26/9/13

OTOÑO BERLINÉS



OTOÑO EN BERLÍN (BEATE Y MAREILE)
EDUARD VON KEYSERLING
Nocturna Ediciones, 2011


Penetrar en el universo que recrea Keyserling es sumergirse en una voluptuosidad decadente y amable, rodeados de color, sombras crepusculares y perfumes campestres de espliego y heno. Es el mundo de la antigua nobleza rural el que reproduce este autor nórdico, que a veces parezca más austríaco que prusiano. Y sobre todo, un mundo en vías de extinción, en el que algunos intuyen su cercano final mientras otros continúan por inercia. El contraste entre esas dos posiciones es lo que se puede apreciar en la obra de Keyserling.

Beate y Mareile es el título original. No es hasta las páginas finales que comprendemos la elección del título español, Otoño en Berlín. En realidad, ambos personajes son arquetipos no sólo de las dos posibilidades de relación con las mujeres: esposas o amantes, sino de la relación entre dos clases sociales, la que va a morir y la que emerge. Y la relación es en ambos casos, cuando menos, incierta.  Mareile, hija del mayoral Ziepe, ha tenido abiertas las puertas del palacio Kaltin, porque desde niña recibió la protección de la baronesa Losnitz, siendo educada junto a Beate. Ha conseguido elevarse socialmente, al menos en apariencia, y es una cantante de fama; sin embargo sus pensamientos y sentimientos siguen siendo los de una mujer del campo. Es significativo el hecho de que, las dos veces que se presenta en Kaltin, no hay ningún coche esperándola, y atraviesa a pie el campo mientras “la hierba caliente y polvorienta crujía bajo sus pies. Olía a ajenjo, enebro, milenrama. (…) La somnolencia bañada en luz de los lugares conocidos de antaño volvió pensativa a Mareile. La lucha por su destino la había alejado tanto de su tierra…”(pág. 29) Mareile derrocha vitalidad y belleza.

Beate von Losnitz es, sin embargo, el contrapunto: la dulce  y callada esposa de Günther von Tarniff, heredero de una tradición de rompedores de corazones femeninos,  enfermedad de la que Günther parece haber sanado. Pero “nuestra época se ha traído su propio demonio”, como murmura Mankow, el guardabosques. Beate –el nombre ya nos indica mucho- está acostumbrada a esperar. “Su rostro estaba pálido, tenía la fina blancura de las viejas razas cansadas de mantenerse en pie durante siglos en las protegidas cumbres.”(pág. 28) La delicada y leve alusión al inminente contacto amoroso con su marido es una imagen bellísima y muy sugerente.

La irrupción de Mareile en la aburrida y rutinaria vida campestre de Kaltin produce un verdadero terremoto. Los hombres, como mariposas nocturnas, revolotear alrededor de su luz, ebrios de deseo. Pero ella no sabe bien lo que quiere. Le gustan los aristócratas pero la seduce un pintor. Günther, que tras unos años de soltería en la milicia, ha desterrado sus correrías y se ha casado con Beate, recuerda sus juegos infantiles con las dos niñas mientras observa la delicada figura de su esposa leyendo bajo los tilos. Las conversaciones entre Günther y Hans Berkow, pintor y amigo,  entre las viejas damas del castillo, entre los sirvientes, todo ello nos es mostrado a modo de pinceladas que conforman un cuadro revelador de los conflictos soterrados, a modo de un estanque de superficie mansa y llena de nenúfares cuyo fondo esconde insospechadas podredumbres.
Tras dos años de matrimonio, inmerso en la tranquilidad doméstica cotidiana, mientras Beate espera con placidez la llegada del primer hijo,  el hombre, el seductor que hay en él, empieza a inquietarse. “De pronto, fue como si Günther percibiera, en esa hora nocturna, que instantes preciosos de su vida pasaban vacíos.” (pág.59). Primero es Eve Mankow la que despierta su pasión, pero el retorno de Mareile a Kaltin, después de separarse del pintor Berkow, rompe todos los diques.
Lectura deliciosa y tierna, aunque también terrible en su significado profundo, esta novela de Keyserling nos vuelve a demostrar su maestría con el lenguaje, que usa como un pintor, y su capacidad para bucear en el alma humana, comparable a un Zweig. Es loable la cuidada edición de Nocturna, con una presentación estética exquisita y una muy destacable traducción de Carlos Fortea.


Eduard Graf von Keyserling (Castillo de Paddern, hoy Letonia, 1855- Munich, 1918), escritor alemán, descendiente de una  antigua y noble familia germano-báltica y primo del filósofo Hermann Keyserling. Inicia estudios en Dorpat, pero a los veintitrés años se ve obligado a abandonarlos, dirigiéndose a Viena a estudiar filosofía e historia del arte. A finales de siglo se traslada con sus hermanas a Munich. Posteriormente quedó ciego como consecuencia de la sífilis que padecía. Se le ha considerado como un exponente el impresionismo literario; las imágenes, luces y colores, sentimientos y sugerencias que despliega nos emocionan como una pintura de C.D.Friedrich o un dulce lieder de Schubert.


