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11/1/11

EL MAR, LA MAR...

¡Espumoso mar! ¡Sonoro mar! De nuevo retorno por unos días a la cercanía marina, que me llama periódicamente, con ese sonido a caracola, ese sabor a salitre, ese azul brillante, a veces turquesa, y a veces plomo. Los marinos dicen: la mar; los de tierra, el mar. Como un hermafrodita, el/la mar, no importa cómo le nombremos, seguirá atrayéndonos a sus riberas y seduciéndonos como sirena en dulce canto. Aguas procelosas, siempre en movimiento, siempre activas, eternamente ahí. Y a él acudimos los mortales, ávidos de eternidad  y de azul. Aguas que a veces surcamos en pequeñas o grandes naves, aguas homéricas que nos transportan, como a Odiseo a otras tierras, a otros mundos jamás soñados, depositándonos sobre arenas oscuras.


5/1/11

NOCHE DE REYES

El nombre ya es bonito, sugerente: Noche de Reyes. A cada uno le sugerirá cosas distintas, según su edad, principalmente; pero creo que a todos esta noche nos produce ese cierto picorcillo, esa tensión interna, esa inquietud difusa, recuerdo de nuestros años infantiles, cuando aún teníamos muy borrosa la línea entre ficción y realidad, y soñábamos con magos y regalos venidos de no-sé-dónde. Cuando hay niños en casa, al menos, se mantiene la tradición, el secreto, el misterio. Y nos sentimos dichosos asistiendo a la emoción de los pequeñuelos, que nos trae ecos de nuestras propias emociones y de nuestra ya lejana infancia. 
Con qué prisa nos acostábamos, tratábamos inútilmente de dormirnos, pero estábamos atentos a cualquier ruido o sombra deslizándose por nuestro cuarto. Con qué placer saltábamos de la cama a primera hora, y comenzábamos a buscar los regalos. Y con qué placer miramos después a nuestros hijos pequeños observando sus ojos y su deseo. 
Cuando todo esto pasa, y los hijos crecen, quedamos a la espera de una nueva generación que mantenga la tradición. No nos interesan los desfiles, ni el bullicio. Lo que nos interesa es la emoción, los deseos, la imaginación, la espera de alguien pensando en nosotros,  trayéndonos algo. Lo de menos es el algo, sino la complicidad. Cuando no lo hay, queda el silencio...y los recuerdos. Noche de reyes, noche de deseos, noche de sueños.

4/4/10

COSIENDO RECUERDOS

Acabo de terminar la lectura de un libro que me ha causado honda impresión. No sólo por la novela en sí, de muy buena factura, y cuya reseña publicaré en su momento. La obra me ha calado porque, por diversos motivos, ha tocado varios hilos de mi memoria. Se titula El tiempo entre costuras, y la escribe María Dueñas. Esta autora, nacida una década después de mi nacimiento, no ha podido vivir directamente aquellas cosas que cuenta, aunque sus padres probablemente sí. En mi caso tampoco he podido vivirlo, pero en mis años infantiles, sí pude respirar una parte del ambiente que se relata en la novela. Y la otra parte la escuché una y otra vez de labios de mis padres y abuelos. Y la lectura me ha evocado esas imágenes de mi niñez, de oscuridades, silencios, miradas, años de potajes y de torrijas. Años de aprovecharlo todo, de ahorrar, de estirar faldas y mangas para que sirva la ropa del año anterior, cambiar cuellos para seguir usando la misma camisa, zurcir calcetines y coger puntos en las medias.
Así han aflorado a mi memoria las jornadas costureras de mi madre y abuela, grandes amateurs, que se reunían con mis tías a coser en días fijos, dirigidas por una costurera profesional, la típica viuda enlutada con gafas de cerca, y peineta en el blanco pelo recogido en un moño en la nuca. Angelita, se llamaba. Y ese día mi familia desplegaba retales, hilos, patrones, tijeras y jaboncillo y se lo pasaban en grande repasando la ropa familiar y dándoles un “repaso” a otras que no eran ropas precisamente. Yo merodeaba por allí, a saltitos, y escuchaba chismes hasta que me hacían salir si alguno pasaba de castaño oscuro.


