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8/12/14

ALICIA Y JOSEF K

LEWIS CARROLL Y FRANZ KAFKA.
Dos poéticas de la sinrazón

VENTURA GALIANO
Ed. Evohé, 2014


El libro es un ensayo filosófico, un interesante ejercicio de comparación entre la obra de esos dos escritores que, desde otros puntos de vista, son tan disímiles. Porque, a primera vista, “Alicia en el país de las Maravillas” no parece tener muchos puntos comunes con “El Proceso”. Y sin embargo, Ventura Galiano analiza, compara, busca otras opiniones, y va extrayendo a través de cartas, memorias, textos ajenos, y el análisis detallado de la obra de cada uno de los dos autores, consiguiendo poner en claro algunas ideas, conceptos que quizá no habían sido mirados desde ese ángulo, lo cual le da un toque personal y un mérito propio, en un autor que, si bien no procede del contexto filosófico, nos ofrece la prueba de que ha leído a los filósofos. 
Mientras Lewis Carroll usa un seudónimo tras el que se esconde Charles Ludwitge Dodgson desarrollando una doble actividad literaria y científica, Kafka no lo necesita: "mi novela soy yo", afirma, a modo flaubertiano.  También Kafka lleva una doble vida: su trabajo como oscuro oficinista y la actividad literaria. Sin embargo, mientras la vida de Kafka es amarga y atormentada, no parece serlo la de Carroll, que introduce el humor y juega más con las palabras.

Así, partimos de una detallada mirada sobre las vidas de ambos, que ocupa la primera mitad del libro, mientras que la segunda se sumerge de lleno en el proceloso mar de los conceptos filosóficos: sinsentido y absurdo, los sueños versus la realidad, los laberintos, la identidad, el nominalismo, los juegos y el poder del lenguaje, la distorsión de la realidad, las relaciones de poder y la rebeldía, la justicia… Punto por punto, Ventura Galiano mirará con lente de aumento cada concepto y buscará la manera de relacionarlo con la obra de estos autores. Sabremos de los antecesores y de las obras que les han precedido, donde podremos rastrear el origen de estas ideas y su utilización en la literatura. Cuidado: no es que hayamos de considerar a Carroll y Kafka como filósofos. Son escritores y hacen literatura, ficción. Pero de sus respectivos textos podemos, en opinión del autor,  extraer conclusiones filosóficas, que están contenidas dentro de sus obras literarias.

Primeramente, Ventura Galiano quiere desmarcar el concepto de sinsentido del concepto de absurdo, aunque ambos comparten cierto carácter onírico, de naturaleza laberíntica, en un entorno cambiante y arbitrario. En cuanto a semejanzas entre ambas obras encontramos los sueños: en unas la narración comienza con un sueño, en la otra, saliendo de un sueño, pero la realidad funciona como si lo continuase. Los sueños se caracterizan por la evanescencia y la fragmentación de las escenas, alterando el espacio/tiempo y deshaciendo límites y fronteras. En cuanto a las arquitecturas laberínticas de ambos relatos, también coinciden, si bien en “Alicia” la estructura es circular, y en “El Proceso”, todos los caminos conducen al mismo sitio: al inquietante Tribunal.
Analiza luego el tema de la identidad, relacionándolo con la memoria personal y con la percepción que otros tienen de nosotros. En este punto, Carroll juega con una identidad cambiante, mientras que Kafka mantiene una identidad ligada al marco laboral, a la profesión, fuera de la cual la identidad individual se funde en la masa. La distorsión de la realidad es otro punto común, (propiciado por el carácter onírico de ambos) si bien el lenguaje usado por los personajes de “Alicia” es aparentemente real, carece por completo de significado.  También se juega con los sonidos, las distorsiones sonoras, la diversidad de intensidades, las repetidas  transformaciones entre humanos y animales y viceversa, en Carroll, y las sugerencias a la “animalidad humana” en Kafka. En cuanto a las noción de justicia, mientras Carroll la presenta como arbitraria e incomprensible, Kafka añade su inaccesibilidad. La voluntad en Alicia se dirige hacia cumplir sus objetivos, mientras que en Kafka se caracteriza por la sumisión, el acatamiento del poder.

