8/4/12

¿QUÉ HACEMOS CON LOS LIBROS?

EL FIN DE LOS LIBROS
OCTAVE UZANNE
Trad.: Elisabeth Falomir Archambault
Ed. Gadir, 2010

En 1894 tienen lugar muchos acontecimientos; en el sur de Francia se puede observar una lluvia de meteoritos, evento que muchos ligan a símbolo de sucesos importantes. Uno de ellos tuvo mucha resonancia internacional: Dreyfuss es arrestado, y a partir de ahí tiene su desarrollo uno de los procesos políticos que más tinta han vertido en el papel. Incluida la tinta literaria (el famoso artículo de Zola, Yo Acuso). Cruzando el Canal, un anarquista francés, Martial Boudin, coloca una bomba en el Observatorio de Greenwich, en un intento simbólico de acabar con la ciencia. Pero la ciencia está en uno de los momentos más álgidos y vertiginosos.
Precisamente ese año, William K. Dickson, colaborador de Edison, patenta la primera cámara de cine: el kinetoscopio. John Le Roy proyecta en ese año la primera película en Nueva York, para publicitar el descubrimiento de Edison, que en 1877 había inventado el fonógrafo y diez años más tarde intentó aplicarlo a la imagen, usando un cilindro en el que inscribía pequeñas fotografías, que eran inmovilizadas momentáneamente por breves rayos luminosos, dando lugar al embrión de la película cinematográfica.  Finalmente, Louis y Auguste Lumière, basándose en los hallazgos de Edison, pero perfeccionándolos, desarrollan el cinematógrafo, que presentan en diversas presentaciones científicas. En diciembre de 1895 se proyectaría en París la primera sesión comercial de cine; entre otros cortos, la famosa Llegada del tren que haría saltar de sus asientos al público. Comenzaba así una nueva era, la de la imagen en movimiento.
Curiosamente se produce en esos años otro hecho de importancia enorme: las investigaciones de Marconi dan un gran impulso  al desarrollo de la telegrafía sin hilos y la radio; probó por primera vez los experimentos con ondas electromagnéticas para el envío de mensajes sin cables en 1896, en Gran Bretaña. Estos y otros muchos descubrimientos y avances científicos crean un clima especial, en el que el mudo parece precipitarse a unos cambios repentinos, que tambalean los cimientos de la concepción del mundo decimonónica. Muchos escritores se lanzan a imaginar qué puede depararnos el futuro. Wells, Orwell, Conan Doyle, Verne, Stevenson… describen guerras de mundos, conflictos en granjas, misterios irresolutos, viajes a la luna, dobles identidades, etc.
Pues bien, ese año se publica por primera vez este texto, formando parte de un conjunto, Cuentos para bibliófilos, en colaboración con Albert Robida. El autor, Octave Uzanne (Auxerre, 1851-Saint Cloud, 1931) fue un escritor, periodista y editor francés, fundador de varias revistas  sobre arte y pensamiento y creador de la Sociedad de bibliófilos contemporáneos. Estuvo vinculado al Simbolismo y al Art Nouveau.
El texto imagina a un grupo de amigos que tras asistir a una conferencia de la Royal Society, sobre temas científicos, debaten, entre vapores etílicos, sobre el futuro de las ciencias, del arte y las letras. Cada uno va exponiendo ideas al respecto, a cuál más utópica y extravagante. Cuando le llega el turno al autor, expone claramente su radical negativa al futuro del libro impreso. Según Uzanne, la tradicional pereza y comodidad humanas serían los causantes de tal desaguisado: resulta más cómodo escuchar un relato que tomarse el esfuerzo de leerlo. Nuestros ojos deben tomarse un merecido descanso, y el oído recuperar aquellos hábitos del pasado de las narraciones orales, sólo que en vez de viva voz, lo cual sería también muy trabajoso, usarán grabaciones: el equivalente a los futuros discos compactos, que era en ese momento el fonógrafo, de reciente creación y en fase de  conversión en gramófono. Y Uzanne se explaya imaginando series de dispositivos que permitirán a los antiguos lectores convertirse en amables y descansados oyentes. Ante la objeción de qué pasaría con el libro ilustrado (que había sido y era aún muy común), Uzanne saca a colación el kinetógrafo (el futuro cine) inventado por Edison. Una combinación de fonógrafo y kinetógrafo, anticipando el futuro cine sonoro, serían, según el autor, los sustitutos ideales de la narración impresa: contarían una historia que incluso el oyente podría ver ilustrada, ¡y en movimiento! ¡El no va más!
El caso es que los tiempos de la letra impresa parecen haber perdido terreno, pero no en el sentido que el autor sugiere, sino desde la aparición de los ordenadores y últimamente, del libro digital. Vivimos inmersos en una continua discusión sobre el tema, como probablemente debatirían en los círculos monacales la importancia de la imprenta frente a los manuscritos iluminados medievales. Probablemente el libro en papel no muera nunca, pero ciertamente su función cambiará. Recordemos que no siempre la literatura y los textos escritos, en general han estado ligados al papel.  En la Antigüedad se escribía –y se leía― en tablillas (¿suena a tablet?) de arcilla o de cera, antes de pasar al papiro y luego al papel.  Pero esa es otra historia…
La editorial Gadir  abre, con este breve opúsculo, una puerta a la imaginación ya la reflexión, además de una amable lectura.



