17/7/11

VIAJANDO CON JULIO VERNE

VIAJE A CONTRAPELO POR INGLATERRA Y ESCOCIA
JULES VERNE
Nórdica Libros, 2010
Para los amantes del viaje literario, aquellos que no sólo viajan por cambiar de escenario sino por conocer mundo, culturas y costumbres distintas, por ampliar horizontes y experiencias, pero también a los amantes de la historia, esta lectura les puede resultar altamente interesante. No en balde Jules Verne acumuló en su haber una enorme producción de novelas de aventuras, viajeras por excelencia: nos hizo recorrer veinte mil leguas bajo el mar y dar la vuelta al mundo en lo que para el momento era un suspiro, subir en globo y viajar al centro de la Tierra, además de meternos en un cohete y lanzarnos a la luna.
Jules Verne (Nantes, 1828- Amiens, 1905), el universalmente conocido autor de maravillosas novelas de aventuras con tintes científicos, anticipador de descubrimientos, incansable viajero en el papel escrito, geógrafo, botánico y naturalista aficionado, es el autor de esta crónica viajera en forma novelada, y editada primorosamente por Nórdica, con una cantidad asombrosa de grabados  de la época, que ambientan a la perfección el relato de los dos protagonistas, además de mapas donde nos hacemos una idea del recorrido, ciertamente a contrapelo, de los viajeros. El propio Verne viajó en tres ocasiones a Escocia e Inglaterra, y muchos de sus rincones y experiencias allí vividas son recreadas más tarde, al utilizarlas en bastantes de sus novelas.
El texto tiene el formato de un reportaje periodístico, casi de un diario de a bordo, aunque narrado objetivamente en tercera persona y con una mirada jocosa. Dos jóvenes amigos, Jacques Lavaret y Jonathan Savournon deciden ocupar un tiempo libre del que disponen, haciendo un viaje a Escocia. Jonathan tiene unos conocidos que le facilitan el pasaje en un vapor desde Saint Nazaire. Pero una vez allí, se enteran de que el barco se dirige a Bordeaux, con lo que han de desplazarse en otro barco hasta allí, con el consiguiente retraso. El hecho de que para ir al Norte hayan de bajar hacia el Sur  les pone de los nervios, sobre todo a Jacques, que es descrito por Verne como un temperamento apasionado y ansioso, mientras que Jonathan, que es músico, es más tranquilo.
El caso es que tras muchos retrasos, que recortarán el tiempo disponible para las visitas escocesas, finalmente parten para Liverpool. Las impresiones del viaje por mar, el primer contacto con un capitán británico, impactan la calenturienta mente de Jacques, que no sabe ni una palabra de inglés y confía en su amigo Jonathan…que sabe un poco, lo justo para poderse defender. Las continuas meteduras de pata de Jacques con la pronunciación son fuente de diversión de su amigo, y ponen una nota de humor en el relato.
Verne hizo su primer viaje en 1859, impregnado de sus lecturas de Walter Scott, y traslada sus recuerdos  a esta obra, en la que no sólo nos habla de los recorridos, sino que describe monumentos, paisajes, costumbres y detalles de todo tipo, como descripción de una gaita, del kilt tradicional escocés, las comidas que realizan, lo que cuesta el pasaje, etc. Todo lo cual es interesante como una descripción no sólo viajera, sino histórica. Nos hace ver, no sin una buena carga de humor, lo que la gente comía y bebía, cómo vestían, que costaba un cab o un steamboat, las diferencias entre la comida inglesa y la francesa (que los imaginarios protagonistas añoran no poco), la admiración ante el despliegue industrial británico, cuando recorren en ferrocarril desde Liverpool hasta Glasgow y Edimburgo, atravesando la parte central de Inglaterra, las Midlands, donde se hallaban las minas de carbón y las múltiples fábricas. Asimismo les impresiona la vastedad del paisaje escocés, las montañas (que al parecer nuestros dos parisinos no han visto nunca) los lagos y los inmensos espacios verdes y brumosos de las Highlands, a veces desolados y dramáticos, evocadores del escritor romántico Scott, héroe nacional. Transmite la emoción de los amigos al llegar a Edimburgo, las vistas del castillo de Holyrood, la calle del Príncipe, los paseos, en fin, y las excursiones a lagos y otras poblaciones, animados por una familia amiga de Jonathan con la que comparten veladas y paseos, todo muy breve, eso sí, ya que su tiempo se había acortado mucho con las esperas en la costa sur francesa.
El retorno han de resolverlo en tren pasando por Londres, ciudad a la que dedican ¡dos días! Y de la que nos cuentan todo aquello que les llama la atención, que es mucho, para tan sólo ese brevísimo tiempo. Visitan la Torre, el Parlamento, la Abadía, St. James, Hyde Park, el museo de cera de Madame Tussaud, recorren la city, visitan Greenwich. En fin, casi como uno de nuestros modernos tours turísticos, en los que todo se ve a salto de mata,  salvo que nuestros viajeros se han documentado muy bien previamente y saben situar lo que van encontrando, en general.
Libro ameno y de interesante lectura, magníficamente ilustrado con una gran profusión de grabados de la época, lo que le da un toque muy especial. La Nota final, a cargo de Christian Robin, de la Universidad de Nantes, es muy ilustrativa. Además se incluye en la edición una sección de notas y un apéndice cronológico de la biografía de Verne. Todo ello completa una obra de correctísima factura e indudable atractivo para el lector.

