25/3/10

EL GRAN ALEJANDRO Y LA INMENSA INDIA

Ayer asistí a una conferencia sobre Alejandro Magno y la India, dentro del ciclo de conferencias sobre la India que está previsto realizar en el Museo L’Iber, en Valencia, a cargo de Alejandro Noguera, su director y alma mater.
Afortunadamente sin calefacción salvo la natural humana, un grupo reducido pero ilustrado (Antonio Penadés, Josep Asensi, Alejandro Mohorte...) hemos conformado el público de esta conferencia, la primera del ciclo que va a acompañar una exposición sobre la India, y que constará de cuatro sesiones más, y otras tantas sesiones de cine con el tema indio por eje : Kim, Gunga din, Ghandi...y los inevitables espacios infantiles, Cuentacuentos y talleres didácticos, con el libro de la selva, elefantes y otros temas.
En próximas conferencias Alejandro Noguera nos hablará del arte indio, de la política británica colonial y la intervención india en la II Guerra mundial.

El conferenciante, investigador histórico, erudito y gran viajero, nos ha hecho una interesante y documentadísima exposición, en la que en primer lugar nos habló del panorama indio antes de la llegada de las tropas macedónicas; cómo fue poblada por los arios, que llegaron a extenderse y dominar la península indostánica, arios que, en sus distintas ramas, de desperdigaron por Europa central, los Balcanes Rusia y Persia; fueron adaptándose y poco a poco diferenciándose y conformando diversos pueblos de los que finalmente descendemos los mediterráneos. El budismo y el jainismo son las religiones védicas que se desarrollan antes de tomar contacto con los griegos. Los persas, con Darío I conquistan la zona del Punjab, convirtiéndola en una satrapía, hasta que en 326 llegan los macedonios.
Se nos informó de dónde proceden nuestros conocimientos sobre la época y los hechos: todas nuestras fuentes son griegas: Diodoro, Plutarco, Ariano de Nicomedia, Justino y Quinto Curzio. Aunque Heródoto habló de leyendas indias, nunca llegó hasta allí.
Conocimos el curioso hecho de que la zona de paso hacia la India, el actual Afghanistán, antes Bactriana y Sodgiana, sólo fueron conquistados en la antigüedad por dos jefes: Alejandro y Gengis Khan, y ambos lo hicieron por alianzas matrimoniales, no por la fuerza.

Una vez pasado en Hindu Kush, Alejandro penetró en territorio que ahora es paquistaní, y entonces entraba dentro del mundo indio, y entonces, según nuestro conferenciante, cambió de táctica: en vez de ganarse a las tropas y a los jefes locales, como había hecho con Persia, Egipto, y otros países, pisó fuerte al topar con los indios: comenzó a arrasar pueblos y ejércitos, y esos malos modales no gustaron, con lo que se ganó la animadversión y generó una oposición muy fuerte. Además, hasta ese momento habían visto a los elefantes a modo de curiosidad, y ahora se presentaron en la guerra: en la famosa batalla de Hydaspes, doscientos elefantes formaron una muralla bestial a la que se tuvieron que enfrentar con astucia e inteligencia, ya que la fuerza de las falanges macedónicas , a pesar de sus larguísimas lanzas, apenas conseguía contener. A pesar de matar a Poros, el rey indostánico, las pérdidas alejandrinas fueron considerables y comenzó a generarse una rebelión entre las tropas, sobre todo las griegas y macedónicas, que ya no estaban dispuestas a continuar más allá del Indo, como era el deseo del Gran Alejandro, más conquistador que estadista, más descubridor que administrador de su inmenso imperio. Y aquí se inició el retorno, yendo hacia el sur, siguiendo el curso del río Indo, y luego dividiéndose en varias secciones, unas por mar y otras por tierra, sufriendo horribles penalidades, resultado de todo ello fue la breve vida de Alejandro, que apenas duró un año vivo, tras su retorno a Babilonia.
Nuestro conferenciante, tras relatarnos todo este proceso, pasó a valorar los resultados del contacto entre estas dos grandes civilizaciones: los griegos llevaron el arte, y la arquitectura, la escultura, que les era desconocida, la literatura, el teatro, que también ignoraban, y las diversas ciencias: la astronomía, y la medicina. Hay que resaltar que la expedición de Alejandro, como buen alumno de Aristóteles, estaba seguida de un elenco de investigadores, filósofos y científicos, arquitectos y astrónomos. Todos los descubrimientos se enviaban a la metrópoli, para su posterior estudio.

