23/9/13

HOMÉRICAS


LA HIJA DE HOMERO
ROBERT GRAVES
EDHASA




Los hijos de Homero era el apelativo que se les adjudicaba a los bardos o poetas que cantaban las leyendas y los poemas épicos griegos, las hazañas de los héroes de Troya y de los dioses olímpicos. La obra que nos ocupa hoy, La hija de Homero, tiene diferentes lecturas. No sólo es una novela ambientada en la Magna Grecia,  o sea, en la Sicilia de una indefinida época post homérica,  basada en una reinterpretación absolutamente libre de la parte final de la Odisea, sino que también reflexiona sobre la poesía y los poetas, los narradores y las distintas versiones de los mitos. Y para rizar más el rizo, como Graves era un personaje controvertido, rompedor de moldes y barreras, pone la narración en boca de una mujer, que finalmente resulta ser, según la carga de profundidad que lanza la novela, la poetisa o Hija de Homero, que reescribe la Odisea y le da su toque personal al canto. 
Una princesa elimana, Nausícaa,(Nausicaa=quema de barcos) descendiente de la estirpe troyana, asentada en Sicilia, en Erix, el extremo occidental de la isla, nos narra en el prólogo la historia de su pueblo y de su familia; y nos avisa de que ha escrito un poema épico basándose en los dramáticos sucesos que nos narra a continuación.

Hay dos maneras de afrontar esta novela: una, desde la ignorancia de la historia de Ulises, narrada por Homero en la Odisea, y entonces disfrutar de una narración que te atrapa desde el primer momento y que tiene su intriga y su sabor griego. La otra, desde el conocimiento homérico, con una gran dosis de tolerancia y de humor, y entonces disfrutar de la novela como si de un juego se tratara.
Cabría una tercera opción: indignarse con Graves, y cerrar el libro cuando uno se da cuenta del calibre herético de lo que nos está contando. Pero creo que esta opción es la menos recomendable.
La novela está muy bien escrita, implica un dominio absoluto de la mitología griega, incluye varias narraciones internas y variaciones de otras narraciones, imagina una Odisea distinta y atribuye la que conocemos a Nausícaa, la protagonista, que no es la hija del rey Alcínoo y la reina Arete, del país de los feacios, donde recala Ulises y recibe ayuda para llegar a Ítaca, sino la hija del rey Alfides, hermana de Laodamante, de Halio (desterrado por su padre), el joven Clitóneo y el niño Telegonio.

Todo empieza porque la esposa de Laodamante, aburrida y sin hijos, le pide a su esposo que le traiga un collar. Y a partir de su marcha, comienzan a ocurrir toda una serie de desgracias: el rey parte a Grecia en busca de noticias de su hijo mayor, después de meses sin noticias, el regente, Méntor en qué se ve de contener a los enemigos del rey que abusan de la hospitalidad de palacio y pretenden casarse con Nausícaa (que, cual Penélope, les va dando largas), Clitóneo, cual Telémaco, tampoco puede enfrentarse a tanto enemigo, el patrimonio de palacio va disminuyendo, y las cosas se complican. Pero Nausícaa tiene un encuentro en la playa con un héroe desconocido, Etón, en el que deposita sus esperanzas (y del que se enamora perdidamente), y con el que, tras el asesinato de Méntor y de Laodamante, Nausícaa y Clitóneo traman un plan para conseguir la venganza y salvar a la familia de la vergüenza y el oprobio al que se ven sometidos. El premio será el lecho nupcial, lógicamente. Y el plan no es otro que repetir la historia de cómo Ulises –en este caso, Etón- tensó el arco y mató a los pretendientes.
En el capítulo final Nausícaa nos cuenta cómo se sirvió de tales sucesos y de otros textos clásicos, reinterpretados, para escribir un poema  que resultó ser la Odisea.

Antes hemos hablado de otras posibles lecturas, pero yo dejaría de lado los intentos de Graves de introducir nuevas tesis mitológicas y disfrutaría con la lectura, como si de un juego se tratara. Esta reescritura de Homero puede sonar a herejía, si se toma como un ensayo sobre mitología o como una revisión del poema, y si el lector tiene inclinación clásica; otros pueden encontrar la idea como feliz y apropiarse dichas tesis. Yo considero que lo mejor es tomarlo como una simple fabulación en la que se riza el rizo y se juega con las historias míticas y con los personajes, dando explicaciones alternativas posibles, cambiando los nombres y alterando los papeles, como si de un juego de las sillas se tratara. Todo el mundo ocupa el lugar del otro hasta que finalmente uno queda en pie y sin silla. Y me inclino por pensar que no es Homero el que se ha quedado sin silla.