Reseña publicada en: www.la2revelacion.com/?p=2535

12/7/11

VON KEYSERLING : UNA MIRADA AL PASADO

LOS NIÑOS DE LOS BELLOS DÍAS
EDUARD VON KEYSERLING
Ed. Nocturna, 2011

El espíritu de Madame Bovary sobrevuela las páginas de esta narración, aunque sólo el espíritu. La protagonista femenina, Irma von Buchow se aburre, encerrada en una mansión campestre de la aristocracia terrateniente alemana. Su marido la ama profundamente, pero es un hombre serio y trabajador, como Monsieur Bovary, que se ocupa de que todo funcione en su familia, y paga las facturas de su hermano Achaz, un tarambana urbanita que despilfarra su sueldo en Berlín y las ganancias de su hermano. El anciano conde Pax, padre de Irma, convive plácidamente con ellos, compartiendo el aburrimiento de su hija, así como los dos vástagos de la pareja, unos niñitos que, fuera de sus estudios, participan del tedio generalizado.La vida campestre de la aristocracia alemana, de la Alemania nórdica decimonónica, es retratada en este relato con las pinceladas habituales del autor. 

Eduard von Keyserling (Castillo de Paddern, hoy Letonia, 1855- Munich, 1918),  escritor alemán, nacido en el seno de una  antigua y noble familia germano-báltica y primo del filósofo Hermann Keyserling. Hubo de abandonar sus estudios en Dorpat por un incidente social, marchando, con 23 años a Viena para estudiar filosofía e historia del arte. A finales de siglo se trasladó con sus hermanas a Munich; posteriormente quedó ciego como consecuencia de la sífilis que padecía. Se le considera un exponente del impresionismo literario.
Monotonía, placidez, lasitud…mirar cómo cae la nieve a través de las ventanas de la confortable y cálida sala de la mansión de los Buchow; salir al jardín al comienzo de la primavera y comprobar cómo la naturaleza revive; bañarse en el lago por las mañanas y pasear a caballo por los bosques al atardecer, mientras el ruiseñor canta. Esta es la vida de Irma, la melancólica esposa de Ulrich von Buchow, pero no de su esposo, cuyas múltiples responsabilidades en el control de su hacienda y tierras le mantienen ocupado casi todo el día. Es hombre de pocas palabras y de sentimientos refrenados.