El contacto con la India supuso para los griegos la apertura de inmensas rutas comerciales, nuevos productos desconocidos, el algodón, las perlas, el marfil, las especias, diversos cultivos novedosos, y la aparición de las religiones orientales, como el budismo y el jainismo, nuevas costumbres y lenguas, en fin: un mundo diferente, aunque como sabemos, de un origen común, que es el tronco ario, del cual formaban parte ambos como largas ramas de un frondoso árbol.

No voy a extenderme más, porque en esencia es lo que se expuso ayer. Alejandro Noguera nos dejó asombrados de su erudición y conocimientos y su capacidad comunicativa, que acompañó de ilustraciones en una pantalla al mismo tiempo de sus explicaciones. Hubo tras la charla un rato de preguntas y respuestas, ampliando lo ya expuesto, y finalmente se nos emplazó para la siguiente conferencia, que tratará sobre el arte de Ghandara.

19/3/10

OFICIALES Y CABALLEROS / EVELYN WAUGH

Reseña publicada en:
http://libros2.ciberanika.com/desktopdefault.aspx?pagina=/letras/W/p05292.ascx

Evelyn Waugh, (Londres, 1903, Somerset, 1966), escritor británico, novelista, de origen social medio, nacido protestante y converso al catolicismo en 1930, casado de segundas nupcias con Laura Herbert. Entre 1929 y 1939 realizó múltiples viajes: Mediterráneo, África, Suramérica, Abisinia..., de los que produjo reportajes periodísticos o se inspiró para algunas de sus novelas. Incorporado a filas en la II Guerra Mundial, es destinado a Yugoslavia en el 44; en el 47 visita Estados Unidos. Alcanzó la fama con su obra Retorno a Brideshead, que fue llevada a la pantalla televisiva; es un autor que ha diseccionado la sociedad británica, satirizando a la aristocracia, hacia la que siente una doble atracción/repulsión; su corrosiva crítica, de tendencia conservadora, añora los valores perdidos tras las guerras.
Por primera vez traducido en España, Oficiales y caballeros forma parte de una trilogía sobre la II Guerra Mundial: Espada de honor; este libro es la segunda parte, tras Hombres en armas, publicado también en Cátedra, y a la espera de publicar la tercera, Rendición sin condiciones. Oficiales y caballeros se subdivide en dos partes: Guerreros felices (Happy Warriors) y En el ajo (Into the picture), separadas por un brevísimo Interludio. En ellas se narran de modo polifónico y coral, distintas trayectorias y enfoques de la guerra: desde la preparación y adiestramiento de los comandos británicos, los traslados, las instrucciones, los contactos con oficiales y tropa, entre el Londres del blitz y la brumosa isla en Escocia, pasando por el breve intermedio relajador que supone el viaje en barco hasta El Cairo dando un incomprensible rodeo por Sudáfrica, hasta los días de Egipto y la inmersión en el avispero de la batalla de Creta en la primavera de 1941, donde los alemanes inflingen un severo castigo a las tropas británicas, donde el caos y el desastre rodean al personaje central, Guy, y a muchos de sus compañeros, que reaccionan de formas diversas, incluidas la traición y la huida, mezcladas entre el valor y el honor.
En la medida en que esta obra es muy dependiente de la primera parte, es recomendable leerla tras Hombres en armas. Pero, en caso de no ser así, la larga y completísima Introducción del editor/traductor, suple bastante bien la carencia que podría suponer el desconocimiento de la evolución de los personajes desde el comienzo de la guerra. De hecho, las notas del editor nos acompañan durante toda la novela, ya que el texto de Waugh remite constantemente a muchos otros de sus textos, por alusiones, por citas encubiertas o explícitas, y además se alude a personajes reales presentados