4/6/10

VITA EN TEHERÁN











PASAJERA A TEHERÁN

Victoria -Vita- Sackville-West (Knole House, Kent, 1892-1962), hija del III Barón de Sackville fue una escritora británica, novelista, poetisa, ensayista y gran amante de la jardinería como buena espécimen de su país. Ganó diversos premios por sus poemas. Es conocida además, por sus relaciones con el grupo de Bloomsbury, y más concretamente, con Virginia Woolf, con la que le unió una muy íntima amistad, y en la que se inspiró la novela Orlando, de la Woolf. Casada con el diplomático, periodista y parlamentario Harold Nicolson en 1913 lo que la llevó a trasladarse a Estambul, y después a distintas y exóticas ciudades, en la India o como el caso de la obra que nos ocupa, a Teherán, Persia. Fue una unión muy liberal, como las habituales de los del círculo de Bloomsbury, donde ambos cónyuges mantenían relaciones además, con personas de su propio sexo. Posteriormente su marido abandonó su carrera diplomática para poder vivir con Vita en Inglaterra. Adquirieron una mansión en Kent y posteriormente el Castillo de Sissinghurst, donde Vita hizo realidad un magnífico jardín soñado durante años. Tuvieron dos hijos, Nigel y Benedict (político y escritor e historiador de arte respectivamente).
Aristócrata viajera, dedicó mucho tiempo a recorrer Egipto, Arabia, India, Persia y Rusia. Resultado de esos periplos son varios libros de viajes. El que nos ocupa, Pasajera a Teherán, comprende dos obras: la correspondiente al viaje que realizó desde Inglaterra para reunirse con su marido en Teherán, y que da el nombre al libro, y la pequeña obrita Doce días, resultado de otro viaje a lomos de mula y a pie por las montañas persas. Y van precedidas de un sabroso prólogo a cargo de su hijo Nigel, que entre otras cosas, destaca lo mucho que omitió su madre al escribir este texto. Es curioso cómo enfoca cada persona sus viajes. El viaje es siempre algo muy personal y visitando los mismos lugares, distintas personas nos darán versiones completamente divergentes.
Virginia Woolf se quejaba de que Vita apenas le contó nada sobre la India, porque la India no le interesó en absoluto. Dice de ella, apenas en dos páginas, “Conservo pocos recuerdos de la India. Un puente que cruza un río, repleto de animales: hay cuernos y rostros pacientes. (...) Después, una larga carretera al atardecer, flanqueada de árboles. Sé que durante dos días y dos noches viajé encerrada en una cajita sofocante de ventanillas ahumadas, que era un vagón de ferrocarril (...) y veía la larga curva serpentina del tren, con un bosque de piernas y brazos morenos que colgaban de las ventanillas para refrescarse; eso sí era la India”. De Egipto tampoco nos ofrece largas explicaciones, salvo la visita a Luxor y al Valle de los Reyes. Pero se explaya al llegar a Persia. Este país la subyuga de manera profunda y tiene amplísimas descripciones del paisaje, la flora y la fauna, las gentes, los caminos y las costumbres. Casi respiramos el límpido aire mesetario y nos refrescamos bajo la sombra florida de los melocotoneros en pleno desierto.



Cuando Vita Sackville visita Persia tiene treinta y cuatro años. En comparación con Egipto, Aden, India o Irak, -países que recorre antes de llegar a su destino, Teherán- se encuentra con un país absolutamente medieval, o casi mejor, arcaico por completo: ancestral. Allí no hay más que la mula, el camello o, en las ciudades, como un gran avance, la bicicleta. Los desplazamientos por las montañas son lentísimos, las caravanas siguen al mismo paso que hace siglos. La vida parece haberse retrotraído mucho tiempo atrás: Harún-al-Rashid podría saltar por detrás de un desfiladero. Los colores terrosos, los sienas y los pardos la impresionan: acostumbrada a la verde Inglaterra, a sus flores y sus parterres bien cuidados y regados, esta tierra le resulta salvajemente atractiva: la confusa mezcla entre los habitantes y los animales, las fuerzas de la naturaleza, las grandes nevadas, los riscos y las escarpaduras, que dominan las relaciones humanas, siempre al tanto de los movimientos naturales, que pueden constantemente cambiar su actividad, sus proyectos y su vida. Incluso se plantea si no será pecaminoso amar tan sensualmente la naturaleza, amarla casi con una pasión destinada habitualmente a las personas. Se diría que a pesar de todo, Persia –nos dice- es un país hecho para deambular; hay muchísimo espacio, sin barreras por ninguna parte, y tan solo el sol marca la hora.
El retorno de Vita a la “civilización” es desastroso: vuelve por Bakú y Moscú, atravesando la Rusia soviética, de la que apenas destaca el ambiente de la calle: me dio la impresión –cuenta- de que la población caminaba de forma furtiva, pegada a la pared y de que la gente vivía encogida de miedo, de que las aspiraciones de aquella nación habían quedado recortadas hasta igualarlas al mínimo, como si se tratara de un seto. Pero lo peor estaba por llegar: al entrar en Polonia hay una revuelta en Varsovia, los trenes paralizados, el Ejército por todas partes...Vita vive una aventura tras otra, unida a un pequeño grupo de viajeros alemanes que por su cuenta y riesgo tratan -y consiguen- de llegar a Alemania como sea. Y de Alemania a Holanda, y de ahí, por mar... a la vieja Inglaterra, de nuevo.
La segunda parte del libro, Doce días, trata de un viaje por las montañas persas, toda una excursión aventurera, a pie y a lomos de mula, que realizó al año siguiente, con su marido y tres amigos europeos, además de toda una caravana de porteadores y sirvientes. Las condiciones fueron durísimas, puesto que se enfrentaron a una naturaleza en algunos casos terriblemente hostil, pero bellísima. Vita describe paisajes inolvidables, pero también reconoce haberlo pasado apurado en algunos momentos, ya que emprendieron el viaje sin ser muy conscientes de lo que iban a encontrar. Sus reflexiones durante ese viaje, además de observaciones muy detalladas de botánica, se concentran en la relación civilización moderna versus civilización ancestral, tema al que dedica muchos comentarios y pensamientos a veces un tanto ingenuos. Finalizan su periplo por tan abrupto paisaje llegando a los pozos de petróleo de la Compañía Petrolera Anglo Persa. Lo que también le sugiere jugosos comentarios. Antes de volver hacia el Mediterráneo visitan Persépolis, Palmira y Heliópolis. Podemos dar fin y resumen con sus propias palabras: Dos sociedades distintas han cruzado el escenario: una cansada, ignorante y pobre, y la otra energética, científica y próspera, ambas igual de esclavizadas por la costumbre de sus distintos modos de pensar. Me gustaría poder decir que mi imparcialidad ha logrado que el lector no descubra en cuál de ellas recaen mis simpatías.






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