Los niños son precisamente de los que menos se ocupa Keyserling en la narración: son dos pequeños que revolotean por la casa, entre risas, saltos, juegos y sueños, viviendo la vida segura y confiada de los que se saben protegidos y a salvo. Pero el pequeño Uli sufre una mala caída y tras un breve tiempo, muere. Esto sume a Irma en un pozo profundo y negro, que se ve incapaz de salir. La casa toda se resiente del golpe, pero mientras el barón lo sobrelleva con su trabajo y ocupaciones, y el viejo conde Pax, el abuelo, paseando en su silla de ruedas y sumido en su pasado, Irma se hunde más y más en la nostalgia y el dolor.
Preocupado por la melancolía de su amada esposa, Urlich intenta ayudarla atrayendo a su hermano menor a pasar el verano con ellos. Achaz von Buchow es todo lo contrario que el barón: alegre, expansivo, vive al día y disfruta el momento, siempre tiene una anécdota curiosa que contar y supone un soplo de aire fresco, una ventana abierta a ese mundo lejano de la ciudad y de las altas esferas. Pero también representa un problema.
Irma, efectivamente, se recupera paulatinamente con  la llegada de Achaz, pero el remedio crea otra enfermedad: los celos, el desamor. El barón ha de refugiarse en su hija, la callada Isa, que transita como una sombra durante todo el relato, una presencia en segundo plano, pero siempre aguardando el retorno de esos bellos días que habían vivido, cuando a pesar del aburrimiento, gozaban todos de una cierta serenidad y una aparente felicidad.

Escrito cuando el autor ya había entrado en la oscuridad de la ceguera, este relato está en la línea de la obra general de Keyserling, lleno de descripciones pictóricas, de pinceladas de color, sonidos y aromas, un lenguaje impresionista, emotivo, creador de espacios y ambientes, y, en el caso que nos ocupa, con un fuerte tono de tristeza y de desesperanza. En cuanto a lo que a edición se refiere, la traducción de Carlos Fortea es, como siempre, impecable, y me parece muy a destacar que se hayan hecho dos tandas de correcciones del texto. El resultado es una obra pulcra, amable, bella. Un producto de verdadera calidad. Y un autor imprescindible entre los clásicos.