En suma, Ventura Galiano propone, con bastante acierto, una serie de ideas a estudiar y comparar entre la obra de ambos escritores, a la vez que reflexiona sobre esas ideas aportando las sugerencias y opiniones de otros autores, como María Zambrano, Camus, Canetti, Deleuze y Guattari. Quizás se echa en falta alguna referencia a Freud, contemporáneo de Kafka, aunque perteneciente a una generación anterior, pero del que Kafka conocería sus obras y cuyas teorías debieron influirle.
En la medida en que el libro presenta dos partes claramente diferenciadas, la primera, destinada a un público más amplio, al que puede interesar las vidas de los dos escritores, describe con muchos jugosos detalles y con una prosa cuidada, lo cual hace que la lectura sea muy amena y a la vez, divulgue aspectos no muy conocidos de estos autores.  La segunda, sin embargo, está más indicada a un sector del público restringido a aquellos que hayan leído tanto las dos obras de Carroll sobre Alicia, como “El proceso” de Kafka. Porque en caso contrario, el lector, si bien puede sentir un fuerte impulso para leerlas,  no extraerá todo el jugo de este detallado análisis, a pesar de estar muy bien razonado, apoyando con ejemplos de cada texto  las afirmaciones y juicios que se lanzan.
Es, en conjunto un libro que puede cubrir un cierto vacío en cuanto al conocimiento de los dos autores que analiza, y lanzar interesantes sugerencias sobre las obras comparadas, sugerencias que merecen una reflexión ponderada.

Rafa Ventura Galiano (Valencia, 1976) estudió ingeniería en la Universidad Politécnica de Valencia (UPV). Escribió y publicó relatos durante su etapa universitaria, siendo algunos publicados en la Revista de la UPV. En el marco de un certamen de narrativa le publicaron una novela corta, Versus (1996).En 2000, recién acabada la carrera estuvo tres años trabajando como ingeniero y viviendo en Madrid. Ahora vive en Valencia. Forma parte de una tertulia literaria en el café En Babia, de Benimaclet.
Ha sido finalista de algunos concursos literarios: Certamen de Cuentos del Agua (2008, Zaragoza) y Certamen de Cuentos Cosecha EÑE (2011).




17/10/14

BLASCO IBÁÑEZ: LOS PAPAS VALENCIANOS

EN TORNO A BLASCO Y LAS NOVELAS DEL RENACIMIENTO Y LOS PAPAS BORGIA.



Una introducción a El papa del mar y A los pies de Venus.

«Yo, recientemente, he hablado en Madrid de tres novelas que voy a hacer; novelas que se refieren primeramente a la vida mediterránea y que en cierto modo son novelas valencianas o novelas aragonesas, novelas de evocación de lo que fuimos nosotros cuando se iniciaba el Renacimiento para toda Eu­ropa, lo que serán después los que evocaron la gran epopeya de la conquista de América y su colonización. Y debo confesaros que estas novelas laten en mi imaginación, como late en la imaginación del escultor, del pintor, el bosquejo de la obra que se propone realizar. Estas novelas encuentran forma ensalzando las obras de autores que me escuchan, que pertenecen al Centro de Cultura Valenciana, que servirán para dar el último toque a esta misma novela que yo llevo en mi imaginación como simple boceto.
[…]Nosotros, Valencia y la Corona de Aragón, hemos producido grandísi­mas personalidades eminentes, que por el mero hecho de haber sido españo­les, son calumniados por la Historia. A ese vulgo, vulgo universal, que tiene ilustración primaria, que acepta una serie de mentiras que han tomado carácter tradicional, se le habla de los Borgia y todos se estremecen y ven venenos y puñales, y tienen una ilustración de ópera; y ven a Lucrecia Borgia asesinando gente, y ven al  Papa Borgia que se entretiene en envenenar a alguien, como el mayor de los monstruos. Y, sin embargo, señores, abundando en las mismas ideas que el Director señor Martínez, que me escucha, Alejandro Borgia, el Papa Alejandro VI, es la figura más eminente para mí, que tiene el Renacimiento de aquella época. Y lo mismo el Papa Pedro de Luna, que Calixto III, todas las grandes figuras que produjo Valencia y la Corona de Aragón, tuvieron una influencia universal.
 […] Hace dos meses yo viajaba por la Provenza, preocupado por el Papa Luna, en una visita que hice a Aviñón, y tuve ocasión de ver algo de lo que he visto en Provenza y que debemos hacer los valencianos. Y digo debemos hacerlo porque el primero que va a preocuparse de esto soy yo, que además de valenciano soy hijo de padres aragoneses, y soy algo tozudo, que es lo que me ha valido en la vida. Cuando me he propuesto una cosa la he hecho con el entusiasmo y la gallardía del valenciano y la tozudez del aragonés.» (Discurso pronunciado por Blasco en Valencia el 16 de mayo de 1921, al agradecer el nombramiento de director “honoris causa” del Centro de Cultura Valenciana)


