18/3/11

RICHARD QUINE: PICARDÍA Y SEXO

Esta vez he cambiado de registro fílmico: se trata de una delirante comedia del director norteamericano Richard Quine (1920-1989) que, a  pesar de haber sido filmada en los sesenta, (década que marcó la estética del cine de un modo tan gravoso que resulta difícil de revisionar sin un cierto malestar) concretamente 1964, esta comedia se vuelve a ver y nos vuelve a hacer reír a carcajadas sin el menor problema. Sex and the single girl es el título original, traducido al español muy pudorosamente como La pícara soltera,  Richard Quine nos deleita, nos divierte y nos hace reír con una de sus mejores comedias de enredo. El sexo al que hace relación el título, es, en realidad, el sexo genérico, es decir: las complicadas relaciones entre hombres y mujeres, el eterno conflicto entre sexos. Pero a lo largo del filme, Quine juega con el quiero y no puedo, con la atracción y el deseo, base imprescindible e inevitables entre los sexos, usando a la vez  toda una serie de malentendidos, dobles sentidos y juegos de lenguaje absolutamente inspirados.

Con un ingeniosísimo guión de J. Heller y D.R. Schwartz, en el que no hay diálogo que tenga desperdicio, una música de Neal Hefti con la intervención del mismísimo Count Basie en algunos números musicales,  y un reparto estelar muy de los sesenta pero que cumple perfectamente  con lo que se espera de él. 

Unos maduros Henry Fonda y Lauren Bacall, un espléndido  Tony Curtis y  una explosiva Natalie Wood -ambos en su mejor momento- junto a un frívolo Mel Ferrer, y unos secundarios  increíbles, entre los que destacamos a un ya anciano Edward Everett Horton, o Stubby Kaye (¿quien no le recuerda cantando en Guys & Dolls?) y Helen Kleeb en el papel de la secretaria de la doctora Brown ; todo ello conforma una comedia encantadora, en la que hay momentos que rozan el paroxismo, como la persecución final en la autopista de San Diego, pasando por la divertidísima escena de as tres supuestas esposas del agobiado hombre de negocios interpretado por Henry Fonda. también hay varios momentos en los que Tony Curtis, travestido,  homenajea a Jack Lemmon  (y a sí mismo) en Con faldas y a lo loco, de B. Wilder, estrenada cinco años antes.

La historia, que está basada en una novela de Helen Gurley Brown, cuenta cómo Bob Weston (Tony Curtis), que es el editor de una revista difamatoria y amarilla, planea ocuparse de una doctora (Natalie Wood) que acaba de publicar un libro dedicado a las mujeres solteras para ayudarlas a encontrar marido. Pero la doctora Brown es una joven soltera, asimismo, y Weston descubre que es una preciosidad. En paralelo, cuenta la historia de los vecinos de Weston, Frank y Sylvia, (Fonda y Bacall) que constantemente están como el perro y el gato, ya que Frank tiene una empresa de medias para señora y su mujer sufre unos celos enfermizos. Weston usa el subterfugio de hacerse pasar por Frank en sus visitas a la doctora Brown...lo que origina todo el lío. Los terceros en discordia son un psiquiatra muy bailongo (Mel Ferrer) que se pirra por la bella colega doctora y  Gretchen, (Fran Jeffries) bailarina, cantante y actual  novia  de Weston. Todo ello, agitado y mezclado con gran agudeza conforma esta comedia de dobles intenciones y juego amoroso, divertidísima e imprescindible para todo buen cinéfilo.


