23/10/15

PEREGRINANDO HACIA CONSTANTINOPLA


JUAN EL PEREGRINO
(Nuori Johannes, 1981)

MIKA WALTARI

DEBOLSILLO, 2015


A partir de enero de 1951, Waltari, instalado en su residencia veraniega de Laukkoski, estuvo trabajando durante tres meses en el borrador de una novela sobre un peculiar personaje, Johannes, cuyas andanzas le llevarían, como punto final, a Constantinopla. Sin embargo,  tras escribir más de cuatrocientas páginas, dejó reposar el texto en un cajón y empezó a escribir Johannes Angelos (El ángel sombrío o El sitio de Constantinopla, 1955), cuya acción comienza a partir del momento en que acababa el borrador guardado. Finalmente, Juan el Peregrino (Nuori Johannes) vio la luz póstumamente, en 1981. No sabemos cuál fue la verdadera intención del escritor, si El Peregrino fue solo un borrador o un texto de ayuda para crear su personaje o si quería construir una novela y después cambió de opinión. Lo cierto es que es un texto algo dispar. De hecho, da la sensación de que es un texto a medio cocinar, donde se echa en falta algo importante: el verdadero origen del protagonista/narrador, origen que mostrará en Johannes Angelos
Ya el comienzo es intrigante:
“Después de escaparme (¿De dónde?¿De qué?... No lo dice), había caminado a través de las tierras de Francia y Borgoña, hasta el Rin. Ya se había recogido el heno; en los campos, hombres sudorosos segaban cereales con sus hoces, vestidos sólo con unas rotas camisas, debido al calor”

Mas adelante,  sabrá el lector la edad del narrador; intuirá que su vida ha sido intensa y turbulenta, pero no conseguirá averiguar más de su pasado. Johannes sale, poco más o menos, de la nada:
“Caminaba en un mundo en vías de desaparición. Tenía diecisiete años. Era libre y feliz. Me sentía realmente contento. Al andar, cantaba.”

Juan es un joven casi angélico, asexuado, con un encanto especial, tanto para mujeres como hombres: un talentoso joven que ansía la sabiduría, y que además, exhibe una lealtad y una honestidad sorprendentes en una época de mentiras, intrigas, engaños, y traición. En permanente duda entre Oriente y Occidente, la carne y el espíritu, Juan busca desesperadamente algo, sin tener muy claro qué. A lo largo de los años evolucionará y se endurecerá, pero siempre manteniendo el mismo dualismo. El carácter de Juan se intuye tras este aserto:
“No anhelo un éxito externo tal como usted lo entiende. La verdad es que ni yo mismo sé lo que quiero, pero Dios tenga piedad de mí, maese Mateo, si algo deseo es comprenderme a mí mismo y a Dios.”

Reflexiones sobre la vida y la muerte, el bien y el mal, Dios y el Diablo, el amor divino y el amor profano, constituyen el plato fuerte de este texto, que apenas si desarrolla acción, salvo en su parte final, cuando Juan, ya adulto, entra en contacto con los turcos.
La narración transcurre al principio en Basilea, donde Juan ejercerá de escribiente, copista y secretario, primero del cardenal Cesarini, sumergido de lleno en el Concilio para la unificación de las iglesias latina y griega, unificación cuyo trasfondo era más político que religioso.  Y como telón de fondo, el imperio otomano avanzando sobre Europa. El ambiente es de gran confusión, profundo pesar y escepticismo. Una era está a punto de morir mientras otra se anuncia. 
Un escribano le comenta a Juan:
“Mira a tu alrededor. El mismo vacío por todas partes. La cristiandad está cansada y ha perdido la fe. Por ello se autodestroza con las guerras y se agobia con las conversaciones que ya no llevan a ninguna parte, porque falta la fe. Hijo mío, naciste en un tiempo extraño. Ya no podemos desear nada del futuro. Solamente tenemos el pasado, y su fuente se secará con nosotros.”

Con Nicolás de Cusa, el dubitativo Juan ejercerá de copista a cambio de aprender griego, y viajará a Constantinopla en una misión encargada por el Papa Eugenio, pasando antes por Florencia, Bolonia, Venecia…y haciéndose desde allí a la mar. Durante el trayecto tendrá el lector ocasión de digerir largas y complicadas discusiones filosóficas entre ambos: el Cusano explicará su teoría de la “docta ignorantia” y de la “coincidentia oppositorum”.
Llegados a Constantinopla, Juan descubrirá el placer físico, la atracción sexual, aunque no el amor, sintiéndose siempre culpable. La dama en cuestión resolverá pronto las dudas filosóficas de Juan:
“—Soy mujer y pienso con mi cuerpo —dijo—. Ésta es mi filosofía. ” “—¿Qué intentas hacerme? –pregunta el joven copista.—Sólo enseñarte mi filosofía —contesta ella, respirando aceleradamente—. Quítate estas molestas ropas y veremos qué filosofía es más fuerte, la tuya o la mía.”

