6/8/11

CUÉNTAME UN CUENTO....NORTEAMERICANO

PIONEROS. CUENTOS NORTEAMERICANOS DEL SIGLO XIX

Edición, Introducción y Biografías:
Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan
Ed. Menoscuarto, 2011

Reúne este libro un conjunto variopinto de dieciséis cuentos, precedidos de una interesante e ilustrativa introducción que trata sobre el cuento norteamericano, analizando sus características y comparándolo con la tradición europea, ya que al ser un país tan joven en todos los sentidos, sus referencias literarias no pueden ser otras que las del viejo continente. Comienza por Washington Irving, de cuyo Libro de apuntes de Geoffrey Crayon (1819-20) el editor extrae la narración considerada como una de las precursoras del cuento en Norteamérica: Rip van Winkle. Y termina con Fiebre romana (1934), de Edith Wharton, que, a pesar de ser escritora que avanza en el siglo XX, es de las últimas en escribir a la manera del XIX.
En la antología se intercalan autores clásicos, como Poe, Hawthorne, Melville, James, Twain, Crane o Wharton, y otros menos conocidos para el público europeo o español, como –por citar sólo algunos- Kate Chopin, Charles Chesnutt, Charlotte Perkins, Ambrose Bierce o Rebeca Harding, pero que son también representativos de las distintas tendencias de la escritura cuentística norteamericana en sus comienzos. Sobre todo, hay que destacar el grupo de escritoras, que publican en la década de los 80, poniendo el toque intimista, doméstico, costumbrista, de las relaciones humanas y el mundo femenino, que en esos años aún marca una abismal diferencia con el masculino.
A destacar entre ellos dos brevísimos: de Twain, Suerte, que parece un antecedente de Forrest Gump, (aunque no sea, probablemente, lo más representativo de Twain) y  el impactante La historia de una hora, de Kate Chopin; también el surreal Suceso en el puente de Owl Creek, de Bierce, así como los angustiosos Hacer un fuego de London y El bote al raso, de Crane, en los que la lucha por la supervivencia tiene trazas épicas. El relato de Charlotte Perkins, El papel de pared amarillo, resulta profundamente turbador y no  apto para cardíacos, aunque probablemente sea el que más me haya atrapado. Dos muy divertidos: La viña embrujada, de Chesnutt, y La mesa de manzano, de Melville. Los relatos de Poe El hombre de la multitud, y el de Hawthorne, El experimento del Dr. Heidegger, son ambos alegóricos.Poe y Hawthorne son considerados realmente como los primeros escritores del cuento en su versión norteamericana, los que introducen las características que les van a diferenciar de sus homólogos europeos. Y entre esas características podemos citar la ironía, (incluso el sarcasmo), la dotación de personalidad al narrador  (Hawthorne decía que el relato es la proyección psíquica de un individuo), la mirada hacia su propio país. Poe establece dos modalidades de cuento: de detectives y de ciencia-ficción o fantástico, que, en él se llega a confundir con el de terror. La narración, según Poe, ha de tener una unidad de efecto y ser breve, condensando su intensidad y haciendo que no haya nada superfluo, que cada frase sea la adecuada para el efecto que se busca, sin una coma de más. Melville, por su parte, introduce la historia en un contexto social, lo que le permite no profundizar demasiado en la psicología del personaje. Henry James consideraba que el cuento debía proceder de una impresión directa de la vida y no una simple copia. Mark Twain y Jack London prefieren la libertad que ofrece la vida en la frontera, por lo que ambientan sus relatos en el Oeste o el Lejano Sur, a la que Twain añade el ingrediente humorístico, del mismo modo que  Chesnutt, al toque cómico, en el habla dialectal, le imprime color. Otros, como Ambrose Bierce o Crane tienen un tema predominante: la guerra civil. Pero mientras Bierce recurre a la sorpresa al final, Crane introduce lo épico y mítico en sus historias, partiendo de un hecho mínimo y poco relevante. En cuanto a las autoras femeninas, Rebeca Davies roza el panfleto social en su afán por denuncias las injusticias, mientras que Sarah Orne y Mary Wilkins tratan la vida doméstica, los sentimientos y sueños del intimismo femenino, de los que La garza blanca es un delicioso ejemplo, como La monja de Nueva Inglaterra. Charlotte Perkins, sin embargo, nos introduce en el mundo de la psicosis. Wharton es el broche final, elegante y distinguido.
En fin, un armonioso y bien elegido grupo antológico de obras que cumplen sobradamente la función de darnos una idea del cuento norteamericano en sus orígenes. Quizás la única pega que se le pueda poner a la edición sea técnica: el diseño, más propio de un texto de ensayo científico o de texto universitario a lo que correspondía un toque más de fantasía. El papel, excesivamente grueso, dificulta el paso de las páginas y da un peso excesivo a un libro destinado a ser leído en situación de relax. Pero por lo demás, es un libro sumamente atractivo y variado, para todos los gustos.

