26/8/10

ANGEL WAGENSTEIN: LA TRILOGÍA

Reseña publicada en :
http://www.hislibris.com/el-pentateuco-de-isaac-2008-adios-shanghai-2009-lejos-de-toledo-2010-angel-wagenstein/
Angel Wagenstein, (Plovdiv, Bulgaria, 1922), nacido en una familia sefardí búlgara, pasó su infancia exiliado en París. Regresó a su país siendo un adolescente, Durante la segunda guerra mundial, fue internado en un campo de trabajo, del que se evadió para integrarse en las filas de los partisanos. Arrestado y condenado a muerte en 1944, logró salvarse al entrar el Ejército Rojo en Bulgaria. Finalizada la guerra, cursó estudios cinematográficos en Moscú y empezó una larga y reconocida carrera como guionista y realizador. Su carrera literaria comenzó tardíamente con la publicación de la novela El Pentateuco de Isaac (1998), que fue el inicio de una ambiciosa trilogía dedicada al destino de los judíos en la Europa del siglo XX que completaría más tarde con Lejos de Toledo (2002) de próxima aparición en Libros del Asteroide) y Adiós, Shangai (2004). Actualmente vive en Sofia.

En una entrevista el autor comenta, a propósito del tono satírico, irónico o humorístico con que está salpicada su obra: “Un periodista italiano me preguntó cómo podía escribir sobre temas tan trágicos como el Holocausto, la muerte o la guerra con una sonrisa. Y contesté: «Pregúntele a Charlie Chaplin, porque él lo consiguió. Pero la idea profunda de estas tres novelas no es la risa, sino la solidaridad con la gente de otras razas, religiones y creencias. ¡Y las risas son las puertas que se abren en los muros que nos separan!”
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En El Pentateuco de Isaac, Isaac Blumenfeld nos narra su vida, en primera y segunda personas, dirigiéndose al lector como si hablase con su cuñado, el rabino Bendavid, leit motiv de toda la narración, o con un amigo cualquiera en una de las  tertulias de su sastrería. Dividida en cinco partes, obviamente, en las que va contando las diversas patrias a las que el protagonista se ve forzado a pertenecer, el autor nos narra el pasado reciente y revuelto de la primera mitad del siglo XX. En tono muy ingenioso, intercalando chistes y tomándose la vida como un hombre sencillo de pueblo, el hijo de un sastre que es; su pericia en darle la vuelta a los abrigos para poder seguir utilizándolos unos cuantos años más como nuevos, refleja parabólicamente cómo los habitantes del pequeño pueblito de Kolodetz  (Galitzia) han ido pasando, sin moverse de sitio, del Imperio Austrohúngaro a Polonia, de Polonia a la URSS, de la URSS al Tercer Reich y finalmente a Austria, como si le dieran vueltas y más vueltas a sus chaquetas. Su mirada hacia el mundo que le rodea es limpia, inocente, aunque no exenta de preguntas, preguntas que no tienen respuesta, o cuya respuesta mejor es ignorarla. Su calvario personal, a través de dos guerras mundiales, campos de concentración alemanes y posteriormente soviéticos, el absurdo de su situación, es rememorado por un viejo Isaac finalmente afincado en Viena, que va rememorando y conversando mentalmente con sus recuerdos y sus seres queridos, todos muertos, amados en sus sueños, mientra valora si debe tomar la decisión de acompañarlos o seguir viviendo hasta que le llegue su momento.

