UN PASEO POR LAS LETRAS Y POR LAS ARTES: AZUL EN LA MIRADA Y TIERRA BAJO MIS PIES.

MI BLOG ARTÍSTICO

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Obra plástica

25/8/14

LIKE A ROLLING STONE

STONER

JOHN WILLIAMS

Ed. Baile del sol, 2013



 Stoner es una palabra de jerga que designa a aquella persona que fuma habitualmente marihuana. No sé si el autor de la novela ha escogido a conciencia este nombre para el protagonista de la narración, pero supongo que lo ha tenido muy en cuenta. Porque el personaje central  va por la vida aparentemente ido, traspuesto. Se nos muestra como un carácter pusilánime y pasivo; sin embargo, cuando entiende que algo es verdaderamente importante, su decisión es inapelable y afronta el problema como una roca, como una piedra (Stone). También como una piedra se comporta a veces el protagonista, inmutable ante los acontecimientos y dejándolos pasar.

Tremenda novela en la que  Williams disecciona no solo el alma humana sino la vida en su aspecto más dramático: la soledad de la persona frente a la sociedad y el mundo en general, la soledad en cuanto a afrontar su propia vida. Y es terrible porque lo que nos cuenta es demoledor, de tan real; inevitablemente cotidiano. Aunque esté ambientada entre el comienzo y la primera mitad del siglo XX, la narración, con pequeños cambios de ambientación, podría ser perfectamente actual. Se sigue aislando al “diferente”, al que no se comporta como todos, al que se ocupa de sus asuntos y va a su aire. No es demasiado comprensible, sin embargo, cómo el protagonista da el salto de la mentalidad agraria y campestre a la literatura. Casi parece sernos descrito como una transfiguración, una visión que transforma a William (nombre tampoco casual, hay elementos autobiográficos en esta novela) y le hace penetrar en los secretos de las palabras. Una especie de “caída del caballo” al modo de San Pablo.
La historia es la de un hijo de granjeros de Missouri que sale del campo y se sumerge en el mundo universitario de Columbia, una pequeña ciudad de Missouri. Con la idea originaria de que su retoño aprenda mejores técnicas de Agricultura, que revertirán en la mejora de la granja, los padres de William lo envían a la Universidad. Pero allí ocurre un cambio, el chico descubre que hay otras cosas que le atraen profundamente más. Un mundo nuevo: las palabras. Y abandona padres, granja, proyectos y futuro.
Este es un nuevo mundo en el que, fuera de los libros y un par de amigos, William no sabe nada, y mucho menos, de las mujeres. 
Así, la primera mujer que le mira se convierte en la dama de sus sueños. Todo va muy deprisa y de la noche a la mañana William Stoner se convierte en un esposo (y más tarde en padre) con demasiadas responsabilidades y muy pocas satisfacciones. La existencia de este hombre se va retrayendo cada vez más, para defenderse de las agresiones externas, aunque las responsabilidades y las culpabilidades se le vayan sumando sobre sus ya desmejorados hombros. Paulatinamente se va atrincherando en los libros, en la literatura, en el mundo de las palabras y en el mundo académico, en su trabajo como profesor. La esposa, los padres, la hija, el hogar, todo va distanciándose (contra su voluntad, pero William es un hombre tranquilo, podríamos decir) y haciéndole enrocarse en un duro caparazón, del que sale en una breve etapa al descubrir el amor, la pasión amorosa. Pero esto tampoco se le permitirá. Toda su vida es un acumulo de frustraciones y fracasos, salvo su constante refugio: su trabajo como profesor. La descripción de la vida académica universitaria, que el autor conoció durante muchos años, es una vivísima disección, un retrato fiel, dramáticamente realista...y lo peor es que no parece haber cambiado demasiado, incluso en la europea y no digamos, la española. Intrigas, presiones, ambiciones y luchas por el poder. Todo un reflejo, en miniatura, de la sociedad.
La vida de Stoner es presentada al lector por diversas facetas (la campestre, los comienzos estudiantiles, el noviazgo y boda, el trabajo de profesor, el affaire con Katherine, etc.) por orden cronológico y desde un narrador impersonal, pero eligiendo el punto de vista de Stoner. No sabemos lo que piensa Edith, ni Grace, ni los demás personajes, aunque podemos deducir muchas cosas de los hechos que se nos muestran. Tampoco sabemos demasiado del pensamiento de William. A veces parece que siga una corriente vital, sin plantearse nada, como si estuviera fumado, dejándose llevar, como un canto rodado...like a rolling stone.
Lo que vemos en el desarrollo de la historia es que un hombre sencillo, honrado, que sigue su camino, es acosado por todos aquellos que le rodean; de un modo muy sutil a veces, de un modo violento y directo, otras. Y su refugio siempre es la literatura, que es el mundo que ha elegido ( a veces nos queda la duda de si es la literatura la que le ha elegido a él). Con los libros vive y con los libros muere. Por lo demás, a pesar de estar siempre rodeado de gente, la soledad es su única compañía.
John Williams (Clarksville, Texas, 1922 - Fayetteville, Arkansas, 1994) fue un escritor estadounidense principalmente conocido por sus novelas Stoner,  Butcher’s Crossing y El hijo de César, aunque también se dedicó a la poesía. Nació en una  pequeña localidad tejana, Clarksville, Después de desempeñar varios empleos se enroló en el ejército en 1942, durante dos años y medio, sirviendo en la India y Birmania. Tras la Segunda Guerra Mundial fue a la Universidad de Denver, donde obtuvo su título de bachelor en 1949, y el master, en 1950. Durante este periodo publicó su primera novela, Nothing But the Night (1948), y su primera colección de poemas, The Broken Landscape (1949). En otoño de 1950 Williams fue a la Universidad de Missouri, donde ejerció como profesor y obtuvo el doctorado en 1954. En 1955 pasó a dirigir el programa de escritura creativa de la Universidad de Denver. Tras jubilarse en 1986, Williams se trasladó con su mujer a Fayetteville, Arkansas, hasta su fallecimiento.

