17/2/12

EN EL TITANIC CON CONRAD

EL TITANIC
JOSEPH CONRAD
Trad. Carlos García Simón
Ed. Gadir, 2011
 95 págs.
Joseph Conrad, (1857-1924), eminente escritor británico de origen polaco, pasó  como marino veintiún años de su vida, desde los dieciséis hasta los treinta y siete, en que se dedicó completamente a la escritura, se casó y residió en Inglaterra. A raíz del hundimiento del Titanic, un suceso que conmovió a la sociedad británica y norteamericana,  y en general, al mundo entero, Conrad escribió un par de artículos sobre las Comisiones de Investigación que tuvieron lugar posteriormente para el esclarecimiento del hecho. El primer texto, Algunas reflexiones sobre la pérdida del Titanic, se publicó en 1912 en la English Review, y después formó parte de su libro Notes on Life and Letters, (1921). El segundo texto, Ciertos aspectos de la admirable investigación sobre la pérdida del Titanic, siguió el mismo procedimiento de publicación.

El primer centenario de la catástrofe marítima va a cumplirse este año: el 10 de abril de 1912, el RMS Titanic, inició su primer y único viaje desde Southampton (Inglaterra) hacia Nueva York. A las 23:40 del 14 de abril, ―a solo cuatro días de navegación― el buque chocó contra un iceberg al sur de las costas de Terranova, y se hundió a las 2:20 de la madrugada del 15 de abril, en una noche de aguas tranquilas aunque gélidas.  1.517 personas murieron. El gigante titánico de 45.000 toneladas y supuestamente insumergible se hundió en dos horas y cuarenta minutos, tiempo que no permitió, incomprensiblemente, a que todos los pasajeros se embarcaran en los botes. Claro que hay que admitir que no había botes para todos. Y que los botes, a pesar del lujo del transatlántico, eran de remos y no llevaban motor, lo que reducía su capacidad.  Sin embargo, el lujoso transatlántico disponía, eso sí, de un magnífico café francés,  piscina, gimnasio,  biblioteca, etc. Y unos compartimentos estancos que supuestamente debían serlo, pero no lo eran en su totalidad, además de que no permitían la salida a las personas que hubiera en su interior. Otros barcos ya habían chocado con icebergs o con otros obstáculos y habían conseguido llegar a puerto o al menos, salvar al pasaje y la tripulación en mucho menos tiempo.  Pero apenas se habló de ellos.

En ambos, el escritor escribe también como marino, usando  su experiencia naval para los razonamientos que por otra parte son de sentido común. Una de las ideas que expone es que  «no se puede aumentar indefinidamente el grosor de baos y planchas. El enorme peso del buque es una desventaja añadida». Un simple aumento de tamaño no es progreso. Y añade, con ironía, que claro, «si hubiera sido más pequeño, quizás no hubiera dispuesto de café francés y de piscina». Otro argumento utilizado en la investigación era que la colisión, de haber sido frontal, no hubiera conllevado el hundimiento, haciendo recaer la culpa en el –fallecido-oficial de guardia que intentó esquivar el obstáculo.  Conrad ironiza de nuevo, con la idea de que, según las nuevas y progresistas teorías náuticas, si algo se cruza en su rumbo, «embístanlo a toda máquina». Increíble. Por otra parte, estaba el factor humano: «todo el mundo a bordo viajaba con una sensación de seguridad falsa» dice Conrad. Estaban convencidos de que no era posible que se hundiera. Así que no se dieron prisa en moverse. No se lo creían. Los pasajeros no querían subirse a los botes, ¡vaya incomodidad! tan convencidos estaban de que aquella mole inmensa nunca se hundiría. El mar estaba en calma, hacía una noche espléndida y los músicos seguían tocando. Mientras, el gran titán se iba hundiendo.
Compara Conrad dos casos ocurridos anteriormente, el del Arizona, bastantes años atrás y el del Douro. El primero, de unas 5.000 toneladas y velocidad no más de 14 nudos, a pesar de haber colisionado, consiguió llegar a puerto y salvar pasaje y tripulación. Proporcionalmente era más resistente, más estable y mejor equipado que el Titanic. Y con una tripulación disciplinada que sabía manejar un barco.
El Douro no tuvo tanta suerte: era vanguardista para su época, y bien equipado, recorría la ruta de América del Sur. Había bruma y fuerte marejada, cuando fue embestido por otro buque cuando navegaba cerca de la costa española, con el pasaje al completo, ya de vuelta a casa: duró no más de veinte minutos. Sin embargo, todo el pasaje fue embarcado en botes salvavidas en tan breve tiempo, y serían unas trescientas personas. Sobrevivió el tercer oficial, encargado del embarque, y los marineros  que tripulaban las lanchas. Capitán, oficiales y resto de tripulación se hundieron cumpliendo su deber. ¿Cuál era la diferencia?