Emilio Gascó Contell, en Genio y Figura de Blasco Ibáñez, (Madrid, 1957) cuenta que «Aquel ciclo de novelas históricas, concebidas sin otra unidad que la de su contribución común a honrar el espíritu hispánico, comenzó con El Papa del mar, primera obra de la serie. Es la novela del Papa Luna y de su tiempo.  Todos los personajes y episodios del gran cisma del siglo XIV se en­cuentran descritos en esa novela con una potencia pictórica extraordinaria y con el sugestivo interés de constituir un trozo de historia movida como la más frondosa de las novelas de aventuras. Así como en otras novelas de Blasco Ibáñez lo “novelesco” e “interesante” es la acción moderna, dando la parte histórica una impresión de hojarasca literaria, a veces demasiado densa como en «La catedral», aquí es la parte histórica la que concentra la atención del lector, y la acción contemporánea sólo sirve de pretexto para enfocar novelescamente los hechos del pasado. En torno a Pedro de Luna, descrito con todo el vigor que corresponde a tan recia figura aragonesa, pululan los altos magnates eclesiásticos de la época, los teólogos Gerson y Pedro de Ailly; el Petrarca, con una evocación soberbia de la vieja Vaucluse; Cola de Rienzo; Juana de Nápoles; Juan Huss; un “Maestro Vicente” que iba a ser, andando el tiempo, San Vicente Ferrer, y, dando un fondo palpitante a esas figuras atormentadas, Roma, Aviñón, Marsella, la roca de Peñíscola, descritas a doble lienzo, en su pasado y en su presente, resultando la visión moderna como una réplica a la fisonomía histórica de aquellos pueblos donde se representaron tantos actos famosos de la Cristiandad. La acción contemporánea de El Papa del mar no es muy complicada y sus personajes, trazados a grandes brochazos, destacan con acusado relieve.
A esta obra, fechada en Menton en agosto-octubre de 1925, siguió con un intervalo aproximado de un año (junio-septiembre de 1926) A los pies de Venus, novela de los Borgia, aquellos “terribles y siniestros” personajes a quienes la leyenda universal presenta –tal vez por ser de origen español– como verdaderos monstruos de maldad; pero que Blasco Ibáñez, conside­rándolos con relación a su época, trató de reivindicar con generosidad de artista y de compatriota. Su Lucrecia no es la melodramática envenenadora de Víctor Hugo, sino, como afirma la documentación histórica, una dama culta, elegante, delicada (ahí está el bellísimo retrato que dejó el Pinturic­cio), que se rodea de una corte de trovadores y de artistas entre los que con­taron al Ariosto y el Tiziano. Los que admiran en Vicente Blasco Ibáñez la facultad de reanimar un vasto lienzo de historia con la palpitación y el colorido de la vida real, ten­drán A los pies de Venus como una de sus más fascinadoras creaciones.»