13/3/11

Cine: EL FANTASMA Y LA SEÑORA MUIR (1947)


Anoche tuve el placer de volver a ver una maravillosa película, que he visionado muchas veces y seguiré haciéndolo mientras pueda. Claro que ayer fue la primera vez que la escuché en versión original y pude disfrutar del agudo acento de Rex Harrison, en su papel de rudo -y fantasmal- marino (Seaman, not sailor!) y la encantadora voz de Gene Tierney, absolutamente tierna  en su papel de joven viuda y madre victoriana, retirada en un precioso cottage de la costa británica, siempre mirando al mar, oyendo el continuo rumor del oleaje y las sirenas de los barcos. 
El guión de Philip Dunne se ha basado en la novela de la escritora escocesa Josephine Leslie (1898/1979), publicada en 1945 bajo el seudónimo de R. A. Dick.
J.L. Mankiewicz, el director, realiza una labor espléndida, como por otra parte es habitual en él: elegante, reposada, emotiva. Un finísimo humor recorre la cinta, un toque de nostalgia y una ternura inmensa. La fotografia en b/n de Charles Lang es excelente,  y la banda sonora del gran Bernard Herrmann -compositor habitual del cine de Hitchcock, entre otros- le dan el ambiente y clima apropiados.

Una joven viuda, Lucy Muir, (Gene Tierney) con su hija (una pequeñita y retozona Natalie Wood) se enamora de una casita frente al mar, -cuyo protagonismo es inmediato- que perteneció al difunto marino, el capitán Gregg,  que en forma fantasmal vaga por sus habitaciones y asusta a posibles inquilinos que no son de su agrado. La casita, como si fuese un barco, tienen un precioso mirador que da al mar y que podría ser muy bien el castillo de proa de una nave, con catalejo incluido. Un retrato sugerente del marino preside la habitación y vigila la casa. Pero Lucy Muir trastorna los planes del etéreo marino con su llegada. No le teme, es más, se siente atraída por el rudo fantasma y su incierta muerte, como si realmente fuera humano, y fluye entre ellos una corriente de simpatía que se va convirtiendo en amor...platónico, un amor imposible mientras pertenezcan a mundos distintos.

El capitán le inspira la escritura de una historia, la de su propia vida en el mar,  libro que publica con éxito y que le resuelve los problemas de supervivencia económica  (¡esas cosas ocurrían, antes!). Pero a la vez surge una nueva relación que cautiva a la joven viuda, necesitada, como es natural,  de amor tangible, no fantasmal, y cae en las redes de un petimetre embaucador y mujeriego (George Sanders, muy en su papel) que la corteja hasta que ella descubre la realidad. El capitán, celoso, nada puede hacer ante la vida real, y se retira, dejándola seguir su curso, incluso la induce a olvidarle, en la preciosa y onírica escena del sueño, donde su imagen de desmaterializa paulatinamente.
Tras su fracaso sentimental, Lucy retorna a la vida solitaria, a seguir mirando el mar, soñando despierta, viendo a su hija crecer. Quizás la relación con la hija queda un tanto descuidada. Los años pasan (sugerentes imágenes del mar embravecido, imágenes del mar calmo, el paulatino deterioro de la madera grabada con el nombre de la niña...), la hija crece y está preparada para formar una familia, y Lucy, anciana, cuidada siempre por su fiel y refunfuñona criada, espera a diario el encuentro postrero con su verdadero e imaginario amor, que finalmente le tiende su abrazo, esta vez para toda la eternidad.

                                      



11/3/11

HENRY JAMES: UN ESCRITOR ELEGANTE





EL FONDO COXON
HENRY JAMES
Trad: Alicia Morales Tello
Ed. Ático de los libros, 2010



La editorial Ático de los libros ha iniciado una colección de breves del que este relato es muestra. El autor, el escritor norteamericano Henry James (Nueva York, 1843-Londres, 1916) fue un abanderado de Europa, a donde se trasladó tras dejar su carrera de derecho en Harvard, viajando por distintos países hasta establecerse en Inglaterra, donde desarrolló la mayor parte de su obra literaria, tanto de ficción como sus ensayos sobre literatura y arte. De hecho, James se amoldó a la sociedad británica como un guante, estableciendo relaciones con los representantes de la cultura del momento y haciéndose un hueco entre ellos.