Según Conrad, el Douro era un excelente buque gobernado, tripulado y equipado, no una suerte de «Ritz de los mares» sin marinos ni botes suficientes y con demasiados camareros y músicos. Y demasiado pasaje. El escritor opina que todo el montaje propagandístico que se hizo del Titanic fue una farsa: aquello no era un buque, era un hotel de lujo flotante, que además iba cargado hasta los topes de muchos más pasajeros (de segunda y tercera, inmigrantes en su mayoría) del que podía garantizar su evacuación. Un armatoste para impresionar a los grandes promotores, a importantes magnates de los negocios, para ―en palabras de Conrad―«satisfacer la vulgar demanda de unos pocos adinerados de un banal hotel de lujo, y porque un gran buque siempre resulta rentable de un modo u otro: en metálico o por su valor publicitario».
En suma, lo que el viejo Conrad ataca es la arrogancia, la ofensiva postura de superioridad bajo la que esconden el sentimiento de culpa. Y  que toda la Investigación llevada a cabo fue una justificación, una lavada de cara, culpando a los muertos de algo que el sentido común, simplemente, debía haber previsto.
La edición de Gadir, en su colección Pequeña Biblioteca, está muy bien presentada y cuidada, incluyendo un mapa del recorrido, algunas fotografías del barco y un esquema de la distribución de las cubiertas.
 Reseña publicada en:  http://novilis.es/?p=2914




11/2/12

VIAJANDO CON BLASCO IBÁÑEZ

PRESENTACIÓN EN VALENCIA DEL LIBRO DE BLASCO IBÁÑEZ:
EN EL PAÍS DEL ARTE.TRES MESES EN ITALIA.
Ediciones Evohé


Bajo un sol espléndido, un diáfano día de este invernal febrero, y ante un mar de azul brillante de sonoro oleaje, ha tenido lugar en Valencia la presentación del libro En el país del arte. Tres meses en Italia, del insigne escritor valenciano y universal, Don Vicente Blasco Ibáñez. Y ha tenido lugar en le Casa-Museo, plena de recuerdos de la vida del escritor, muebles, cartas, cuadros, fotografías;  un sinfín de objetos que le acompañaron en vida y que tuvo entre sus manos. El espíritu de Don Vicente flotaba por las salas, mirando al mar desde el piso superior, donde cariátides y columnas griegas sustentan el tejado, mientras la sala de la planta baja se iba llenando de público que se congregaba para escuchar a Rosa María Rodríguez Magda, directora de la Casa y prologuista del libro; a Julio Castelló, escritor y poeta, responsable de la magnífica edición del texto de Blasco y de la colección El Periscopio; y finalmente, el editor Javier Baonza, de Evohé Ediciones, responsable último de la producción del libro a presentar.
La primera intervención corrió a cargo de Rosa María, que nos leyó el prólogo del libro, haciendo aclaratorios incisos y breves comentarios en uno u otro momento. Enmarcó históricamente el momento y las circunstancias en que  Blasco sale de España en dirección a Italia. La conflictiva situación política en la península, el derrumbe de las últimas posesiones de ultramar, la guerra de Cuba. Destaca en este prólogo el carácter general del texto de Blasco: no se trata de un diario de viaje, no se trata de una guía para turistas, se trata de un escritor en ruta. Blasco viaja, pero sigue siendo él mismo: y por tanto, todos los comentarios que vierte mientras nos cuenta la impresión que le causa el mar, o la emoción que le provoca la ciudad de Roma, o la basílica de Asís, el interés que le suscita la visita a Pompeya, que desborda su imaginación convirtiendo el recorrido en un teatro viviente; todas las opiniones  e interpretaciones nos llegan juntamente con las ideas que Blasco defiende, la manera personal de ver la historia y la política, y en suma, el modo cómo el escritor, ya maduro a sus diecinueve años, enfoca y dirige una mirada llena de contenido sobre todo aquello que ve, percibe o imagina en el trayecto que va a recorrer durante tres meses.