Azorín dice que Blasco Ibáñez es un escritor «que cuenta»: porque cuentos largos son esas narraciones del escritor valenciano, que no excluyen profundidad psicológica en sus personajes ni color en los paisajes. «Espiritualmente, –dice Azorín– representa el esfuerzo de fundir en molde de arte nacional un espíritu europeo.» El crítico de ABC Manuel Bueno, en un artículo de El Liberal (1905) comenta su técnica: «Su prosa tiene un ritmo regular, robusto, impetuoso, marcial. Es un escritor sin precursores en nuestra literatura. Para buscarle afines, semejantes o parentescos, hay que retroceder a Chateaubriand, Víctor Hugo, y Zola, pues, aunque menos retórico y pintoresco que los dos primeros, tiene su vuelo su generosa ampulosidad, su imponente y avasalladora gallardía. (…) Blasco es un sincero, un indomable, un combatiente que ha dado la cara muchas veces defendiendo lo que predicó, un soldado de la noble y gran causa popular. Blasco se va despegando lentamente de la política, en la que tanto ha sufrido, para refugiarse en el arte.»

Eduardo Gómez de Baquero Andrenio, (1866-1929), otro famoso crítico literario de El Imparcial, comenta sobre el caso Blasco: «es el caso de un escritor que, al alcanzar la fama universal, pierde fama en su patria, pérdida no cuantitativa, (…) pero sí cualitativa, ya que entre algunos críticos y literatos de los más modernos no se reconoce a la obra de Blasco Ibáñez aquella valoración artística que se le otorgó generalmente desde el triunfo de las novelas valencianas hasta las primeras novelas cosmopolitas.» Andrenio, en El Renacimiento de la novela en el siglo XIX, aparecida en 1924, establece cuatro apartados en las obras de Blasco: las novelas valencianas –y en esta primera etapa y las obras que la constituyen hay una significativa unanimidad entre los críticos e historiadores–, las novelas de las profesiones artísticas, las novelas de las ciudades y de los medios sociales, y las novelas cosmopolitas, de viaje, de la emigración y de la guerra (Gómez de Baquero, 1924: cap. X).
En el prólogo «Al lector» de Los muertos mandan, Blasco no puede reconocer de forma más explícita este corte: «Esta fue la última obra del primer período de mi vida literaria. Apenas publicada me marché a dar conferencias en la República Argentina y Chile. El conferenciante se convirtió, sin saber cómo, en colonizador del desierto, en jinete de la llanura patagónica. Olvidé la pluma [...] Pasé seis años sin escribir novelas. Quise crearlas en la realidad. Y entonces fui novelista de hechos y no de palabras»


A partir de 1917 Blasco se traslada a Menton, en la Costa Azul, donde ha comprado una villa, La Fontana Rosa. Allí comienza a trabajar en El papa del mar («el primer español que preocupa a Europa después de los tiempos de la antigua Roma») y A los pies de Venus. Según afirmó el propio escritor, «hace más de quince años que estudio y preparo estas novelas españolas “evocativas” que empiezan con El papa del mar. Para poder documentarlas he hecho viajes por casi todos los mares y continentes de la tierra y he leído numerosos libros y manuscritos antiguos.» Vemos, pues, que Blasco lleva en mente escribir sobre estos personajes desde años atrás.  Finalmente, en octubre de 1925 (el mes en que se desposa con Elena Ortúzar) se publica El papa del mar, y en septiembre de 1926, A los pies de Venus, publicada por la editorial Prometeo.
«Serán novelas modernas –sigue precisando Blasco–; su acción transcurre en nuestros días, y al mismo tiempo resucita otra acción paralela, desarrollada algunos siglos antes. He buscado durante varios años una forma completamente nueva de expresión novelesca en la que se juntan la antigua novela histórica y la novela contemporánea.» Sin embargo, para Juan Luis Alborg, en su Historia de la Literatura Española, la conjunción entre la historia contemporánea de Rosaura y Claudio y la del papa Luna, es difícilmente aceptable, fallida. No obstante, «la importancia de las historias referidas aquí por Blasco tienen el interés de la más apasionante novela; pero –importa insistir– no porque las baraje con novelerías, sino por el andante vivísimo que comunica a todo lo que cuenta. (…) Blasco consigue dar vida directa e inmediata a los hechos, reconstruyendo circunstancias, describiendo lugares que el novelista ha visitado; los que son fríos datos en las fuentes, cobran en estas páginas presencia y realidad. Lo único irreal es el recurso técnico: el pretendido ensamblaje de los dos planos, que Blasco no logra en absoluto. (…) Es como tenerse que asomar a dos ventanas de una casa que dan a calles diferentes, y solo podemos ver a trozos lo que sucede en cada una.»