Ariodante




23/9/13

HOMÉRICAS


LA HIJA DE HOMERO
ROBERT GRAVES
EDHASA




Los hijos de Homero era el apelativo que se les adjudicaba a los bardos o poetas que cantaban las leyendas y los poemas épicos griegos, las hazañas de los héroes de Troya y de los dioses olímpicos. La obra que nos ocupa hoy, La hija de Homero, tiene diferentes lecturas. No sólo es una novela ambientada en la Magna Grecia,  o sea, en la Sicilia de una indefinida época post homérica,  basada en una reinterpretación absolutamente libre de la parte final de la Odisea, sino que también reflexiona sobre la poesía y los poetas, los narradores y las distintas versiones de los mitos. Y para rizar más el rizo, como Graves era un personaje controvertido, rompedor de moldes y barreras, pone la narración en boca de una mujer, que finalmente resulta ser, según la carga de profundidad que lanza la novela, la poetisa o Hija de Homero, que reescribe la Odisea y le da su toque personal al canto. 
Una princesa elimana, Nausícaa,(Nausicaa=quema de barcos) descendiente de la estirpe troyana, asentada en Sicilia, en Erix, el extremo occidental de la isla, nos narra en el prólogo la historia de su pueblo y de su familia; y nos avisa de que ha escrito un poema épico basándose en los dramáticos sucesos que nos narra a continuación.

Hay dos maneras de afrontar esta novela: una, desde la ignorancia de la historia de Ulises, narrada por Homero en la Odisea, y entonces disfrutar de una narración que te atrapa desde el primer momento y que tiene su intriga y su sabor griego. La otra, desde el conocimiento homérico, con una gran dosis de tolerancia y de humor, y entonces disfrutar de la novela como si de un juego se tratara.
Cabría una tercera opción: indignarse con Graves, y cerrar el libro cuando uno se da cuenta del calibre herético de lo que nos está contando. Pero creo que esta opción es la menos recomendable.
La novela está muy bien escrita, implica un dominio absoluto de la mitología griega, incluye varias narraciones internas y variaciones de otras narraciones, imagina una Odisea distinta y atribuye la que conocemos a Nausícaa, la protagonista, que no es la hija del rey Alcínoo y la reina Arete, del país de los feacios, donde recala Ulises y recibe ayuda para llegar a Ítaca, sino la hija del rey Alfides, hermana de Laodamante, de Halio (desterrado por su padre), el joven Clitóneo y el niño Telegonio.

Todo empieza porque la esposa de Laodamante, aburrida y sin hijos, le pide a su esposo que le traiga un collar. Y a partir de su marcha, comienzan a ocurrir toda una serie de desgracias: el rey parte a Grecia en busca de noticias de su hijo mayor, después de meses sin noticias, el regente, Méntor en qué se ve de contener a los enemigos del rey que abusan de la hospitalidad de palacio y pretenden casarse con Nausícaa (que, cual Penélope, les va dando largas), Clitóneo, cual Telémaco, tampoco puede enfrentarse a tanto enemigo, el patrimonio de palacio va disminuyendo, y las cosas se complican. Pero Nausícaa tiene un encuentro en la playa con un héroe desconocido, Etón, en el que deposita sus esperanzas (y del que se enamora perdidamente), y con el que, tras el asesinato de Méntor y de Laodamante, Nausícaa y Clitóneo traman un plan para conseguir la venganza y salvar a la familia de la vergüenza y el oprobio al que se ven sometidos. El premio será el lecho nupcial, lógicamente. Y el plan no es otro que repetir la historia de cómo Ulises –en este caso, Etón- tensó el arco y mató a los pretendientes.
En el capítulo final Nausícaa nos cuenta cómo se sirvió de tales sucesos y de otros textos clásicos, reinterpretados, para escribir un poema  que resultó ser la Odisea.

Antes hemos hablado de otras posibles lecturas, pero yo dejaría de lado los intentos de Graves de introducir nuevas tesis mitológicas y disfrutaría con la lectura, como si de un juego se tratara. Esta reescritura de Homero puede sonar a herejía, si se toma como un ensayo sobre mitología o como una revisión del poema, y si el lector tiene inclinación clásica; otros pueden encontrar la idea como feliz y apropiarse dichas tesis. Yo considero que lo mejor es tomarlo como una simple fabulación en la que se riza el rizo y se juega con las historias míticas y con los personajes, dando explicaciones alternativas posibles, cambiando los nombres y alterando los papeles, como si de un juego de las sillas se tratara. Todo el mundo ocupa el lugar del otro hasta que finalmente uno queda en pie y sin silla. Y me inclino por pensar que no es Homero el que se ha quedado sin silla.


Robert Graves (Londres, 1895- Deiá, Mallorca, 1985) escritor, poeta, erudito e investigador de la mitología griega británico afincado en España en sus últimos años. Graves se educó en la escuela Charterhouse ganando una beca para la Universidad de Oxford), donde prosiguió sus estudios. Participó y fue herido gravemente en la I Gran Guerra. Publicó su primer libro de poemas en 1916. Obtuvo una plaza en la Universidad de El Cairo, adonde se instaló con su esposa, sus hijos y la escritora  Laura Riding, con la que fundó la editorial Sizin Press. Allí conoció y trabó amistad con T.E. Lawrence, sobre el que escribió su Lawrence y los árabes
En 1929 descubrió Deiá (Mallorca), pero hubo de salir de allí al comienzo de la Guerra Civil española.  Tras la guerra mundial, se instaló definitivamente en Deiá,  y en 1950 se casó con segunda mujer. Y allí escribió sus obras más famosas, entre su extensa producción. Destacó, además de sus novelas de tema mitológico griego e histórico romano, por sus heterodoxas interpretaciones de la mitología, expuestas, sobre todo, en La Diosa Blanca, y Los Mitos Griegos. También es conocido su interés, en los años cincuenta y sesenta, por los hongos alucinógenos y lo que se ha venido en llamar enteogenia (entheos=dios adentro), significando con ello los trances poéticos, la posesión divina, la inspiración artística (inducida, suponemos, por la ingestión de un cierto hongo). Llevó una vida nada convencional, muy propia de un poeta, que era como él se consideraba a sí mismo.


Ariodante.




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