 Ariodante




17/8/14

TIEMPO DE VERANO II

 CRONICAS PLAYERAS  II


Continúo con mi imaginario recorrido por los lugares habituales en una localidad que en verano se inunda de turistas.

EL SUPERMERCADO
Al cabo de unos días he de visitar el supermercado de nuevo, ―tengo la mala costumbre de comer― pero no caigo en que es sábado...en vacaciones los días pasan sin darnos cuenta, con lo que aquello estaba que no cabía un alfiler. Tal y como está la economía, el turista cada vez más tira de supermercado que de restaurante. Pero ya que estoy aquí...Lo cierto es que un guardia de tráfico no hubiera venido mal: el aparcamiento es un continuo entrar y salir, en los pasillos no hay quien pase, familias tanto británicas como autóctonas al completo, arrastrando carritos absolutamente cargados hasta los topes, algunos con los niños dentro, además; otros se hacen la visita en pleno cruce de pasillos, y se dedican a contarse la vida, mientras los niños corretean, tocándolo todo, y los padres, ajenos, buscan entre las bebidas alcohólicas algo que les haga más llevadero el mes. Es impresionante lo que les atrae la bebida a estos británicos...aunque tampoco los alemanes le hacen el feo a una buena cerveza. 
Una sexagenaria extranjera, que trata infructuosamente de discernir entre un producto y otro, pide ayuda a un empleado, que le contesta en la lengua local, aunque en un tono de voz muy alto, como si así consiguiera que le entendiese mejor, creándole aún más confusión a la pobre señora. Porque eso sí, los empleados del súper son del pueblo, y en el pueblo se habla el valenciano, variante alicantina. Con lo que se originan divertidas demostraciones lingüísticas y algunos intercambios emocionales. Estoy tan entretenida que sin dame cuenta me he llevado los danones y el bimbo pasados de fecha y he de volver a cambiarlos. Y  olvido el spray anti-hormigas, que con la invasión a la que estoy sometida, me lo cepillo en cuestión de días, a falta de un Charlton Heston. Me tocará volver mañana.
De todas formas, en esta localidad si hay algo que no falta son enormes, gigantescos (y algunos pequeñitos, aunque quedan ya pocos) supermercados. De todas las marcas y colores. Y el problema es que, aunque tenga uno muy cerca, resulta que hay productos que me gustan de uno distinto, con lo que el recorrido puede hacer se agotador: el pan de molde de alli, los rollitos integrales de allá, el te twinnings que solo lo tienen en acullá, ...y las mermeladas que abundan de las que me gustan en otro distinto. En suma, que el recorrido por los súper se hace a veces interminable...eso sí, muy entretenido.