Lo cierto es que tanto si se sigue la narración contemporánea como la otra, Blasco nos atrapa con su escritura. La historia de amor entre Rosaura y Claudio tiene capítulos excelentes como por ejemplo el final de El papa del mar; sin embargo, la ligazón con la parte del papa Luna resulta engarzada de un modo algo forzado. No es demasiado plausible el interés de una dama tan mundana por tanto detalle histórico.  En A los pies de Venus, el plano novelesco prácticamente desaparece, y el peso de la narración histórica lo llevan entre el diplomático Enciso de las Casas, junto al propio Claudio y el canónigo Baltasar Figueras, personaje, por cierto, extraído (según cita J.L. León Roca en su biografía) de José Sanchis Sivera, canónigo-archivero de la catedral de Valencia y contemporáneo del escritor.  «Blasco construye su alegato, –continúa Alborg– el del papa Alejandro sobre todo, por comparación; trazando sin escrúpulos el panorama de su tiempo y haciendo ver cómo sus faltas no fueron casos aislados, sino común  conducta de otros papas, reyes y políticos, jerarcas de todo nivel y condición, y levantando la grandeza de su figura por encima de todo aquel dédalo de culpas y miserias. Blasco describe, efectivamente, todo este mundo de escándalos que fue del siglo de los Borgias españoles con la objetividad, la claridad y la limpieza del más concienzudo historiador –al fin y al cabo no hace otra cosa que seguir la historia– , y sin complacerse en las liviandades que hubieran sido fáciles y útiles para una pluma hostil.»

27/7/14

EN LA BIBLIOTECA DE FERNANDO DE VILLENA

127 LIBROS PARA UNA VIDA (BIBLIOTECA)

FERNANDO DE VILLENA

Ediciones Evohé, 2014

La biblioteca personal es algo muy propio, muy íntimo, muy privado. Abrirla al público es abrir nuestra alma, por así decirlo. Es casi como abrir nuestro diarioPorque los lectores somos, en gran parte, lo que leemos.  De nuestros autores favoritos tomamos ideas, paisajes y paisanajes, quizás son favoritos porque nos dicen cosas que nos hacen pensar, o lo que queremos oír, o lo que  ya pensábamos antes de leerles y nos lo confirman con bellas palabras.Todo cabe. Lo cierto es que los que hemos leído mucho, (aunque nunca suficiente) siempre estamos dispuestos a hacer una lista de aquellos escritores que conformarían nuestra biblioteca en una isla desierta…o, siendo s realistas, en la isla que supone nuestro estudio doméstico, esa habitación propia que la gran Virginia (una escritora, que, por cierto, está ausente en el libro) nos recomendaba con toda la razón del mundo.
El escritor granadino Fernando de Villena aporta con este libro su granito ( o más bien, su saquito) de arena con el loable propósito de proponernos su biblioteca ideal. Aunque en esto de seleccionar libros de obligada lectura siempre intervienen las variantes personales, los gustos de cada lector, que hacen de la lista algo no tan ideal sino más subjetivo, más cercano a la personalidad de cada uno. Cierto que hay autores que son universales y que entran en todas las listas, pero como comprobaremos en la que Villena nos propone, hay muchos que no están, a cambio, claro, de ausencias que a alguno pueden parecerle imperdonables.

Aunque escritor y poeta, Fernando de Villena también es profesor de literatura, y a todo profesor incluso aunque deje de impartir clases, le queda un estigma, un cierto olorcillo a academia, a escolar, algo inevitable, que, como una vieja cicatriz, sigue incorporada a su cuerpo, aunque los años la vayan diluyendo.

Villena divide el texto, cual si de una enorme estantería se tratara, cuyos estantes va llenando, clasificándolos por secciones, literaturas nacional e internacional, y por periodos históricos correlativos. Esos periodos nos son mostrados como paralelos a su iniciación en la lectura (de ahí que recuerde la forma de diario), por lo que comienza un breve y curioso capítulo dedicado a los tebeos. Muestra después las obras que le hicieron entrar en la comunidad lectora, obras que le impresionaron, otras que le sirvieron de consuelo en sus momentos bajos, y otras que considera imprescindibles para todos aquellos que aman la literatura. En el comienzo...era el Verbo: comienza, pues, por la Biblia. Homero, Virgilio, ...y de ahí hasta nuestros días. Mucho y muy comprimido, podría decir alguno.

