15/6/10

EL MAR, EL MAR...













OLAS
Reseña publicada en:
http://www.elplacerdelalectura.com/2010/06/olas-eduard-von-keyserling.html

Eduard Graf von Keyserling (Castillo de Paddern, hoy Letonia, 1855- Munich, 1918), escritor alemán, descendiente de una antigua y noble familia germano-báltica y primo del filósofo Hermann Keyserling. Aunque inicia sus estudios en Dorpat, pero se ve obligado a abandonarlos por un incidente social. Marcha, con 23 años a Viena a estudiar filosofía e historia del arte. A finales de siglo se traslada con sus hermanas a Munich, donde se hizo un asiduo de las tertulias literarias. Desde allí hizo un largo viaje por Italia. Posteriormente quedó ciego como consecuencia de la sífilis que padecía, teniendo que dictar sus obras a sus hermanas. Entre las novelas que dictó, se encuentra Olas, de la que hoy nos ocupamos.

Considerado como un exponente el impresionismo literario, este autor despliega un abanico de imágenes, luces y colores, emociones y sugerencias que nos afectan como una pintura o una dulce música.

Publicada en 1911, Olas es una novela corta, que nos trae ecos diversos: Keyserling es un autor cuyas obras siempre nos remiten a pinturas, a imágenes, incluso a olores. Y en este caso, me remiten a algunas pinturas del pintor noruego Edvard Munch, algunas escenas frente al mar donde hay unas figuras rígidas, frías, como impresionadas por un violento amanecer o atardecer marino. Y por supuesto, al olor salobre del mar, a humedad y a viento.

La novela se desarrolla a lo largo de un verano en la costa báltica, en una pequeña población donde una aristocrática familia, la generala von Palikow organiza su veraneo y el de su numerosa familia y sirvientes: su hija la baronesa von Buttlär, con sus tres hijos, su marido, y el prometido de una de sus nietas. Pero al llegar se encuentran que no son los únicos veraneantes: hay un solitario y viejo deforme, el consejero Knospelius, y una pareja conflictiva, de dudosa moralidad, compuesta por una dama y un pintor. La dama, la bellísima Doralice, proviene de la aristocracia, ha sido esposa de un viejo conde al que ha abandonado para casarse con un artista, el pintor Hans Grill. Pasan el verano, enamorados, en una pequeña casita junto a las casas de los pescadores.

Los paseos por la playa de la pareja son vistos por la decente familia con prevención, ya que su contacto les parece contaminante.

Keyserling nos presenta a todos los personajes muy sutilmente, como deslizándose por una pista de patinaje: con pocas pinceladas nos imaginamos la situación, el viejo solitario ansioso de compañía, la pareja feliz que vive al margen del mundo, y la puritana y noble familia que no desea contaminarse pero que no tiene más remedio que tratar con los otros miembros de la pequeñísima comunidad veraneante, en aras de la corrección y buenos modales. Se demora mucho más en la pareja de Doralice y Hans. Su relación, siempre marcada por su origen: el abandono, flota sobre todos sus movimientos como una red que los mantiene atrapados. La relación con el mar es constante en todos: el mar les atrae profundamente: parece calmar a unos, seducir a otros, es el punto de encuentro de todos. Aquí,-nos dice el autor- desde tiempos inmemoriales, la palabra la tuvo siempre el mar; para qué entrometerse inútilmente en su discurso.

A los jóvenes, les atrae poderosamente, y a la vez, como si de una sirena se tratara, les seduce la inmersión y la muerte. Es un tema recurrente en Keyserling, el de la muerte –por suicidio o por otra causa- y el del ahogamiento, el síndrome Ofelia. La escena en la que el viejo consejero lleva a Doralice paseando hasta el cementerio junto al mar es enormemente simbólica: es un cementerio-le dice Knospelius a la bella- al que cada noche de tormenta le cortan un trozo, como a un pastel, y entonces todos esos muertos echan una mirada al exterior desde la arena y dejan que la brisa marina acaricie sus huesos. (...) Permanecen aquí como en un embarcadero, esperando el barco que ha de pasar a recogerlos.