El retorno a Italia será accidentado; la ciudad de Ferrara les acoge ahora, elegida por el Papa para las conversaciones con los griegos. Había gran división entre los eclesiásticos, y verdaderas batallas ideológicas y a veces incluso físicas, entre griegos y latinos. Marco Eugénico, Gemisto Pletón, Besarión, el doctor Segundino, Juan de Ragusa, Nicolás de Cusa, y otros destacados teólogos de las dos Iglesias discutían, renegaban, se enfurecían,…todo por una o dos palabras contenidas en el Credo y, por supuesto, por la autoridad papal. Si alguien no conoce aún el significado de la expresión “discusión bizantina”, leyendo esta novela lo aprenderá…a costa de deglutir plúmbeas páginas: las correspondientes a las discusiones conciliares. La llegada del emperador Juan y su séquito genera un caos en Ferrara. Tras meses y meses de reuniones y discusiones, se produce un brote de peste, y todo el concilio ha de trasladarse a Florencia, que los acoge gustosa. Pero antes de irse el protagonista tendrá ocasión de vivir varios lances amoroso-sexuales (con damas y con plebeyas) de los que, como siempre, sale huyendo y culpabilizado. En la Florencia gobernada por Cósimo de Médici, Juan tendrá –entre discurso y discurso- otra de sus aventuras sexo-amorosas con una madura dama que le complicará algo más la vida. Estamos en 1439.

A partir del capítulo VII el texto da un giro radical, de hecho, parece otra novela distinta: ya no hay tanta digresión filosófica y comienza la acción. Han pasado cinco años y Juan se encuentra en Hungría guerreando contra el turco. Allí es donde tiene un primer encuentro con una “aparición” premonitoria, que le emplazará para encontrarse en Varna, batalla que supondrá una aplastante derrota de las tropas cristianas frente a las del sultán Murad. En Varna, la “aparición” le vuelve a emplazar a un siguiente encuentro:
 “Supe que nunca podría olvidar aquel moreno y soberbio rostro y su extraña sonrisa. Una irresistible curiosidad se apoderó de mí. Con el sabor a lejía de la derrota en mi boca, le pregunté:
—Dime al menos dónde nos encontraremos.
—Al final de los tiempos —me contestó—, al lado de la puerta de san Romano.”

Juan es hecho prisionero y esclavo de las tropas otomanas. El sultán, cayendo bajo el influjo y carisma de Juan, lo destina a ser preceptor de su hijo, Mehmet. A partir de este momento, la acción se traslada a Adrianópolis, con el futuro sultán, un joven turbulento que le toma apego y le mantiene en su compañía. Juan irá describiendo el aprendizaje y ascenso de Mehmet al poder y sus planes para invadir Constantinopla, mientras engaña a los cristianos haciéndoles creer que sus intenciones son pacíficas. Estos dos capítulos finales parecen más una introducción a El ángel sombrío: los engaños de los turcos, la búsqueda compulsiva de una artillería descomunal, las peticiones de ayuda del emperador Constantino, el refuerzo de las murallas, etc. El narrador se diluye mientras relata del tenso ambiente y la fuerte personalidad de Mehmet. Acaba cuando Mehmet toma la decisión definitiva.

En suma, una novela irregular, dividida en dos partes muy diferenciadas, con demasiada digresión filosófico-teológica y muy poca acción, que nos remite directamente a El sitio de Constantinopla. Interesante, qué duda cabe, pero densa en demasía y algo repetitiva, con más formato de borrador que de novela, propiamente.



Fuensanta Niñirola







19/10/15

CAMINANTE NO HAY CAMINO

CAMINAR 
WILLIAM HAZLITT
R.L. STEVENSON
Prólogo de Juan Marqués
Nórdica Libros, 2015

Delicioso librito de bolsillo para leer en un largo trayecto  de metro, tren o espera prolongada en cualquier parte, pleno de maduras y jugosas reflexiones, con altas dosis de humor (británico) sobre algo que hacemos a diario…aunque, como luego veremos, quizás no tan a diario como pensamos. Quizás los aficionados al senderismo deberían leerlo, aunque es probable que no estén muy de acuerdo con algunas observaciones. Y los aficionados a correr, también. Pero son reflexiones que no sientan mal a nadie, se acepten o no.

