24/6/10

HABANERA







LA HABANA, PUERTA DE LAS AMÉRICAS
Amir Valle (Guantánamo, Cuba, 1967), escritor y periodista, es licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana. Pertenece a la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y a la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC). Es miembro, asimismo, de la Asociación Internacional de Escritores Policíacos (AIEP). Ha recibido numerosos premios nacionales e internacionales como reconocimiento a su dilatada obra, entre ellos: el Premio Nacional de Cuento «13 de Marzo» 1986, el Premio Nacional de Crítica Artística y Literaria José A. Portuondo 1998, el Premio Nacional de Novela Erótica «La Llama Doble» (en dos ocasiones) 2000 y 2002, el Premio Internacional de Novela «Mario Vargas Llosa» 2006 y, finalmente, el Premio Internacional Rodolfo Walsh 2007 por una de sus libros más conocidos, Jineteras, trabajo de investigación sobre el fenómeno actual de la prostitución en la isla, y que le llevó ser puesto en la lista negra de personajes bajo sospecha por las autoridades del régimen castrista.

Pero, no acaba ahí la negrura de la circunstancia que rodea la vida y la obra de Amir Valle. Su producción, tan rica como variada, aborda el género del periodismo y el ensayo, la novela y el cuento, aunque uno de los temas a los que ha dedicado más tiempo y energía es el de la novela negra. Y fue, precisamente, a raíz de la promoción de una obra de este género cuando acontece un hecho dramático (aunque nada extraordinario en la Cuba de los últimos cincuenta años) en la biografía de nuestro autor, y que nos interesa ahora referir: la prohibición gubernamental de volver a la isla.
Con traza, asimismo, de novela negra relata Valle a continuación dichos acontecimientos en una entrevista concedida tras la publicación del libro objeto de la presente reseña, La Habana. Puerta de las Américas.:

«En octubre del 2005 salí a España a presentar mi novela Santuario de sombras, que ya en ese año denunciaba un fenómeno que dos años más tarde se pondría de moda: el tráfico de personas entre Cuba y Estados Unidos vía marítima. Cuando llegó el momento de regresar, las autoridades migratorias cubanas me lo impidieron y comencé una lucha por regresar que no creo haber perdido porque mi caso quedó bien documentado por la prensa internacional como una violación más del gobierno cubano a la libertad de movimiento de los cubanos. Pero ya en el 2007 creí haber agotado todos los sitios de denuncia y desde entonces, hasta ahora mismo, vivo en Alemania, un país que me ha abierto las puertas de su capital (vivo en Berlín) y de su cultura (tengo ya acá ocho libros míos traducidos al alemán). Lamentablemente, no he podido regresar a Cuba desde el 2005, pero he aprendido que ninguna tiranía te puede quitar algo que llevas contigo a donde quiera que vas. Y La Habana, Santiago, el pueblito Maceo donde pasé mi infancia, Guantánamo, Cuba entera, están conmigo siempre.»

