24/9/10

EVELYN WAUGH: UN TURISTA ACCIDENTAL

Reseña publicada en: http://www.melibro.com/noventa-y-dos-dias-evelyn-waugh
 Evelyn Waugh (Hampstead,1903-Somerset,1966) escritor y ensayista británico, licenciado en Historia por Oxford, publicó su primera novela, Decadencia y caída, en 1928 y a partir de ahí, su producción  fue ampliándose, entre novelas y reportajes de viajes, culminando su fama con la novela Retorno a Brideshead, que fue llevada a la pequeña pantalla en los años ochenta. De origen social medio, Waugh nació en el seno de familia protestante y  se convirtió al catolicismo en 1930; casado de segundas nupcias con Laura Herbert. Entre 1929 y 1939 realizó múltiples viajes por el Mediterráneo, África, Suramérica, Abisinia... tras los que produjo reportajes periodísticos como el que nos ocupa o se inspiró para algunas de sus novelas. Incorporado a filas en la II Guerra Mundial, es destinado a Yugoslavia en el 44; tras la guerra, visita Estados Unidos. Es un autor que ha diseccionado la sociedad británica, satirizando a la aristocracia, hacia la que siente una doble atracción/repulsión; su corrosiva crítica, de tendencia conservadora, añora los valores perdidos tras las guerras.


Noventa y dos días narra su viaje a la Guayana Británica, viaje que emprendió en diciembre de 1932 en principio, por propia voluntad: en mi caso,-nos dice Waugh- y en el de muchos mejores que yo, existe una fascinación por los territorios lejanos y bárbaros, y particularmente por esas zonas fronterizas en las que entran en conflicto culturas y niveles de desarrollo, donde las ideas, arrancadas de raíz de sus tradiciones, adoptan otras formas al ser trasplantadas. El autor recorre de norte a sur el territorio de la Guayana, hasta la frontera de Brasil, incluso se llega a internar en éste tratando de llegar, infructuosamente, hasta Manaos. En su recorrido, que nos reporta detalladamente, sin ahorrarnos sufrimientos, incomodidades y complicaciones de la más diversa índole, viaja en tren, a caballo, a pie, y en barco, generalmente acompañado de guías, o sirvientes y otras veces aprovechando el viaje de algún misionero o algún funcionario que se desplazaba en la misma dirección. La narración se limita a contarnos su viaje, y apenas si encontramos alguna que otra reflexión ajena al contexto. En sus propias palabras, fue una experiencia dura y en algunos momentos estéril. Pero sin embargo mereció la pena, y, aunque su motivación no fue la de buscar material para sus novelas, sí que utilizó parte de esta experiencia en su quehacer literario.

El autor nos describe el panorama que se encuentra al llegar a Georgetown, capital de la Guayana. País de múltiples geografías y climas, ya que tiene zonas selváticas, montañosas, llanos casi desérticos, y de una diversidad racial enorme, no sólo entre los pocos blancos y los indígenas indios (de mil y una tribus diferentes y enfrentadas entre sí), sino entre los negros y los mestizos, proporcionando una especie de patchwork social en el que resultaba muy difícil introducirse y hacerse comprender. Con apenas 30 años, Waugh no parece muy consciente de lo que busca en el país; de hecho comienza el viaje un poco al buen tun-tún, y en algunos momentos ha de variar sus proyectados recorridos vistas las enormes dificultades para realizarlos. La Guayana Británica, entre Venezuela y  Brasil, tiene parte de la vertiente amazónica y otra caibeña, con su flora y fauna, y sus tribus indígenas peculiares.

Waugh se ve en situaciones de verdadero apuro e incomodidad, que gracias a su juventud y buena salud, además de la ayuda que le prestan unos y otros, consigue superar, pero nos transmite su desaliento ante tanta dificultad, como puede ser el medio de transporte, que le llevaba a realizar jornadas exhaustivas y agotadoras; el alimento, que encontraba deleznable en la mayoría de los casos, y pobrísimo; la compañía humana, en general bastante deplorable y con grandes dificultades de comunicación.

