2/8/12

TRILOGÍA SE SALTERTON III


UNA MEZCLA DE FLAQUEZAS
ROBERTSON DAVIES
Libros del Asteroide, 2012

Tercera parte de la Trilogía de Salterton, en ella el autor se centra en el tema musical y del arte escénico. En la primera, A merced de una tempestad, el motivo sobre el que gira la historia es el montaje de una obra teatral, y en la segunda, Levadura de malicia gira sobre el caos organizado por una falsa noticia; en ambas novelas el verdadero protagonista es el pueblo de Salterton y sus habitantes, costumbres, interrelaciones y maquinaciones, si bien hay dos personajes cuya vida y circunstancias funcionan como hilo conductor: Solly Bridgetower y Pearl (Verónica) Vambrance. Circunstancias que acaban por llevarles al matrimonio, a pesar de la oposición de la insoportable Louisa Bridgetower, la adinerada madre de Solly.
En esta última parte, si bien el trasfondo general continúa siendo la vida de Solly y su esposa, el bloque central de la narración se concentra en Monica Gall, una jovencita que por azares del destino resulta ser elegida para cumplir las draconianas condiciones del testamento de la sra. Bridgetower, cuyo objeto principal es amargar la vida de los recién casados, hasta el punto de preferir que su patrimonio lo disfrute una desconocida antes que su propio hijo… salvo que haya un heredero varón, por supuesto.
Monica es elegida para recibir todo el apoyo financiero que le permita desarrollar una carrera como cantante de ópera. Se desplaza, pues, a Londres, donde asiste a clases con prestigiosos músicos, directores de orquesta, compositores, etc., además de una educación general, puesto que la joven saltertoniense es casi una hoja en blanco, con talento, pero con enormes carencias culturales, y con dificultades familiares añadidas, desde el punto de vista religioso.

Así, percibimos ecos del tema de Pigmalión, un concierto a varias voces. Son diversos personajes los que pretenden modelar a Monica, convertirla en una gran cantante, pulirla y reconstruirla, despojándola de todo el bagaje pueblerino y canadiense que trae consigo, para trocarla en una diosa musical. Pero no cuentan con el amor. Y el amor, hasta entonces un elemento desconocido para Monica, irrumpe con fuerza y despierta sus sentidos y su vitalidad dormida. Y a partir de aquí se trastocan los planes cuidadosamente embastados por la difunta sra. Bridgetower.

En clave de tragicomedia, ópera bufa, la acción se va desarrollando principalmente en Inglaterra y algunas ciudades europeas (París y Venecia) siempre con el contrapunto de Salterton, donde los miembros del fideicomiso establecido para controlar el patrimonio vigilan que los términos del testamento se cumplan, mientras la pareja Solly-Veronica intentan tener el heredero que los salvará del estado de de indigencia, siendo por sentido común los que deberían disfrutar del patrimonio familiar.
En Inglaterra, el autor nos despliega una serie de personajes a cual más estrafalario, haciendo patente las grandes diferencias entre la Madre Patria y lo que llaman los Dominios. Un cierto olorcillo a Henry James podría ser percibido por un olfato sensible. Sir Benedict Domdaniel, Murtagh Molloy, Gilles Revelstoke, y su «fauna» alrededor de su persona y del Lantern, la revista anti-crítica del grupo, todos son personajes de opereta, entre los cuales se mueve Monica como una marioneta, según quien tire de los hilos. La estancia navideña en la galesa Neuadd Goch y los sucesos que ocurren allí, son el principio del giro que dará Monica a su vida.

