3/4/09

CASAS VIVIDAS


Vivir en un determinado espacio conlleva asimilarlo a una época de tu vida. Si se ha vivido siempre en el mismo lugar y en la misma casa, lo cual ya va siendo cada vez más raro, uno debe de sentirse como absolutamente arraigado a la tierra, enraizado completamente, y la vida presenta una estructura lineal, al menos en cuanto al marco vital.
Si se ha cambiado de casa dentro de la misma población, ya podemos distinguir unas ciertas etapas y un cierto movimiento que nos independiza del puro espacio. Si le añadimos al cambio de casa un cambio de población, o incluso de país, la situación cambia en proporción a la lejanía y diferencias del lugar al que uno se muda. Cierto que somos los mismos vivamos donde vivamos... pero no del todo. Algo se queda atrás, en cada casa donde hemos vivido, algo parece morir en nosotros, al desaparecer junto al espacio físico. A veces no sólo es el espacio físico, sino los objetos que nos rodeaban, que abandonamos, porque están viejos, porque se rompen, porque los perdemos.
Las casas donde hemos vivido nos recuerdan también a las personas que han convivido con nosotros allí, las actividades que hemos desarrollado, las alegrías y las tristezas que hemos sentido. A veces, incluso desarrollamos un odio profundo a un lugar por un hecho concreto: una muerte, un accidente, una enfermedad, una separación. O sentimos dejar el lugar donde hemos sido más felices que en ninguna otra parte, pero por alguna razón importante tenemos que abandonarlo.
No necesariamente la casa ha de ser bonita, ni grande, ni luminosa, para que la amenos, o al contrario, para que la detestemos. Pero lo cierto es que un poquito de nosotros desaparece con cada casa que dejamos. Una parte de nuestra vida muere un poco al trasladarnos.
Los que por su trabajo han de cambiar muy a menudo de domicilio, supongo que llegan a acostumbrarse, se crean una especie de espacio mental que siempre les acompaña y que les inmuniza y les impide tomarle afecto a los sitios donde se ven obligados a vivir. Los estudiantes, cuando desarrollan sus estudios en ciudades distintas a su lugar de nacimiento, suelen cambiar de casa cada curso, y muchas veces de compañeros de piso. Y muchas veces recuerdan más a los compañeros que a las casas en sí. Aunque es distinto cuando su plan es volver a su ciudad natal, porque consideran como pasajeros esos años vividos fuera, y no se enraízan, sino que se mantienen fieles a su origen. A veces, los planes se truncan: descubren que les gusta más vivir allí, o se enamoran y quieren vivir con la persona amada, o les ofrecen un trabajo estupendo y deciden instalarse en función de eso. Pero finalmente, la historia personal, nuestra historia, va forjándose a base de saltos espaciales, de abandonos y adquisiciones.
La casa de la infancia, si se mantiene hasta la juventud, ya supone una primera etapa. En mi caso, no cambiamos de casa familiar hasta que tenía unos once años. Creo que coincidió con el paso de la escuela primaria a la secundaria. Y además, apenas si nos desplazamos, puesto que era la casa de al lado. Con lo que no supuso demasiadas diferencias, salvo una fundamental, para mí: tuve una habitación propia.
Mis recuerdos de la primera casa que conocí (y en la que nací, porque entonces nadie iba al hospital para hacer algo tan natural como nacer) se mantienen en una cierta nebulosa de la que surgen algunos flashes; me ayuda mirar las fotografías de la época, pero sólo en parte. Hay recuerdos que sabes que lo son porque te lo han contado muchas veces, otros porque las fotos te hacen recordar. Otros, no ligados a nadie salvo a uno mismo, incluso olvidando los detalles físicos del espacio, se presentan a nuestra mente como ligados a un sentimiento. Proust los ligaba incluso a un sabor, a un olor, a algo físico muy personal. Y es completamente cierto. Pero hay otros sentimientos, nada físicos, que también nos hacen recordar. Imágenes confusas, sensaciones placenteras, miedos, angustias, dolor. De aquellas primeras vivencias recuerdo oscuridades, y un olor muy fuerte a pimentón, canela y cominos: abajo de casa había un almacén. También recuerdo el olor a azahar, proveniente del huerto de naranjos y limoneros, y que cada primavera inundaba la casa.

2/4/09

La Madre


Mi madre, tras unos años en los que vivió alejada mentalmente de nosotros, flotando en un mundo propio, del que en algunos momentos volvía para alejarse de nuevo, ha dejado definitivamente de compartir nuestra compañía, se ha marchado con mi padre, al que amaba profundamente y con el que siempre deseó reunirse desde que también él nos abandonó. Ahora, donde sea que ambos estén, además de en nuestro pensamiento, estarán juntos y serán felices. Eso me alegra, y me consuela de la pérdida.
Hasta hace unos días yo aún era la hija; mi madre seguía ocupando el espacio principal reservado a la figura materna; ahora yo ocupo el sillón vacío y la madre soy yo.
Descanse en paz.

