9/6/11

LA ITALIA DE MADAME DE STÄEL: CORINNE

CORINNE O ITALIA
MADAME DE STAËL
Traducción: Pedro M. De Olive
Ed. Funambulista, 2010

Germaine Necker,  o Madame de Staël (París, 1766-1817) baronesa de Staël-Holstein por matrimonio con el embajador sueco en Francia, fue una escritora y salonniere francesa, cuyo salón de la Rue du Bac fue uno de los centros políticos y literarios más pujantes de París. Viajó por Europa en una época de efervescencia política y cultural, lo que le dio amplitud de miras y le proporcionó contacto con las figuras relevantes del momento, como Goethe, a caballo entre la Ilustración y el Movimiento Romántico.

Mujer que no destacaba tanto por su belleza física como por su inteligencia y dotes artísticas y literarias, su atinada conversación y una atracción seductora muy personal, sin embargo tenía el conflicto en su vida matrimonial o amorosa. Su matrimonio con el barón de Staël fracasó. La relación sentimental que mantuvo con el político y pensador liberal Benjamin Constant cuando aún ninguno de los dos había alcanzado la treintena, fue fructífera literariamente pero a la vez tormentosa, y podemos verla reflejada en la novela Corinne, donde la Staël se retrata en el personaje de la heroína y describe a Oswald con los rasgos de Constant, reflexionando sobre el rechazo social que una mujer soporta cuando posee cualidades intelectuales y artísticas que sobresalen muy por encima de la media. Y a su vez, Oswald/Constant es presentado como extremadamente sensible pero estricto en su idea del deber, lo que conlleva un complejo de culpa por la contradicción entre el deseo y la atracción hacia una dama tan notable y las conveniencias sociales que acepta como norma, contrarias al tipo de mujer que desea para esposa. La relación entrambos reflejada en Corinne expresa el eterno problema de las relaciones entre los sexos: el hombre necesita una compañera de su nivel intelectual pero a la vez está convencido que la mujer en el matrimonio ha de ser sumisa y subordinarse al ámbito doméstico.  Lógicamente algo chirría: se busca amar a una mujer excepcional pero ése no es el tipo de esposa que sólo se ocupa del hogar y los niños.  Como destaca Nuria Cabello en su interesante artículo Madame de Staël y Constant: dos formas de escritura. «El gran drama de Corinne estriba en la conjunción de su genio y la condición de mujer» (p. 333). Es este un drama que aún hoy en día seguimos encontrando en nuestra sociedad, aunque muchas veces no se perciba como tal.

Corinne no sólo trata de este tema, aunque sea central, sino que, como el título indica, también trata de Italia. Y en esa parte, casi un ensayo sobre el arte y la cultura italianas, -o un delicioso libro de viajes-  la autora se explaya contraponiendo todo ello al carácter británico y la manera de entender la vida de los países protestantes frente a los católicos. Es una obra que intenta equilibrar lo ensayístico con lo novelesco, lo cual también la hace novedosa para la época. La parte de ficción literaria se escora hacia el romanticismo, mientras que la parte ensayística es ilustrada en las ideas culturales y liberal en sus teorías sobre la mujer, teorías que en su momento debieron considerarse como extremadas y vanguardistas.
La parte ensayística transluce unos conocimientos bastante detallados de la cultura clásica romana, así como del Renacimiento, y Madame de Staël, consumada viajera, nos sirve de guía en un recorrido por los principales focos culturales de Italia: Roma, Nápoles, Florencia, Venecia. Las descripciones de los paisajes, sobre todo la excursión que realizan al Vesubio, aún en actividad, nos remite al viaje de Virgilio y Dante a los Infiernos, por la emotividad contenida y descripciones tan impactantes.
Casi toda la primera parte de la obra se centra en una disertación tras otra, en las que Corinne presenta a Oswald  las bondades del clima y el carácter italianos, como si éstos, junto a la influencia de la religión católica, fueran la causa fundamental del florecimiento artístico y musical italiano, frente al dramatismo y la melancolía de los países nórdicos, inmersos en la Reforma protestante, donde el valor está personificado en el deber, el trabajo y el honor, el refreno de las emociones y sentimientos... desembocando en el concepto de culpa. No le falta una parte de razón a sus reflexiones, aunque a veces peca de una cierta ingenuidad y en otras, trasluce tristeza. La autora sufrió en su propia vida los problemas de ser una mujer sobresaliente, a la que los hombres, inferiores a ella, la rehuían y abandonaban por la competencia que les producía su relación.