30/7/11

CON FORCELLINO POR EL RENACIMIENTO

1545. LOS ÚLTIMOS DÍAS DEL RENACIMIENTO.
ANTONIO  FORCELLINO
Alianza Ed., 2011

El presente trabajo es un ensayo sobre una época de cambio: el final de un tiempo y el principio de otro: el Renacimiento da paso al Barroco, a la Modernidad. El escritor, restaurador y ensayista experto en el Renacimiento Antonio Forcellino, (Vietri sul Mare, 1955),  gran conocedor del tema, nos lleva de la mano en un recorrido por los grandes artistas y sus obras, tomando como base el año 1545, y saltando algunos años atrás y algunos años hacia adelante. 
Asimismo, nos traza un panorama  para situarnos en el plano político y religioso del momento, para luego centrarse en el artístico. Pero en esa época, los tres aspectos citados están tan interrelacionados que es casi imposible tratar uno sin tocar el otro. El emperador Carlos V y el Papado, con sus sucesivos pontífices, mantienen una tensa relación; tensa por el tema de los dominios territoriales, las prebendas y los beneficios (rentas concedidas a particulares por sus méritos o, generalmente, por pertenecer a la familia dominante). Y por otra parte, la corrupción vaticana ha alcanzado tal volumen, que desborda los límites de Italia y salpica a Europa, lo que entre otras cosas, produce la temida reacción: Lutero y la Reforma. Contra ello, la Iglesia como organización institucional se revuelve y se produce la Contrarreforma, tras el Concilio de Trento. Todo este proceso, las luchas y polémicas que contiene dura años, y constituye el marco  del libro.
Los primeros capítulos del libro son dedicados a enmarcar la época y explayarse sobre los manejos del aparato ecclesial (cardenales y papas) así como las intervenciones imperiales; y desde el punto de vista del arte, nos cuenta el viaje de Tiziano a Roma, desde Venecia, que era su ciudad natal y ámbito de trabajo. Tiziano ya ha hecho un magnífico retrato de Carlos V, lo que le ha dado un inmenso empuje y fama; el papa Pablo III Farnese lo reclama en Roma. Y allá encontramos a Tiziano, que trabajará mientras un septuagenario pero aún vigoroso Miguel Ángel sigue pintando y esculpiendo, en otras salas vaticanas, así como continúa la construcción del complejo vaticano de San Pedro en manos de Sangallo y Vasari también comienza a moverse en el entorno.

Tiziano realiza a toda prisa un magnífico retrato de un envejecido Pablo III. El capítulo que Forcellino dedica a la realización técnica del cuadro es impagable. No sólo estudia al detalle la composición, las posibles dudas del artista, las decisiones finales, las razones de introducir a los dos nietos del papa (Alessandro y Ottavio), marcando por sus posiciones el papel que cumple cada uno en relación con el abuelo papal, y su posible futuro. No sólo eso, sino que estudia la manera de pintarlo, la imprimación, los colores, el grado de espesor, el por qué encontramos la obra inconclusa cuando en su momento  se consideró como terminada. Todo esto, que hasta un lego en arte puede atraer por la manera en que nos lo cuenta, a un estudioso o interesado en arte le producirá un verdadero placer. Porque Forcellino sabe muy bien de qué está hablando cuando escribe de arte, y de historia del arte. Y cita distintas interpretaciones y las razones por las cuales defiende una opinión diferente a las clásicas.

De Tiziano pasa a analizar las últimas obras de Miguel Ángel, el viejo artista que en la etapa final de su vida se escoró hacia ideas reformistas, agrupándose con los Espirituales de Vittoria Colonna, lo que, según Forcellino, determinó la dirección de sus últimas obras y el espíritu que las domina. El análisis que Forcellino nos expone de la obra del florentino en la capilla paulina, La conversión de S. Pablo y La crucifixión de S. Pedro es completísimo y mantiene la tesis de que con aquellas obras el Renacimiento se acaba. El espíritu de libertad en la creación artística da paso al manierismo, que es una versión acomodaticia y propagandística de los valores religiosos que se pretenden publicitar tras el Concilio de Trento y la Contrarreforma.
En el último tercio del ensayo, Forcellino centra su mirada en un nuevo personaje: Vasari. Con la irrupción de este nombre en la historia del arte, se produce un giro, una inflexión: la relación del arte con los mecenas y clientes ha cambiado: el artista debía dejar de lado el proceso creativo interior y personal para pasar a cumplir el encargo del cliente: repetir la tradición anterior, comunicando a un público numeroso los valores que el cliente (generalmente, la Iglesia).La experiencia y la habilidad técnica es lo que hacían valioso el producto artístico.