26/3/09

VELÁZQUEZ Y ORTEGA

Introduzco aqui textos escogidos del capítulo III del libro Velázquez, que escribió Ortega y Gasset en 1943.

EL RETRATO. PRINCIPIO DE LA PINTURA

Hacia 1550 domina el prurito de producir stupore. La "belleza" se convierte en estupefaciente. Hemos llegado al barroco.

Velázquez vio con radical claridad la situación y debió en su interior exclamar con irrevocable decisión: "¡La belleza ha muerto!¡Viva lo demás!" La cuestión es descubrir qué es lo demás.
Velázquez va a hacer del retrato el principio radical de su pintura. El retrato aspira a individualizar, hace de cada cosa una cosa única. Pero hasta el siglo XVII el retrato no era considerado como pintura propiamente tal. Porque el arte de pintar consistía en pintar la belleza ,por consiguiente, en desindividualizar, irse del mundo. Hay, en efecto, en todo cuadro una lucha entre las formas artísticas y las formas naturales de los objetos.

Para Velázquez la cuestión se presenta asi: conseguir que la realiad misma, trasladada al cuadro y sin dejar de ser mísera realidad que es, adquiera el prestigio de lo irreal. Porque de esto se trata: convertir lo cotidiano en permanente sorpresa.

Le atrae sólo eso: que las cosas estén ahí, que surjan sorprendiéndonos, con aire espectral, en el ámbito misterioso, indiferente al bien y al mal, a la beldad y a la fealdad, que es la existencia.


El "naturalismo" de Velázquez consiste en no quere que las cosas sean más de lo que son. V. descubre que en su realidad, es decir, en tanto que visibles, los cuerpos son imprecisos. El efecto aéreo de sus figuras se debe a esa venturosa indecisión de perfil y superficie que nos deja. A sus contemporáneos les parecía que no estaban "acabadas" de pintar, y a ello se debe que V. no fuese en su tiempo popular. Había hecho el descubrimiento más impopular: que la realidad se diferencia del mito en que no está nunca acabada.

Hacia 1630, el cansancio que sentía por los cuadros religiosos sólo podía responderse con otro tema: las "miologías". V. pinta mitologías. Pero todas estas mitologías velazqueñas tienen un aspecto extraño ante el cual, confiésenlo o no, no han sabido qué hacerse los historiadores del arte.

Para V. , es un "motivo" qu epermite agrupar figuras en una escena inteligible.

Ser pintor es resolverse a la mudez. Cuando un pintor se pone a "decir", a teorizar sobre su arte, lo que nos comunica no suele tener apenas que ver con lo que él mismo hace.

Ahi está en torno nuestra realidad cotidiana. ¿qué hacer con ella en pintura? [...] Dejarla ser, esto es, sacar el cuadro de ella. De aqui no de los rasgos que desde luego lamaron fuertemente la atención en los lienzos de V.: lo que sus contemporáneos llamaron el "sosiego" de esta pintura. [...]¿De donde viene este sentir reposo al contemplarlos? A mi juicio, de dos causas: una es el don genial que V. poseía para lograr que las cosas pintadas, aún moviéndose, estuviesen ellas cómodas. Y esto, a su vez, proviene de que las presenta en sus movimientos propios, en sus gestos habituales. De ahi que su movilidad sea sosegada.

V. pinta los movimientos en uno solo de sus instantes, por tanto, detenidos. El tema de V. es la inmovilidad detenida.

Pinta todas las figuras del cuadro según aparecen miradas desde un punto de vista único, sin mover la pulpila, y esto proporciona a los lienzos una incomparable unidad espacial.

La pintura hasta Velázquez habia querido huir de lo temporal y fingir en un lienzo un mundo ajeno e inmune al tiempo, fauna de eternidad. Nuesro pintor intenta lo contrario: pinta el mismo tiempo que es el instante, que es el ser en cuanto que está condenado a dejar de ser, a transcurrir, a corromperse. [...]Ésa es, según él, la misión de la pintura: dar eternidad precisamente al instante -¡casi una blasfemia!


Este hombre retrata el hombre y el cántaro, retrata la forma, retrata la actitud, retrata el acontecimiento, esto es, el instante.

En fin, ahi tienen ustedes Las Meninas, donde el retratista retrata el retratar.


FIN DEL CAPÍTULO.



Chapeau, ¿no?








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