Reúne esta edición dos breves textos, en torno al hecho de caminar. El primer texto, “De las excursiones a pie” es de William Hazlitt (1778-1830) ensayista y crítico literario inglés de fino humor y profundas indagaciones y hallazgos literarios en sus críticas. El segundo, “Caminatas”, más breve si cabe, es de R.L. Stevenson (1850-1894), gran novelista y viajero escocés que no solo ha deleitado a los lectores jóvenes y adultos con sus novelas de aventuras y ficción, sino que también se ha prodigado con ensayos sobre muy diversos temas, principalmente literarios, filosóficos y de viajes. En esta ocasión, Stevenson parte del texto de Hazlitt, que comenta y luego da rienda suelta a sus propias ideas.

Lo primero que hace un buen ensayista es delimitar en lo posible el campo sobre el que va a reflexionar, y definir el concepto o conceptos de los que parte o a los que quiere llegar. Por tanto, lo primero que diferencia Hazlitt es entre caminar y pasear. Y lo muestra dando diversos ejemplos de cada una de esas dos actividades, puesto que considera que son dos, y no una. Y dice: “Pasear es un rito civil y caminar es un acto animal. Pasear es algo social, y caminar tiene algo de selvático, aunque sea  por las calles de la ciudad”. Esto puede parecer al principio extraño, pero no lo es. Por las múltiples connotaciones que conlleva. El escritor remarca otro punto importante, desde el principio: pasear es un rito social y suele hacerse en compaes algo que debe hacerseen  y suva. El escritor remarca otro punto importante, desde el principio: pasear es un rito social y suñía, mientras que caminar debe hacerse en solitario, si se hace correctamente. O al menos, esa es la teoría del autor, que desarrollará con variados y divertidos ejemplos. Reivindicación de la soledad, la independencia, la libertad, este es el meollo del texto. Y un punto más de reflexión, es el alejamiento, el cambio de escenario, que el escritor inglés ve como una especie de terapia, ya que al cambiar de lugar, uno olvida los anteriores espacios y todo lo que conlleva. Solo se tiene en cuenta el presente, lo que supone un descanso en el caso de que el caminante tenga cosas que olvidar, aunque sea por unas horas.

Stevenson abunda en todo lo que asegura Hazlitt, insistiendo mucho en la libertad e independencia del caminante, así como el caminar como terapia: “Vivimos con tal premura para hacer -( y lo escribe a finales del XIX)-, para escribir, para acumular bártulos, para hacer nuestra voz audible durante un momento en el burlón silencio de la eternidad, que olvidamos esa cosa de lo que todo lo anterior no es más que fragmentos, a saber: vivir.”
Reivindica también Stevenson hacer una parada a lo largo de la caminata, disfrutar del paisaje y el trino de los pájaros, el perfume de los árboles o las flores, el silencio y la soledad: “Si en esta situación uno no es feliz, debe de tener una conciencia atormentada.” Llegar a esa situación en que, ajeno al reloj y al tiempo, deja pasar las horas sin control y disfruta de la vida, simplemente. Esto suena muy bucólico, pero es terriblemente actual. No hay mejor terapia para el stress que conseguir olvidarse del reloj, de las actividades diarias, de los problemas y de todo, simplemente alejándose, y en soledad. Muchos se refugian precisamente en lo contrario, buscan el gregarismo y la compañía perpetua, para olvidarse de sí mismos. Stevenson piensa que eso es un error, que uno debe primero estar en paz consigo mismo antes de tratar con los demás, porque la relación mejorará ostensiblemente. Y creo que tiene mucha razón.

 
En suma, un par de textos memorables, deliciosos, divertidos a ratos y muy aleccionadores por lo que acumulan de sentido común y racionalidad.


William Hazlitt (Maidstone, Kent, 1778 –Londres, 1830) fue un escritor inglés célebre por sus ensayos humanísticos y por sus críticas literarias. Se le ha considerado como el crítico literario inglés más importante tras Samuel Johnson. De hecho, los textos de Hazlitt y sus reflexiones sobre las piezas y los personajes de Shakespeare sólo han sido igualados por los de Johnson en cuanto a profundidad, penetración, originalidad e imaginación.

Robert Louis Stevenson (Edimburgo, 1850-Vailima Upolu, Samoa Occidental, 1894) Escritor escocés. En la tumba de Stevenson, en una lejana isla de los mares del Sur a la que se retiró por motivos de salud, figura grabado el apodo que le dieron los samoanos: Tusitala, que en español significaría «el contador de historias». En efecto, la literatura de Stevenson es uno de los más claros ejemplos de la novela-narración, el «romance» por excelencia.



Fuensanta Niñirola


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