Así, el principal valor del Renacimiento, según el autor, radicaba en la libertad concedida a los artistas. Miguel Ángel, Rafael, Leonardo, Tiziano crearon libremente sus obras, lo que constituyó su grandeza y su genialidad. Cito textualmente: “Mientras es el artista quien idea un programa iconográfico, la creatividad le empuja de un modo natural a mirar con ojos nuevos, pero cuando el que imagina es el comitente o un delegado suyo, la posibilidad ideativa (sic) se reduce y el arte se vuelve rígido(…), tanto si ocurre a “la maniera” devota de la Contrarreforma, como si responde a la retórica “clasicista” de la Restauración francesa o al “realismo socialista” de la Rusia soviética.” (pp.162-164). Esto me parece un análisis muy lúcido. A partir de entonces surge la figura del crítico, el “vigilante del arte”, y las polémicas se desarrollan no entre artistas, como anteriormente, sino entre estos “intelectuales” como Benedetto Varchi, Paolo Giovio y Vincenzo  Borghini, hombres cuya formación teórica era mayor que los artistas del momento. Y así como los grandes del Renacimiento copiaban sus figuras del natural, de modelos vivos, la siguiente hornada de artistas copiará del propio arte. Fenómeno por otra parte propio de épocas de transición y muy contemporáneo, ya que desde los ochenta y noventa del siglo pasado se ha estado utilizando la iconografía anterior como modelo o como base para crear nuevas obras, pastiches de clásicos, al margen de la calidad resultante.

En resumen, una obra excelente, que analiza una época de transición, remarcando lo esencial de cada generación artística, sus cualidades y sus características, además de darnos una visión general altamente atractiva y clarificadora, con amplia documentación  localizada en el capítulo de notas, y acompañada en esa edición por muchas ilustraciones, en blanco y negro y en color de las obras  que se citan en el texto.

22/7/11

NAVEGANDO CON LUIS DELGADO BAÑÓN



EL NAVÍO ALEJANDRO I
LUIS DELGADO BAÑÓN
Ed. Noray, 2011

Decimonovena entrega de la Saga Marinera Española, en la que Luis Delgado Bañon (Murcia, 1946) desgrana un episodio penoso en la historia de nuestra Marina, así como francamente execrable en la política nacional. Desgraciadamente este tipo de maniobras y contubernios se han visto y vuelven a ver en la política de nuestro país. Pero la historia tiene momentos buenos y malos. Generalmente se aprende más de los errores y de las situaciones trágicas que de los éxitos y bondades.
El caso es que nuestro héroe, Santiago de Leñanza, en grado de general y jefe de escuadra, retorna a su patria en gozosa compañía tras matrimoniar de nuevo, esta vez en Lima.  Los primeros capítulos tratan de ese retorno por la mar. Retorno algo accidentado donde tienen lugar una serie de peripecias habituales en la mar, batalla contra piratas incluida. La llegada finalmente a Cádiz y el reencuentro con su hijos, el pequeño Pecas convertido en adolescente, desarrollado y ansioso de entrar en el servicio de mar, y la deliciosa María, cada vez más dulce, producen en nuestro protagonista sentimientos de profunda alegría, así como el abrazo a su hermana Cristina y su cuñado Beto, después de varios años sin verle. La parte más penosa es la visión de María Antonia, muy desmejorada y enferma, a la que la emoción del hijo recobrado no resuelve de un final próximo.
 Pero el bloque central del libro se concentra en toda la historia de los famosos navíos rusos o barcos negros que a Fernando VII y su camarilla, con el concurso del embajador ruso Tatischev, se empeñaron en traer de la corte del zar Alejandro I. Negocio ruinoso como el peor, dejó la hacienda española por los suelos así como el honor de la Marina y la credibilidad del gobierno, o mejor, del desgobierno de un rey absoluto que no quería el control de nadie pero se dejaba manejar por un grupito de parásitos.

