13/5/19

LOMBARDI


TIEMPO DE SIEGA
GUILLERMO GALVÁN
HarperCollins Policiaca, 2019
477 págs.



Sólida novela policiaca, ambientada en los años inmediatos de la posguerra española, en la que el protagonista principal, Carlos Lombardi, surge como un prototipo más del género: detective/policía/investigador  duro, fuerte, que recibe palos de unos y otros, aunque también tiene algunos momentos de placer, es leal con sus amigos y lleva mal el conflicto político-ideológico en que vive sumergido. Lombardi es un destacado policía criminalista republicano, en prisión por su pertenencia al bando perdedor; prisión de la cual es excarcelado gracias a la intervención de un antiguo colega, -ahora instalado en la policía nacional- requiriéndosele para ocuparse de un caso que parece pertenecer al mismo asesino que en los años anteriores cometió crímenes similares y cuyo sello está impreso en una reciente muerte con violencia y crueldad.
La trama es muy compleja, porque la investigación remite al inmediato pasado, ya que Lombardi está convencido de que el criminal que busca es el mismo que buscó en los años previos a la guerra, y también porque intervienen varios elementos que enturbian la investigación, hasta que finalmente el protagonista consigue ver claro y dirigirse hacia un objetivo seguro. Los distintos elementos de los que comento son, por un lado, la trama religiosa: los asesinados son sacerdotes o seminaristas, y por las formas del asesinato, se intuye un cierto matiz de perversión sexual.  Por otro lado, intervienen agentes alemanes, que buscan algo que está relacionado con uno de los asesinados.  También aparece un agente británico camuflado. Y continuamente, la policía española franquista.
Lombardi, al principio, duda si colaborar o no con ellos, pero ante todo es policía y es criminalista: y se trata de cazar un asesino que va a seguir matando. Acepta el reto, pero se va a ver constantemente presionado por ser “rojo”. Incluso su vida llega a correr peligro en más de una ocasión.
Además del protagonismo de Lombardi, llama la atención el papel tan importante que juega la propia ciudad y sus habitantes sin nombre: un Madrid hecho polvo tras la guerra. Las vidas truncadas de muchas personas, las ruinas por doquier, el hambre, y los contrastes sociales amplificados por los desastres de la reciente contienda. Los continuos recorridos de Lombardi por los barrios madrileños descubren las miserias de la posguerra, pero a la vez, el protagonista, tras varios años de hambre en la prisión, disfruta de pequeñas delicias como los chatos de vino en las tascas, los bocadillos de calamares, los deliciosos cocidos y guisos de callos,  sin olvidar las yemas de santa Teresa, en una visita a la amurallada Ávila.
Tanto Lombardi como otros personajes: la agente Quirós, el ex guardia de asalto Torralba, el joven periodista Mora, la amable vecina, el sereno…todos presentan un lado muy humano, al margen de sus posiciones ideológicas. Incluso Lombardi tiene que transigir en algunos aspectos y comprender que ya no vive el mismo tiempo que ayer.  Aunque trabajando en solitario al principio, poco a poco va formando un equipo de ayudantes que en algunos momentos van a serle muy útiles.

La investigación, como suele suceder en este género de novelas, destapa tramas unas peligrosas y otras despreciables, en este caso centradas en viciosos y pervertidos personajes ligados a cierta religiosidad que, desgraciadamente, han existido y existen en la vida real, porque el ser humano encierra una simiente doble: el bien y el mal anidan en su corazón.

La novela finaliza con una puerta abierta a una posible continuación del protagonista en nuevas aventuras. De un modo u otro, Galván consigue atrapar al lector con su novela, que, a pesar de sus casi 500 páginas se lee de seguido y no deja respiro hasta haberla acabado.