Reseña publicada en: http://www.la2revelacion.com/?p=3155

1/4/12

ESPERANDO AL REY

EL REY DE CORAZONES
HANNA KRALL
Nocturna Ediciones, 2011

Es esta una novela escrita con el corazón en un puño. Un corazón que guarda una imagen, la de un hombre, el marido de la protagonista, Izolda. Szajek es un joven alto y rubio y cuando Izolda le conoce, se enamora de él al momento, y toda la vida le llevará en el corazón. Esto podría pensarse que es una banal historia de amor, pero hay unas variantes importantes: ambos son judíos polacos y todo ocurre mientras Varsovia está invadida por los alemanes y el gueto judío vive situaciones angustiosas.
Las circunstancias separan al matrimonio, y disgregan a toda la familia. Izolda, que para ocultarse fuera del gueto del que consigue escapar, usa un nombre polaco, ―Maria Pawlicka―se tiñe el pelo de rubio y se hace pasar por aria, tiene una única obsesión: encontrar a su esposo. Va siguiendo las noticias que le llegan por distintas vías, acerca de los campos donde le van recluyendo.  Le manda paquetes con comida, hasta que empiezan a devolvérselos. La vida de Izolda/Maria es un continuo trasiego de un sitio a otro, escondiéndose, tratando de encontrar también a la familia, a la que van matando o mueren por enfermedades derivadas del malvivir, pero siempre su objetivo principal es encontrar a su marido, estar lo más cerca posible de él, para intentar ayudarle. 
«No es seguro, querida. Allí suceden cosas horrorosas. ¿Quién nos traerá a su marido?
Yo, dice. Iré con vosotros y le traeré.
Pan Bolek deja de sonreír. Deja de llamarla “querida”, e arregla la camisa y se levanta de las tablas.
¿Iría usted por la alcantarilla?
¿Dónde tengo que presentarme?, pregunta.» (pág. 28)

Y así pasa por prisiones, campos de concentración, campos de trabajo, es detenida en varias ocasiones, hace de todo para conseguir dinero que le acerque a donde sigue su marido, y aprende a sobrevivir tragándose el miedo, el dolor, las humillaciones, el hambre y el frío. Le importa poco el aspecto ideológico de cada bando de la guerra. No sabe otra cosa que ha de hacer lo que sea para salvarle a él. Huye constantemente, recorre Polonia, Alemania, Austria, sirviéndose tanto de alemanes como de polacos, judíos o arios, con tal de que la ayuden: trata con contrabandistas, espías,  militantes políticos, policías, delatores, soldados soviéticos y soldados americanos, Gestapo y SS…trata con todos y sobrevive. Sobrevive para encontrar a su amado Szajek. Pero la vida sigue por otros derroteros que Izolda no entiende ni entenderá.
La narración está contada de un modo entrecortado: dividida en secciones breves, narrada en presente, casi a modo telegráfico a veces, minimalista. La autora lanza las frases a modo de dardos, casi como si de un guión teatral o cinematográfico se tratase, crudamente, pero sin especial dramatismo, como si los terribles hechos que la protagonista ha de vivir día a día fueran los más normales del mundo. Incluso la propia escritura, saltando de párrafo a párrafo crea fuerte una tensión y desasosiego en el lector, impacta y cala profundamente.
«No sabe a dónde se dirige el tren.
No tiene documentación.
No tiene nada aparte del abrigo de una trabajadora alemana, las medias de una judía húngara y el trozo de una dentadura postiza  judía con un diente de oro.
Durante la noche, el tren atraviesa Alemania; ella siente una alegría tan grande  que tiene ganas de llorar.
Soy libre, dice en voz alta.
Y estoy viva.
Y él está vivo.
Y todo irá bien…
Coge el abrigo y se suena la nariz con el forro» (pág. 128)

Desde su ancianidad en Israel, junto a hijas y nietos, desgrana partes de su historia, bregando con los problemas lingüísticos –los demás hablan en hebreo, idioma que ella desconoce― y con el desconocimiento de los hechos reales y el distanciamiento que supone vivir en un país tan distinto y tantos años más tarde. Ella, que nunca tuvo una ideología ni nada parecido, ha de vivir entre sus hijas y nietos, que han elegido vivir en Israel por decisión personal y política. Pero sigue pensando en lo mismo, vive en sus recuerdos. En su corazón sigue estando su esposo, rey de corazones.