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Lejos de Toledo es una novela que se desmarca más de las otras dos: fuertemente autobiográfica, el autor, convertido en el profesor Cohen, viaja a su pueblo natal y se ve sumergido en los recuerdos e imágenes de su infancia, que él contrasta con el panorama actual. Es un libro entrañable, pausado, una bella remembranza a sus ancestros, que, procedentes de Toledo, España, (Sefarad, para ellos) fueron obligados a exiliarse por las normativas impuestas por  los Reyes Católicos para “limpiar” el país ideológicamente. Y así como su abuela sigue asando los pimientos y las berenjenas como lo hacemos aún hoy en las tierras que ellos abandonaron, y cantando canciones en ladino (español viejo), el niño que fue el autor, conoció las diversas culturas del Libro desde su infancia, jugando con cristianos, judíos y musulmanes, del mismo modo que su abuelo El Borrachón (sic) se reunía por las noches a pimplar con el rabino, el pope ortodoxo Isaías y el hodja Ibrahim, los cuales, a pesar de sus discrepancias ideológicas, acababan hermanados en la borrachera, y en su atracción por la exhuberante viuda Zülfiye, cuyo gusto por el anís y las almendras garrapiñadas es conocido de todos.
El autor se reencuentra con la que fue su amor adolescente, la armenia Araxi Vartanian, ahora una madura mujer que sigue mirándole con los mismos tiernos ojos de su infancia. Y juntos buscan, entre las fotos que el viejo fotógrafo del pueblo, Kostaki el Eterno, les va mostrando, momentos del pasado común, conservados por las placas fotográficas para la eternidad, como reza el nombre del taller. Momentos felices y momentos tristes: el protagonista conoce ahora por boca de su querida amiga Araxi la historia de su separación y el confinamiento de su familia, la muerte de su padre, considerados como burgueses, enemigos del poder soviético. Y ella conoce la tristeza que inunda la vida de él, cuya esposa e hija han muerto en un atentado en Israel. Y ambos ven cómo el mundo de su infancia desaparece entre las llamas. 

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De las dos partes en que está dividida Adiós, Shanghai, la primera presenta la situación europea a partir de la noche de los cuchillos largos, con un concierto de Haydn, en el cual, conforme los músicos de la Filarmónica de Dresde van apagando sus velas en la sinfonía Los Adioses y saliendo de escena, van siendo detenidos todos aquellos –y eran muchos- de raza judía. Es 1938. Es un comienzo increíblemente simbólico e impactante.
La segunda parte trata de lo que los emigrantes forzosos encuentran al llegar a la aún ciudad internacional de Shanghai, en plena guerra chino-japonesa, con la ciudad dividida en zonas por naciones, donde cada uno de los personajes trata de salir adelante en condiciones penosísimas y cómo todos van a relacionarse entre sí, van a formar parte de una fina malla sin saberlo. Una malla que acabará por romperse. La última parte mantiene una fuerte tensión y dramatismo, que nos deja un sabor de boca amargo, porque aunque sabemos que la guerra ha terminado, sabemos también que hay cosas que no pueden restituirse. Dresde arrasada hasta sus cimientos, Hiroshima y Nagasaki arrasados también. Y los supervivientes sin saber qué hacer con su vida y con su historia.
Wagenstein, con una amarga sonrisa en los labios, nos traza un paisaje desolador en Europa: desolador para los judíos, acosados, marginados, humillados y ofendidos. Y desolador para la humanidad, que juega un papel tan deshonroso al consentir tal infamia, durante esos años previos a la guerra, en los que el pacifismo y la política de apaciguamiento primaba. Sin embargo, el autor lo traza sin odio, incluso con cierta indulgencia, con esa mirada que acepta el destino, tan propia del pensamiento judeocristiano: la resignación.


Si establecemos una comparación entre las tres novelas, salta a la vista que se produce un decrescendo: la primera, El Pentateuco de Isaac, es con mucho, la mejor de las tres. La mejor literariamente hablando, la mejor tratada, en cuanto a la técnica narrativa y en cuanto al contenido. Una magnífica novela. La segunda, Lejos de Toledo, escrita como una mezcla de memorias y diario periodístico, es un texto lleno de nostalgia, y las partes mejor tratadas literariamente son las de su infancia. La tercera, Adiós Shanghai, es una obra francamente descompensada, en la que la parte narrativa mezcla el tono de humor con el de novela de espionaje, y la parte en que se nos cuenta la historia de entreguerras parece un ensayo histórico añadido. No es que no tenga interés, pero el engarce de ambas partes resulta algo fallido.
Aun así, y vistas como conjunto, la trilogía se nos muestra como una muy lúcida mirada sobre la historia reciente de los judíos de Centroeuropa  y de su eterno errar. Una pintura que nos evoca constantemente a Chagall, el pintor ingenuo cuyos personajes flotaban sobre unos deliciosos paisajes como flotan los recuerdos de Wagenstein sobre los paisajes de una Europa dividida y rota, pero evocada con cariño, con humor y sin odio.