Pero los escenarios son impresionantes: la selva tiene su vida propia, así como la sabana y las montañas. Los inmensos ríos, con sus cascadas y sus remansos, y sus aguas peligrosas y bellas, donde se proveen de alimento pero pueden ser a su vez alimento de otros depredadores. Las poblaciones, en general, son miserables y las condiciones de vida también. Las misiones jesuíticas, o lo que Waugh puede ver de ellas, le impresionan profundamente, por el valor humano de los padres encargados de su mantenimiento. De hecho, pasa cierto tiempo conviviendo con ellos, en la misión fronteriza de San Ignacio, y luego en un convento benedictino en Boa Vista, (Brasil), a la espera de un barco que no llega nunca para ir a Manaos. La ciudad de Boa Vista, que creía floreciente, está en plena decadencia y finalmente decide regresar, esta vez por un camino distinto. Las continuas luchas con las monturas, con sus guías, con los indios, son un eterno tira y afloja para conseguir avanzar y hacerse entender por personas en un grado ínfimo de civilización o incluso rozando la marginalidad y la delincuencia.

La otra lucha terrible la mantiene con los insectos: las plagas de moscas, mosquitos, garrapatas, pulgas, roedores, vampiros, serpientes, y demás pobladores de la zona, son como para acabar con la paciencia de un santo, y el autor las sobrelleva con bastante entereza, aunque hay momentos en los que se siente morir.
 Nos habla del carácter impasible y a la vez pusilánime de los indios, que viven en una estrecha y primitiva unión con la naturaleza; la población negra, que representa una opción algo más avanzada, en cuanto a trabajo y mano de obra, pero también peligrosa por sus veleidades algo piratas; la población mestiza, que ha conocido la civilización occidental pero se ha de readaptar al tipo de vida de aquellas latitudes. De toda esta mezcla va extrayendo tipos humanos llamativos e sugestivos, contándonos sus historias, describiéndonos su modo de vida y sus costumbres, y de vez en cuando, reflexionando sobre ello.
En suma, una atrayente narración de un país que suele ser poco conocido, y visto por los ojos de un autor cuya lucidez y competencia nos transmite sensaciones casi presenciales. La edición incluye, afortunadamente, un mapa detallando el recorrido del autor, lo que nos ayuda a seguirlo en su periplo amazónico.


18/9/10

SUGERENCIAS DE LIBROS PARA EL OTOÑO/INVIERNO

Como conviene ir preparándose para el otoño/invierno en lecturas, ahí van algunas recomendaciones literarias:

Luis Delgado Bañon:  Está a punto de salir el tomo 18 de la Saga Marinera española,  El bergantín Potrillo, Editorial Noray
Juan Granados: Sartine y la guerra de los guaraníes, en Edhasa
Angel Vela Aranda, Ciudades del mundo clásico, Nowtilus
Angel Wagenstein: El Pentateuco de Isaac. Libros del Asteroide
Maurice Druon: Las grandes familias , La caída de los cuerpos y el tercero de la trilogía, que sale en noviembre: Cita en el infierno, Libros del Asteroide.
Alexandre Dumas: La guerra de las mujeres, Siruela
A. Forcellino: Rafael: una vida feliz, en Alianza
Stella Gibbons: La hija de Robert Poste, en Impedimenta
William Bligh: La verdadera historia del motín de la Bounty, en Ediciones del Viento
Eduard von Keyserling: Un ardiente verano, en Nocturna Ediciones
Vita Sackville-West, Pasajera en Teherán, en Ed. Minúscula
Anónimo, Los viajes de sir John Mandeville, Ed Cátedra
Charles Dickens (no podía faltar en Navidad): El viajero sin propósito, en Editorial Gadir
Isabel Margarit, París era Misia, La esfera de los libros
VV.AA, I y II Concurso de relato histórico de Hislibris, Editorial Evohé.
VV.AA., Guía literaria de Roma, Ático de los libros.


¡Que los disfrutéis!

12/9/10

RAFAEL: ¿DIVINO O HUMANO?