Hanna Krall (Varsovia, 1935), escritora y periodista de origen judío, sus familiares fueron asesinados por los nazis o murieron de penalidades, así como otras personas que conoció. Ella sobrevivió permaneciendo oculta. Krall ha trabajado además como guionista de cine, concretamente, con el director polaco Kieslowski.

28/3/12

TOLSTOI Y LA MUERTE

LA MUERTE DE IVAN ILICH
LEV TOLSTOI
Ed. Alianza, 2008

Publicado en 1886, este relato es de una fuerza terrible: en él se manifiesta la gran crisis emocional que sufre Tolstoi en la cincuentena.  Publicado tres años antes de la Sonata a Kreutzer, comienzan a partir de esta época una serie de relatos y novelas cortas en las que Tolstoi deja ver el cambio que está experimentando, y son textos en los que el gran escritor ruso mezcla la narración con el discurso moral e incluso filosófico. Culminará con Resurrección (1899). Es una etapa en la que se acerca a las posiciones humanitarias y pacifistas del Mathama Gandhi, a las del cristianismo primitivo, al libertarismo anarquizante y a una serie de posiciones utópicas, que van surgiendo en Tolstoi conforme se agudizan las tensiones sociopolíticas en Rusia y su sentimiento de culpa, latente desde hace años, comienza a brotar con gran fuerza.

Este relato comienza con la noticia de la muerte de un miembro del Tribunal de Justicia ruso,  Ivan Ilich Golovin. Y a partir del hecho de esta muerte, el autor vuelve la mirada hacia atrás y reconstruye la vida de este personaje, modelo de buen estudiante, trabajador ambicioso,  buen marido y padre, aunque todo en la vida lo hace en parte por cumplir con lo que se espera de él, lo que socialmente resulta conveniente, sin apasionarse por nada, sólo interesado por progresar y contento de llegar a un nivel social que podríamos llamar “de nuevo rico”.

Hasta la mitad del relato, todo va viento en popa, las cosas le salen bien a nuestro protagonista, va subiendo la escalera de la vida y todo son flores. A partir del matrimonio, (que, como es habitual en esa época, se lleva a cabo sin amor, sólo cierta atracción y conveniencias sociales) empiezan a surgir algunas desavenencias, problemas al llegar los hijos, e incluso preocupaciones por aumentar el nivel de vida para garantizar el bienestar familiar, pero hay ya una semilla de inquietud.
Finalmente, aparece la enfermedad, el dolor, la incertidumbre, el miedo. Un miedo terrible. Ivan Ilich es consciente de que puede morir. La muerte se le presenta como una realidad propia, que le afecta a él, no al vecino de enfrente ni al más lejano: a él. Y comienza el pánico.

Lo dramático es que Tolstoi no sólo muestra el miedo a la muerte propia, sino que muestra la indiferencia y el absoluto desprecio de todos los que le rodean, desde su esposa, hijos, amigos, el médico…todos fingen que no ocurre nada, que todo son imaginaciones, una enfermedad imaginaria, inexistente. Brota el odio, el deseo de verle muerto de aquellos a los que la enfermedad de Ilich salpica. La progresión de todos estos sentimientos, ideas, reflexiones sobre la realidad de la vida y la muerte, el amor y el odio, el miedo al dolor y a la desaparición física…sólo salva al criado de pueblo, Gerasim, un animoso muchacho que en su simpleza e ingenuidad se apiada de él.

Hay en este texto una crítica feroz contra el matrimonio y la familia (crítica que continuará en Sonata a Kreutzer) pero también una reflexión sobre la soledad del hombre ante la muerte. No sólo la soledad, es la inconsciencia del hombre ante un hecho que conoce pero que no asume: la mortalidad. Lo destacable de la narración es la progresión por la cual Ivan Ilich siente crecer la enfermedad a la vez que siente el desapego de los que le rodean y percibe el deseo ajeno de verle desaparecer, finalmente.
Lev Tolstoi  (Yasnaia Poliana, 1828 - Astapovo, 1910), escritor universal, de familia aristocrática y noble,  siempre oscilando entre el campo y la ciudad, aunque prefiriendo el campo, la vida rural el trato con los campesinos y la gente sencilla, pero a la vez sin poder evitar su manifiesta posición en la nobleza rusa. Estas contradicciones, así como la contraposición de la vida disoluta y arriesgada que llevó hasta su matrimonio y la posterior deriva hacia un ideario humanitarista y cristiano, le creó un complejo de culpa que constantemente vemos reflejado en sus obras.





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