Y también es recurrente el mostrarnos a la aristocracia como seres inútiles, aburridos, siempre manteniendo un rígido protocolo, la vida programada según unas normas asfixiantes, que cuando son trasgredidas por alguien se desmantela todo el escenario tan trabajosamente construido. La maravillosa escena de la fiesta campestre, descrita por Keyserling con gran maestría, un eco de la excursión al ruiseñor, en su otra novela Princesas, es como un travelling cinematográfico, como el famoso travelling del baile en El Gatopardo, la inmensa película de Visconti.

La belleza de Doralice seduce a todos, hombres y mujeres. Ella es como un monolito, una estatua de Venus, que a todos perturba y atrae. Una estatua fría como el mármol que levanta pasiones. Y alrededor suyo desfilan el barón, el consejero jorobado, el teniente Hilmar, la adolescente Lolo, sus dos hermanos menores, todos espiando, siguiendo los movimientos de la bella, y Hans, su marido, no ve otra salida que el mar, siempre el mar, para no enfrentarse a la realidad de la tierra. Pinta el mar ansiosa, obsesivamente; pinta todos sus colores, pero no consigue lo que busca: bajo la transparencia y el verdor del mar- nos dice por boca de Hans- también se esconde algo que vive y se mueve, y esto es precisamente el mar. Y sale con los pescadores, a echar sus redes al mar, noche tras noche, mientras ella le espera angustiada. Pero en tierra hay otras redes: todos quieren atraparla a ella, la belleza distante y ausente. Y como siempre, el mar tiene la última palabra.

12/6/10

HOMERO Y MANGUEL












Reseña publicada en:


EL LEGADO DE HOMERO (Homer's The Iliad and the Odyssey)
Alberto Manguel (1948, Buenos Aires) es escritor, traductor, editor, crítico literario y colaborador habitual de importantes diarios y revistas. Hijo de embajador, en su infancia se acostumbró a muchos países e idiomas diversos. Trabajó como lector para diversas editoriales parisinas, londinenses y milanesas, ¡hasta tahitianas! e incluso fue lector durante dos años, del gran Borges. Ocurrió en los años sesenta, cuando trabajaba en una librería al salir de la escuela, en Buenos Aires. Borges entró en ella y se conocieron, llegando a proponerle el gran escritor, ya bastante avanzada su ceguera, que trabajase para él leyéndole. ¡Qué maravilla, ser los ojos de Borges! ¡Qué de conversaciones tendría con él, qué confianza, qué de consejos pudo recibir! Esa es una herencia que acompañará toda su vida a un amante de la lectura y de los libros como es Manguel. De 1981 a 2001 vivió en Canadá y actualmente se ha establecido en la campiña francesa, rodeado de una inmensa biblioteca.

En el ensayo que nos ocupa, el autor estudia a fondo la obra de Homero, su biografía o lo que podemos saber de ella; sus influencias, sus comentaristas, la simbología de la Ilíada y la Odisea: toda vida es una batalla y toda vida es un viaje, nos dice.

Resume todos los capítulos de la Ilíada y la Odisea; analiza su relación con Virgilio: qué ha tomado el poeta romano de Homero y qué le diferencia. Cómo han generado una inmensa bibliografía estas dos inmensas obras y cómo se han desplazado de tradición oral a texto escrito. Todo ello y mucho más es mirado con lupa por el autor: la literatura hasta nuestros días.

Manguel me parece un encomiable erudito. Es ese tipo de autores que se encuentran como un pez en el agua inmersos en la literatura, y físicamente en una biblioteca, cuanto más grande, mejor. Han sido acunados por los libros, mamado literatura y se sienten felices entre los autores, los vivos y los muertos. Casi diría que se sienten aun más felices entre los que ya no viven. Su paso por el Hades literario es casi permanente, y allí, cual moderno Dante, entablan conversación con Virgilio y Homero, con Shakespeare y con Milton.