Libro escrito por encargo durante su actual existencia expatriada en Berlín, La Habana. Puerta de las Américas, contiene todo lo que puede esperarse de un volumen de estas características: historia y geografía, crónica y cronología, itinerario de recorridos y estancias, memoria sentimental e intelectual de un espacio legendario. A los capítulos correspondientes a cada una de estas materias —«Las voces de la ciudad», «Crisol de culturas», «Una ciudad viva», etcétera— se le han añadido un «Glosario de términos cubanos» y un «Índice onomástico» muy prácticos.
Más que una superficial historia de la ciudad, un somero reportaje más sobre el Caribe o una guía para turistas y visitantes, el libro representa la biografía —íntima, y al mismo tiempo, abierta— del corazón de esa vieja dama, cumplidos ya los ocho siglos de existencia, que es Cuba. La Habana. Puerta de las Américas rastrea sus calles, plazas y rincones, sigue la pista de los héroes nacionales y la gente corriente, con la mirada emocionada de quien sabe de lo que habla y de quién esta hablando. Cuba es, en efecto, tierra fértil y pródiga, patria de José Martí, cantera de música mágica y de escritores inmortales. País tan imaginario como real, que ha conocido el esplendor de los viejos tiempos, pero también de los tiempos modernos, Cuba, entre las naciones iberoamericanas, fue pionera en industrialización, hasta la llegada de la Revolución. Disfrutó, asimismo, de una etapa cosmopolita, animada por casinos, salas de fiesta de nombres legendarios y muchos cines. Todo ello es aquí referido, ciertamente, con orgullo, pero sin sentimentalismo ni afectación, ni siquiera con rencor o despecho, después de todo. Tampoco con vanidad.
Con el orgullo habanero recorriendo sus venas, Valle no habla, en rigor, desde vanidad sino de «habanidad» (uno de los capítulos del libro lleva por título, justamente, «La típica Habanidad»), sin duda, en homenaje al maestro cubano Guillermo Cabrera Infante, quien fijó hace años este canto espiritual de La Habana: «Habanidad de habanidades, todo es habanidad.» Sin ningún tipo de duda, tanto para Valle como Cabrera Infante, La Habana (Cuba) no es más que eso: una fijación.
En el sitio oficial en Internet del autor cubano, puede leerse a modo de presentación esto que sigue:
«No habito Cuba: Cuba me habita. Y amo mi isla con la misma rabia en que la padezco. Amo su diversidad y padezco sus cegueras. Amo a Benny Moré y a Celia Cruz, a Fernando Ortiz y Moreno Fraginals, a Lezama Lima y Eugenio Florit, a Carpentier y Cabrera Infante, a Enrique Arredondo y Guillermo Álvarez Guédez; y padezco las razones absurdas que intentan negarle lo que son: patrimonio de todos los cubanos, por encima de credos, filiaciones, intolerancias y extremismos. Desde esa Cuba escribo.» He aquí, pues, su libro sobre Cuba.

A pesar de las circunstancias, Amir Valle, en las sucesivas actualizaciones de su página web, no ha corregido una coma de lo arriba escrito. Más que una formal declaración de principios, debe entenderse como la emotiva confesión del destino trágico, en el sentido más clásico de la expresión, de un escritor que relata su particular odisea. O también podríamos decir: el viaje de un narrador de raza para quien escribir «desde» Cuba significa todavía hoy escribir desde la nostalgia, desde el espacio dejado atrás, aunque no perdido.

Hoy, físicamente lejos de Cuba, pero anímicamente tan cerca de la isla que es su tesoro, Amir Valle acaba de terminar una nueva novela, esta vez no directamente relacionada con Cuba. El relato gira alrededor de la figura de Charles Chaplin, y en el que aparecen personajes tan distintos y distantes como Joseph Goebbels, el Ministro de Propaganda de Hitler; Marilyn Monroe, Joe Dimaggio, y una joven alemana de pasado neonazi. También Ché Guevara tiene un papel en esa historia.

Y es que un cubano habanero de corazón, aun en la distancia y en el tiempo, aun transitando por no importa qué género literario o nación del mundo, jamás pierde el acento en el habla ni su devoción por la Puerta de las Américas, aunque lamentablemente, y hasta ahora, siga cerrada para Amir Valle.
















18/6/10

ARTE Y VIDA













Félix de Azúa, (Barcelona, 1944) escritor barcelonés en lengua castellana, estudió en varias ciudades españolas y se doctoró en Filosofía; entre sus publicaciones hay novela, ensayo, y poesía. Muy interesado por el tema de la estética, el arte y todo el mundo que le sirve de contexto, publicó un muy sugerente Diccionario de las Artes en 1995. En 1987 recibió el premio Anagrama de novela.

No estoy muy segura de que Azúa haya tenido suerte al elegir los títulos de algunas de sus obras. En general, suelen parecer estudiados para despistar al lector, que, si no es un habitual, indefectiblemente cae en la trampa. Este que reseñamos hoy es uno de ellos. Podría haberse llamado Biografía del Arte o Biografía del Impulso Estético o qué sé yo. O simplemente Vidas sin Biografía, el Arte o la Vida: el mundo al revés. Lo que es cierto es que el libro no nos cuenta su vida, desde luego. Pero sí nos habla de arte. O más bien, de la evolución del impulso artístico y literario; sus resultados a través de los siglos, pero con una mirada muy personal, muy subjetiva: absolutamente subjetiva, diría más bien. Porque el arte y la literatura siempre han estado ligados a su vida. Quizás ése sea el nexo que une sus reflexiones con sus propias vivencias.

