15/4/19

POLONIA ESCLAVIZADA


EL ESCLAVO
ISAAC BASHEVIS SINGER
Ediciones B,  2005



Publicada originalmente en 1962,  y escrita como toda su obra en yiddish, la novela se ambienta en la confusa Polonia del siglo XVII, continuamente aquejada de invasiones  rusas, suecas o alemanas. Algo que también viviría en cierto modo el escritor en su infancia y juventud, puesto que en 1935, visto el panorama político, Singer emigró a Estados Unidos. Isaac Bashevis Singer (Radzymin, Polonia, 1902-Surfside, U.S.A.,1991) recibió el premio Nobel de Literatura en 1978.
La obra de Singer se caracteriza por la fuerza de su argumento, lleno de pasión por la vida y desesperación por las tradiciones que se pierden. Todos sus libros están ambientados en su pasado polaco y en las leyendas de los judíos y del folclore de la edad media europea.

El protagonista de El esclavo es Jacob, un joven judío que, huyendo tras las matanzas de los cosacos liderados por Jmelnitski en su ciudad, Josefov, es hecho prisionero por bandidos polacos, que lo venden como esclavo a Jan Bzik, un granjero acomodado de un lejano pueblo de las montañas. Éste lo trata amablemente, y Jacob, que se había dedicado a la lectura y enseñanza de las Sagradas Escrituras, se ve en la situación de pastor: cuidar vacas, ordeñarlas, darles de comer y vivir en un granero o en el establo, junto al calor de los propios animales. En la montaña, junto a los prados donde pastan las vacas. Y Jacob se adapta, tratando siempre de mantener sus ritos religiosos en lo posible, porque es un hombre piadoso y temeroso de Dios. Y no solo se adapta, sino que, como más tarde apreciará, llega a disfrutar del contacto directo con la naturaleza y de la soledad.

Pero he aquí que entre los hijos de su amo, está la joven viuda Wanda, y la química brota entre ambos. Ella le admira y le desea; él la desea y la ama profundamente. Pero Wanda es cristiana, y eso choca contra las creencias más profundas de Jacob. Además, sus leyes religiosas, cargadas de prohibiciones, le impiden acercarse sexualmente a una mujer. Aunque intenta evitarla con todas sus fuerzas, la atracción es demasiado poderosa y Eros vence. Sin embargo, el sentimiento de culpa permanece latente en él. Wanda, en cambio, no tiene problema en cambiar, incluso de religión, con tal de unirse a Jacob. Las ideas religiosas de Wanda son una mezcla de cristianismo y magia supersticiosa, reuniendo en su imaginario brujas, duendes, demonios y ángeles.
La unión se ve truncada por el repentino rescate de Jacob por parte de los judíos de su ciudad, enterados de su esclavitud. Jacob deja, pues, de ser esclavo y vuelve a Josefov para ejercer de nuevo de maestro en la casa de estudio. Pero no se siente a gusto en la ciudad, añora sus montañas: “Cuando estudiaba cantando le resultaba difícil no mezclar en sus cánticos las melodías de los pastores de la montaña. A veces, incluso sentía nostalgia del establo. Su amor hacia los judíos era sincero mientras estaba lejos. Entonces no recordaba las miradas huidizas y las lenguas afiladas de los mezquinos, sus trucos, estratagemas y peleas.” Y no solo añora las montañas: añora, sobre todo, a Wanda.

En la segunda parte de la novela, Jacob decide ir en busca de Wanda, cuyo recuerdo le atormenta y el deseo retorna. Busca una excusa y parte. La encuentra y juntos huyen, vagando por diversas poblaciones, siempre fugitivos, hasta que se instalan en Pilitz. Jacob ha ideado una estratagema para que no se descubra el origen gentil de Wanda. La llama Sara y se hace pasar por muda, para evitar su acento porque Wanda no consigue aprender el yiddish.  Mientras tanto. Jacob le enseña las costumbres y los ritos judíos.  Pero Wanda/Sara está embarazada y al cabo de unos meses va a ser inevitable que de algún modo, hable.  Lo cual ocurre, efectivamente. El parto será terrible y  Jacob se encuentra con el rechazo de sus vecinos. El niño queda con una mujer tras la muerte de Sara y Jacob vuelve a huir. Regresará, sin embargo, a recuperar a su hijo y con él partirá a Jerusalén.

La tercera y última parte ocurre veinte años después: Jacob, ya anciano, retorna a Pilitz buscando la tumba de Sara, con la idea de recuperar sus restos y llevarlos a Jerusalén, donde su hijo Benjamín, ya adulto, está casado y con hijos.  No podrá encontrar la tumba de Sara, por los cambios habidos en el cementerio de la ciudad. Y finalmente sentirá que la muerte le llega. Y es al enterrarlo que aparecen los restos de Sara y finalmente reposarán juntos. “Jacob, envuelto en un chal litúrgico, con fragmentos de arcilla en los ojos y una rama de mirto entre los dedos, fue enterrado cerca de Sara. Y la comunidad erigió una lápida para los dos, en desagravio por la injusticia que Gershon y los suyos habían cometido con Sara.”
En suma, una historia de profundo amor, y de la lucha por la supervivencia de las creencias. Y asimismo, una recuento de la maldad humana: la discriminación, la envidia, el odio racial, los prejuicios…

Singer no sólo narra las vicisitudes de Jacob, desde su punto de vista, sino que aporta una serie de reflexiones, algunas puestas en boca de Jacob y otras por el narrador impersonal. Las meditaciones de Jacob abundan en la comparación con las leyes y preceptos religiosos frente a la práctica cotidiana de los judíos, que contraviene constantemente esos preceptos. Las diferencias sociales entre ellos, las envidias, calumnias, rencores y abusos de todo tipo. Y sobre todo, el continuo olvido entre ellos mismos, de las desgracias ocurridas históricamente al pueblo judío. Las matanzas, injusticias, los abusos por parte de la población polaca cristiana, los invasores rusos o cosacos, los suecos, etc. Jacob también compara su respeto por la Ley y sin embargo su trasgresión al unirse con Wanda. El sentimiento de culpa persiste pero sin embargo se ve impelido a saltarse los preceptos cuando sus pulsiones físicas dominan.
En cuanto al ambiente histórico, lo que queda manifiesto es el terrible caos en que se hallaba la Polonia de la época y la Europa oriental. Las luchas internas, las persecuciones a los judíos, acusándoles de ser la causa de desgracias ajenas, mientras la Europa occidental vivía su siglo de oro de las letras y del arte.  No es una obra que detalle el conflicto político histórico, sino más bien el conflicto social. Novela que tiene su interés y que en algunos momentos roza lo poético y lo filosófico con sus digresiones.




Fuensanta Niñirola



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