EL PASEO NOCTURNO
Las noches suelen ser frescas, cuando sopla la brisa marina. Me bajo al Paseo del Arenal y deambulo por allí, entretenida con el ajetreo nocturno. Sentarse en un café o una heladería es divertidísimo. Por el paseo van desfilando toda una colección interminable de personajes, habituales del mundillo playero. Familias al completo: los padres en camiseta y bañador, las madres en pareo, o en esas camisolas semi-transparentes que son tan comunes en las playas, y que disimulan un tanto los volúmenes no deseados y a la vez dan esperanzas de posibles encantos escondidos. Los niños, chupando caramelos, helados, y otras sustancias pringosas, o manipulando esos objetos fosforescentes que tanto éxito tienen entre el personal infantil, o esos rayos láser con los que se regodean machacándonos los ojos, bajo la mirada tolerante de los padres, que mientras tanto se paran en los sempiternos e inevitables puestos de artesanía, orfebrería, bolsos, cerámicas u objetos variopintos, o se sientan a tomar una cerveza o un helado. Las paradas donde hacen retratos a lápiz o a rotulador, o caricaturas, no están demasiado concurridas, aunque siempre hay algún ingenuo que se siente tentado a verse a sí mismo con otros ojos.
 También desfilan los septuagenarios, de los que en esta población hay un altísimo porcentaje, sobre todo extranjeros, instalados aquí buscando un clima más benevolente con su reuma que el húmedo y lluvioso de sus países de origen. Es por ello que aquí florecen como setas las ortopedias, los podólogos, geriatras, fisioterapeutas y hay farmacias por todas partes. Pero ellos, ajenos a su edad, o quizás precisamente a causa de su edad, visten de  colorines, pantalones cortitos y camisetas luminosas, las señoras portan colgantes llamativos o escotes desmesurados, que nos muestran un panorama desolador, por otra parte.
Los adolescentes, usan el uniforme habitual: ellas, camisetas varias tallas menores, el hueco ventral al aire, pantalón ajustadísimo, tatuajes piercings por todas partes; ellos, camisetas zarrapastrosas, bermudas, sandalias de goma y pelos desmadrados, que harían horrorizarse a cualquier peluquero que se precie. Su tono de voz les delata a distancia.  También gritan los hooligans, que van apandillados, montando bronca y tratando de llamar la atención lo más posible. Todos, unos u otros, portando visiblemente su iPhone último modelo, como una pieza más del uniforme.
En menor cantidad se pueden ver sudamericanos: ecuatorianos, sobre todo, colombianos y bolivianos también. Aunque la población argentina es enorme, ellos montan negocios, sobre todo textiles, de muebles, artesanía, y restaurantes, y están absolutamente asimilados a los autóctonos, delatándoles solamente su acento, que son incapaces de olvidar, por mucho tiempo que vivan lejos de su país.  Los ecuatorianos, colombianos y bolivianos, más relacionados con el sector servicios, y suelen formar un grupo aparte, porque aun no están demasiado integrados. Son gente bastante tranquila y pacífica, que disfrutan de sus horas libres después de un día de trabajo. Los magrebíes suelen pasear más por el Puerto, en grupos masculinos, o con sus familias. Y a los chinos, como siempre, no se les ve en la playa, (de hecho, apenas se les ve ) aunque ya han invadido prácticamente todo, desplazando a muchos pequeños locales y ocupando manzanas enteras con sus tiendas, abiertas a todas horas.
LAS FIESTAS