Fuensanta Niñirola


6/5/19

PARAISOS POÉTICOS


EL CAUTIVO DE SU PARAISO
FERNANDO DE VILLENA
Ediciones Evohé, 2019



En esta nueva novela corta del escritor granadino Fernando de Villena, se relata la vida de un gran poeta granadino del Siglo de Oro: Pedro Soto de Rojas (1584-1658). Poeta reconocido en su época, pasó al olvido en siglos posteriores y fue con García Lorca y otros investigadores que su obra volvió a salir a la luz.
Pero no solo recrea su vida y obra, sino que rescata también del olvido la mansión en la que el poeta creó su propio paraíso, cuando ya su ánimo solo deseaba la paz y el refugio en su placentero encierro voluntario. En el Carmen de los Mascarones, en el Albaicín, construyó tal refugio el poeta, una lujosa vivienda y siete terrazas ajardinadas, donde gorjeantes fuentes, lujuriosa vegetación, alternaban con estatuas, figuras diversas y detalles alegóricos y mitológicos creando un espacio privilegiado y gozoso para su dueño.
Soto de Rojas se codeó con los grandes poetas barrocos y culteranos, como Góngora, al cual admiraba profundamente, el conde de Villamediana y con otros genios de la literatura como Lope de Vega, Cervantes, y demás asiduos de la Academia Salvaje madrileña.
En su juventud produjo el Desengaño de amor en rimas, y De Villena lo presenta como hundido y humillado tras un fuerte fracaso amoroso. Fracaso en el sentido de que, una vez descubiertos sus amores (que eran correspondidos) la familia de la dama interviene para cortar de raíz la relación. Soto de Rojas se refugia en la poesía y produce una de sus más ardientes obras, aunque generando una aversión al genero femenino, con el que, a partir de ahí guarda las distancias, ciñéndose hábito religioso.
Tras acabar sus estudios, le es recomendado moverse por la Villa y Corte a la búsqueda de un protector que le consiga alguna prebenda.  Fernando de Villena imagina lo que pudo ser la vida de este joven en el Madrid de principios del siglo diecisiete, recreando sus relaciones en la Academia y sus angustias para salir adelante con los pocos recursos de que disponía, hasta conseguir una canonjía que le devolverá a su Granada natal. Posteriormente conseguirá un puesto como abogado en el Santo Oficio, lo que le creará ciertas malevolencias y envidias.
Toda la primera parte de la novela se ocupa de la vida del poeta y de cómo construye, en sus años de madurez, la gran casa en el Albaicín rodeada de sus siete mansiones o jardines en terraza diseñados con un cuidado exquisito y con todo lujo de detalles mitológicos entre el verdor de los arrayanes, el azahar de los limoneros y el dulce olor de los jazmines. No solo creó este paraíso, sino que además lo llevó al terreno literario, recreándolo por segunda vez en su poema Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos, su obra maestra.

Curiosamente, la segunda parte del libro, también contada en primera persona, se produce posteriormente a la muerte del poeta, al que, a efectos de la ficción, el autor lo convierte en fantasma ligado a la casa, de la que no puede salir mientras sus muros se mantengan en pie. Y desde lo alto de sus tejados observa las vidas de las personas que van ocupándola. Así cuenta por medio de los distintos ocupantes de la casa y de las transformaciones que en ella se van produciendo a lo largo de los siglos, la historia española y granadina de modo ameno y sutil, hasta llegar a nuestros días donde incluso la presencia del propio autor del libro  hace una breve aparición, un breve cameo para concluir la obra.
Fernando de Villena cuenta de un modo ameno y agradable las distintas vicisitudes de la vida del poeta, imaginando sus movimientos, deseos e inquietudes. Usa un lenguaje mas acorde con el siglo de Oro para la parte de la vida del poeta, y luego, poco a poco, su lenguaje se va modernizando en la segunda parte, donde paulatinamente se aleja del diecisiete y se acerca al veinte.
Cuidada edición la de Ediciones Evohé, y magnífica portada de Sandra Delgado.