¿De qué se nos habla en el libro? Del conjunto de la literatura: porque Homero es la literatura, por antonomasia. Ambos poemas son los dos grandes pilares de todo lo que se ha escrito en Occidente a partir de la Ilíada y la Odisea. De hecho, si nos fijamos en el título original del ensayo, es de los poemas de los que habla Manguel: constituyen el legado de Homero, efectivamente. Homero pudo muy bien no existir, viene a decirnos, como persona física. Incluso ha habido quienes han sugerido que fue una mujer (y aunque no lo cita Manguel, Robert Graves, en La hija de Homero hace una velada concesión a esta idea); también hay quien piensa que hubo muchos homeros, que tanto la Ilíada como la Odisea son un producto de la destilación centenaria de miles de relatos míticos y legendarios de la tradición oral.

Pero el ensayo de Manguel también nos habla de cómo se impregnó históricamente el quehacer literario, a partir de esos grandes pilares homéricos. Nos habla de sus relaciones con Roma, Virgilio y la Eneida, una especie de hibrido de guerra y viaje. De las relaciones con la Iglesia cristiana: San Jerónimo y San Agustín, dos versiones. De la difusión medieval y de la importancia de la Reforma y de la Inquisición para que se prefiriera la tradición latina o la griega en según qué países de Europa.

Del mismo modo nos analiza el desarrollo de la tradición homérica en los países anglosajones frente a los católicos. La polémica francesa en torno a los ilustrados, que la rechazaban; las confrontaciones de Goethe con Nietzsche: dos visiones distintas de lo heleno. Los análisis freudianos, el Ulysses de Joyce. En fin, todo un alarde de erudición que inevitablemente nos abruma un poco pero también nos proporciona una serie de vías de investigación, una serie de caminos y puertas abiertas.





4/6/10

VITA EN TEHERÁN











PASAJERA A TEHERÁN

Victoria -Vita- Sackville-West (Knole House, Kent, 1892-1962), hija del III Barón de Sackville fue una escritora británica, novelista, poetisa, ensayista y gran amante de la jardinería como buena espécimen de su país. Ganó diversos premios por sus poemas. Es conocida además, por sus relaciones con el grupo de Bloomsbury, y más concretamente, con Virginia Woolf, con la que le unió una muy íntima amistad, y en la que se inspiró la novela Orlando, de la Woolf. Casada con el diplomático, periodista y parlamentario Harold Nicolson en 1913 lo que la llevó a trasladarse a Estambul, y después a distintas y exóticas ciudades, en la India o como el caso de la obra que nos ocupa, a Teherán, Persia. Fue una unión muy liberal, como las habituales de los del círculo de Bloomsbury, donde ambos cónyuges mantenían relaciones además, con personas de su propio sexo. Posteriormente su marido abandonó su carrera diplomática para poder vivir con Vita en Inglaterra. Adquirieron una mansión en Kent y posteriormente el Castillo de Sissinghurst, donde Vita hizo realidad un magnífico jardín soñado durante años. Tuvieron dos hijos, Nigel y Benedict (político y escritor e historiador de arte respectivamente).
Aristócrata viajera, dedicó mucho tiempo a recorrer Egipto, Arabia, India, Persia y Rusia. Resultado de esos periplos son varios libros de viajes. El que nos ocupa, Pasajera a Teherán, comprende dos obras: la correspondiente al viaje que realizó desde Inglaterra para reunirse con su marido en Teherán, y que da el nombre al libro, y la pequeña obrita Doce días, resultado de otro viaje a lomos de mula y a pie por las montañas persas. Y van precedidas de un sabroso prólogo a cargo de su hijo Nigel, que entre otras cosas, destaca lo mucho que omitió su madre al escribir este texto. Es curioso cómo enfoca cada persona sus viajes. El viaje es siempre algo muy personal y visitando los mismos lugares, distintas personas nos darán versiones completamente divergentes.
Virginia Woolf se quejaba de que Vita apenas le contó nada sobre la India, porque la India no le interesó en absoluto. Dice de ella, apenas en dos páginas, “Conservo pocos recuerdos de la India. Un puente que cruza un río, repleto de animales: hay cuernos y rostros pacientes. (...) Después, una larga carretera al atardecer, flanqueada de árboles. Sé que durante dos días y dos noches viajé encerrada en una cajita sofocante de ventanillas ahumadas, que era un vagón de ferrocarril (...) y veía la larga curva serpentina del tren, con un bosque de piernas y brazos morenos que colgaban de las ventanillas para refrescarse; eso sí era la India”. De Egipto tampoco nos ofrece largas explicaciones, salvo la visita a Luxor y al Valle de los Reyes. Pero se explaya al llegar a Persia. Este país la subyuga de manera profunda y tiene amplísimas descripciones del paisaje, la flora y la fauna, las gentes, los caminos y las costumbres. Casi respiramos el límpido aire mesetario y nos refrescamos bajo la sombra florida de los melocotoneros en pleno desierto.