Reseña publicada en: http://www.la2revelacion.com/?p=1864


Antonio Forcellino (Vietri sul Mare, 1955), es un ensayista e investigador italiano, gran especialista en el arte del Renacimiento, tuvo a su cargo la restauración del Moisés de Miguel Ángel y el Arco de Trajano. Autor de numerosos estudios sobre la obra de los grandes artistas del Renacimiento, y sobre la Capilla Sixtina en particular, que, a raíz de su reciente restauración, nos ha hecho cambiar tantos conceptos sobre su autor y su trabajo. Forcellino, que ya escribió una magnífica biografía de Miguel Ángel, vuelve con esta obra, de gozosa e interesante lectura, al mismo ambiente artístico, ilustrándonos al detalle con datos técnicos, que el especialista puede apreciar y el lego entender, así como  la cuidada y bella edición que nos presenta 46 láminas a todo color y 33 figuras en blanco y negro con detalles de arquitectura o de dibujos.
Ante todo, Forcellino quiere desmontar la idea de la “espiritualidad” rafaelesca: un eros feliz y una vida plenamente satisfactoria son las raíces de la creatividad de uno de los artistas más grandes de la historia. Frente al mito romántico del artista torturado que sublima en el arte, Forcellino exalta la felicidad y la alegría de vivir como motor artístico.
Es ésta, pues, una biografía gozosa. Enmarcada en una época turbulenta, a su vez destacan con poderío una serie de grandísimos artistas, que hicieron brillar a Italia y expandir su belleza a todo el orbe. De estos grandes artistas, es Rafael el que mejor simboliza el gozo de vivir, esa alegría que transmite a través de su pintura, frente a los geniales pero torturados trabajos de su contemporáneo y competidor Miguel Ángel, y al disperso y diletante Leonardo. Y es que Rafael era bello y disfrutaba de la belleza, además de ser un inmenso artista que se había alimentado del arte desde su nacimiento; su padre, el pintor de Urbino Giovanni di Sancti tenía el taller en la planta baja de su casa, y desde sus primeros pasos Rafael deambuló, vio, olió y tocó pigmentos y emolientes, pinceles y redomas, anduvo entre figuras pintadas y modelos, como lo más natural del mundo. Claro que además, Rafael fue bendecido con el don, y desde muy niño ya su propio padre advirtió que su hijo había nacido para el arte.
Impregnado en sus jovencísimos comienzos, de la maravillosa y seductora obra de Leonardo, así como de la tremenda fuerza de Miguel Ángel, sólo el hecho de cruzarse con el ya venerable Leonardo por las calles florentinas le deja una impronta que no podrá olvidar y que brota en su impecable Escuela de Atenas, encarnando a un Platón de luengas y níveas barbas, en el centro de la composición.
Siglos de arte se mostraban ante su mirada: los restos de una Roma sepultada a la espera de su exhumación, así como todos aquellos artistas que antes que él, iniciaron el camino hacia el Renacimiento. Giotto, Masaccio, Gozzoli, Botticelli, Lippi,... Y el autor de la biografía, que nos describe amorosamente el entorno en el que el pequeño Rafaello vive sus primeros años, asegura que, frente a lo que nos cuenta Vasari en sus Vidas de Artistas, él prefiere la explicación de la influencia paterna antes que la de Perugino, artista al que atribuye Vasari ser el tutor del aprendizaje rafaelesco. Forcellino más bien le supone una competencia, en su primera juventud, una especie de tour de force, que Rafael sobrepasa con creces en su interpretación de Los desposorios de la Virgen, ya que, tomando como base la obra de Perugino, la reelabora de un modo superior al maestro.
Su estancia florentina le produce una profunda huella, muy provechosa, que fructifica en seguida, extendiendo su fama  al artista y generándole contratos y encargos de los príncipes y señores principales tanto de Florencia como de Urbino y Siena. El paso a Roma estaba cantado. Julio II (Giuliano Della Rovere) le manda llamar; insaciable de arte, no contento con Miguel Ángel y una larga lista de pintores, escultores y arquitectos,  descubre que Rafael es quien debe decorarle las estancias vaticanas, lo que produce un malestar evidente en el resto de artistas, y que el propio Rafael debe, con su diplomacia y buen hacer, tratar de atraerse y de evitar los desplantes papales. Se rodea así de una serie de artesanos que poco a poco conformarán su escuela; muchos de ellos le han de ayudar con sus conocimientos del trabajo al fresco, que Rafael apenas dominaba cuando se le encarga la decoración de los muros, y que con el tiempo perfeccionará e incluso dominará el secreto del “estuco de mármol” y del “fresco lustroso”: un enlucido compacto y un fondo brillante que no permitía pentimenti o manipulaciones posteriores, como sí le ocurrió a Miguel Ángel cuando la pudibundez posterior de los papas decide colocarles pañales a sus desnudos del Juicio Final.
Y al cabo de poco tiempo, al comienzo de su treintena, Rafael se ve triunfante en la sociedad romana, donde los placeres de la vida ocupan un lugar preponderante, empezando por los propios papas y cardenales, procedentes de las grandes familias que detentan el poder en los distintos estados: los Sfroza, los Della Rovere, los Médici, los Colonna...muchos de ellos son  grandes coleccionistas y  amantes del arte, a la vez que usan el arte como una manifestación  de su poder.  
Dos figuras poderosísimas destacan desde un primer momento en su apoyo sin fisuras al gran artista: el belicoso y temperamental papa Julio II, al que dedicó numerosísimas pinturas destacando las estancias vaticanas que Bramante había reestructurado,  y el banquero de Siena Agostino Chigi, cuya villa Farnesina decoró con una maravillosa Galatea, figura absolutamente nueva en el renacimiento romano, un icono al culto del amor al que la sociedad del placer se entregaba, empezando con el propio pintor, que abiertamente amaba la vida y gozaba de ella al máximo. Sus madonnas, sus retratos y sus frescos hablan por sí mismos. Incluso su manera de afrontar la arquitectura, a la que se dedicó en sus últimos años, siendo el Palacio Madama, en monte Mario, uno de sus más ambiciosos proyectos, que no vio terminar por su prematura muerte. Aunque envidiado y odiado por muchos, Rafael se mantenía al margen de esas disputas, como todos los que son conscientes de su propia valía por méritos propios; no solía frecuentar artistas, sino filósofos, literatos y príncipes. Reivindicaba el derecho de admisión en su palacio del Borgo, manteniendo su vida privada en un discreto segundo plano. Y así murió, ebrio de amor, según nos cuenta Vasari, un viernes santo como el que lo había visto nacer 37 años antes.