A lo largo de la narración planea una idea: el sentido del arte, de la música, del canto. La necesidad de tener una experiencia profunda, algo que trasmitir a la hora de crear, producir una obra artística, o, en este caso, cantar. Así, las conversaciones que Monica tiene con Sir Benedict son altamente jugosas, por el cúmulo de reflexiones que el maduro director plantea a la joven aspirante a cantante. También hay otras ideas, ya recurrentes en la obra de Davies, como el tema de la eutanasia, la relación paterno/materno- filial, la religión como un lastre que deteriora las aspiraciones vitales más elementales, el contraste británico-americano, etc.
En suma, una obra que pone punto final a la trilogía cerrando el círculo abierto en la primera parte. Interesante, divertida, plena de humor aunque en algunos momentos domine el dramatismo, pero si bien no es la mejor novela de Davies (en general, la trilogía de Salterton tiene un tono menor que la de Deptford) se lee muy agradablemente, tiene un margen de intriga que se desvela al final, y el personaje de Monica es fresco y atractivo por su simplicidad, aunque haya momentos en que parezca simple en exceso.
Robertson Davies (Thomasville, 1913-Orangeville, 1995) es uno de los autores canadienses más importantes. Nacido en la región de Ontario, se educó en distintas instituciones de su país y Europa, estando siempre desde muy niño rodeado de libros y literatura. Su padre, el Senador William Rupert Davies era dueño de un periódico. Estudió seis años en Toronto y tres años más en Kingston (Ontario). Dejó Canadá y se graduó en el Balliol College de Oxford en el 38. En 1940 regresa a Canadá para dedicarse con éxito al periodismo y a escribir comedias; una década más tarde publica la primera de sus once novelas, organizadas en trilogías, que lo harían mundialmente famoso: la Trilogía Salterton, de la cual esta novela es la inicial; la Trilogía Deptford; la Trilogía de Cornish; y la inacabada Trilogía de Toronto. Además de novelas, Davies es autor de una treintena de libros entre cuentos, obras de teatro, crítica literaria y recopilaciones de artículos.