Fuensanta Niñirola

29/4/19

NO VI A DIZZY GILLESPIE


LA NOCHE EN QUE PUDE HABER VISTO TOCAR A DIZZY GILLESPIE
ANTONIO TOCORNAL
Ed. Aguaclara Libros, 2017

“Había vivido allí la juventud, la época cuyo recuerdo se convierte con el tiempo en la visión de una aventura de ladrones, sin que se llegue a saber muy bien quién fue la víctima y quién el ladrón… Yo había sido joven en París, y el recuerdo de la juventud es también como el ensayo general de una singular tragicomedia».(Sándor Márai)


Ganador con esta novela del XXII premio de novela «Vargas Llosa» 2017, de la Universidad de Murcia, la Fundación Caja Mediterráneo y la Cátedra Vargas Llosa, Antonio Tocornal recrea unas imaginarias y juveniles aventuras parisinas, aunque probablemente algunos personajes, espacios y hechos hayan sido rescatados rememorando sus propios días de estudiante de arte en París. Aunque pueda parecer autobiográfico, el autor se cuida bien de mantenerse en un discreto segundo plano, interesado más en mostrar la flora y fauna artística de los felices ochenta del siglo pasado, década que supuso un fulgurante esplendor en el mundo artístico internacional. La narración se realiza, vía flash back, treinta años después, con lo que imaginamos al artista en su madurez, recordando con ternura y cierta nostalgia, los mejores años de su vida. Los mejores años de la vida de uno suelen situarse en la juventud, cuando uno la vive gozosa y libremente, aunque pase penurias, que, si es por hacer lo que uno quiere, se soportan amablemente y se recuerdan solo los gozos, no las sombras. De hecho, el narrador ya advierte al principio que la memoria falsea el recuerdo, que a veces se engalanan ciertos hechos que no lo fueron, o se rebajan las penas de ciertas situaciones. Las historias se presentan desde el punto de vista del narrador (y presumiblemente el autor), un artista que pasa sus penurias y sus gozos en París, tratando de aprender a pintar, y también aprender a vivir.

Cada capítulo va dedicado a un nuevo personaje, y los relatos de cada una de esas vidas van encadenándose; unos siguen, otros desaparecen, pero todos conforman un universo en el que las piezas se engarzan como en un puzzle, mostrando al lector un conjunto variopinto de modos y modas, de peculiares y esperpénticos tipos humanos, englobados dentro de la categoría de lo que ahora se llama “artistas emergentes”. El autor demuestra un amplio conocimiento –no exento de retranca- del terreno que pisa al hablar de todo esto.

“Ya por aquellos tiempos, los jóvenes artistas emergentes que salían de las escuelas de Bellas Artes se preocupaban más por construir un discurso coherente con el que defender sus «ocurrencias» y vestirlas de arte que en “dominar las técnicas y en domar los materiales. Por eso era tan extraordinario que nuestro amigo, el único artista lúcido de nuestro grupo, se llamase casi igual que Marcel Duchamp, el genial padrino de todos los descreídos.”


Salvo un capítulo que queda algo discordante, porque usa un estilo y un tono completamente distinto al resto del libro, poniendo una nota de dramatismo y en este caso, de directa implicación autobiográfica (en el que trata la infancia y adolescencia del narrador/autor), el resto de capítulos giran alrededor de esa famosa noche en la que el narrador tenía intención de asistir a un concierto de Gillespie pero no pudo ser. Engarzando personaje con personaje, o espacio tras espacio, va deslizando capa tras capa de pintura: apartamentos, estudios, bares, tugurios donde el narrador se reúne con sus amigos, desfilan a la vez que aparecen nuevos personajes y el lector va conociendo sus vidas a pinceladas, transparencias y manchas, resaltando lo principal de cada uno. Transitan desde artistas que pintan con sus excrementos, a músicos que van de hombre-orquesta, monjas en año sabático enamoradas de actor porno, coleccionistas de naderías, cocinero con pájaro, pequeños traficantes y drogotas ingenuos, strippers “neo-guturalistas”, fotógrafos ciegos, artistas miméticos con nombre de dictador, poetas, pintores gourmets, etc.

