1/11/09

EXPOSICIONES OTOÑALES

Este fin de semana hice una brevísima estancia en Madrid, que aproveché completamente. Saltando entre zanjas y trincheras, huyendo del fragor de las taladradoras y tratando de no tragarme todo el polvo que las excavadoras y otros instrumentos diabólicos enviados por un alcalde obsesionado con agujerear la ciudad y dejarla como un gruyère, consideré lo más adecuado pasar gran parte de mi preciosa y corta estancia en el interior de los museos y salas expositivas, admirando las maravillas de diversas exposiciones artísticas De todas las que pude ver, hoy quisiera hablar de Las lágrimas de Eros, en el Museo Thyssen.
Sólo pude contemplar la exposición del Museo, no la sección expuesta en CajaMadrid. El tema, muy explícito en su título (basado en una obra de Bataille), versa acerca del impulso erótico, en sus dos polos: la vida (Eros) y la muerte (Thanatos): el deseo y la repulsión, la atracción sensual que oscila entre placer y dolor.
Las subsecciones por salas en que se divide muy atinadamente esta exposición, (dirigida -comisariada- por Guillermo Solana), son siete, basadas tanto en temas mitológicos como de la tradición bíblica. Al entrar, unas enormes lágrimas de cristal y una fotografía llorosa de Man Ray.
El nacimiento de Venus es el tema de la primera sala, donde podemos admirar un pequeño grupo de Rodin, y diversas pinturas y fotografías. Me gustó mucho una bañista de W. A Bourgereau, en gran tamaño, que me recordaba otras pinturas semejantes, de Ingres. Y cuyo movimiento corporal trae ecos también dela gran Venus de Botticelli, surgiendo de la espuma marina.
Tras la versión mitológica, viene la bíblica: la figura de Eva y la inevitable serpiente: y aqui encontramos una serie de pinturas, fotografías de gran tamaño , de las que destacaré una maravillosa y jovencísima Nastassia Kinski fotografiada por Richard Avedon, la deliciosa y sugerente pintura de Rousseau La encantadora de serpientes, surgiendo con su flauta entre el verdor exhuberante de la jungla. Hay otras pinturas, Gustave Moreau y sus transparencias misteriosas, J. White con otra gran fotografía serpentina a Rachel Weisz, un duro desnudo de Patti Smith en una fotografía de Mapplethorpe...
La tentación, la seducción, se representa en las dos siguientes salas: Esfinges y sirenas es el tema de la tercera sala, donde una contorsionista Kate Moss sirve de modelo para una escultura en bronce blanco (no es mi preferida, pero llama la atención) de Marc Quinn. Pinturas de Courbet, Delacroix, Magritte...La siguiente se ocupa de Las tentaciones de San Antonio, volviendo al tema bíblico, y admiramos un pequeño Cezanne, un grabado altamente erótico de Picasso, y algunos otros más. No es la sala que más me ha gustado, sin embargo.
A partir de aqui ya se trata de la culminación del erotismo, y en algunos casos se percibe una cierta violencia ritual , una dominación:
El Martirio de San Sebastián, tema tradicionalmente homosexual, donde destacaría un Ribera y un Moreau, muy distintos entre sí y contrastados. Hay un cuadro (no recuerdo el autor) en el que una madura mujer limpia las heridas de las flechas de un postrado Sebastián, y justo enfrente, una fotografía, del mismo tamaño que la pintura, reproduce las posturas y los gestos y el escenario de esa pintura muy fielmente. El equivalente en femenino, Andrómeda encadenada, ocupa la sala siguiente, y una impresionante Andrómeda de Gustavo Doré, con monstruo incluido,impacta al espectador.

El beso es la última sección y tenemos, entroe otros muchos, un pequeño Magritte, otra versión de Los Amantes, esas dos cabezas cubiertas de velos que sepreparan para besar, ese amor ciego...Una aguada de Gericault, con un beso muy seductor, previo a la entrega total, atrae y cautiva. También un pequeño Warhol en donde Bela Lugosi, caracterizado de Drácula, hinca el diente a una dama en un sangriento beso en blanco y negro. Otro beso vampírico lo protagoniza una pintura de Edvard Munch, muy sugerente.
Y la sala final, ocupada por los vídeos, es la que más me impactó, sobre todo, el de Bill Viola, una joyita de 8 minutos, creo, en la que una pareja desnuda, dentro de unas aguas azulverdosas se mueven lentamente, girando sin apenas rozarse, subiendo y bajando, saliendo a respirar a la superficie y voviendo a sumergirse, en una danza erótica y estética deliciosa, que acaba hundiéndose las figuras hasta desaparecer y quedando unas burbujas solamente. Este vídeo me impactó por su sencillez y su belleza.
En una próxima entrada comentaré la exposición de Fantin-Latour
que ocupa los sótanos del Museo Thyssen.






































































28/10/09

LECTURA NOSTÁLGICA




A ORILLAS DEL ALTO YANG TZE
(Young Fu at Upper Yang Tze)
Elizabeth Foreman Lewis

Traducción de María Sepúlveda
Ilustraciones de K. Wiese.