Cuando Vita Sackville visita Persia tiene treinta y cuatro años. En comparación con Egipto, Aden, India o Irak, -países que recorre antes de llegar a su destino, Teherán- se encuentra con un país absolutamente medieval, o casi mejor, arcaico por completo: ancestral. Allí no hay más que la mula, el camello o, en las ciudades, como un gran avance, la bicicleta. Los desplazamientos por las montañas son lentísimos, las caravanas siguen al mismo paso que hace siglos. La vida parece haberse retrotraído mucho tiempo atrás: Harún-al-Rashid podría saltar por detrás de un desfiladero. Los colores terrosos, los sienas y los pardos la impresionan: acostumbrada a la verde Inglaterra, a sus flores y sus parterres bien cuidados y regados, esta tierra le resulta salvajemente atractiva: la confusa mezcla entre los habitantes y los animales, las fuerzas de la naturaleza, las grandes nevadas, los riscos y las escarpaduras, que dominan las relaciones humanas, siempre al tanto de los movimientos naturales, que pueden constantemente cambiar su actividad, sus proyectos y su vida. Incluso se plantea si no será pecaminoso amar tan sensualmente la naturaleza, amarla casi con una pasión destinada habitualmente a las personas. Se diría que a pesar de todo, Persia –nos dice- es un país hecho para deambular; hay muchísimo espacio, sin barreras por ninguna parte, y tan solo el sol marca la hora.
El retorno de Vita a la “civilización” es desastroso: vuelve por Bakú y Moscú, atravesando la Rusia soviética, de la que apenas destaca el ambiente de la calle: me dio la impresión –cuenta- de que la población caminaba de forma furtiva, pegada a la pared y de que la gente vivía encogida de miedo, de que las aspiraciones de aquella nación habían quedado recortadas hasta igualarlas al mínimo, como si se tratara de un seto. Pero lo peor estaba por llegar: al entrar en Polonia hay una revuelta en Varsovia, los trenes paralizados, el Ejército por todas partes...Vita vive una aventura tras otra, unida a un pequeño grupo de viajeros alemanes que por su cuenta y riesgo tratan -y consiguen- de llegar a Alemania como sea. Y de Alemania a Holanda, y de ahí, por mar... a la vieja Inglaterra, de nuevo.
La segunda parte del libro, Doce días, trata de un viaje por las montañas persas, toda una excursión aventurera, a pie y a lomos de mula, que realizó al año siguiente, con su marido y tres amigos europeos, además de toda una caravana de porteadores y sirvientes. Las condiciones fueron durísimas, puesto que se enfrentaron a una naturaleza en algunos casos terriblemente hostil, pero bellísima. Vita describe paisajes inolvidables, pero también reconoce haberlo pasado apurado en algunos momentos, ya que emprendieron el viaje sin ser muy conscientes de lo que iban a encontrar. Sus reflexiones durante ese viaje, además de observaciones muy detalladas de botánica, se concentran en la relación civilización moderna versus civilización ancestral, tema al que dedica muchos comentarios y pensamientos a veces un tanto ingenuos. Finalizan su periplo por tan abrupto paisaje llegando a los pozos de petróleo de la Compañía Petrolera Anglo Persa. Lo que también le sugiere jugosos comentarios. Antes de volver hacia el Mediterráneo visitan Persépolis, Palmira y Heliópolis. Podemos dar fin y resumen con sus propias palabras: Dos sociedades distintas han cruzado el escenario: una cansada, ignorante y pobre, y la otra energética, científica y próspera, ambas igual de esclavizadas por la costumbre de sus distintos modos de pensar. Me gustaría poder decir que mi imparcialidad ha logrado que el lector no descubra en cuál de ellas recaen mis simpatías.






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