Marruecos ha sido otro de los recuerdos resurgidos con el libro .Concretamente, Tánger y Tetuán. Visité ambas ciudades en 1980 y viví allí no como turista sino como residente, ya que me hospedaron amigos marroquíes en su casa, pude compartir con ellos comidas, charlas, paseos, excursiones, y ver cómo vivían por dentro y por fuera, ayudando a cocinar el tajine y probándome el kaftán y el khol en la alcoba. El sonido de la llamada a la oración al alba, escuchado desde mi cama, apenas despuntando el día. El fuerte olor a especias, al té de menta, las torvas miradas de los hombres enchilabados bajo sus capuchas, las mujeres tapadas recorriendo la medina por sus callejas laberínticas, la visión de la costa española desde el otro lado del Estrecho, mientras el viento de Levante soplaba fuerte y vigoroso. Todo ello me lo ha avivado la novela.
Lisboa es otro recuerdo más: visité por primera vez esta preciosa y a la vez melancólica ciudad en 1975, apenas triunfante la revolución de los claveles, con la alegría en las calles y las paredes inundadas de carteles políticos, esperanzados y novedosos. Se respiraba libertad –veníamos de la España franquista- nada más bajar del Lusitania Express, tras toda una noche de traqueteo, en la Estación de Santa Apolonia. En la gran avenida Da Liberdade, en la Praça Rossio, el ambiente era de festejo y alegría, aunque en los barrios se percibiera ese sabor de saudade. Desde el Castelo se podía ver toda la ciudad en su movimiento, recibiendo el viento del Atlántico y mirando al gran estuario del Tajo desde la Praça do Comerço. Volví en otras ocasiones, y siempre me resultó agradable, con un punto de tristeza, pero amable y bonita.
Y finalmente, Madrid. El Madrid que yo recuerdo y muy cercanamente, no es el de la novela, por supuesto; pero sí lo son algunos establecimientos que cita, como el restaurante Embassy, donde disfruté de la compañía de amigos y buena mesa. Otros, como el Palace y el Ritz, donde también degusté un delicioso servicio de té en buena compañía. Y calles cercanas a mis varias residencias madrileñas: Núñez de Balboa, Zurbano, Almagro, Hermosilla...Incluso alguien muy particular que conocí en mis años madrileños podría haber sido perfectamente uno de los personajes femeninos del libro.
Por todo ello probablemente mi lectura no ha sido objetiva, me he sumergido en la historia por completo porque me reconocía dentro de ella, reconocía ambientes y personajes, y he pasado unos momentos inmersa en un pasado que, para bien o para mal, forma parte de mi memoria. Y desde aquí agradezco a la autora haberme proporcionado tal placer.

27/4/09

MATAR A UN RUISEÑOR: MUERTE DE LA INFANCIA

(Este texto fue publicado anteriormente en www.ciberanika.com)
No soy capaz de recordar el primer libro que leí, aunque mis recuerdos primeros vayan asociados a un enorme libro de tapas bermejas con preciosas ilustraciones sobre la vida de un elefantito. Se llamaba Babar. Y ese recuerdo va a asociado a mi padre, que me ayudaba a leer las líneas, que eran breves y en una escritura muy grande, en letras como de caligrafía. Mi padre, que me inculcó el amor a los libros y a la lectura.
Pero de lo que quiero hablar aquí, es del libro de Harper Lee, Matar un ruiseñor, publicado en 1960. Asocio ese libro, que me impactó profundamente cuando lo leí, a muchas cosas que ya no existen: la casa de mi infancia, mi familia agrupada, la salita de estar donde yo ponía mis vinilos en el pick-up y escuchaba a los Beatles mientras hacía los deberes para clase, y donde pasaba horas y horas leyendo en el sofá, en las más inverosímiles posiciones mientras imaginaba mundos y vivía otras vidas.
Matar un ruiseñor, que posteriormente fue llevada al cine con gran éxito, es una obra que trata de muchas cosas, pero sobre todo del conflicto entre el mundo de la infancia y el mundo real. Entre la alegría de vivir y el drama de vivir. Relata la tranquila vida de unos niños, Scout y Jem, hijos de Atticus, un abogado en un pequeño pueblo sureño norteamericano, y cómo esa vida se ve alterada por un suceso, la supuesta violación de una chica blanca, por un hombre negro. El juicio, las presiones que recibe el abogado que defiende al negro, los sucesos que presencian los niños...todo ello me impactaba, porque yo también vivía en un mundo especial, imaginario, el de la adolescencia, y sin embargo, poco a poco tendría que ir abandonando aquello para entrar en el mundo real. Y lo recuerdo con nostalgia, porque aquella habitación y aquella casa desaparecieron hace ya muchos años, como también desaparecieron mi infancia y adolescencia felices. En suma, desaparecí yo, aquel yo que era una niña saltarina, parlanchina y juguetona, y que el libro y la película me recuerdan cada vez que vuelvo a ellos, identificándome con la Scout que fui y que ya pertenece al pasado.

