27/8/09

CINE DE VERANO

Este verano estoy disfrutando de una pelis clásicas encantadoras, y uno de sus encantos estriba en que las desconocía por completo. También he visionado pelis contemporáneas que me han llamado mucho la atención y otras que me han gustado menos, por supuesto. Pero quería hablar hoy de dos que me han parecido especialmente interesantes. Se trata de Estrellas en mi corona, (1950) de Jacques Tourneur, y de Sinfonía de la vida, (1940) de Sam Wood.
De las dos, la que más me ha gustado ha sido la primera, pero si las cito juntas es porque hay algo que las une, y es el clima, la sensación nostálgica de dos pequeñas ciudades apacibles de la América profunda, donde suceden cosas simples, cotidianas, rutinas diarias: la vida y la muerte. En ambas hay un punto de vista infantil o adolescente que domina la historia, y ambas tratan del recuerdo de días pasados. En cuanto a la manera de tratarlo, difieren completamente.
Estrellas en mi corona, (Stars in my crown) se basa en una novela de J. David Brown, que también participa en el guión, junto a Margaret Fitts. Como actores, un maduro y magnífico Joel MacCrea hace el papel principal, junto a un delicioso Dean Stockwell niño (de adulto en París, Texas), y luego una lista de secundarios muy acertada, en general: Alan Hale, Ellen Drew, Lewis Stone, James Mitchell... Es la historia de un pueblito del Sur norteamericano, al que llega un veterano de la guerra, pastor religioso, Josiah Grey.
La presentación del personaje ya indica el tono de la película, muy fordiano: Joel MacCrea, el pastor, entra en el saloon abarrotado, se coloca en una esquina de la barra y anuncia que va a hacer una lectura de la Biblia. Ante la inevitable reacción (risas, movimientos de salida, gestos hoscos) desenfunda sus dos pistolas...y las coloca a ambos lados de la biblia abierta. Simplemente las deja allí. Se hace el silencio y él comienza a leer. La vida en el pueblito se desarrolla con aparente normalidad, el pastor y su esposa conviven con un niño huérfano al que han adoptado (Stockwell), el médico de toda la vida ha traído a su hijo, médico también, para que lo vaya sustituyendo ya que ve cercana su muerte, y se establece una cierta competición entre este joven médico y el pastor, por los posibles pacientes de cada uno. Destaca otra amistad entre el clérigo y un antiguo compañero de milicia, el herrero sueco, cuya larga y rubia prole se mantiene al margen de la Iglesia y es requerido periódicamente por el pastor, no tanto en cuanto a su fe como en cuanto a su participación en los actos de la comunidad, o sea, las reuniones dominicales, donde el pueblo canta unido. También ocurren otras circunstancias, en las que interviene el elemento racista, respecto a un viejo granjero negro, que se ve agredido por algunos convecinos, bajo las túnicas blancas del Klan. Todo esto, junto a la aparición de unas fiebres tifoideas que mantienen ocupados tanto al doctor como al pastor.
A lo largo del film se desarrollan unas ideas básicas, como son la de la relación entre ciencia y fe religiosa, la convivencia pacífica entre ciudadanos diversos, la igualdad frente a las ideas segregacionistas, muy bien resuelta con el caso del granjero negro, haciendo ver que pueden afrontarse muchos problemas sin necesidad de recurrir a la violencia. En este punto recuerda a la también deliciosa Matar un ruiseñor (1968), de Robert Mulligan.
Tourneur trata todo desde el ángulo visual del niño, desde esa felicidad del mundo infantil, mostrada genialmente en el plano en que los dos niños se tumban sobre el carro de heno, henchidos de verano y de vida. La fotografía de Ch. E. Schoenbaum le da ese tono de calidez polvorienta sureña, y la canción que da título a la película recorre toda ella como elemento unificador.

En cuanto a Sinfonía de la vida (Our Town), de Sam Wood, la historia nos es introducida de la mano de uno de los habitantes de una pequeña población de New Hampshire a principios del siglo XX, Grovers Corners, que nos muestra una parte representativa de su población humana, así como sus costumbres, sus deseos y sus ilusiones, su vida...y su muerte. El guión se basa en una obra teatral de Thornton Wilder, y fundamentalmente conocemos los avatares cotidianos de dos familias, la del médico y la del jefe del periódico local. Cómo sus hijos de sexo opuesto se tratan a diario hasta que se miran con otros ojos y finalmente se casan. Un William Holden con apenas veinte años y una memorable Martha Scott puede que con algunos más, interpretan a esta pareja que a lo largo de los años se trata primero como vecinos y compañeros, luego como novios, como marido y mujer, como padres de los hijos que van viniendo, hasta que sobreviene la desgracia.
La manera de tratar esta historia es algo complicada, y, en mi opinión, un tanto fallida, por alguna escena que le sobra, en las explicaciones del presentador, y además, en un par e saltos en el tiempo, adelante y atrás, que dejan algo confusa la historia. También se introduce el elemento onírico o fantástico en la escena, de gran poesía, en la que los vecinos que han ido muriendo hablan con la última fallecida, que por su juventud, no quiere de ningún modo entrar a formar parte de ese macabro club. Y la nostálgica escena en que la fantasmal chica visita a su familia en tiempos pasados, tratando de volver, sin darse cuenta de que es irremediable, que la muerte forma parte de la vida y hay que aceptarla así. Otra escena memorable es la de los dos jóvenes en la heladería, cuando el chico (William Holden) se declara.
En fin, aunque me gustó menos que la anterior, también la considero una película interesante, y, para ser de Sam Wood, que no es un cineasta de primera fila, tiene momentos atractivos y conmovedores.