7/7/11

COLETTE: UNA MUJER FELINA

L A  G A T A
COLETTE
Postfacio Luis Prat Claros
Ed. Nortesur


La propia vida de esta escritora merece de por sí una novela y como todos los escritores, puso mucho de sí misma en su obra, por lo que podemos a través de su lectura, llegar a su alma: escritora del amor, también fue paladín de los animales, a quienes trasladaba emociones humanas. Según el autor del postfacio, se destaca como rasgo en ella “cierto salvajismo con tintes paganos”, calificando la obra de Colette como “extremadamente sensual, voluptuosa, en la forma y en los contenidos”.
“Alain volvió la cabeza sin levantar la nuca hacia la puerta vidriera abierta por donde entraba un suave olor a espinacas y heno fresco, porque habían segado el césped durante el día. La madreselva que cubría un gran árbol muerto también aportaba la miel de sus primeras flores. Un tintineo cristalino anunció que los azucarillos de las diez y el agua fresca entraban en las temblorosas manos del viejo Émile, y Camille se levantó a llenar los vasos.” En el relato es recurrente esta continua alusión a los perfumes y olores, a la naturaleza que les envuelve en el viejo jardín, a la vida vegetal y animal, a las sensaciones, como contrapuestas a la vida racional. Un espíritu de irracionalidad impregna el texto.
En La gata (1933), efectivamente, hay un derroche de sensualidad  que podríamos calificar de salvaje. Lo que nos narra la escritora francesa es una breve historia de amor y de celos. Pero una historia peculiar. En el triángulo que se produce, el tercero en discordia es una gata. La pasión de Alain por su Saha, que a su vez le resulta un recuerdo vivo de su adolescencia, consigue crear una situación límite en su recién constituido matrimonio con Camille, una jovencísima y ardiente morena, amiga de la infancia, que pertenece a un medio social distinto, económicamente boyante, pero no aristocrático como la familia de Alain, que posee un nivel sociocultural alto, pero su economía está en retroceso. Ese choque desnivelado, y a la vez, el abandono definitivo de la infancia, de la protección familiar, del nido, que supone el matrimonio, son elementos destacados en la novela. Dos seres que se atraen sensualmente, que se desean y que creen amarse, viven en un perpetuo estado de tensión por la presencia continua y perturbadora de Saha, la gata de Alain.
“Se tiró sobre el campo fresco de las sábanas, sin molestar a la gata, y, rápidamente, le dedicó algunas letanías rituales, adecuadas a los encantos característicos y a las virtudes propias de una gata conocida como de pelo gris ceniciento, de pura raza, pequeña y perfecta. -Mi osezno mofletudo..., mi gatita, palomita azul..., demonio de color perla...En cuanto Alain apagó la luz, la gata se puso a escarbar delicadamente en el pecho de su amigo, atravesando cada vez, con una sola garra, la seda del pijama, rozando apenas la piel para que Alain sintiera un placer ansioso. -Todavía siete días, Saha... -suspiró.”
Saha parece vigilarles, odia a muerte a Camille -odio compartido- y la relación de la gata con Alain traspasa lo habitual en un animal doméstico. La proyección de la sensualidad  y la ligazón a la vieja casa familiar, el jardín, los olores y sabores de siempre, perturban el matrimonio. Camille intuye algo, pero es muy joven y cree que su amor y su presencia corporal alejarán el peligro. Pero no es así. La relación entre Camille y Alain recuerda un poco  a la de Antoine y Christine  en  la película de Truffaut Besos Robados o Domicilio Conyugal.
En la novela prácticamente o ocurre nada, o muy poco. Nos limitamos a ser testigos de una relación imprecisa, inquietante y completamente irracional, dominada por impulsos y pulsiones. Y a la vez, percibimos impresiones diversas del ambiente que rodea a los protagonistas, percepciones que nos sumergen en un mundo semejante al de Von Keyseling, cuyo impresionismo literario, aunque anterior en el tiempo, podría compararse en cierto sentido con el estilo de Colette, aunque en esta autora predominan las pinceladas impresionistas sobre la historia narrada, cuya solidez es mucho menor que la de las obras de Keyserling.
 Sidonie Gabrielle Claudine Colette (Saint Sauveur en Puysaye, Borgoña, 1873 - París, 1954) fue una prolífica novelista francesa, con más de setenta libros en su haber. Casó a los 20 años con el novelista Henry Gauthier-Villars, Willy, quien la alentó a escribir la «serie Claudine» bajo el seudónimo Willy. Con Diálogos de animales (1904) comenzó verdaderamente la carrera de escritora de Colette. Después de 13 años de desdicha doméstica, se separó de su marido en 1906 y llevó una vida bastante agitada: escribía, daba conferencias y actuaba en teatro. Finalmente, ganó fama literaria con Renée (1910). En 1912 se casó con Henry de Jouvenel, con quien tuvo una hija. En 1913 gran parte de su actividad estuvo consagrada a artículos y crónicas periodísticas. A partir de 1917, trabajó en textos en los que se mezclaban relato y teatro, La temática de iniciación al amor fue retomada en obras posteriores. Hacia el año 1927 sus obras eran elogiadas por autores tan famosos y diversos como Marcel Proust, André Gide y Paul Claudel. De sus novelas (la mayor parte de las cuales reflejan de un modo apasionado, realista y sardónico los problemas de una mujer enamorada) la más conocida es Gigi (1945), adaptada al teatro. Su última obra fue En pays connu (1950). En 1953 fue ascendida a gran oficial en la Legión de Honor, grado que sólo otra mujer había logrado antes que ella. Fue la primera mujer miembro de la Academia Goncourt.
Obra de lectura amena y rápida, no entra en profundidades y donde tampoco hay una trama, sino una sutil urdimbre por la que la gata se pasea, reinante y vencedora, con suave ronrroneo.


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