en la ficción con otros nombres, pero que el lector no británico difícilmente reconocería. No es óbice todo ello para sacarle el jugo a la narración, ya que Waugh es un escritor muy sólido, y el panorama que nos presenta de la participación en la guerra de la oficialidad británica, que oscila entre los vapores del whisky y el té de las cinco, entre el mantenimiento de las distinciones de clase llevado a extremos increíbles, la obsesión por las ordenanzas, a la vez que al contrario, la desesperada huida de todo tipo de responsabilidad de algunos de los personajes, entre el valor y el pánico, entre las copas de champagne y el hambre y la sed atenazadoras, entre la vida y la muerte, en suma.
En muchos momentos me he sentido transportada al segundo libro de la tetralogía de Ford Madox Ford, El final del desfile, reseñado en estas páginas. Las partes en las que habla de cómo el protagonista vive la guerra -la primera gran guerra- en Francia, recuerdan partes en las que Waugh habla de la otra guerra, la segunda; sobre todo la parte del desastre de Creta. Son dos guerras muy diferentes, pero el mundo de Tietjens y el mundo de los oficiales/caballeros, de Guy y de Claire, por ejemplo, es el mismo. Aún es el mismo. Dejará de serlo al acabar la última guerra.
Hay mucho de autobiográfico en esta trilogía, de hecho, en la introducción nos detalla Carlos Villar muchos personajes que están encubiertos en la obra, y muchos hechos, como el del sacerdote-espía, vividos personalmente por Waugh, como su participación en los Comandos, y en la retirada enloquecida de Creta.
Entre la primera y la segunda parte del libro hay una diferencia muy marcada de tono. Mientras que en Guerreros felices el tono es jocoso, frívolo, distendido, en la segunda, traducida En el ajo, (en el sentido de “en el meollo” “metidos hasta el cuello” o algo así), efectivamente, al entrar en contacto con la guerra real, con los disparos, con las bombas, con los boches, el tono se va agriando y los personajes van sintiéndose abandonados, abrumados por el caos y el desorden, por la muerte y las urgencias físicas insatisfechas. La concepción de la guerra de caballeros (gentlemen) desaparece y el “sálvese quien pueda” es frase desgraciadamente común.
Hay, pues, una serie de temas importantes que recorren la obra, como muy bien señala Carlos Villar en su Introducción: el del encanto fatal (encandilamiento con ciertos personajes que luego se revelan como falsos), el tema de la traición, el papel de la propaganda en la guerra, las situaciones límite: el hambre que llegan a sufrir hasta volverse casi enloquecidos. Y entre los motivos recurrentes, el agua, con distintos simbolismos, los accidentes, la liturgia cristiana (católica), y por último, la intertexualidad, ya citada anteriormente: la obra está plagada de auto alusiones, así como a la literatura en general: desde los clásicos griegos hasta los contemporáneos británicos, pasando, obviamente, por Shakespeare.
El uso constante del contrapunto en su obra, nos sugiere la influencia del cine en ella; no es el único autor al que ha influido mucho la técnica cinematográfica: el uso y el abuso del flash-back e incluso el flash-forward, el montaje, cortar/pegar, son efectos acusados por gran parte de la narrativa del siglo XX. Esta obra, que a su vez ha sido llevada a la pantalla, aunque para televisión, puede considerarse como un documento que nos ayude a comprender una época y una sociedad marcados por la tragedia de dos grandes guerras, ejemplarizados en una larga lista de personajes a cual más peculiar.
Esperamos en breve la última entrega de la trilogía, que culminará la probablemente más ambiciosa obra de Evelyn Waugh.