Estos días se celebra la inevitable fiesta de moros y cristianos, muy tradicional en estas comarcas, y muy atractiva por la vistosidad de los trajes y la sonoridad de sus músicas, con dominio de timbales y tambores. He decidido acercarme por la noche al puerto, a ver el desfile y  sentir un poco el ritmo de las bandas de música que van detrás, marcándoles el paso. Los trajes son brillantes y llamativos, sobre todo los de los moros; este año han introducido filaes de cristianos con trajes de bandoleros siglo dieciocho, lo cual parece algo fuera de lugar, además les acompaña una música muy sandunguera y sus movimientos parecen más de discoteca. 
Aparecen los moros, puro en boca, como es tradicional, moviéndose como Dios ―o Alá― manda, en una especie de desplazamiento pendular con las caderas, muy, muy despacio y al verdadero ritmo de los timbales y el bombo, a un volumen que el corazón casi se sale del pecho y  tiemblan las rodillas. Aunque deben de ir bastante sonados, lo hacen muy bien. Reciben fuertes aplausos del público turístico y el residente, además de otras interjecciones y comentarios no muy reproducibles. 
Algunos magrebíes, ellos con ropa occidental y ellas con el kaftán y pañuelo en la cabeza, lo observan todo desde una cierta distancia y sin demasiado sentido del humor. Los cristianos, que vienen al final, están potentes: hay cuatro jinetes, muy bien puestos sobre sus caballos enjaezados muy elegantemente, y una carroza con los reyes y su corte. Y la banda de música, muy original, recuperando instrumentos populares, produce un sonido muy peculiar. Curiosamente son señoras de edad, que tocan flautas, rascadores, triángulos, panderos y otra serie de objetos no identificados pero que suenan adecuadamente medievales. Llevan todas una especie de uniforme consistente en unas batas o túnicas naranja, lo que les da un aire muy a lo Hare Krishna. Tras la última carroza, desfilan los puestos móviles de chucherías, globitos, helados, y la obligada camioneta de la Cruz Roja...por si las moscas, que siempre hay a quien le da un achuchón entre timbal y tambor. En fin, finaliza el desfile con la inevitable traca y castillo de fuegos artificiales.


La noche es de una temperatura fresca muy agradable y me vuelvo paseando hasta donde he dejado el coche, algo somnolienta ya, pero contenta, y con un cierto movimiento pendular en mis caderas. La luna llena resplandece como una moneda de oro, colgada en el cielo, sobre el mar oscuro, donde se destaca un pequeño barco de vela, que va dejando una estela blanca ondulante. Se escucha el fragor del oleaje sobre las rocas. 
¡Mmmm....el mar, el mar! Suspiro.



11/8/14

TIEMPO DE VERANO

CRÓNICAS PLAYERAS I
  



Ha llegado el calor; y con el calor, las huidas masivas hacia lugares más frescos o hacia los sitios de veraneo, que, sean frescos o no, al menos nos permiten un cierto relax, o al menos eso es lo que se busca. Así que hacemos las maletas, procuramos llevarnos todo lo posible para que no nos falte el confort de la ciudad, y para hacer lo que tenemos pendiente durante meses: lecturas atrasadas, películas que hace siglos queremos ver, sandalias, bañador, cremas para el sol...en fin, que la maleta va a rebosar, y nuestras expectativas también. Después de un largo trayecto en el coche o en el tren, cansados pero felices, arribamos a nuestro destino. ¡Mmmm....ya se huele el aire marino!
En mi caso, me desplazo a una localidad mediterránea, que, aunque tiene bastante vida durante todo el año, en el verano la población crece y se multiplica por doscientos. Y no sólo la población, sino los automóviles, los ruidos, los atascos, las tumbonas en la playa y los gritos infantiles. Más de la mitad de la población es foránea, principalmente anglosajona, aunque también hay muchos argentinos  Hasta el punto de que muchos viven durante todo el año, montan negocios para sus propios compatriotas, y se da el caso de que  si un nativo, o sea, mismamente yo, quiero comprar algo allí, me veo casi obligada a pedirlo en inglés. A veces, realmente da la impresión que estoy en su país ―un poco más soleado, eso sí― y no en el mío...pero me viene de perlas practicar el inglés gratuitamente.