Es un ensayo breve pero muy enjundioso, en general como su prosa ensayística, muy poético, pero a la vez con una fuerte carga de ironía, que se regodea en la manera de exponer sus ideas. Azúa se maneja muy bien con la ironía, a veces tremendamente agresiva, demoledora. Pero la verdad es que comparto muchas de esas corrosivas exposiciones sobre la manera de expresarse por medio del arte: con la imagen o con las palabras. La primera parte del ensayo trata de mostrarnos su reflexión sobre lo que llamamos arte, artes plásticas. Y la segunda nos hace compartir sus reflexiones sobre la literatura, la palabra hablada –el comienzo de todo- y la palabra escrita, la novela y la poesía.

Azúa va saltando de la prehistoria a Grecia, al medioevo, al Renacimiento, a la Holanda rembrandtiana, al París revolucionario y Marat asesinado, la moda del primitivismo picassiano y la vuelta del revés de los espirituales cuadros de de Kandinsky.... y brincando llega a la Documenta 5 de Kassel del 72 donde el caos se institucionaliza. Rothko muere en un charco de sangre como su famoso Rojo Lithol que se autodestruye, como los casettes de Misión Imposible. Cronos devora a sus hijos, y no deberíamos extrañarnos de ello. El arte se ha devorado a sí mismo desde que los adosados necesitaron cubrir las paredes con cuadros. El arte conceptual se disfrazó de Wittgenstein para enterrar al Arte –nos dice- Así se abrieron las artes de estos últimos treinta años a la trivialidad, las repeticiones, plagios, revisitaciones, manierismos, revivals, remakes, pies de página de aquello que habíamos vivido en Kassel.(pág. 127) En cuanto a la literatura, nos dice Azúa: es una abstracción que trata de controlar y dominar el miedo que producen las palabras vivientes, las que nunca serán nuestras, eso que no es el lenguaje, tal y como se lo describe de Saussure en adelante. (...) Durante el momento poético no decimos palabras sino que las palabras nos dicen.(pág.143).

El arte exterioriza nuestros demonios, nos viene a decir Azúa. Desde los bisontes y caballos prehistóricos dibujados con carbón por un antepasado nuestro, hasta las matanzas en el Madrid de 1808 grabadas por un horrorizado Goya. Su participación personal en la emoción estética es lo más autobiográfico de este texto, algunos flashes impresionistas con los que ilustra lo que trata de exponer en su bien hilvanada biografía-del-arte.

15/6/10

EL MAR, EL MAR...













OLAS
Reseña publicada en:
http://www.elplacerdelalectura.com/2010/06/olas-eduard-von-keyserling.html

Eduard Graf von Keyserling (Castillo de Paddern, hoy Letonia, 1855- Munich, 1918), escritor alemán, descendiente de una antigua y noble familia germano-báltica y primo del filósofo Hermann Keyserling. Aunque inicia sus estudios en Dorpat, pero se ve obligado a abandonarlos por un incidente social. Marcha, con 23 años a Viena a estudiar filosofía e historia del arte. A finales de siglo se traslada con sus hermanas a Munich, donde se hizo un asiduo de las tertulias literarias. Desde allí hizo un largo viaje por Italia. Posteriormente quedó ciego como consecuencia de la sífilis que padecía, teniendo que dictar sus obras a sus hermanas. Entre las novelas que dictó, se encuentra Olas, de la que hoy nos ocupamos.

Considerado como un exponente el impresionismo literario, este autor despliega un abanico de imágenes, luces y colores, emociones y sugerencias que nos afectan como una pintura o una dulce música.

Publicada en 1911, Olas es una novela corta, que nos trae ecos diversos: Keyserling es un autor cuyas obras siempre nos remiten a pinturas, a imágenes, incluso a olores. Y en este caso, me remiten a algunas pinturas del pintor noruego Edvard Munch, algunas escenas frente al mar donde hay unas figuras rígidas, frías, como impresionadas por un violento amanecer o atardecer marino. Y por supuesto, al olor salobre del mar, a humedad y a viento.

