25/11/10

OLEAJE EN LA RED

Reseña publicada en: http://www.elplacerdelalectura.com/2010/11/cada-siete-olas-daniel-glattauer.html


Tenemos ya la segunda parte del original y exitoso libro del escritor y periodista austríaco Daniel Glattauer (Viena, 1960), Contra el viento del norte, libro que ha sido ya reseñado en estas páginas. La narración continúa donde se quedó, y se desarrolla exactamente del mismo modo que en su primera parte: un continuo intercambio de mensajes por correo electrónico. No hay narrador, no hay escenario, no hay nada más que un listado de mensajes. Con lo que nos cuentan podemos hacernos una idea del escenario, del tiempo y de sus emociones, sentimientos y diversos movimientos.

El origen es azaroso: si recordamos en un breve resumen del libro anterior. Emmi, felizmente casada con Bernhard, quien convive también con sus dos hijos, fruto de un matrimonio anterior, envía un mensaje a una dirección equivocada. Hasta ahí todo es de lo más corriente. Pero la equivocación se vuelve a repetir y provoca un intercambio de envíos y respuestas entre el receptor de los mensajes, Leo Leike, un asesor de comunicación universitario. Los mensajes aumentan y son cada vez más ingeniosos, surgiendo la atracción entre ambos. Mantienen entre ellos ausencia de detalles sobre sus vidas privadas. Tampoco hablan propiamente de sexo, como podría pensarse. Lo que realmente les atrae no es el sexo, es la personalidad del otro. El misterio de sus edades, su físico, sus pensamientos...el juego de verdad y mentira, que es una poderosísima atracción. Hay un encuentro físico entre ellos. Lo sabemos por los mensajes del día siguiente. Y ocurren otras cosas, también, acabando el primer libro abruptamente por la intervención de un tercer personaje, y los mensajes se interrumpen.
Y es aquí donde comienza la segunda parte.

¿Quién da el primer paso? Emmi, por supuesto. Desde el comienzo ha sido ella la que ha dado siempre los primeros pasos. Recomienza, pasados tres meses de silencio, un intento de establecer contacto. La excusa es que sigue un tratamiento terapéutico y le es recomendado dar este paso. Tras una cierta insistencia, se restablece la comunicación. Volvemos al tira y afloja de etapas pasadas, pero hay un nuevo factor: Leo, en su estancia bostoniana ha conocido a una mujer, Pamela, con la que se prepara para convivir. Esto trastorna un tanto inconscientemente a Emmi, que a su vez ha marcado unas distancias con Bernhard, aunque sigue ligada a los niños, a los que no quiere abandonar. A lo largo del libro, se van produciendo encuentros físicos, un total de siete (de ahí el título): muy sutiles, siempre en lugares públicos, cafés, restaurantes, pero cada encuentro aumenta sensiblemente la ligazón emocional entre ellos. El asunto con Pamela origina situaciones verdaderamente tensas, tiempos muertos, temporadas de silencios y distancias. Las carencias de información y las revelaciones repentinas trastocan dramáticamente las posiciones de cada uno. Poco a poco los mensajes van recomponiendo las piezas que conforman la relación entre Emmi y Leo. Van colocando a cada uno en el lugar que les corresponde.
Cuando creemos saberlo todo acerca de ellos, y que ya está todo dicho, el autor va extrayendo información y nos va sorprendiendo.
Los siete encuentros son comparados al efecto de las siete olas, leyenda que descubre Emmi en unas vacaciones  pasadas en la Gomera (Canarias): “aquí cuentan la historia de la indómita séptima ola. Las primeras seis son previsibles y equilibradas. Se condicionan unas a otras, se basan unas en otras, no deparan sorpresas. Mantienen la continuidad. (...)Pero ¡Cuidado con la última ola! La séptima es imprevisible. A veces estalla. Siempre ella, siempre la séptima.”
Y en la obra, efectivamente, el séptimo encuentro decide sus vidas.

En parte minimalista, en parte poético, en parte realista y prosaico, el discurso que la obra –que no llamaría novela, porque no lo es- nos muestra es algo tan cotidiano como el comienzo y desarrollo de una relación: la casualidad, la curiosidad, la necesidad de comunicación, de afecto, de sentirse escuchado, aunque sea a través de un medio tan impersonal como una pantalla y un teclado, donde no se usa más que el lenguaje escrito. Los malentendidos, la soledad y la inseguridad de la vida cotidiana, que adopta sus formas contemporáneas pero reproduce sentimientos universales, humanos, absolutamente humanos.
El amor/desamor, el orgullo, la humillación, la compasión, el perdón y sobre todo, la necesidad de sentirse arropado, unido de algún modo a alguien que te acompaña, aunque sea virtualmente, a distancia, pero cuyo corazón late al mismo ritmo, y cuyo deseo aumenta cada minuto que pasa, mientras que cada silencio crea el pánico al olvido, al abandono.

Utilizando la terminología informática actual, los medios tan en boga en la era de Google, llega a un amplísimo público entre los veinte y los cuarenta que se identificará fácilmente con los protagonistas. Aparentemente superficial, llega a profundizar en la psique humana y en las bases de la relación amorosa. No es Madame Bovary, ni Anna Karenina, pero transmite un mensaje muy parecido, aunque en un tono más de comedia que de drama. Comedia urbana, ya que está escrito como una representación teatral, comedia no en el sentido jocoso, sino en el sentido de expresar con un fondo de humor las preguntas trascendentales de la vida: quienes somos, de donde venimos y adonde vamos.  Con un medio tan aparentemente simple como es el mensaje de correo electrónico, se construye un castillo de naipes, un encaje de bolillos, se engarza una trama que consigue interesar, emocionar y mantener la tensión de lectura, con lo que leemos Cada siete olas con fruición.



3 comentarios:

Ysabel dijo...

Ya tenía ganas, me lo pasé muy bien leyendo la primera parte. No sólo es una buena novela sino que, también, tiene ese punto original.

ARIODANTE dijo...

Sí, sobre todo, es original. Y con esa escasez de medios literarios, consigue atraparte. Es cierto que ha tocado una fibra sensible. Muchos de los usuarios de los correos electrónicos, los foros y todas estas oportunidades de comunicarte virtualmente, suelen derivar en otro tipo de relaciones. Por eso creo que ha habido tanto éxito: podemos identificarnos muy fácilmente con los protagonistas.

Ysabel dijo...

Yaaaaaaaaaaa lo tengo.

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