LUIS DELGADO BAÑÓN
Ed. Noray, 2011
Decimonovena entrega de la Saga Marinera Española, en la que Luis Delgado Bañon (Murcia, 1946) desgrana un episodio penoso en la historia de nuestra Marina, así como francamente execrable en la política nacional. Desgraciadamente este tipo de maniobras y contubernios se han visto y vuelven a ver en la política de nuestro país. Pero la historia tiene momentos buenos y malos. Generalmente se aprende más de los errores y de las situaciones trágicas que de los éxitos y bondades.
El caso es que nuestro héroe, Santiago de Leñanza, en grado de general y jefe de escuadra, retorna a su patria en gozosa compañía tras matrimoniar de nuevo, esta vez en Lima. Los primeros capítulos tratan de ese retorno por la mar. Retorno algo accidentado donde tienen lugar una serie de peripecias habituales en la mar, batalla contra piratas incluida. La llegada finalmente a Cádiz y el reencuentro con su hijos, el pequeño Pecas convertido en adolescente, desarrollado y ansioso de entrar en el servicio de mar, y la deliciosa María, cada vez más dulce, producen en nuestro protagonista sentimientos de profunda alegría, así como el abrazo a su hermana Cristina y su cuñado Beto, después de varios años sin verle. La parte más penosa es la visión de María Antonia, muy desmejorada y enferma, a la que la emoción del hijo recobrado no resuelve de un final próximo.
Pero el bloque central del libro se concentra en toda la historia de los famosos navíos rusos o barcos negros que a Fernando VII y su camarilla, con el concurso del embajador ruso Tatischev, se empeñaron en traer de la corte del zar Alejandro I. Negocio ruinoso como el peor, dejó la hacienda española por los suelos así como el honor de la Marina y la credibilidad del gobierno, o mejor, del desgobierno de un rey absoluto que no quería el control de nadie pero se dejaba manejar por un grupito de parásitos.
De todo ello nos vamos enterando por las conversaciones de Santiago y Beto con el Ministro y con otros personajes. Conversaciones sabrosísimas y enjundiosas, que de un modo atractivo y por medio de la mezcla de personajes reales e inventados, el autor nos introduce en las intrigas palaciegas y nos hace sentir el malestar y la impotencia de todo un ministro que se ve ninguneado para resolver un asunto de la Marina por medio de mequetrefes que sólo quieren su tajada y algún miembro de Ejército que no sabe distinguir una jarcia de un obenque, como lo fue el general Eguía, que usurpó las funciones del ministro de Marina con el beneplácito del monarca.
Mientras tanto, comienza a entremezclarse el relevo generacional: el adolescente Francisco, Pecas, ingresa como guardiamarina, y mientras todos estos desagradables sucesos van teniendo lugar con su padre y su tío de por medio, él ya va cumpliendo fases en sus estudios y progresando en el inicio de su carrera naval. El destierro del padre coincide con el destino del hijo como guardiamarina en, precisamente, uno de los navíos rusos, el Alejandro I. Y la última parte del libro nos devuelve a la mar, en el desafortunado y previsible viaje y tornaviaje hacia La Plata que, por el mal estado del navío, que se deshace por momentos, frustra todas las ilusiones del joven guardiamarina, que sólo consigue traspasar la línea del Ecuador. Pero ya nos cuenta con su propia voz sus primeras aventuras, sumándose a las narraciones de sus ancestros. El capítulo final del libro también nos depara otra sorpresa más, ésta agradable y tierna, y que resarce a nuestro deprimido protagonista y a los lectores, levantándoles el ánimo hasta la galleta.
Novela emparedada entre aventuras en la mar y aventuras o desventuras en tierra, resulta harto interesante por los detalles históricos que nos revela y por las diversas sorpresas que nos depara la parte de ficción. Incluye un mapa del viaje del Alejandro I, un grabado ilustrativo de las partes del barco, y un epílogo histórico en el que Luis Delgado aclara y explica muchos detalles históricos que en la obra se citan.
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