18/8/10

LA LIBRERÍA

Reseña publicada en: http://cinemabronkiano.com/2010/07/23/la-libreria/


Penelope Knox Fitzgerald (1916-2000), hija de Edmund Knox, editor de Punch, sobrina del teólogo y novelista Ronald Knox, del criptógrafo Dilly Knox y del estudioso de la biblia  Wilfred Knox, se educó en Oxford y durante la guerra trabajó para la BBC, en el 41 se casó con un soldado irlandés y durante unos años vivió en una barcaza en el Támesis. Su primer libro lo publicó en 1975, una biografía de Edward Burne-Jones, y en el 77 su primera novela. Ésta y las tres siguientes, donde se incluye la que reseñamos, tienen todas un cierto carácter autobiográfico. A partir de ese momento, la autora se decantó por escribir sobre otros temas.
La librería (1978) fue finalista al Booker Prize. Florence Green, nombre muy “primaveral”, es la protagonista de este relato, que se lee de un tirón por ser relativamente breve y lineal, sencillo y algo parabólico. Viuda cuyo matrimonio apenas fue y no fructificó, en su mediana edad y enclaustrada en los límites de una pequeña población costera de Suffolk, en la Inglaterra profunda, ve la vida pasar, hasta que un día se plantea abrir una librería. No hay ninguna en el pueblo, y le gusta estar rodeada de libros, y que la gente lea. Aun así, no sabemos muy bien cuál es la razón. Simplemente, parece querer darle otro sesgo a su solitaria vida. Un viejo caserón húmedo, Old House, y con  fantasma (poltergeist) incluido, le parece el sitio ideal para su negocio y su vida.
La apertura de la librería proporciona al pueblo todo un año de entretenimiento, de variación, puesto que además, Florence, además, abre una biblioteca que presta los libros a muchos de los habitantes del pueblo, a los veraneantes y a otros de las cercanías.
Pero hay alguien que desde el principio se opone a que la vieja casa admita en su seno libros. Los planes de la señora Gamart son otros: convertir la Old House en un Centro de Arte, donde se realicen actividades culturales que amenicen la aburrida vida de la población y le den tono social. Ambos planes son razonables, nos decimos. Lo que no son razonables son los métodos de esta señora, que se vale de toda una gama de astucias y maquinaciones para echar de la casa a Florence.
Haciendo caso omiso de la señora Gamart, Florence sigue su plan y poco a poco la gente del pueblo e acostumbra a entrar y mirar, comprar o leer. La pequeña Christine, vecina del pueblo, le ayuda con los clientes y se gana un dinerillo. Ambas soportan con resignación los ruidos y las trastadas del poltergeist. Una galería de personajes curiosos y solitarios desfilan por las páginas del libro: Raven, Milo North, Mr Keble, Mr Brundish, el General y Mrs. Gamart... en una tranquila historia sin sobresaltos, como el discurrir plácido y sosegado de un río en la cercana desembocadura, pero que a su vez arrastra una  cantidad de barro y limo hacia el mar.
El clima social que se crea está muy bien conseguido, aunque bajo la apariencia de un simple relato humorístico y costumbrista late una mirada crítica demoledora. La sensación de melancolía, de deja vu, las relaciones contenidas y carentes por completo de emociones, la incomprensión y la atonía social se palpan en el pequeño pueblito en el que, aunque todos parecen celebrar la novedad, todos aceptan al mismo tiempo su desaparición con la misma imperturbabilidad. La audacia, la tozudez -o la desesperación- de una mujer madura, de atreverse a planear su vida frente a la poderosa señora Gamart, Juez de paz y esposa del General Gamart, y el pusilánime pueblo que la rodea, fluctuando entre una y otra, siempre atento a las novedades e informado al detalle, todo ello conforma una parábola moral, más que otra cosa.
La poderosa fuerza de la tradición frente a lo novedoso, la soledad en busca de otras soledades, de todo ello es un símbolo La librería. Por un lado nos provoca una agradable sensación de familiaridad, de vida tranquila y apacible, y por otra escuchamos rugir no sólo al poltergeist de la Old House, sino a esa marabunta social que no soporta, que no puede aguantar la libertad individual. El mundo se divide en exterminadores y exterminados, según la narradora, aunque por algunos momentos no percibamos esta relación. La venta masiva de Lolita de Nabokov parece disparar todas las alarmas. Ni siquiera la letal defensa del viejo señor Brundish, atrincherado en su mansión de la que sólo sale como un postrer intento de plantar cara a la maquiavélica señora Gamart, puede parar lo que parece ser el destino.
Lo curioso del relato es que en ningún momento Florence nos de la impresión de ser una amante de los libros, ni lectora apasionada, ni con conocimientos literarios (ha de recurrir al señor Brundish para que le de su opinión sobre Lolita) aprovecha los saldos de otra librería –sin mirarlos-  para sus fondos e incluso a la hora de montar su librería ha de recurrir a la ayuda de niños, Christine y los scouts, ninguno de ellos aficionado a los libros, aunque sí a la organización.  Tampoco tiene espíritu empresarial, no tiene ni idea de cómo llevar un negocio y ha de ayudarse en sus cuentas por una especialista. En realidad no sabemos qué le lleva a una mujer como ella a comprar una vieja casa y montar una librería en un pueblito perdido. La fuerza de  voluntad es inútil si no se va a ningún lado- piensa Florence-y la suya estaba en unos niveles tan bajos que ya no era capaz de darle las instrucciones necesarias para poder sobrevivir.  El tema de La librería no son los libros, sino la soledad, la libertad, el tiempo, cuyo paso inexorable deja un poso amargo, muy en el espíritu de las novelas de Iris Murdoch.

