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15/9/13

INTERIORES FLAMENCOS


ELOGIO DE LO COTIDIANO
TZVETAN TODOROV
Trad.: Noemí Sobregués
Galaxia Gutemberg, 2013


 Este breve pero atractivo ensayo de arte nos sumerge de lleno en la pintura holandesa del XVII, esa pintura de la que todos hemos visto alguna obra, al menos, al magnífico Vermeer, aunque no sea precisamente el mayor exponente de la cotidianeidad, como veremos en lo que va a desarrollar Todorov en su texto. En nueve cortos capítulos, el autor expone lo que considera el género de lo cotidiano, lo enmarca en la época y busca las causas del cambio que supone, estudia las diferentes opciones de interpretación, rastrea la posible relación de la estética con la moral, analiza una serie de obras que son reproducidas magníficamente en las páginas centrales, a todo color y en papel cuché. Finalmente, estudia pintor por pintor sus características más relevantes, los compara y los enmarca. En suma, una provechosa incursión por una etapa de la pintura muy especial, que solo ocurrió en Holanda, tal como sugiere el autor, y no se volvió a repetir.

A lo largo de la historia de la pintura, los artistas han pintado escenas cotidianas, desde las escenas de caza paleolíticas, los frescos pompeyanos o las labores de los constructores de catedrales medievales en los códices miniados, del mismo modo que enmarcaban el motivo principal del cuadro dentro de un paisaje, que azuleaba al fondo mientras que las figuras contaban la historia principal, que solía ser mitológica, religiosa o algún hecho guerrero importante de los reyes o emperadores.

 Sin embargo, cuando se habla del género de lo cotidiano, queremos decir que los pintores usan la escena cotidiana, generalmente en interiores, como motivo central, como luego ocurrirá también con el paisaje, el retrato y con la naturaleza muerta o bodegón. Consideran estos artistas que lo que van a representar tiene la suficiente dignidad como para que sea el objeto de su  mirada y de su pincel. Cita Todorov a Malraux: «lo que Holanda inventó no fue cómo colocar un pescado en un plato, sino que ese plato de pescado dejara de ser la comida de los apóstoles». La pintura de género, pues, no se limita a rechazar la historia, los grandes motivos mitológicos o bíblicos, sino que elige de entre las actividades cotidianas de los humanos los temas que llevará a los lienzos.
Pues bien, a partir del siglo XVI comienzan a pintarse escenas cotidianas, aunque son multitudinarias y en exteriores, muy integradas en el paisaje (recordemos Bruegel),   sin embargo, es en el XVII cuando se define más el género y florecen los mejores pintores que las llevan a cabo. A diferencia de la pintura italiana, del XVI y del XVII, más idealista en su búsqueda de la belleza, los flamencos muestran en sus lienzos la realidad tal como es, o como ellos la ven, pero sin amoldarse a ningún ideal estético. Esta es la opinión de Miguel Angel, que despreciaba la pintura flamenca. Y durante mucho tiempo se ha debatido si  el arte debe servir a la verdad y al bien o exclusivamente a la belleza.
Pequeño país que centraba su actividad principal en el comercio, a sus gentes a viajar por todo el mundo, destacando por su tolerancia, ya que, habituados a ver costumbres y religiones muy diversas, aunque dentro de cada religión fueran exigentes con sus miembros, veían con naturalidad las demás costumbres ajenas. Mientras los holandeses viajaban, las holandesas llevaban la casa y los negocios, si hacía falta. Por eso la vida en el interior de las casas, la vida cotidiana era la que llevaban las mujeres. No implica ello que desaparezcan los hombres en las pinturas, que no lo hacen, pero siempre en actitudes relajadas, relacionadas con el amor o con la vida casera.

La casa, como dice el autor, «es la encarnación de la comunidad ideal, jerarquizada y solidaria, y a la vez del recogimiento individual». Es llamativo que los pintores flamencos de esta época dirijan su mirada precisamente el ámbito de la casa, apreciando más los interiores que los exteriores. No hay escenas de batallas, ni de guerras (a pesar de que las sufrieron largamente) sino que es esa vida doméstica la que les atrae, reposo del guerrero y del viajero. Dominio femenino, su universo y campo de acción. Ellas se ocupan de la casa, la alimentación y la educación de los hijos, por lo que suelen ser instruidas, y podemos observar una gran cantidad de pinturas en las que las mujeres leen libros, cartas, o las escriben, igual que enseñan a sus hijos.

En general, las escenas que nos presenta la pintura holandesa del XVII representan a la gente disfrutando de lo que hacen. Y los pintores también parecen disfrutar reproduciéndolo. Como dice el autor, no podemos dejar de verlos como un himno a la vida: «la pintura holandesa no niega las virtudes y los vicios, pero los trasciende en alegría ante la existencia del mundo».
Desfilan por estas páginas pintores como Gerard Ter Borch, Vermeer, Jan Steen, Frans Hals, Judith Leyster (la única mujer cuyo breve pero intenso paso por la pintura es altamente destacable en este género), Gerard Dou, Gabriel Metsu, Pieter de Hooch, Frans van Mieris…y de modo inevitable, Rembrandt. La figura de Rembrandt se extiende poderosa sobre todos ellos, pero realmente no llegó a pintar cuadros que pudieran calificarse como género cotidiano, aunque sus discípulos sí lo hicieron. Hay muchas semejanzas entre unos y otros, teniendo en cuenta que todos eran contemporáneos, muchos de ellos se conocían entre sí y habían visto sus obras, y todos estaban interesados en la misma opción pictórica, si bien cada uno le transmitió su visión personal.
En conjunto, un ensayo que reflexiona sobre una etapa de la pintura y que profundiza en la interpretación de obras interesantes, entrañables o sencillamente, magistrales.

Tzvetan Tódorov (Sofía, Bulgaria, 1939) es un lingüista, filósofo, historiador, crítico y teórico literario de expresión y de residencia y nacionalidad francesa dese 1963. Es profesor y director del Centro de Investigaciones sobre las Artes y el Lenguaje, en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNRS), en París. Ha dado también clases en Yale, Harvard y Berkeley. En 2008 le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales por representar «el espíritu de la unidad de Europa, del Este y del Oeste, y el compromiso con los ideales de libertad, igualdad, integración y justicia».

Ariodante
 2013




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