29/7/12

DICKENS EN ITALIA


ESTAMPAS DE ITALIA
CHARLES DICKENS
Trad.: Jorge Cano y Celia Recarey

Nórdica Libros, 2012

Dickens realiza este viaje por Italia a lo largo del año 1844. En el prólogo, el propio Dickens nos advierte de lo que vamos a leer: «apuntes leves, meros reflejos en el agua». No encontraremos análisis políticos, disertaciones sobre arte, historia y cultura en general. Tampoco nos informa de sí mismo y de sus acompañantes, salvo en una primera descripción hilarante sobre la llegada del carruaje al Hôtel de l’Ecu d’Or, y la expectación ante los viajeros conforme descienden del vehículo: la esposa, su hermana, dos niños y dos niñas, dos niñeras, y  finalmente, el autor.
Dickens muestra en todo momento una curiosidad sin límites, una capacidad de observación enorme, y anota todo lo que le llama la atención, que a veces son gestos, ropas, comportamientos, voces, paisajes, clima, edificios, costumbres, fiestas,…además de trasmitirnos las sensaciones que le producen en su ánimo.
Narra rápidamente el trayecto durante el cual cruza Francia camino de Italia, en pleno verano; pero se detiene sobre todo en Avignon, donde visita el Palacio de los Papas, en ese momento convertido en cárcel y cuartel militar. Le impresiona enormemente la visión de los calabozos y sobre todo  la sala de tortura de la Inquisición (la Salle de la Question). Pero casi le impresiona más la vieja bruja gesticulante que le sirve de guía y que con sus comentarios traza una vívida imagen de lo que allí sucedía.
En Marsella embarcan para Génova, y la descripción de la ciudad portuaria, cuna de grandes navegantes, se abre ante sus ojos, generosa en contrastes, pintoresca y magnífica, aunque la primera impresión es algo depresiva: «la vista (desde su ventana) es una delicia, pero por el día hay que mantener cerradas a cal y canto las ventanas, o los mosquitos te llevan directo al suicidio. De las moscas mejor no hablar. De las pulgas: su tamaño es un prodigio» de los gatos que mantiene a raya a las ratas; las lagartijas, escorpiones, escarabajos y ranas, mejor no explayarse, pero lo dice. Las edificaciones le resultan chocantes, la suciedad en general, también. Pero eso es algo a lo que se acostumbrará después. Los juegos populares, como los bolos y un juego parecido al de los chinos, y sobre todo, la avidez con la que se entregan a ello los jugadores. Largas descripciones de palacios de la Strada Nuova y la Balbi, arquitectónicas y luego, del uso que los italianos le dan a esos palazzos. Los teatros, la cantidad de iglesias, de sacerdotes, frailes, jesuitas, etc. es otra cosa que le resulta llamativa: es su primera visita a Italia. Los cementerios y enterramientos también es algo que a lo largo de todo el viaje recabará su atención, y en general, todo el mundo cultural católico, que él, como anglicano, encontraba curioso.
Parma, Módena y Bolonia son las siguientes ciudades que visita. Le es extraño «caminar por estos lugares que están en una siesta continua al sol», donde la pereza impera. «Siento que me estoy empezando a oxidar», nos dice. Describe minuciosamente los paisajes de viñedos, las pequeñas ciudades, las dos famosas torres inclinadas en pleno centro de Bolonia. De allí –la estancia fue de paso― llega a Ferrara, que le causa una desagradable impresión: solitaria, despoblada y desierta, con su enorme castillo ―donde decapitaron a la Parisina y su amante―en el centro de la ciudad. La casa de Ariosto y la prisión de Tasso son sus visitas.
De allí pasa a territorio austríaco y dedica un delicioso capítulo que titula Un sueño italiano,  planteado como una onírica visita a Venecia. La llegada, de noche y en barca, deja en él una profunda huella, la llama «ciudad fantasmal», navegando por sus canales silenciosos y oscuros lentamente, viendo surgir palazzos e iglesias, brotando del agua; la Catedral de San Marcos y el Campanile  son los edificios que más le impresionan de todo su viaje, quizás por ese aire tan oriental de la catedral véneta. « Allí, en la errática confusión de mi sueño, vi al viejo Shylock […], alguien que parecía ser Desdémona se asomaba a una celosía […]el espíritu de Shakespeare flotaba sobre las aguas, pululando por la ciudad».
Vuelve hacia Milán, pasando por Verona y Mantua. De Verona tiene amables comentarios de su anfiteatro y la casa y tumba de Julieta. Mantua la recorre pronto, no le gusta especialmente, y sigue viaje rápido. Milán le parece una estupenda ciudad, que también abandona pronto. Tras los lagos, Suiza, y Francia, en un retorno a Inglaterra por breve tiempo.  
Vuelve después, ahora a Roma, pasando por Pisa y Siena y visitando, completamente subyugado, las canteras de mármol de Carrara. Lo que le extraña y gusta de Pisa es que el conjunto arquitectónico (catedral, torre y baptisterio) esté aislado en medio de la campiña. Y la enormidad de mendigos que llenaban las calles de Pisa. En general, los mendigos es otra de las impresiones fuertes de su viaje. Cuando llega a Nápoles es el acabóse, los mendigos institucionalizados, casi podríamos decir, los lazzaroni.
La primera impresión de Roma es que le recuerda a Londres. Quizás la cúpula de San Pedro evoca en él el recuerdo de Saint Paul’s . Pero esa imagen pasa pronto y Dickens sufre de golpe el síndrome de Stendhal, al ver el Coliseo, el Foro, «un desierto de decadencia, sombrío y desolado más allá de toda expresión» o al mirar la cúpula de San Pedro desde dentro de la basílica, aunque no le parece «religiosamente impresionante ni emotiva». De Roma casi le atraen más las manifestaciones populares, el desfile de Carnaval, el Moccoletti, las celebraciones de Semana Santa que observa con curiosidad, y el bambino milagroso, la impactante iglesia Sto. Stefano Rotondo, las catacumbas, la via Apia, presencia una ejecución pública con guillotina,…Visita Tívoli, Villa d’Este, el templo de la Sabina,…
Nápoles pone la puntilla a este viaje maravilloso. La enloquecida y caótica ciudad, llena de lazzaroni, gente ruidosa y gesticulante, calles sucias y peligrosas, iglesias, palacios, la ópera,…todo ello vigilado por la sombra del Vesubio humeante. No puede irse sin subir al monte sagrado, acercarse lo más posible al fuego eterno que ruge en su interior. El relato de esa excusión, como las de Pompeya y Herculano, no tiene desperdicio. Retorna por Florencia, cuya plaza y Palazzo Vecchio, plenos de magnificencia y señorío.
En suma, un delicioso relato pleno de interés, de humor, de reflexiones curiosas, de emotividad, que comprenderá inmediatamente cualquiera que haya visitado esos lugares y por el contrario, quien no lo haya hecho, se sentirá motivado a viajar para verlo. Buena edición, portada muy bien elegida.

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