13/3/10

EL FINAL DEL DESFILE /FORD M. FORD

Reseña anteriormente publicada en : http://www.la2revelacion.com/?p=350


"No more hope, no more glory, not for the nation,
not for the world I dare say, no more parades."
(No más esperanza, no más gloria, ni para la nación,
ni para el mundo, me atrevería a decir: no más desfiles.)


Ford Madox Ford 1873, Surrey,(Inglaterra)-1939, Deauville,(Francia), novelista, poeta, crítico literario, editor, y uno de los padres fundadores del Modernismo Británico (Conrad, Joyce, V. Woolf y D.H. Lawrence, entre otros), cuyo verdadero nombre era Ford Hermann Hueffer, (se lo cambió en 1919 de resultas de un conflicto entre su mujer y su amante). De origen alemán por la parte paterna, su abuelo el pintor pre-rafaelita Ford Madox Brown, y su tío W. M. Rosetti. Lógicamente, se movió en un ambiente artístico y literario excepcional. Poseedor de una excepcional memoria, estaba capacitado para recitar largos fragmentos de obras clásicas. Ford escribió muchas otras novelas, así como ensayos, poesía, memorias y crítica literaria. Colaboró en un par de novelas con Joseph Conrad, de quien era amigo personal, aunque Conrad tenía cuarenta años y Ford, veinticuatro. En los años de la Gran Guerra, sirvió como oficial en el cuerpo de Reales Fusileros Galeses. Tomó parte en la batalla del Somme, y fue gravemente herido, siendo repatriado. Ford publicó alrededor de ochenta obras. Su leit motiv es el conflicto entre los valores tradicionales británicos con los de la emergente sociedad industrial moderna. Los Modernistas se decantaban, frente a la novela clásica de su época, por una ficción innovadora más interesada en los flujos de conciencia que en las largas descripciones de acciones objetivas. La obra de Ford representó una avanzadilla de la vanguardia literaria de su época, a pesar de estar entroncada en el suelo literario victoriano. Aquí hay un enlace donde ampliar información sobre Ford:
http://www.que-leer.com/196/ford-madox-ford-un-moderno-de-raices-victorianas.html
Se cumplen setenta años de la muerte del autor, por lo que la publicación de esta obra ha sido muy oportuna. El final del desfile se compone de cuatro novelas: Hay quien no... (1924), No más desfiles (1925), Se podría estar de pie (1926) y El toque de retreta (1928), publicadas independientemente, siendo agrupadas por primera vez en un solo volumen en 1950. Asimismo, es la primera vez que se publica en España, y la traducción de Miguel Temprano es muy esmerada, teniendo en cuenta las dificultades que plantea un texto tan difícil. Al parecer recibió la inapreciable colaboración del máximo especialista en Ford, el profesor Max Saunders.
La novela trata del desmoronamiento de una concepción del mundo: la de la sociedad victoriana, que se hunde en el barro con el estallido de la guerra del 14 y sobre todo, con su final. Si todos los países sintieron esa conmoción, Gran Bretaña, exportadora del concepto de victorianismo a toda Europa, del mismo modo que la Reina Victoria expandió su numerosa prole por todas las monarquías e imperios europeos, sintió profundamente la herida producida en sus más firmes convicciones por el caos bélico.
El protagonista principal de la tetralogía, en cierto modo alter ego del autor, encarna en su persona el drama que se extiende a su alrededor y que invade y desgarra Britania. Su vida se ve paulatinamente destrozada a la par que la sociedad que le rodea. Perteneciente a una antigua y poderosa familia de terratenientes, Christopher Tietjens es un inteligentísimo alto funcionario del Gobierno, victoriano hasta la médula, defensor del orden vigente, los modales, las costumbres, las diferencias de clase, tan marcadas en su sociedad en esa época. De físico torpón y voluminoso, (que nos recuerda al propio Ford), nada especialmente atrayente para las mujeres, sin embargo ha de luchar contra la fama que se la ha creado de mujeriego. De familia económicamente poderosa, sin embargo su ausencia de interés por el dinero y su liberalidad le convierte en un insolvente. Sus enormes cualidades intelectuales le marginan de las relaciones sociales que, moviéndose en niveles muy inferiores a él, le envidian y le detestan por ello. Fiel y honrado hasta la médula, ha de soportar las infidelidades continuas de su esposa, Sylvia, elegante y aristocrática, pero una arpía, que le odia a muerte por ser, según ella, perfecto. Y ha de soportar que todas sus amistades, incluso su propio padre y sus hermanos le marginen, creyéndolo un lascivo y un manirroto. Macmaster, su mejor amigo, al que le ha prestado casi toda su fortuna, es un pusilánime trepa social, que se avergüenza de los favores recibidos y, manejado por su mujer, también trepadora y pérfida, desdeña al amigo que le ha favorecido durante años y le hace el vacío social.

