20/7/12

RESCATANDO UN CLÁSICO


LA HIJA DE HOMERO

ROBERT GRAVES

Edhasa, 1992



Los hijos de Homero era el apelativo que se les adjudicaba a los bardos o poetas que cantaban las leyendas y los poemas épicos griegos, las hazañas de los héroes de Troya y de los dioses olímpicos. La obra que nos ocupa hoy, La hija de Homero, tiene diferentes lecturas. No sólo es una novela ambientada en la Magna Grecia,  o sea, en la Sicilia de una indefinida época post homérica,  basada en una reinterpretación absolutamente libre de la parte final de la Odisea, sino que también reflexiona sobre la poesía y los poetas, los narradores y las distintas versiones de los mitos. Y para rizar más el rizo, como Graves era un personaje controvertido, rompedor de moldes y barreras, pone la narración en boca de una mujer, que finalmente resulta ser, según la carga de profundidad que lanza la novela, la poetisa o Hija de Homero, que reescribe la Odisea y le da su toque personal al canto. 
Una princesa elimana, Nausícaa,(Nausicaa=quema de barcos) descendiente de la estirpe troyana, asentada en Sicilia, en Erix, el extremo occidental de la isla, nos narra en el prólogo la historia de su pueblo y de su familia; y nos avisa de que ha escrito un poema épico basándose en los dramáticos sucesos que nos narra a continuación.
Hay dos maneras de afrontar esta novela: una, desde la ignorancia de la historia de Ulises, narrada por Homero en la Odisea, y entonces disfrutar de una narración que te atrapa desde el primer momento y que tiene su intriga y su sabor griego. La otra, desde el conocimiento homérico, con una gran dosis de tolerancia y de humor, y entonces disfrutar de la novela como si de un juego se tratara.
Cabría una tercera opción: indignarse con Graves, y cerrar el libro cuando uno se da cuenta del calibre herético de lo que nos está contando. Pero creo que esta opción es la menos recomendable.
La novela está muy bien escrita, implica un dominio absoluto de la mitología griega, incluye varias narraciones internas y variaciones de otras narraciones, imagina una Odisea distinta y atribuye la que conocemos a Nausícaa, la protagonista, que no es la hija del rey Alcínoo y la reina Arete, del país de los feacios, donde recala Ulises y recibe ayuda para llegar a Ítaca, sino la hija del rey Alfides, hermana de Laodamante, de Halio (desterrado por su padre), el joven Clitóneo y el niño Telegonio.
Todo empieza porque la esposa de Laodamante, aburrida y sin hijos, le pide a su esposo que le traiga un collar. Y a partir de su marcha, comienzan a ocurrir toda una serie de desgracias: el rey parte a Grecia en busca de noticias de su hijo mayor, después de meses sin noticias, el regente, Méntor en qué se ve de contener a los enemigos del rey que abusan de la hospitalidad de palacio y pretenden casarse con Nausícaa (que, cual Penélope, les va dando largas), Clitóneo, cual Telémaco, tampoco puede enfrentarse a tanto enemigo, el patrimonio de palacio va disminuyendo, y las cosas se complican. Pero Nausícaa tiene un encuentro en la playa con un héroe desconocido, Etón, en el que deposita sus esperanzas (y del que se enamora perdidamente), y con el que, tras el asesinato de Méntor y de Laodamante, Nausícaa y Clitóneo traman un plan para conseguir la venganza y salvar a la familia de la vergüenza y el oprobio al que se ven sometidos. El premio será el lecho nupcial, lógicamente. Y el plan no es otro que repetir la historia de cómo Ulises –en este caso, Etón- tensó el arco y mató a los pretendientes. En el capítulo final, Nausícaa nos cuenta cómo se sirvió de tales sucesos y de otros textos clásicos, reinterpretados, para escribir un poema  que resultó ser... la Odisea.

Antes hemos hablado de otras posibles lecturas, pero yo dejaría de lado los intentos de Graves de introducir nuevas tesis mitológicas y disfrutaría con la lectura, como si de un juego se tratara. Esta reescritura de Homero puede sonar a herejía, si se toma como un ensayo sobre mitología o como una revisión del poema, y si el lector tiene inclinación clásica; otros pueden encontrar la idea como feliz y apropiarse dichas tesis. Yo considero que lo mejor es tomarlo como una simple fabulación en la que se riza el rizo y se juega con las historias míticas y con los personajes, dando explicaciones alternativas posibles, cambiando los nombres y alterando los papeles, como si de un juego de las sillas se tratara. Todo el mundo ocupa el lugar del otro hasta que finalmente uno queda en pie y sin silla. Y me inclino por pensar que no es Homero el que se ha quedado sin silla.

Robert Graves (Londres, 1895- Deiá, Mallorca, 1985) fue escritor, poeta, erudito e investigador de la mitología griega británico afincado en España en sus últimos años. Graves se educó en la escuela Charterhouse ganando una beca para la Universidad de Oxford), donde prosiguió sus estudios. Participó y fue herido gravemente en la I Gran Guerra. Publicó su primer libro de poemas en 1916. Obtuvo una plaza en la Universidad de El Cairo, adonde se instaló con su esposa, sus hijos y la escritora  Laura Riding, con la que fundó la editorial Sizin Press. Allí conoció y trabó amistad con T.E. Lawrence, sobre el que escribió su Lawrence y los árabes. En 1929 descubrió Deiá (Mallorca), pero hubo de salir de allí al comienzo de la Guerra Civil española.  Tras la guerra mundial, se instaló definitivamente en Deiá,  y en 1950 se casó con segunda mujer. Y allí escribió sus obras más famosas, entre su extensa producción. Destacó, además de sus novelas de tema mitológico griego e histórico romano, por sus heterodoxas interpretaciones de la mitología, expuestas, sobre todo, en La Diosa Blanca, y Los Mitos Griegos. También es conocido su interés, en los años cincuenta y sesenta, por los hongos alucinógenos y lo que se ha venido en llamar enteogenia (entheos=dios adentro), significando con ello los trances poéticos, la posesión divina, la inspiración artística (inducida, suponemos, por la ingestión de un cierto hongo). Llevó una vida nada convencional, muy propia de un poeta, que era como él se consideraba a sí mismo.
  


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