En este relato, James se nos muestra como un perfecto británico, jugando con  humor muy sutil para contarnos la historia de un timador, un personaje que se hace pasar por filósofo, pensador, orador, en fin toda una figura.  De ese modo consigue engatusar a un determinado público, principalmente femenino, que cae rendido ante un hombre que por su aspecto bien podría ser un vulgar oficinista o empleado, pero que, cuando se siente inspirado –lo cual sucede en brevísimas ocasiones- hace vibrar los corazones de sus seguidores, que se ven fácilmente inclinados a favorecer económicamente a su héroe, el cual, por otra parte, vive de ello precisamente. Y del mismo modo que aquel cuento indio del rey que iba desnudo pero nadie se atrevía a hacérselo ver, Frank Saltram, que es como se llama el protagonista de esta historia, pasa por ser un genial pensador, a punto siempre de plasmar en el papel su magna obra, pero por distintas dificultades, principalmente financieras, no llega a hacerlo. Recuerda un poco al Bartleby de Melville aunque no se trate del mismo caso, pero en cierto modo nunca llega a hacer lo que se supone que está deseando o aquello que se espera de él. Y justamente en el momento en que realmente podría hacerlo, entonces deja de interesarle.

La sociedad londinense se reparte a nuestro hombre, compitiendo para ver quién lo acoge, quién lo favorece más, mientras él se deja mimar, y su esposa, siempre quejosa e intrigante, mueve los hilos entre bambalinas, para materializar las “ayudas” o las “colaboraciones” que espera recibir, siempre quejosa de que está desatendida  por su esposo. Se urde toda una trama de la que el buen Saltran aparece como ajeno, pero comienza a circular la especie de que existe un fondo, propiciado por Lady Coxon, que busca favorecer a un destacado miembro de la cultura.

El narrador es un amigo de la familia que actualmente hospeda al gran hombre, un compañero de estudios de Gravener, otro de los personajes de la historia, un joven que trata de lograr el amor de una dama, pero ha de luchar contra la nefasta influencia de Saltram  ya que la dama en cuestión rebosa admiración por el pensador. Miss Anvoy vive subyugada por la voz y los supuestos contenidos de los discursos del aparente filósofo. El problema de la dama es la desastrosa situación financiera en que la deja su padre al morir. Y en esto entra en juego Lady Coxon, pariente de Miss Anvoy, y cuyo proyecto de financiar la magna obra de algún insigne creador. Mientras Gravener intenta atraer a su dama y alejar al que con lucidez ve como un timador y un caradura, las cosas parecen ir por otro lado, y el narrador es requerido como consejero, cayendo bajo la atracción de la dulce e inocente señorita que está a punto de cometer un grave error. El despechado Gravener comenta a su amigo, nuestro narrador: “hoy en día estamos inundados de conversaciones, y toda nuestra sociedad muere aplastada por el exceso de palabras proferidas” a lo que su amigo le contradice: “estamos inundados, sí, pero sólo de ruido; ¿morir aplastados por les palabras? ¡Más bien creo que nos hundimos a causa de su falta! Una conversación cultivada es algo tan escaso como vivificante, un regalo de los dioses.” ¿No podríamos mantener esta conversación hoy en día sin mover una coma?
Todo ello nos es narrado con una sutilísima ironía, con una delicadeza que a veces gira alrededor de los hechos  revoloteando en torno a ellos. Hay poca acción en el relato: conversaciones, reflexiones, y algunos movimientos de intriga. En fin, he aquí una obrita cuyo fondo reflexiona sobre la falsedad y la verdad, sobre el genio y la figura,  el buen hablar y el bien decir, temas que a James le preocupaban; con  intercambio de varias conversaciones jugosas, el relato nos puede hacer pasar un entretenido momento, sin grandes profundidades pero con un humor fino y discreto, que anima a la sonrisa y a la mirada amable. 

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