2/8/09

PASEOS MARINEROS



El camino más bonito para pasear junto al mar es lo que aquí llaman el Montañar: por una parte que es pedregosa y rocosa, rompiendo las olas allí con fuerza, si hace viento, o mansamente, si la brisa es suave. Se domina toda la bahía y se puede avistar el faro, en lo alto del farallón del cabo San Antonio, así como el pequeño faro del puerto deportivo, al fondo. Caminando durante media hora, a lo largo de mar y rocas, por un lado, y de chalets, restaurantes, chiringuitos, por otro, se llega al puerto.
El puerto es como un pequeño pueblo, de hecho, ha crecido tanto su población en los últimos años, que ya se une con el pueblo antiguo, situado en lo alto de una colina, a la sombra del Montgó, un gran monte solitario y altivo, que suele cubrirse cada día con una pequeña nube a modo de sombrerito. Mayoritariamente poblado por autóctonos, en verano el puerto ve bastante aumentada su población, además de por turistas españoles y extranjeros, con un número permanente de trabajadores magrebíes, que se sientan en grupo en el pequeño paseo marítimo, donde están los restaurantes más antiguos y el viejo hotel Miramar, de dos plantas, las tiendecitas de recuerdos,...y el cine. El cine Jayan, es toda una institución, ya muy en desuso, pero que en verano cobra mucha animación, porque tiene una parte de terraza al aire libre. Y las terrazas de los cines son el sitio donde suelen ir los que se llevan los niños y la merienda-cena y pasan como pueden esos momentos previos al sueño nocturno y reparador, entre pipas, cigarrillos, cacahuetes y otras chucherías.
Hay barecitos muy tradicionales, como El Clavo, que huelen permanentemente a pescado frito, a calamares, y que siempre están llenos, aunque son cuchitriles calurosos en los que apenas cabe nadie, pero sacan sus mesitas a la calle y se llenan. Allí van los viejos, los pescadores, la gente del pueblo y algún turista despistado o que busca algo barato. Justo detrás, atravesando un par de callejuelas estrechísimas y oscuras, se llega a la iglesia, absolutamente irreconocible, al adoptar, por el capricho del arquitecto, la forma de un buque varado, con lo nadie imaginaría lo que es hasta que penetra en su interior.
Este año ha sufrido como muchas otras poblaciones, esa pasión por las obras públicas que parece contagiarse de ciudad en ciudad, gracias a las iniciativas de nuestros abnegados gobernantes, deseosos de trastornar, periódicamente y con nuestra contribución económica, nuestros hábitos de paseantes al cortarnos calles y mostrarnos las tripas de las ciudades además de machacarnos los oídos con las taladradoras. También estos últimos años ha sufrido esta pequeña población la invasión de las archiconocidas tiendas de chinos. Primero llegaron los restaurantes, luego los todoacien y ahora son casi supermercados que ocupan enormes extensiones con miles de objetos de baratillo, con lo que las tiendecitas antiguas, las pequeñas librerías y las mercerías han desaparecido casi por completo. Sólo queda una pequeña librería en el puerto, pero es internacional, aunque lleva allí unos veinte o treinta años, lo cual ya es un éxito. La mantiene la población internacional, principalmente británica y germánica, que vive permanentemente en esta población desde hace años.

El paseo típico es por el espigón del puerto, donde se sitúan los pescadores aficionados o habituales, colocan su caña en el rompeolas y esperan. Tienen un cierto público, sobre todo de desocupados y de niños, que también esperan pacientemente a ver qué es lo que sale de allí. Al final del espigón está el pequeño faro, ahora en desuso, porque el faro más importante es el que está en la parte nueva, que introduce su largo brazo de cemento aún más adentro en el mar. Y abajo, en el muelle, los barcos de pescadores, las montañas de redes, a la espera de ser estibadas, enormes anclas y otros objetos marítimos, y al fondo, la lonja del pescado, que a las ocho de la tarde bulle de clientes, de pescado fresquísimo, de pescadores...y de gatos. Toda la población gatuna se concentra allí.

Pasado el puerto pesquero, se sigue caminando y se llega al puerto deportivo, no muy grande, y absolutamente concurrido, con instalaciones para el remoce y arreglo de barcos, además de restaurante, cafetería, piscina, etc. para los socios. Si seguimos andando llegamos al otro gran espolón y rompeolas, que cierra el puerto al norte. A la izquierda está el farallón cortado casi a pico, de la montaña que acaba en el cabo San Antonio, donde está el gran faro. Esta montaña entra en el mar con acantilados muy abruptos, formando algunas calas y cuevas, como la del Tangó, ahora cerrada tras el temporal de lluvias del año pasado, que originó derrumbamientos de rocas que obstruyeron el paso. Es un lugar recoleto y muy íntimo, donde el mar siempre rompe con fuerza y la pequeña caleta es de cantos rodados, y la mar muy profunda. Por un sendero de montaña, muy escarpado, se puede subir hasta el cabo San Antonio, desde donde se tienen unas vistas deliciosas y desde allí se puede bajar hasta unas cuevas donde entra el mar y resuenan las olas creando un clima de tesoro escondido. En el Cabo San Antonio hay un faro, que al atardecer alumbra la bahía con su haz giratorio.
Las gaviotas chillan y revolotean por encima, el viento sopla y las olas rompen en su eterno ir y venir, contra las rocas. Y las podría mirar durante horas.

31/7/09

El mar, el mar...



















Estos días los paso junto al Mediterráneo. Son días de calor, de viento, de aire marino, de marisco y de cervezas, de libros y de pelis, de sueños y de amaneceres luminosos, de cantos de pájaros y de insectos zumbadores, de hierba recién cortada y de paseos descalza por la arena mojada. El resto intento aparcarlo para después del verano.
Otro día hablaré de mis lecturas y de mis pelis...Hoy sólo quiero mostrar imágenes.

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