En la clasificación, pues, tenemos al profesor y en la redacción, al escritor de diarios. Pero Villena no solo recomienda un libro por apartado, sino que al referirse a él, da noticia de otros muchos libros, por lo que aquí tenemos al lector y al especialista; y además, en sus comentarios y reflexiones, transmite esa emoción que sintió al leer tal o cual obra, sobre todo poesía, citando versos, poemas, voces, adjetivos, . Y aquí tenemos al poeta.

Hay, sin embargo, en esta personalísima selección, un deje de pesadumbre, una repetida referencia a la situación actual, calificada como una segunda edad oscura, en la que el autor se lamenta del desinterés por las letras, de la preponderancia del producto/libro sobre la calidad literaria de los textos, de la sempiterna marginación de las letras en España, …y no es que le falte razón en sus quejas, pero en mi opinión, es algo tan obvio que no necesita tanta insistencia. Le notamos dolido, indignado, a veces.

También hay una preferencia en su elección por la poesía y los poetas, preferencia lógica por la trayectoria de Villena, que se inclina más hacia la poesía, aunque no abandone la ficción y el ensayo. Y sin embargo, se nota una ausencia, la del mundo femenino en la literatura. De pasada cita a Emily Dickinson, a Mary Shelley, dedica a Doña Emilia Pardo Bazán un apartado, sí, pero visto en general, parece como si la literatura que él prefiere haya sido la protagonizada por el género masculino. No es que por ello debamos acusar al autor de misógino, de ningún modo, sólo que resulta llamativa esa carencia.
Tras el recorrido por la historia de la literatura, destacando las lecturas preferidas, finaliza el libro con un apartado donde nos habla de los autores que el autor ha conocido personalmente y cuya obra considera muy destacable. De cada escritor que destaca, elige una obra o una antología, porque para él le resulta más relevante o considera que le ha impactado personalmente más que otras. Los escritores del siglo de oro, época que Villena ama y conoce profundamente, se explayan e inundan las páginas del libro. Y lo hace de un modo muy llano, de tu a tu, muy directo al lector.

Villena quiere enseñar deleitando. Y si vamos con calma, leemos un trozo hoy y otro mañana, efectivamente nos deleita. En suma, esta obra nos sabe a una mezcla de diario y de manual,  un libro que no se debe leer de seguido, porque puede resultar algo agotador, por la cantidad de nombres y datos aportados en cada breve apartado. De hecho, el propio autor aconseja en el prólogo la lectura alterna de varios libros a la vez, según el espacio donde estemos leyendo: no se puede leer a Shakespeare en el metro, como tampoco la Odisea en la playa, por mucho que Homero nos hable del mar y de las playas mediterráneas. La poesía requiere lectura breve y momentos de placidez y quizá nocturnidad, y el Quijote no es aconsejable llevarlo a una ruidosa cafetería, ( o al menos, no es el sitio ideal para su lectura).  Y en la medida que a lo largo del día cambiamos de espacio (salvo especial confinamiento carcelario u hospitalario) Villena nos recomienda alternar.

Libro que abre muchas puertas, anima a leer a autores que quizás no hemos tenido en cuenta, o a releer clásicos olvidados, cuenta anécdotas según va recorriendo su desarrollo personal y el desarrollo literario, comenta ideas o compara unos textos con otros... Didáctico y pedagógico, sin ser un manual académico, define a su autor a la vez que aplaude las buenas lecturas y el gozo de leer.

Escritor y poeta español, Fernando de Villena (Granada, 1956) es conocido por su obra poética, muy influenciada por el siglo de oro, además de por sus novelas y ensayos, donde ha tratado con frecuencia el género histórico. En la actualidad combina su trabajo como profesor de literatura española con su carrera como creador.


Ariodante
Julio 2014



  

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