3/4/09

CASAS VIVIDAS


Vivir en un determinado espacio conlleva asimilarlo a una época de tu vida. Si se ha vivido siempre en el mismo lugar y en la misma casa, lo cual ya va siendo cada vez más raro, uno debe de sentirse como absolutamente arraigado a la tierra, enraizado completamente, y la vida presenta una estructura lineal, al menos en cuanto al marco vital.
Si se ha cambiado de casa dentro de la misma población, ya podemos distinguir unas ciertas etapas y un cierto movimiento que nos independiza del puro espacio. Si le añadimos al cambio de casa un cambio de población, o incluso de país, la situación cambia en proporción a la lejanía y diferencias del lugar al que uno se muda. Cierto que somos los mismos vivamos donde vivamos... pero no del todo. Algo se queda atrás, en cada casa donde hemos vivido, algo parece morir en nosotros, al desaparecer junto al espacio físico. A veces no sólo es el espacio físico, sino los objetos que nos rodeaban, que abandonamos, porque están viejos, porque se rompen, porque los perdemos.
Las casas donde hemos vivido nos recuerdan también a las personas que han convivido con nosotros allí, las actividades que hemos desarrollado, las alegrías y las tristezas que hemos sentido. A veces, incluso desarrollamos un odio profundo a un lugar por un hecho concreto: una muerte, un accidente, una enfermedad, una separación. O sentimos dejar el lugar donde hemos sido más felices que en ninguna otra parte, pero por alguna razón importante tenemos que abandonarlo.
No necesariamente la casa ha de ser bonita, ni grande, ni luminosa, para que la amenos, o al contrario, para que la detestemos. Pero lo cierto es que un poquito de nosotros desaparece con cada casa que dejamos. Una parte de nuestra vida muere un poco al trasladarnos.
Los que por su trabajo han de cambiar muy a menudo de domicilio, supongo que llegan a acostumbrarse, se crean una especie de espacio mental que siempre les acompaña y que les inmuniza y les impide tomarle afecto a los sitios donde se ven obligados a vivir. Los estudiantes, cuando desarrollan sus estudios en ciudades distintas a su lugar de nacimiento, suelen cambiar de casa cada curso, y muchas veces de compañeros de piso. Y muchas veces recuerdan más a los compañeros que a las casas en sí. Aunque es distinto cuando su plan es volver a su ciudad natal, porque consideran como pasajeros esos años vividos fuera, y no se enraízan, sino que se mantienen fieles a su origen. A veces, los planes se truncan: descubren que les gusta más vivir allí, o se enamoran y quieren vivir con la persona amada, o les ofrecen un trabajo estupendo y deciden instalarse en función de eso. Pero finalmente, la historia personal, nuestra historia, va forjándose a base de saltos espaciales, de abandonos y adquisiciones.
La casa de la infancia, si se mantiene hasta la juventud, ya supone una primera etapa. En mi caso, no cambiamos de casa familiar hasta que tenía unos once años. Creo que coincidió con el paso de la escuela primaria a la secundaria. Y además, apenas si nos desplazamos, puesto que era la casa de al lado. Con lo que no supuso demasiadas diferencias, salvo una fundamental, para mí: tuve una habitación propia.
Mis recuerdos de la primera casa que conocí (y en la que nací, porque entonces nadie iba al hospital para hacer algo tan natural como nacer) se mantienen en una cierta nebulosa de la que surgen algunos flashes; me ayuda mirar las fotografías de la época, pero sólo en parte. Hay recuerdos que sabes que lo son porque te lo han contado muchas veces, otros porque las fotos te hacen recordar. Otros, no ligados a nadie salvo a uno mismo, incluso olvidando los detalles físicos del espacio, se presentan a nuestra mente como ligados a un sentimiento. Proust los ligaba incluso a un sabor, a un olor, a algo físico muy personal. Y es completamente cierto. Pero hay otros sentimientos, nada físicos, que también nos hacen recordar. Imágenes confusas, sensaciones placenteras, miedos, angustias, dolor. De aquellas primeras vivencias recuerdo oscuridades, y un olor muy fuerte a pimentón, canela y cominos: abajo de casa había un almacén. También recuerdo el olor a azahar, proveniente del huerto de naranjos y limoneros, y que cada primavera inundaba la casa.

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