LA CASA


La casa tiene una terraza abierta con vistas al monte arbolado y al mar al fondo, y una piscina estupenda, donde espero hacerme unos cuantos largos al día y recuperar mi tono muscular o al menos, mantener lo que queda de él. El césped invita a paseos con los pies descalzos, sintiendo la humedad en mis extremidades maltratadas por los zapatos de tacón invernales. Palmeras, pinos, muchas buganvillas rosa, violeta y rojo oscuro, un maravilloso cuadro colorista y llamativo. El viento, que suele soplar a partir del mediodía,  hace un sonido delicioso al deslizarse con fuerza entre los árboles. El llevant o levante, viento fresco y húmedo del mar, y el llebeig, o lebeche, el viento de suroeste, cálido y seco, mientras las chicharras le acompañan con su única nota constante, consiguiendo unas modulaciones monocromáticas deliciosas, que producen somnolencia al cabo de un rato de escucharlas, tumbada en una hamaca. Curiosamente son los machos, los chicharros, los que tienen el órgano fonador, y cantan, ¡cómo no! para atraer a las hembras, y para aliviar sus calores.

 Por las mañanas, me despierta otro canto: una multitud de pájaros. Creo que han anidado en el tejado sobre mi ventana, porque los oigo como si realmente compartieran mi dormitorio, además de observar cada mañana sus múltiples deposiciones. Otra cosa que me despierta es el sol mañanero, que es el despertador más seguro. Mi ventana da a levante, con lo que, a partir de las siete, o a la hora que toque según el día del mes, el astro rey lanza sus terroríficos rayos...directamente sobre mi ojo izquierdo, con lo que mi primer movimiento se dirige a las cortinas, para cerrarlas y poder seguir con mi dulce sueño. Sigo escuchando a los simpáticos pajarillos, que a voz en grito piden el desayuno a sus alados progenitores. También oigo ―¡vaya por Dios!― al perrito de los vecinos de enfrente, que a esas horas se despierta y nos regala unos fuertes ladridos, muy reconfortantes, como para decirnos que ya está bien de dormir tanto, hay que levantarse y disfrutar de una mañana estupenda. Y  hasta me llega el canto de un gallo lejano, que no para de lanzar al aire su kikirikí, como es habitual en su especie, incluso escucho los relinchos de un caballo (¡Sí, un caballo!) además, del inevitable llanto del bebé de los vecinos que ya acaba de despertarse de mal humor.

Visto que no puedo seguir durmiendo, enciendo la radio para escuchar las noticias, amodorrada aún entre las sábanas. Las temperaturas parece que se han vuelto locas...mmm, no, perdón, creo están hablando de la Bolsa, que también. Los anuncios me abren el apetito, así que bajo a ver qué hay en la cocina para desayunar. Sé muy bien lo que hay, yo misma lo compré ayer por la tarde en el supermercado, pero por las mañanas una desea que la sorprendan agradablemente. Y efectivamente, la sorpresa me la llevo cuando encuentro la cocina absolutamente ennegrecida por un ejército de hormigas, dándose un festín con unos minúsculos restos de la cena, que habían caído al suelo. En fin, me armo de spray desinfectante, cubo y fregona, y me dedico a acabar con aquella marabunta, acordándome del finado Charlton Heston... ¡Delicias del campo! Finalmente puedo desayunar mis tostadas con mermelada, zumo de pomelo, y un par de tazas de café negro con canela―¡cómo lo necesitaba!―, mientras escucho una pieza para oboe y fagot de Scarlatti. 

