara en sus alumnos del taller, éstos eran de la talla de Van Dyck, Jordaens, Teniers, etc., con lo que quedaban en buenas manos. Así que este encargo explica la abundancia de obra suya en el Prado. Y no toda procede de ese encargo, sino de otras compras que la corona española le hizo en distintas épocas, ya que, como digo, era un pintor de merecida y amplísima fama, que además realizó misiones diplomáticas relativas a compras o clasificaciones de arte entre unos reinos y otros. Sus pinturas, dotadas de una gran movilidad y brillante colorido, así como una fuerte expresión, forman un núcleo importantísimo en cuanto a pintura mitológica se refiere. Es harto difícil destacar alguna de sus obras, pero en mi opinión, su versión de Mercurio y Argos, tan diferente de la de Velázquez, su Orfeo y Eurídice, el Rapto de Proserpina, y el magnífico Juicio de Paris y el Rapto de Europa, son grandísimas obras maestras.
En fin, que tenemos ante nosotros el resultado de una investigación profunda sobre el tema, y un acúmulo de datos, detalles interesantes, relatos, todos ellos ligados a imágenes en muchos casos magníficas, en otros quizá menores, pero que nos sitúan ante la mirada escenas o personajes mitológicos de nuestra tradición griega y romana, que nos son conocidos por la literatura pero que también, como la autora pretende demostrar con su obra, tienen una amplísima representación iconográfica en obras maestras que nuestro gran museo de El Prado atesora.







1/10/09

LA MIRADA DE POLANSKI

A raíz de la noticia con la detención de Polanski en Suiza, después de treinta años del luctuoso suceso en California, y su huída de EEUU, adonde no ha podido volver en todos estos años, Polanski ha sido detenido. Reproduzco el artículo de Gabriel Albiac, que me parece perfecto para este momento, y que suscribo totalmente.



HA VUELTO A SUCEDER




Artículo publicado por GABRIEL ALBIAC en ABC del 30/09/2009 :


http://www.abc.es/historico-opinion/index.asp?ff=20090930&idn=103252258810



En la asfixiante trama de Chinatown construyó Roman Polanski la que es, con enorme diferencia, su mejor película y una de las más fieles transcripciones fílmicas de la gran novela negra. Hay secuencias en ella que quedarán para la mejor historia del cine. La de Faye Dunaway, por ejemplo, abofeteada por un atónito Jack Nicholson, mientras repite, como una salmodia monótona, trágica: «Es mi hija... Es mi hermana...». La de un descomunal John Huston, en la última, devastadora, secuencia, que eleva una de las más desoladas, más glaciales elegías al triunfo del mal que he visto, al menos yo, proyectarse sobre una pantalla. Rematada por la sentencia de un Nicholson estupefacto y roto, como sólo los grandes héroes literarios de Raymond Chandler y Dashiell Hammett pueden llegar a estarlo: «Ha vuelto a suceder...» La hija, quince años atrás violada por su respetable y multimillonario padre, yace muerta con un tiro en la cabeza. La nieta-hija, que quizá tiene ahora la edad que tenía su madre-hermana cuando sucedió aquello, es entregada a la tutela del intachable abuelo. El detective privado intenta decir algo; lo hace callar, a empellones, un poli que, en el fondo, lo aprecia demasiado para no entender que nada queda ya sino deshacerse en la noche. «Ha vuelto a suceder...», musita Nicholson. Pero no habla para nadie. Y la cámara deja perderse su mirada sobre la calle oscura, en un elegantísimo movimiento de grúa.
«Ha vuelto a suceder...» Tal, para Freud, es la clave de lo siniestro: en la repetición, algo concita misteriosamente a nuestros más oscuros demonios. En la repetición, dice el maestro vienés, nos es dada la metáfora de aquello que nunca entenderemos: nuestra muerte. Y el anillo de las sombras se cierra. La cinematografía de Roman Polanski está obsesivamente marcada por esa amenaza obsesiva del retorno: los ciclos homicidas de la Catherine Deneuve de su primeriza Repulsión del año 1965, daban síntoma de ello; El quimérico inquilino, que reinicia una y otra vez su mismo suicidio, dará, en 1976, su hipérbole. El mal retorna siempre. Nuestras vidas transitan en el vértigo de una aceleración inmóvil, que siempre nos mantiene en el mismo sitio.
Y, al cabo, nada en la biografía del autor de Rosmary´s baby, cede, ni en lo circular ni en lo vertiginoso, a la de todas sus criaturas imaginarias. Horror del ghetto y de los campos nazis, para el niño judío de Cracovia. Talento juvenil, meteórico ascenso que le permite escapar muy pronto del claustrofóbico Este de Europa, éxito temprano, brutal caída... En 1977, cuando suceden los hechos por los cuales sigue hoy perseguido, Roman Polanski ha pasado ya por la gloria cinematográfica y por el infierno privado, bajo la forma de uno de los más horribles crímenes rituales de aquellos años: el de su esposa embarazada Sharon Tate y sus amigos, a manos del clan Manson en abril de 1969; luego, se ha levantado, ha rodado la encantadora What?, la magistral Chinatown, la fallida Piratas, la alucinada The Tenant, que da señal de cómo la angustia sigue horadando su sorda galería... Y, de pronto, en 1977, sucede la hecatombe. Moral, como penal. Bajo la forma sórdida de abuso de menor y posterior fuga de la justicia. Y el refugio en un extraño limbo jurídico, mediante el cual y a lo largo de 32 años, todo en torno a Polanski se ha tejido en un primoroso juego de ficciones: saber, pero hacer como que no se sabe. La realidad retornaría un día. De eso, el creador de Chinatown y del Quimérico inquilino sabía demasiado bien que es de lo único de lo cual jamás se desembaraza un hombre. Ha vuelto a suceder. Ahora. Igual que siempre.

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