La parte literaria es quizá demasiado reiterativa para el lector contemporáneo, al que le cuesta entender cómo se le pueden dar tantas vueltas al amor platónico. La lectura de Freud probablemente ayudaría mucho a comprenderlo. Toda la obra es una constante tensión entre la tremenda atracción y el amor que desde el primer momento se profesan Corinne y Oswald y el terrible secreto de su pasado que cada uno oculta al otro por el temor premonitorio a que haya algo que les impida unirse. La confesión de sus secretos se va postergando, la agonía se alarga hasta que, como el volcán, explota y su erupción quema y destroza lo que encuentra a su paso. La separación se impone, y surgen otros escenarios: Inglaterra de nuevo, donde los acontecimientos, -ya completamente literarios- que ocupan la segunda parte, discurriendo por unos moldes plenamente románticos, con todos los ingredientes del género: profundas emociones, melancolías, dramas interiores, malentendidos, el destino y la fatalidad,... 

La narración, en tercera persona, unas veces presenta la posición de Corinne y otras las de Oswald, para hacernos ver los puntos de vista de cada uno, como un largo partido de tenis en el que miramos hacia uno y otro lado en dirección a la bola, que en este caso son unos apasionados diálogos, llenos de tensión y dramatismo. El ritmo va aumentando paulatinamente, con la introducción de la tercera en discordia, inocente y joven Lucile, lo que produce una carrera de emociones hasta la apoteosis final, aunque dejando abierta una puerta a la valoración personal del lector.

Esta edición recupera la traducción de Pedro María de Olive (1767- 1843), que publicó en 1818 y cuya versión de 1852 es la que sirve de base al presente texto, que tiene todo el sabor de la época, si bien se echa en falta una más severa revisión de erratas, que en algunos momentos llega a ser excesiva. Aún así, la obra tiene una muy buena presentación, y está ilustrada por los grabados de la edición del 52.

6 comentarios:

Trecce dijo...

La verdad es Madame de Staël es todo un referente cultural de la época.

ANRO dijo...

Efectivamente la mujer, en la época actual, aun tiene que salvar muchos obstáculos para que la sociedad y especialmente ciertos prejuicios masculinos, la consideren en toda su dimensión de igualdad.
Madame Staël, como otras muchas mujeres de otras épocas, era una adelantada y eso era una dificultad añadida de verdaderas narices.
He leido la correspondencia y algunos ensayos sobre esta mujer, pero esa novela en concreto la desconocía.
Me desespera no tener suficiente tiempo para leer todo lo que deseo porque tambien hay otras obligaciones, como compartir con los amigos y escribir alguna cosilla de vez en cuando.
Un abrazote.

V dijo...

Fabuloso artículo. Me llama la atención como hemos llegado a un punto en el que tal y como comentas nos puede parecer como lectores contemporáneos reiterativo que se den tantos rodeos en torno al amor platónico. Me pasa como a Anro, conozco su existencia y algunos avatares,como su amistad-enemistad con Goethe, pero apenas he leido nada de ella. Tu artículo anima a ello. Enhorabuena y un saludo.

ARIODANTE dijo...

Para mi fue una sorpresa leer a la Stäel. Sabía de ella, pero no le había leído nada, y la verdad es que vierte una reflexiones jugosísimas, además que demuestra un conocimiento de Italia más que notable. Pero es curioso, sí, los rodeos a la hora de contar el acercamiento físico entre un hombre y una mujer. Lo que ahora se resuelve en una peli a los dos segundos de conocerse, (¡hala, a la cama!) en estas novelas del romanticismo se hacían verdaderos crucigramas mentales antes de tocarle la punta del pelo a una dama. Ojo, estamos hablando de damas y caballeros, no del pueblo llano, que es otro cantar.
En cierto modo, sin llegar a esos extremos, yo echo de menos esos largos galanteos, perdidos ya para siempre, en los que se iba ganando terreno poco a poco y el disfrute se alargaba con la imaginación previa. A veces, tanta prosa nos lleva a aburrir, francamente. Porque si se presenta de modo crudo, el sexo, una vez saciadas las primeras urgencias, aburre.Lo bonito del tema es toda esa parafernalia de que se le puede rodear. ¿o no?

Arturo dijo...

¡Qué interesante, Ario! Me encanta que nos des a conocer estas figuras tan singulares.
¡Un abrazo!

ARIODANTE dijo...

Sí, Arturo, a mi también me encanta descubrir autores que llevan ahí siglos y sin embargo aún no los había leído. Gracias a que también las editoriales están rescatando textos inéditos o largamente olvidados. Aplícate el cuento...

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