Encontré este libro, una edición de 1942, poniendo orden en la biblioteca de mi madre, tras su fallecimiento. Recuerdo, en los últimos tiempos, de haberla visto con él en la mano. Era muy aficionada a la lectura. Las páginas, gruesas y amarillentas, hay que tratarlas con cuidado. Conforme iba leyendo, me iban apareciendo retazos maternos: un recorte de periódico con una receta de cocina; un pétalo de flor aplastado e incoloro ya; un antiquísimo resguardo de la compra de un electrodoméstico; hasta un cabello blanco me apareció, como una última presencia física de mi madre. Su nombre aparece en la primera página, con la fecha de 1950, dos años antes de concebirme. Quizás lo leyó entonces o quizás lo leyó mientras esperaba mi llegada a este mundo. Pero las preocupaciones de mi madre, que gustaba de leer sobre sitios exóticos, también se cernían sobre la infancia y la juventud, en esos años en los que mis hermanos eran adolescentes, y probablemente ambas cosas le atrajeran del libro.
Es ésta una novela de iniciación. Considerada durante mucho tiempo como una lectura para jóvenes, pertenece a ese tipo de narrativa que, a la vez que nos cuenta una historia descubre un transfondo moral. Ambientada en Chungking, en los años veinte, nos cuenta el paso de la adolescencia a la juventud de Fu, un chico de pueblo que, a la muerte del padre se traslada a la ciudad para trabajar en un taller de caldereros. Y a la vez nos cuenta el paulatino paso de la vieja a la nueva China, que observa las novedades con temor y con reticencia, pero las novedades avanzan y se asientan, como una apisonadora.

Elizabeth Foreman, (Baltimore,1892-1958), fue a China en 1917, para colaborar con una Misión Metodista, supervisando y trabajando como profesora en diversas escuelas de Shangai, Chungking y Nanking. En ésta última ciudad se casó con John Lewis, en 1921. Trabajó durante unos años allí hasta que, por motivos de enfermedad hubo de regresar a su país, donde se dedicó a escribir basándose en sus experiencias chinas.En 1933 ganó el premio Newbery por esta novela, en la que incluso se incluye de modo indirecto como personaje secundario, como "la extranjera de pelo amarillo que trabaja en la Casa Extranjera".

La narración nos habla de un chico, Fu, un ingenuo niño de 13 años que llega a la ciudad y queda deslumbrado de su esplendor, tan diferente del tranquilo campo y de las costumbres ancestrales a las que está habituado. Su madre consigue una pobre habitación y un miserable trabajo, con el que complementar el aprendizaje del niño en el taller. El chico encuentra un segundo padre en su jefe, Tang, el dueño del taller, respetable y a la vez cariñoso con él. Wang, un vecino letrado, le ilustra con el idioma y su dificilísima interpretación; su compañero, Li, es un amigo fiel y se ayudan en lo posible. Pero todo no son rosas y el chico va encontrándose con problemas derivados de su ingenuidad y también de la mala fe de otros, y de la situación política, muy revuelta en esos días. Soldados, bandidos, delincuentes, jugadores, activistas políticos, desfilan por las páginas del libro, profusamente ilustrada con grabados de Wiese. Estos problemas son los que le hacen madurar, ya que se enfrenta a ellos y no rehuye su responsabilidad ni su castigo. También con los años el chico madura y se convierte en un joven jornalero fuerte y con iniciativas, lo que le augura un futuro prometedor.

Así, tenemos una pintura de la China prerrevolucionaria, a caballo entre la tradición y el progreso, donde las ideas comunistas van apareciendo a la vez que los primeros autobuses y coches de motor; entre dos universos, Oriente y Occidente, donde los extranjeros occidentales son vistos en general como un peligro, como fuentes de mala suerte, pero a la vez como generadores de ayuda y novedades; y en este escenario es donde crece y se desarrolla la vida; una vida que es como en cualquier otra parte: una vida humana, corriente, con los problemas implícitos de la iniciación: los deseos, las obligaciones, el amor, la familia, los amigos, el equilibrio entre el bien y el mal, lo justo y lo injusto, etc.

Y sobre todo, China: ese inmenso país, el modo de vida tradicional de sus habitantes, sus ideas, sus sueños, sus paisajes: el gran río que rodea la ciudad, a veces discurriendo apacible por sus riberas y a veces rugiendo como un milenario Dragón dormido que de pronto decide despertar.
Un relato sin grandes ambiciones, salvo la de emocionarnos con las penas y alegrías de unos personajes que deambulan por un mundo en profundo cambio, un mundo que a los occidentales nos parece exótico y ancestral pero a la vez atractivo precisamente por su diferencia. Y contado desde la óptica del joven Fu, y desde la óptica china, en la que la autora consigue introducirse de un modo bastante creíble, intentando dejar de lado su perspectiva occidental y tratando de ver el mundo como lo vería Fu.