Tras Rosa, habló Julio Castelló. Se explayó en los agradecimientos, no sólo a los que han contribuido a la producción del libro sino también a la Casa Museo por acogerles, y a Rosa por prologar tan acertadamente. Explicó los criterios llevados en la edición del texto, las ediciones anteriores que habían cotejado, e insistió en el carácter divulgativo de esta edición,  en la línea llevada por las anteriores publicaciones de la colección El Periscopio. En tono distendido, comentó acerca de los inevitables errores y erratas que finalmente acaban apareciendo aunque las revisiones hayan sido incontables, ya que se considera un perfeccionista.

En último lugar tomó la palabra Javier Baonza, que también de modo distendido y  tras los agradecimientos laudatorios de rigor nos fue contando algunas de las dificultades de la edición, puesto que, al no existir transcripción digital del texto, tuvieron que realizarla en el equipo. La lucha contra las erratas y los errores de la impresión es, al parecer, un problema endémico de la edición literaria. Nos contó otros ejemplos de errores de la portada o el papel de las páginas, los problemas de decidir qué cantidad de ejemplares se hacen en cada tirada, las fluctuaciones imposibles de imaginar del público lector, etc. cuestiones que no conoce el que va a la librería y se encuentra con el libro entre las manos, pero que el editor tiene que bregar con ello y bastante más.
Insistió a su vez en el carácter divulgador de la colección de viajes El Periscopio,  a la vez que en su carácter literario, es decir, en la idea de presentarnos unos textos viajeros donde el que viaja es un escritor o un artista, y por tanto, puede mostrarnos una faceta especial, distinta de la mirada del turista, una más profunda indagación de lo que representa el viaje, y, sobre todo, una manera literaria de contarnos un viaje. El humanismo que aporta la mirada de Blasco es buena prueba de ello.

Acabada la sesión salimos al soleado jardín, donde nos demoramos un rato al sol alargando la charla mientras durase el vino. En cuanto la marea cambió, comenzó a soplar la brisa marina y nos despedimos.


10/2/12

MUJERES ESCRIBIENDO: MADAME DE GENLIS

LA ESCRITORA
MADAME DE GENLIS
Traducción Carlos Vendrell
Erasmus ediciones, 2010

El libro agrupa dos textos: La escritora, novela corta de marcado tinte autobiográfico, y una breve selección de capítulos de las Memorias de Madame de Genlis, publicadas en 1825 en diez volúmenes, de los que se han extraído fragmentos de los volúmenes I al VI, que corresponden desde su infancia hasta el retorno al París de Napoleón.

La escritora es una relato en el que la autora desarrolla, extrayendo muchos datos autobiográficos, el surgimiento de la dedicación a la literatura de una dama, Nathalie, y los problemas que de tal ocupación le van surgiendo, con lo que advertimos en la narración una cierta finalidad ejemplarizante, a la vez que una reflexión sobre las relaciones humanas y, sobre todo, entre ambos sexos, poniendo en tela de juicio el papel que las mujeres cumplen o se supone  que deben cumplir en la sociedad.
Para tener un referente y un punto de comparación, Mme. de Genlis crea el personaje de Dorothée, hermana mayor de Nathalie. Ambas casadas muy jóvenes, Nathalie desde muy pequeña practicó, además de la música, la escritura, manteniéndolo en secreto, mientras que Dorothée se dedicaba a las actividades femeninas consideradas como normales

Tras enviudar a los 22 años, Nathalie se dedica en cuerpo y alma a la escritura, a la vez  que surge en su vida una pasión amorosa. La historia de amor sigue  cauce habitual, con intrigas, celos, malentendidos, deseos reprimidos y toda la parafernalia, hasta que Nathalie publica su primer libro y su actividad literaria sale a la luz, y todo cambia: el mundo parece haber mudado ante tan insólito hecho. Por boca de Dorothée habla el sentido común de la época: «la condición de las mujeres es, como cualquier otra, feliz cuando se poseen las virtudes que exige, pero infeliz cuando se entrega a pasiones violentas, al amor que nos extravía, a la ambición que nos vuelve intrigantes, al orgullo que nos corrompe y os desnaturaliza. El hombre que desease ser mujer sería un cobarde, y la mujer que quisiera ser hombre, dejaría de ser mujer.» a lo que Nathalie le opone: «entonces, piensas que una mujer, de convertirse en escritora, efectúa un acto de “travestismo” y se “enrola” con los hombres»…y que no tolerarán que les invadan el territorio. Pues de estos temas se ocupa el relato, escrito con delicadeza y belleza, pero con manifiesta fuerza moral.