La editorial Impedimenta nos deleita con una cuidadísima edición, como ya es habitual, estéticamente impecable y muy atractiva.


7/8/10

MENSAJES EN EL VIENTO

Reseña publicada en http://www.elplacerdelalectura.com/2010/08/contra-el-viento-del-norte-daniel.html

Daniel Glattauer (Viena, 1960). Escritor y periodista austriaco, ha trabajado para medios como el diario Der Standard, donde tiene una columna de opinión. Ha publicado varios libros, siendo su obra de 2004 Der Weihnachtshund adaptada al cine. En 2006 logró el German Book Prize por Contra el viento del norte, obra que ha supuesto su salto al mercado internacional y que ha sido traducido a más de veinticinco idiomas. Es su primera obra traducida en España, y al parecer, ya ha sido llevada al teatro en su país.

Bóreas, el nombre que la mitología griega da al viento del Norte, es el más fuerte de los vientos. Fuerte y frío, representado en las pinturas clásicas como un viejo. No sabemos exactamente qué busca simbolizar el autor con este viento, pero podría muy bien aplicarse a la pasión humana, que nos obnubila la razón y crea una inquietud, dominándonos por completo.
 Se ha dicho de este libro que es una actualización de la novela epistolar. Efectivamente, es epistolar al modo que hoy en día se envían cartas: por correo electrónico. Pero creo que no es sólo eso lo que podemos leer entre líneas: no es casualidad que la protagonista femenina se llame Emma/ Emmi. Versión ultracontemporánea de una virtual Madame Bovary enganchada a la pantalla de su ordenador, que busca encontrarse a sí misma y salir de la monotonía de un “matrimonio feliz” intercambiando mensajes con un perfecto desconocido, Leo, con quien crea unos lazos cada vez más fuertes y en los que va siendo atrapada. En una época rebosante de información, donde podemos conocer hasta los detalles más mínimos de todo y de todos, en cuestión de segundos, podemos establecer contacto con cualquier parte del mundo al instante, lo que nos atrae es lo contrario, aquello de lo que carecemos, es decir, lo oscuro, lo ignoto: el corazón de las tinieblas. Pero la paradoja se da inmediatamente, ya que, en el momento en que lo conozcamos, pierde su atractivo. Por ello todo el juego entre Leo y Emmi es un quiero y no quiero: si desvelan más de lo que ocultan, el interés se pierde. Pero lo natural de los humanos es el deseo de saber, que puede ser tan fuerte o más que el deseo sexual. Es el Deseo, así, con mayúsculas, la pasión; la eterna y desmedida inclinación,  hacia lo que no poseemos. Porque ahí radica la clave del misterio humano, de sus logros y sus desdichas.