LA PLAYA

Bueno, me digo, ahora un paseíto por la playa y luego un buen baño en la piscina. Monto en mi bólido ―es una manera cariñosa de hablar de un pequeño utilitario ―y, después de casi tres cuartos de hora para llegar y otros tantos para encontrar aparcamiento ―es temporada alta―consigo mi propósito. Es una playa amplia, en forma de concha, de arena fina, con unas cuantas palmeras. A esa hora, ya empezaban a llegar algunos madrugadores. Aprovecho que la orilla todavía está libre y me doy un delicioso paseo hundiendo  los pies en el agua, recibiendo las olas. El sol ya calienta como para derretir un buen helado y agradezco el sombrero que me protege de sus ardorosos rayos. Cuando ya me he recorrido toda la orilla en un sentido, me vuelvo para recorrerla en el contrario, y compruebo que ha aumentado bastante el personal playero: consiste, sobre todo, en simpáticas, pacientes y abuelas autóctonas, neverita portátil en ristre, con gesticulantes nietecillos, armados de cubo y pala, que se dirigen veloces a la orilla, gritando de felicidad y dando saltitos. Los sufridos abuelos, en retaguardia, llegan cargados con la sombrilla, las silletas plegables, las toallas, flotadores y demás aditamentos imprescindibles para soportar varias horas bajo el tórrido sol veraniego, mientras los padres de las criaturitas duermen plácidamente en casa, tras una noche en blanco. Algún otro nieto más crecidito porta una red para cazar cangrejos, medusas y otros animalillos marinos que se pongan a tiro. Y otros, ya más juveniles y no necesariamente nietos de nadie presente, juegan (con la mano libre que les deja el móvil) con las inevitables pelotas de goma, y con esas otras pelotitas con una especie de redecilla detrás, que se golpean con una pala y que suelen ir a parar al ojo del vecino más cercano.


De pronto tropiezo con alguien: es un corredor mañanero, ya no tan juvenil, colorado como un cangrejo, sudoroso y maloliente, que corría en mi dirección a toda pastilla y al que no había visto venir.  Al cabo de un momento ya me he topado con seis o siete corredores más, igualmente sudorosos y malolientes. Decido retirarme de la orilla y volver al paseo marítimo. Me cruzo con varios grupos de turistas extranjeros que avanzan penosamente por la arena, buscando afanosamente el mejor hueco donde extender sus esterillas y toallas, para tumbarse y freírse al sol cual sanlorenzos nórdicos. Ya empieza a estar concurrido esto... ¡Cada vez vienen más temprano!, me digo a mí misma.

Las tiendas de objetos playeros ya están abiertas, las cafeterías y heladerías también, donde algún trasnochador ahora disfruta de su desayuno mientras recibe la brisa marina y los inclementes rayos solares. Los restaurantes están de limpieza general, preparándose para la avalancha del turismo que a partir del mediodía ya quiere deglutir la paellita o la fritada de pescado, con un hambre canina, después del baño, o antes de él. Curiosamente, los turistas británicos (y nórdicos en general)  suelen comer a la inglesa y a la española, ¡a la vez!, con lo que a las doce se toman un tentempié y a las tres la paellita, a las seis el té o lo que sea que les sirvan con ese nombre, y a las diez de la noche cenan con el resto de españoles en las terrazas, entre el bullicio general, y allí siguen hasta  la madrugada, copa tras copa, encantados de la vida y de un clima que parece tropical, además de un país que no le pone horarios a su  ingesta de alcohol. Esto último creo que es lo que más les entusiasma.