La segunda parte del libro la ocupan los retazos de las Memorias de Mme. de Genlis, desde su infancia hasta la época en que retorna a Francia con el permiso de Napoleón, tras haberse exiliado durante los más terribles  convulsos años de la revolución. Asistimos a la evolución de esta dama, que, como en el relato precedente, sigue las pautas sociales, toca el arpa para entretener a las visitas, lee en los ratos libres, escribe cuando puede pero procura no destacar con ello, ya que una dama no debe competir con los hombres; se casa, tiene hijos, se desplaza de un sitio a otro en conveniencia con la familia, conoce a personajes importantes de la cultura del momento, como J. J. Rousseau y Voltaire, de los que nos cuenta curiosas anécdotas; se convierte en la institutriz de los hijos de la nobleza más cercana al trono, como los hijos del duque de Orleáns, personaje que es presentado como maquiavélico e intrigante,  ya que le conoce muy cercanamente. Orleáns oscila de una parte a otra del espectro político, hasta desembocar en el jacobinismo, y Mme. de Genlis está a su servicio, como educadora, por lo que sigue, asombrada y a veces, indignada, los pasos de su patrón, hasta el punto de  plantarle cara y abandonarle.
 Me ha parecido más interesante y llamativo todo lo que cuenta del comienzo de la revolución y una serie de anécdotas que indican las posiciones que mantenían muchos personajes del momento. El exilio también es motivo de detalles curiosos, pero, sobre todo, lo que Mme. de Genlis encuentra al regresar a París es altamente significativo. Despliega todo un análisis sociológico sobre las nuevas costumbres, las nuevas designaciones de lugares, los tratamientos, hasta los más insignificantes usos, como es, por poner un ejemplo, el del cubrepiés que las damas se colocaban cuando se tumbaban en la chaise longue, pieza que desaparece tras la revolución, y que permite, a partir de ese momento, que los pies y parte de las piernas de las damas queden a la vista de los que las rodean. El ansia de las clases bajas por ocupar el lugar de las altas, la prisa por enriquecerse, por ser como aquellos a los que han guillotinado, y que les hace saltarse las medidas más simples que guarden las apariencias…todo ello nos es descrito por una dama que no comprende muy bien cómo se ha podido llegar a esto, deplorando esos tiempos y esas gentes, compatriotas suyos, que guillotinan a su esposo, le expropian sus enseres y propiedades más queridos y la expulsan de su país.  Y a pesar de todo, reconoce que admira a Napoleón, y se siente algo culpable, puesto que, en 1814, es claramente un usurpador.
Madame de Genlis, (Issy L’Evêque, 1746 – París, 1830) cuyo nombre completo fue Stéphanie Félicité Du Crest de St-Aubin, condesa de Genlis, fue una escritora francesa, contemporánea de Chateaubriand.  Hija de una familia de la nobleza provinciana borgoñona, al morir su padre se vio reducida con su madre y hermanos a un estado de casi pobreza. Su madre logró introducirla - en los salones de los poderosos de la época, en donde fue muy solicitada como intérprete de arpa– era una gran intérprete musical, dotada de prodigiosa memoria y una cultura enciclopédica. Casada en 1763 con el conde de Genlis, pudo acceder a la Corte de Versalles, entrando al servicio de la Casa de Orleans. Con la Revolución debió exiliarse, siendo guillotinado su marido por oponerse abiertamente a la ejecución del rey. Napoleón Bonaparte autorizó en 1801 su regreso a Francia, viviendo a partir de aquí de los beneficios que le reportaban sus numerosísimas obras, novelas, obras teatrales o tratados sobre temas morales o pedagógicos, hasta su fallecimiento, la tardía de edad de 84 años.
La edición es interesante, pero algo irregular. La maquetación es mejorable, quizás en exceso austera. Y el hecho de hacer una selección tan breve de las memorias, por otro lado interesantísimas, nos deja con la miel en los labios, porque salta de una etapa a otra de la vida de esta notable mujer, y nos quedamos con muchos interrogantes sin contestar. Esperemos que la editorial se decida a hacer una publicación más extensa de estas memorias, que son todo un documento social y literario.




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