“Músicos, escritores, bailarines, actores, filósofos, pintores y toda aquella caterva de bohemios y de cazadores de fracasos eran mis hermanos de aventuras. Entre ellos se contaban muchos alucinados y chicos que estaban de forma permanente al borde del hallazgo, pero también había gente dispuesta a hacer sus maletas en diez minutos, sin hacer preguntas, si alguien le proponía que le siguiese en una correría disparatada.”

Amílcar es uno de los personajes que sirve de aglutinante de esta colección de pigmentos: chileno, forofo de Chavela Vargas, que regenta un mini-restaurante mugriento donde el narrador ha pintado por encargo un enorme retrato de Chavela en una de las paredes. Allí la tropa de amigos se reúne a cenar siempre el único plato del día, acunados por música sudamericana, o a simplemente pasar un rato, fumarse un canuto o telefonear gratis a Sudamérica. En la cocina está Lázaro, un cubano exiliado, y  en su jaula o volando está el periquito azul turquesa al que llamaban Apollinaire, cuya jaula, siempre abierta dejaba al ave revolotear libremente por el local.

Como anuncia el título, el conjunto de narraciones y personajes gira en torno a lo que sucedió una noche. Una noche que reunirá a todos o a casi todos los personajes que han ido desfilando a lo largo del libro. Una noche en la que todos han de cambiar sus planes para acudir a un lugar donde ha sucedido una tragedia.
Pero las tragedias de estas historias son tragicómicas. Todo el libro está escrito en tono de humor, con una fina ironía que a veces llega al humor negro, tan español, o con cierto matiz escatológico, que también.  El mundo del arte con minúscula, el submundo de la bohemia y de los que viven bajo mínimos arropándose bajo el manto del arte o las artes, en general: autodidactas, timadores, ingenuos, vividores, aprendices de vida.  

En algunos momentos la ironía del autor deja traslucir una crítica feroz a determinados caraduras y determinadas concepciones del arte…jugando con las palabras y con los nombres, como con el pintor que decía llamarse Marcel du Champ, y que, “al contrario que los artistas que acostumbrábamos a frecuentar, no otorgaba ninguna importancia a la calidad de su obra, ni buscaba instruirse, ni alimentaba aspiraciones de éxito o de reconocimiento. El único motivo que le empujaba a continuar con la práctica de la pintura era el hedonista. ” “A menudo comentábamos que aquello no podía ser sino un objet trouvè póstumo o una broma postrera del padre del Dadaísmo. ”
En suma, es una pintura de imágenes esperpénticas, con un nivel muy alto de fino humor, combinado con muchos toques de ternura hacia personajes a los que trata, en general, con cariño, sobre todo a aquellos que ejerciendo opciones que rozan la delincuencia o un estatus moral conflictivo, lo hacen con su mejor intención o porque no tienen más remedio.  Resulta un libro entretenidísimo y más empeñado en pintar historias, componer un fresco con la vida artística y juvenil. De estilo llano y directo, aparentemente sencillo, encierra mucho humor y la crítica que contiene requiere un fino trabajo de bolillos, para expresar con sutileza ideas e imágenes cargadas de contenido y presentarlas de modo divertido y jugoso al lector, y que éste pueda leer entre líneas.

Antonio Tocornal (1964, Cádiz) Cursó estudios de Bellas Artes en Sevilla y tras una larga estancia en París, se instaló definitivamente en la isla de Mallorca. Comenzó a escribir en 2010. No lo hizo antes porque estuvo ocupado leyendo durante unos cuarenta años y porque quizás tampoco tenía mucho que contar.



Fuensanta Niñirola


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