Pero Forcellino no sólo nos habla de Rafael. Nos pinta un amplísimo fresco histórico de la sociedad y la política italianas de mediados Quattrocento y Cinquecento, donde las guerras por el poder enfrentaban a las diversas familias que dominaban sectores políticos. Los papas, en su mayoría, defendían con ejércitos propios sus tierras palmo a palmo. Y los grandes señores locales se respaldaban en el Rey de Francia, que siempre buscaba arrancar algún trozo de la bota italiana. Julio II accede al papado tras la muerte del papa Borgia, Alejandro VI, que gobernó con el brazo férreo y cruel de Cesar Borgia, en una de las etapas más vergonzosas para la Iglesia. Tampoco es que Julio II fuera un corderito: él mismo dirigía, con armadura y espada, sus propias tropas. Pero las derrotas infligidas le hicieron refugiarse en el arte, que amaba profundamente, y utilizarlo como caja de resonancia, como propaganda del poder papal. Gracias a él se comenzó a construir San Pedro en el Vaticano, verdadera batalla artística, cuya primera piedra puso el propio Julio a seis metros de profundidad, en 1506, bajo la mirada horrorizada de sus cardenales, que habían intentado oponerse a la demolición de la antigua basílica constantiniana. Julio nombró a Rafael  “comisario de antigüedades”, lo que fue beneficioso para todos, porque quién mejor que un gran artista para reconocer, recopilar y restaurar aquella multitud de piezas romanas que surgían cada día de la tierra que las había estado cubriendo durante siglos y siglos.
No sólo –nos dice Forcellino- fue el pintor, el arquitecto y el escenógrafo capaz de crear imágenes de impresionante belleza, sino también el intérprete de un mundo muy particular, del sueño de un renacimiento áureo que pensaba realizarse a través de los estudios literarios y de las obras pictóricas.


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