Me giro hacia la playa, para despedirme del mar hasta otro día, y el espectáculo me deja francamente desalentada: ya casi no queda un espacio libre en la primera línea y en segunda y tercera hay mucha ocupación. ¡Si apenas ha pasado media hora! 
Los hay de todo género, tamaño y procedencia. Desde el musculitos que se dedica a exhibir palmito por entre las damas cuarentonas, mirándolas de reojo para ver el efecto causado; el cincuentón de prominente barriga cervecera, camisa abierta y bermuda de cintura bajada, con gorrita de béisbol o sombrerito de paja, concentrado en el periódico deportivo; las jovencísimas de talla 34, todo esquinas huesudas, tatuadas y agujereadas, y con la mínima expresión de bikini, muertas de sueño sobre la alfombrilla, porque aquí acaban su noche, pero pegadas al móvil, por si acaso. Por el contrario, las también jóvenes talla 48, tratando de imitar a sus amigas en cuanto a la ropa, con efecto estéticamente adverso, al desparramarse los michelines por doquier. Excepcionalmente aparecen algunas esculturales bellezas, tumbadas lánguidamente al sol, hablando por el móvil interminablemente, mientras muestran sus encantos a todo el que quiera mirar. Visto que ya van bajando los padres de las criaturitas, aún con el gustillo al café con leche y dispuestos a darle un cachete a sus retoños, que ya están pasándose de la raya con los abuelitos, y que los jugadores de voley-playa empiezan a tirarse la pelota, me despido por hoy del espectáculo playero. Hay bandera verde, el baño es seguro, hoy no hay medusas, el calor está garantizado y el personal dispuesto.

LA PISCINA

Retorno a casa para darme mi baño: lo prefiero en la piscina, la verdad. Luego de un largo rato del inevitable atasco automovilístico –ya se ha hecho muy tarde― consigo llegar a  casa, sudorosa y agobiada por el calor, y  me dirijo, toalla en mano, a la piscina, pero, ¿Qué ven mis ojos? Es increíble: un par de arañas descomunales, negras, peludas, espantosas...bañándose placenteramente en el agua, ¡mi agua! pataleando gozosas con sus ocho inmensas patas cada una.  Por supuesto, bajo ningún concepto entro en el líquido elemento hasta que las indeseadas bañistas acaban por ahogarse y van a parar al filtro de la piscina. No podía imaginar que existieran seres tan repugnantes... ¡Cielos!, me digo, si esto es el campo, ¡Bendita la ciudad!
Finalmente puedo disfrutar de mi deseado baño, pero no crean, no las tengo todas conmigo y me meto al agua con mis gafas, para avistar al enemigo con tiempo. Unos buenos largos, varios ejercicios de abdominales, y salgo como nueva. Para reponerme, me atizo al salir un martini doble que me sabe a gloria, mientras las libélulas zumban y cruzan veloces sobre la piscina, atraídas por el frescor del agua, así como otros insectos ya no tan atrayentes como avispas y abejorros se refocilan por el césped, dispuestos a proporcionarme una buena picadura si persisto en pasear descalza.


Degusto mi comida muy agradablemente en la terraza, lo que atrae algunos indeseados moscardones, y paso el rato moviendo los brazos como un burro su cola, aunque, eso sí, disfrutando de un paisaje espléndido, de la visión y los cantos de mirlos, gorriones, palomas, las elegantes golondrinas,… así como del zumbido monocorde y atronador de las chicharras, a esa hora en su máxima potencia.

 Sn embargo, a eso de las tres y pico de la tarde, cuando aún tengo el sabor de mi habitual onza de chocolate como punto final de mis comidas y me auguro una tranquila siesta, libro en mano, al lado sombreado de la piscina, escucho un chirrido e inmediatamente el rugido de una máquina cortadora de césped. ¡Horror! Los jardineros, que, una vez respuestas las fuerzas con un buen almuerzo, se disponen a trabajar, justo en el jardín de al lado. En fin, ¡qué le vamos a hacer! Me pongo los tapones para los oídos, que siempre llevo conmigo, y me dispongo a resistir el asalto. El campo, ya se sabe.


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