Santiago y toda su familia, incluido su cuñado Beto,  esposa e hijos, han de trasladarse a la villa y corte al llamado  del ministro de la Marina, Vázquez de Figueroa, para trabajar estrechamente bajo sus órdenes y ocuparse de buscar navíos allá donde se pudieran conseguir, en preparación de una gran escuadra que se dirija a Indias  con la intención de recuperar los territorios argentinos de La Plata y ayudar a Lima a bregar con los insurgentes. Por ingenuidad o por cabezonería, el Deseado pero torpe monarca, se proponía conseguirlo de balde,  y contra los elementos, como  aquella otra desgraciada escuadra filipina.  Luis Delgado nos pinta un panorama desolador en la Real Marina de esos años, 1816-17. Pero sin Marina no había Américas. Ni caudales. Los oficiales llevaban tantas pagas atrasadas por cobrar que algunos no tenían ni para un uniforme nuevo, e incluso habían de mendigar. Las dotaciones de los barcos cada vez eran más reducidas y el mantenimiento o mejor dicho, su ausencia, hacía que cada vez hubiera más barcos en el desguace y que el deterioro fuera ostensible en los que aún estaban a flote.
De todo ello nos vamos enterando por las conversaciones de Santiago y Beto con el Ministro y con otros personajes. Conversaciones sabrosísimas y enjundiosas, que de un modo atractivo y por medio de la mezcla de personajes reales e inventados, el autor nos introduce en las intrigas palaciegas y nos hace sentir el malestar y la impotencia de todo un ministro que se ve ninguneado para resolver un asunto de la Marina por medio de mequetrefes que sólo quieren su tajada y algún miembro de Ejército que no sabe distinguir una jarcia de un obenque, como lo fue el general Eguía, que usurpó las funciones del ministro de Marina con el beneplácito del monarca.
Los dos cuñados han de viajar a Francia para tratar de la compra de algunos buques, pero al regreso empiezan los rumores sobre los barcos rusos. Y vemos cómo poco a poco va creciendo la desinformación, pero el rey y su  camarilla de aprovechados y chupatintas se sale con la suya, que para algo es un rey absolutista: hacía lo que le daba su real gana. Y el país que le aclamó como Deseado, a tragar quina. Al que le llevaba la contraria o le cantaba las verdades, lo mandaba –como mínimo- al destierro, como el caso del ministro Vázquez de Figueroa, que se convierte en cabeza de turco sin comerlo ni beberlo. Obviamente, Santiago, que era su ayudante más próximo y fiel, le sigue los pasos y es confinado en su hacienda murciana, quedando el resto de la familia en la corte. La moral de nuestro joven general está por los suelos y para más inri, recibe un golpe tremendo en su corazón y en su honor, un golpe sorprendente e inesperado por completo.

Mientras tanto, comienza a entremezclarse el relevo generacional: el adolescente Francisco, Pecas, ingresa como guardiamarina, y mientras todos estos desagradables sucesos van teniendo lugar con su padre y su tío de por medio, él ya va cumpliendo fases en sus estudios y progresando en el inicio de su carrera naval. El destierro del padre coincide con el destino del hijo como  guardiamarina en, precisamente, uno de los navíos rusos, el Alejandro I.  Y la última parte del libro nos devuelve a la mar, en el desafortunado y previsible viaje y tornaviaje hacia La Plata que, por el mal estado del navío, que se deshace por momentos, frustra todas las ilusiones del joven guardiamarina, que sólo consigue traspasar la línea del Ecuador. Pero ya nos cuenta con su propia voz sus primeras aventuras, sumándose a las narraciones de sus ancestros. El capítulo final del libro también nos depara otra sorpresa más, ésta agradable y tierna, y que resarce a nuestro deprimido protagonista y a los lectores, levantándoles el ánimo hasta la galleta.
Novela emparedada entre aventuras en la mar y aventuras o desventuras en tierra, resulta harto interesante por los detalles históricos que nos revela y por las diversas sorpresas que nos depara la parte de ficción.  Incluye un mapa del viaje del Alejandro I, un grabado ilustrativo de las partes del barco, y un epílogo histórico en el que Luis Delgado  aclara y explica muchos detalles históricos que en la obra se citan.

Luis Delgado Bañón, (Murcia, 1946), capitán de navío, a los dieciséis años ingresó en el Cuerpo General de la Armada y desde entonces ha estado vinculado a la mar, siendo capitán de navío durante más de cuarenta años. Delgado se ha propuesto el ambicioso proyecto de narrar la historia de la Armada española desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta la Guerra Civil, intentando mantener, dentro del marco de la novela de aventuras, el máximo rigor histórico posible. Es delegado del Instituto de Historia y Cultura Naval en el Mediterráneo, y  director  hasta hace muy poco del Museo Naval de Cartagena. Su  Saga Marinera Española, compite con completa seguridad en el espacio ocupado por los grandes narradores navales británicos como Kent, Forester, O’Brien...  Está considerado como uno de los mejores narradores históricos de tema naval español.

Reseña publicada en http://novilis.es/?p=2312 

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