Al estar construida a base de diálogos, es como una pieza teatral, no es de extrañar que se la haya adaptado a los escenarios. Construida como relación epistolar, a veces  minimalista, exclusivamente a base de transcripción de correos electrónicos, dividido en diez capítulos de los que el último funciona a modo de epílogo, y bajo la promesa de una continuación (lo cual, todo sea dicho, no me parece lo más oportuno) en un segundo libro aún por publicar -pero de ventas aseguradas-, los lectores asistimos a algo tan cotidiano que una gran mayoría se podrá identificar en parte o en todo con la narración. Cotidiano por la forma, cotidiano por el contenido. De ahí, en parte, su gran éxito de público. Para los aún no habituados a Internet, podría también entenderse como una larga conversación telefónica entre dos personas que no se conocen, con ecos de El último tango en París, ecos de Nueve semanas y media, pero en mi opinión mucho más intensa, por su brevedad y minimalismo.
Contra el viento del norte lanza un torpedo a la línea de flotación de las relaciones humanas contemporáneas. La era de la hiper-comunicación es la era de la soledad. La era del derroche de información es la del desinterés por la lectura. La excesiva acumulación de imágenes sexuales nos hace indiferentes al sexo; la facilidad de conseguir algo nos lo devalúa. Todo esto es lo que está detrás de esa larga conversación entrecortada que Leo y Emmi mantienen, y que les llevará a un punto de no retorno.
 
Partimos del azar: Emma, felizmente casada con Bernard, con quien convive felizmente, envía un mensaje a una dirección equivocada. Hasta ahí todo es de lo más corriente. Pero la equivocación se vuelve a repetir y provoca un intercambio de envíos y respuestas entre el receptor de los mensajes, Leo Leike, un  asesor de comunicación universitario, que justamente trabaja en la investigación de las relaciones por correo electrónico.
Los intercambios aumentan, los mensajes son cada vez más ingeniosos y la atracción surge entre ambos. Mucho tiempo mantienen entre ellos ausencia de detalles sobre sus vidas privadas, de datos sobre sus familiares o parejas, incluso sobre sus actividades y sobre datos concretos de sus vidas. Tampoco hablan propiamente de sexo, como podría pensarse; no, el sexo está latente, lógicamente, pero no es explícito: perdería todo su sentido si lo fuera. Nos vamos dando cuenta de que la atracción sexual comienza y aumenta. Pero lo que realmente les atrae no es el sexo, es, justamente el misterio. No el qué, es el cómo. El misterio de sus edades, su físico, sus pensamientos...el juego de verdad y mentira, que es una poderosísima atracción, como si de un carnaval veneciano se tratase, un juego de máscaras.
Hay una insatisfacción latente en ambos, sobre todo en ella. Y es lo que le lleva a interesarse por un perfecto desconocido, al que no quiere conocer en persona, al menos durante bastante tiempo, y al que gusta imaginar: ambos juegan con la imaginación y el juego es muy atractivo: tanto, que supera la realidad, o puede superarla: ninguno se atreve a romper esa ficción, a mostrarse una foto o a verse, ya que viven en la misma ciudad. Lo intentan, pero ellos mismos crean sus propias dificultades, en un juego carnavalesco. El pánico a que la realidad destroce su ilusión es fortísimo. La descripción de cada uno  al tratar de reconocerse en la cita del bar, recuerda muchísimo a aquella vieja película de Lubitsch,  El bazar de las sorpresas, cuando James Stewart y Margaret Sullavan tratan de fingir que son lo que no son en una memorable escena.

Pero Leo y Emmi siguen enviándose  correos electrónicos; es lo primero que ven al despertarse o al irse a dormir, y su ausencia les crea una terrible ansiedad: la adicción está servida. Ambos encarnan ante el otro el papel del psicoanalista o del confesor de siglos anteriores: se necesitan para contarse sus más íntimos sueños o para cubrir sus necesidades de comunicación, para saber más de sí mismos y para conocerse por medio de un juego de preguntas, respuestas, y silencios. Pero este es un juego que puede ser peligroso. Llegado un punto la fuerza del deseo es muy grande y su necesidad de saber más les hace implicar a terceros, y aquí ya la baraja se rompe. La tensión llega a ser tremenda, y el final, en mi opinión, debería quedarse como queda. Sin continuación, en todo su dramatismo.

Novela que se lee de un tirón en una tarde, y que mantiene el interés en todo momento,  su ritmo avanza in crescendo y sin bajar el tono de ironía, de deseo, de locura.  Emma somos todas, como  casi diría Flaubert.





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