12/10/09

EXCURSIONES MARINERAS




















Estos días festivos los he vuelto a pasar junto al mar; han sido unos días con un tiempo muy dulce, casi veraniego, aunque con frescor nocturno. Y he aprovechado para acercarme a esa punta oriental, esa nariz respingona con la que la piel de toro que es el mapa de la Península Ibérica se adentra en el Mediterráneo, Nuestro Mar, tratando de acercarse a las Pitiusas, las islas Baleares menores. La respingona nariz, constituida por el Cabo de la Nao, presentaba un aspecto de espejo, una visibilidad excelente, un cielo absolutamente azul, el reflejo deslumbrante del sol en su hora plena sobre el mar, un mar planchado como si de una pulida superficie se tratase.


















Algunos veleros surcaban suavemente el agua, dibujando rayas de espuma, desplazándose como si fueran etéreos, casi sin viento, porque ese dia era absolutamente calmo. Los oscuros acantilados se reflejaban en el agua verdeazulada, como sombras siniestras y amenazantes, preparándose para cuando venga el oleaje a luchar contra sus rocas. Pero el mar los ignoraba, guardando calma y silencio. Sólo los graznidos de las gaviotas, sobrevolando los farallones y el agua, alteraban el silencio.




















Muy cerca de alli, siguiendo la abrupta costa, por el camino de Benitachell, un pequeño pueblito a pocos kms. del mar, hay alta montaña a la que se sube y se sube por una carretera llena de curvas, y se llega a una urbanización conocida como Cumbres del Sol. Allí hay una cala recoleta, de cantos rodados, a la que se baja por una carretera cuya pendiente es pronunciadísima, y está bordeada por unos acantilados rocosos cuyas piedras parece que vayan a caernos encima en cualquier momento. De hecho, hay unos carteles anunciando ese peligro, en caso de temporal. A un lado de la cala, horadando las rocas durante años, el mar ha creado una gruta preciosa, y además muy apreciada por los buceadores. Cuando fui se encontraba en reposo el agua, pero en otras ocasiones la he visitado con mar embravecido y producía una fuerte impresión ver el agua rompiendo y rugiendo contra las rocas en su eterno entrar y salir. Conozco esa playita desde hace muchos años: la primera vez que fui era muy joven, iba con un grupo, con tiendas de campaña que plantamos en lo alto del acantilado, entonces una deliciosa pinada (ahora una deliciosa urbanización...). Había que bajar andando por la empinadísima carretera, que entonces era un camino de piedras, desconocido y absolutamente solitario. Y cuando llegabas a la playa, el agua estaba transparente, deliciosamente fresca y profunda. La cala, en aquella época era un remanso de paz y una delicia solitaria. Hoy he de reconocer que ese encanto se ha disipado. Aunque el paiseje sigue siendo encantador y subyugante, está tan abarrotado de coches, autobuses, dos chiringuitos y un restaurante, y, por supuesto, cientos de personas, buceadores en grupo, familias con niños, parejas con o sin perros, jóvenes, viejos, extranjeros y autóctonos, gente absolutamente dispar, pero todos interesados en conseguir un hueco en la playa y en el aparcamiento, que, a falta de espacio abajo, se extiende carretera arriba, bajo los pinos y las rocas amenazantes.





















Si en vez de bajar a la cala seguimos subiendo por la montaña, se llega a un mirador maravilloso, desde donde se puede contemplar un paisaje vastísimo. Por una parte, se puede visualizar el Cabo de la Nao, que queda a la izquierda, con sus acantilados, pequeñas calas y pequeños islotes. A la derecha, se observa la costa, sembrada de pequeñas manchas blancas y azules (chalet+piscina) y se distingue perfectamente la gran mole del Peñón de Ifach, en Calpe, que es población cercana. Con gran horror se puede ver el itsmo que une el Peñón con tierra firme, absolutamente lleno de edificaciones de altos pisos. También lo recuerdo antes de de edificaran alli,...pero eso quedó en el pasado. Y con buena visibilidad, como en mi última visita, aún podemos distinguir, tras el Peñón, más lejos, algo neblinoso y agrisado por la distancia, la isla de Tabarca. El viento aqui ya se nota más, y el sol pica por la altura. Te puedes sentar en un pequeño muro de piedra y pasarte un buen rato descansando la vista en el azul, tratando de distinguir dónde acaba el mar y empieza el cielo, en un dia tan calmo como ése.
Es una pena que el paisaje se haya alterado tanto por las urbanizaciones, pero es lo que hay. Cuando buscaba el sitio que recordaba de mis años mozos, me perdí en un par de ocasiones, ya que no era capaz de reconocer el mismo paisaje. Ahora ya he vuelto varias veces, acostumbrada a las nuevas vistas, -a la fuerza ahorcan- y dispuesta a disfrutar del paisaje que, a pesar de todo, sigue siendo inmensamente bello.






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