“Y Tietjens, que era incapaz de odiar a nadie, al ver a aquel tipo simpático y sencillo con aspecto de colegial, se preguntó por qué la humanidad, que resultaba casi agradable descompuesta en unidades, era, como masas, un fenómeno tan odioso. Si se cogían doce hombres, ninguno de ellos detestable ni carente de interés, porque cada uno de ellos tenía detalles técnicos que aportar sobre su especialidad, y se formaba con ellos un club o gobierno, en el acto, las opresiones, las inexactitudes, el cotilleo, las venganzas, las mentiras, las corrupciones y las vilezas, los convertían en esa combinación de un lobo, un tigre, una comadreja y un mono cubierto de piojos que era la sociedad humana”.

Asistimos, pues, a un verdadero linchamiento moral de Tietjens, el cual lo soporta con un temple y flema inigualables, refugiándose en sus cálculos matemáticos y en los caballos, en un mundo solipsista inevitable. En esas condiciones estalla la guerra y nuestro hombre se alista, ya que el último sitio donde quiere estar es en Inglaterra. Tras una primera etapa en Francia, regresa para reponerse, algo perturbada su mente, por el impacto de los bombardeos en su cerebro. Ford describe así el escenario de la guerra:

“ Un intenso desánimo, una confusión interminable, una locura inagotable, vilezas sin cuento. Todos esos hombres entregados a manos de los intrigantes más cínicos y despreocupados que pululan por los largos pasillos donde se urden las tramas que surcan el corazón del mundo. Todos esos hombres eran meros juguetes y sus agonías meras ocasiones para poner una frase ocurrente en los discursos de unos políticos sin corazón. Cientos de miles de hombres arrojados aquí y allá en ese sórdido, gigantesco y parduzco barrizal invernal…, por Dios, exactamente igual que si fuesen nueces recogidas y arrojadas por las urracas por encima del hombro… Pero eran hombres. No sólo poblaciones. Hombres por los que uno se preocupaba. Cada uno con una columna vertebral, rodillas, pantalones, tirantes, un rifle, un hogar, pasiones, fornicaciones, borracheras, amigos, alguna concepción del mundo, callos, enfermedades heredadas, una verdulería, una lechería, una papelería, mocosos, una furcia por mujer…”