La novela se desarrolla a lo largo de un verano en la costa báltica, en una pequeña población donde una aristocrática familia, la generala von Palikow organiza su veraneo y el de su numerosa familia y sirvientes: su hija la baronesa von Buttlär, con sus tres hijos, su marido, y el prometido de una de sus nietas. Pero al llegar se encuentran que no son los únicos veraneantes: hay un solitario y viejo deforme, el consejero Knospelius, y una pareja conflictiva, de dudosa moralidad, compuesta por una dama y un pintor. La dama, la bellísima Doralice, proviene de la aristocracia, ha sido esposa de un viejo conde al que ha abandonado para casarse con un artista, el pintor Hans Grill. Pasan el verano, enamorados, en una pequeña casita junto a las casas de los pescadores.

Los paseos por la playa de la pareja son vistos por la decente familia con prevención, ya que su contacto les parece contaminante.

Keyserling nos presenta a todos los personajes muy sutilmente, como deslizándose por una pista de patinaje: con pocas pinceladas nos imaginamos la situación, el viejo solitario ansioso de compañía, la pareja feliz que vive al margen del mundo, y la puritana y noble familia que no desea contaminarse pero que no tiene más remedio que tratar con los otros miembros de la pequeñísima comunidad veraneante, en aras de la corrección y buenos modales. Se demora mucho más en la pareja de Doralice y Hans. Su relación, siempre marcada por su origen: el abandono, flota sobre todos sus movimientos como una red que los mantiene atrapados. La relación con el mar es constante en todos: el mar les atrae profundamente: parece calmar a unos, seducir a otros, es el punto de encuentro de todos. Aquí,-nos dice el autor- desde tiempos inmemoriales, la palabra la tuvo siempre el mar; para qué entrometerse inútilmente en su discurso.

A los jóvenes, les atrae poderosamente, y a la vez, como si de una sirena se tratara, les seduce la inmersión y la muerte. Es un tema recurrente en Keyserling, el de la muerte –por suicidio o por otra causa- y el del ahogamiento, el síndrome Ofelia. La escena en la que el viejo consejero lleva a Doralice paseando hasta el cementerio junto al mar es enormemente simbólica: es un cementerio-le dice Knospelius a la bella- al que cada noche de tormenta le cortan un trozo, como a un pastel, y entonces todos esos muertos echan una mirada al exterior desde la arena y dejan que la brisa marina acaricie sus huesos. (...) Permanecen aquí como en un embarcadero, esperando el barco que ha de pasar a recogerlos.

Y también es recurrente el mostrarnos a la aristocracia como seres inútiles, aburridos, siempre manteniendo un rígido protocolo, la vida programada según unas normas asfixiantes, que cuando son trasgredidas por alguien se desmantela todo el escenario tan trabajosamente construido. La maravillosa escena de la fiesta campestre, descrita por Keyserling con gran maestría, un eco de la excursión al ruiseñor, en su otra novela Princesas, es como un travelling cinematográfico, como el famoso travelling del baile en El Gatopardo, la inmensa película de Visconti.

La belleza de Doralice seduce a todos, hombres y mujeres. Ella es como un monolito, una estatua de Venus, que a todos perturba y atrae. Una estatua fría como el mármol que levanta pasiones. Y alrededor suyo desfilan el barón, el consejero jorobado, el teniente Hilmar, la adolescente Lolo, sus dos hermanos menores, todos espiando, siguiendo los movimientos de la bella, y Hans, su marido, no ve otra salida que el mar, siempre el mar, para no enfrentarse a la realidad de la tierra. Pinta el mar ansiosa, obsesivamente; pinta todos sus colores, pero no consigue lo que busca: bajo la transparencia y el verdor del mar- nos dice por boca de Hans- también se esconde algo que vive y se mueve, y esto es precisamente el mar. Y sale con los pescadores, a echar sus redes al mar, noche tras noche, mientras ella le espera angustiada. Pero en tierra hay otras redes: todos quieren atraparla a ella, la belleza distante y ausente. Y como siempre, el mar tiene la última palabra.

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