Pero su vida colisiona con una joven, Valentine Wannop, perteneciente a una clase social inferior, hija de una excéntrica novelista con grandes dificultades económicas, que le produce una inquietud y una atracción desconocidas en él, acostumbrado a ocultar sus sentimientos y afecciones. ¡Una mujer con la que se puede y con la que desea hablar! Y además, ¡buena latinista!
Lo que se cuenta no es realmente original, de hecho apenas si hay una acción, y las situaciones las hemos encontrado en otros autores victorianos. Pero la forma, el estilo novedoso de Ford es lo que nos resulta francamente llamativo: un continuo ir y venir de pensamientos en el tiempo y en el espacio, pero ligado de modo tan asombroso que casi ni somos conscientes de ello. Monólogos pensados, paralelamente a conversaciones, tramos de descripciones objetivas, mezclados con saltos al pasado o al futuro. No es de lectura fácil esta novela; de hecho, los primeros capítulos del primer libro desaniman y desconciertan al lector, que ha de hacer un verdadero esfuerzo para seguir adelante. Pero el esfuerzo se ve altamente recompensado cuando consigue entrar en la narración, y darse cuenta de los continuos saltos en el tiempo, de los cambios de punto de vista y de que las explicaciones para hechos inexplicables o absurdos al principio, se nos ofrecen más adelante.
Todo el primer libro, Hay quien no...( título penoso, en mi opinión) trata de situarnos al protagonista y a todo su contexto, complicadísimo, ya que ha de introducir un elenco de personajes secundarios pero relativamente importantes para comprender la trama de mentiras y engaños que se cierne sobre Tietjens. Toda una gama de situaciones aparentemente inverosímiles y en algunos momentos enloquecidas, donde se nos presenta al personaje en el ambiente que le rodea.
En el segundo libro, No más desfiles, se nos sitúa en plena guerra, en Francia, cerca de la línea de fuego, donde el protagonista se mueve, con relativo margen, hasta que le llegan las salpicaduras de su situación familiar, en la forma de Silvia, cual Aracne moderna, que no le deja en paz, tejiendo sin parar su tela de infortunios y mentiras y nos asombra la capacidad para el mal de esta mujer vana y fútil. Por otra parte nos muestra el absurdo de esa guerra que nadie comprendía pero a mucha gente entusiasmaba, hasta que se veían con el barro en los tobillos y los proyectiles zumbando en sus oídos. Su conversación con el general Campion, viejo amigo de sus padres, es memorable.
En el tercer libro, Se podría estar de pie, se introducen otros puntos de vista, como el de Valentine Wannop, en la primera parte, al acabar la guerra; en la segunda parte volvemos atrás a los últimos meses de la guerra, donde sigue Tietjens en primera línea. Las partes dedicadas a la lucha en el frente son terribles. Son las propias vivencias de Ford las que estamos compartiendo. Escuchamos los obuses y casi sentimos el sabor del barro en la boca. Tietjens va descubriendo que se lleva mejor con sus compañeros, e incluso con sus subalternos que con toda la odiosa gente que le espera en Londres. vuelve a pensar en Valentine. La guerra no son desfiles y honor, ni tampoco es un partido de críquet; el protagonista reconoce que esta guerra ha cambiado los conceptos de guerra al uso hasta el momento, así como las relaciones sociales, e incluso las nociones básicas de socialidad: el matrimonio, la familia, las relaciones de clase. Y todo ello conlleva un caos, un desconcierto en las personas que antes tenían unos pilares fijos en los que apoyarse, y ahora descubren que son de barro. La tercera parte del libro describe el encuentro de ambos, Valentine y Christopher, en su piso vacío el día del armisticio, rodeados luego de los compañeros supervivientes de su batallón.
Y en la parte final, El toque de retreta, quizás la más débil literariamente, se nos recapitula sobre los conceptos valorados a lo largo de la obra. Vuelve un poco el caos de la primera parte. Está contada por los demás actores de la historia: su hermano Mark, paralizado tras una apoplejía y su mujer francesa, Marie Leonie, Valentine esperando un hijo de Chistopher, Sylvia tratando de perjudicarles al máximo, su hijo Michael, el heredero de Groby, el general Campion, Lady Macmaster, etc. Christopher es el referente, pero no protagoniza el libro más que en segundo plano. La tala del gran árbol de Groby, simboliza la caída de una dinastía, aunque la espera de un vástago -bastardo- supone que la vida sigue, aunque ya no igual.

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