Robert Graves (Londres, 1895- Deiá, Mallorca, 1985) escritor, poeta, erudito e investigador de la mitología griega británico afincado en España en sus últimos años. Graves se educó en la escuela Charterhouse ganando una beca para la Universidad de Oxford), donde prosiguió sus estudios. Participó y fue herido gravemente en la I Gran Guerra. Publicó su primer libro de poemas en 1916. Obtuvo una plaza en la Universidad de El Cairo, adonde se instaló con su esposa, sus hijos y la escritora  Laura Riding, con la que fundó la editorial Sizin Press. Allí conoció y trabó amistad con T.E. Lawrence, sobre el que escribió su Lawrence y los árabes
En 1929 descubrió Deiá (Mallorca), pero hubo de salir de allí al comienzo de la Guerra Civil española.  Tras la guerra mundial, se instaló definitivamente en Deiá,  y en 1950 se casó con segunda mujer. Y allí escribió sus obras más famosas, entre su extensa producción. Destacó, además de sus novelas de tema mitológico griego e histórico romano, por sus heterodoxas interpretaciones de la mitología, expuestas, sobre todo, en La Diosa Blanca, y Los Mitos Griegos. También es conocido su interés, en los años cincuenta y sesenta, por los hongos alucinógenos y lo que se ha venido en llamar enteogenia (entheos=dios adentro), significando con ello los trances poéticos, la posesión divina, la inspiración artística (inducida, suponemos, por la ingestión de un cierto hongo). Llevó una vida nada convencional, muy propia de un poeta, que era como él se consideraba a sí mismo.


Ariodante.




18/9/13

BAILANDO UN TANGO CON PEREZ-REVERTE


EL TANGO DE LA GUARDIA VIEJA
ARTURO PÉREZ-REVERTE


Ed. Alfaguara, 2012

Se ha escrito mucho y muy bueno sobre esta novela, y la verdad es que resulta difícil decir algo novedoso. Pues bien, sin quitarle mérito a las anteriores novelas, creo que en esta nueva obra Pérez-Reverte se demuestra como un escritor literariamente maduro, abordando un tema que en sus manos ha resultado un verdadero objeto de deseo. Y no empleo esta expresión por casualidad, porque es precisamente ese deseo, esa atracción que a través de los años se mantiene entre un hombre y una mujer el eje de la narración. Cuenta el autor en una entrevista, que empezó la novela en 1990 pero que hubo de esperar bastantes años, dejándola sedimentar, porque «me faltaba madurez para escribirla, arrugas en la cara, canas, conocer el mundo interior de mis personajes cuando se hacen mayores.» Ahora, sin duda, ha conseguido esa madurez plenamente.

La novela relata una historia de amor, pero es bastante más que eso, aunque lo sea como eje principal.  El propio Pérez-Reverte confirma que «lo central es la confrontación entre esos dos personajes, sus sentimientos, recelos, memorias.» Lo demás está en segundo plano, aunque determine los silencios, las separaciones, las distancias. Estamos leyendo historias de amor desde que existe la literatura, pero lo importante es cómo contarlas: porque el autor nos presenta dos personajes, Max y Mercedes, Mecha, a cuál más atractivo; porque nos traza un dibujo de tres épocas que supusieron tres maneras de ver la vida (los felices 20, con la vida loca y el preludio de la gran crisis; los tensos 30 con la guerra civil española y el preludio de la segunda guerra europea; y los prodigiosos sesenta, Beatles, guerra fría y conquista de la luna incluidos) y, finalmente, rodea a esos personajes de tal emoción y tensión en sus vidas que consigue mantener la atención del lector y el impacto constante hasta la última página.

El personaje masculino, Max Costa, es un vividor, un buscavidas, alguien que se ha hecho a sí mismo desde la nada, ha luchado muy duro, aunque optando por una vía no muy ortodoxa, pero ha sabido hacerlo con elegancia. La vida le ha ido dando bandazos, a veces buenos y a veces muy malos. Pero también le da sorpresas: y la sorpresa es encontrar a Mecha (Mercedes Inzunza), el personaje femenino, una dama de clase alta, gente guapa, que se mueve en un mundo en el que el dinero garantiza todo, y ella lo tiene…además de tener un marido famoso. Una mujer muy especial: inteligente y que sabe adaptarse a su edad, lo cual es algo de lo que «no todas las mujeres son capaces», según el autor. Sin embargo, al encontrarse ambos, brota electricidad, hay química, como suele decirse. La hay,  aunque las condiciones no son las más adecuadas: siempre hay un encuentro y una huída. La atracción que surge entre ellos es agresiva, violenta, fuertemente erótica, pero las circunstancias les separan. Por eso el símbolo del tango es perfecto. Toda la novela es un tango (el baile más erótico) entre ellos, un largo tango que poco a poco se va transformando en otro baile: «requería–dice el autor– un tipo de sexo muy carnal, muy complejo, que después tenía que ser analizado desde la vejez con la lucidez que dan los años. Y que el lector viera esa imagen desde la vejez mirando hacia atrás. Contar esas escenas tórridas, sin caer en la vulgaridad y que fueran elegantes ha sido un desafío técnico bastante interesante.»  

De las tres líneas de acción, dos se sitúan en el pasado  (1928 y 1937) se relatan en pasado, mientras que la tercera, contada en presente, se sitúa en 1966. El tiempo lo vamos descubriendo por las descripciones de ropa de moda, de las noticias de la prensa, los eventos políticos, deportivos o sociales, las canciones o los cantantes, etc. Y los escenarios son, respectivamente: Buenos Aires (precedido de un sustancioso viaje en transatlántico), Niza y la Costa Azul, y finalmente, la napolitana Sorrento. En este último lugar se reencuentran casualmente los dos protagonistas, (como casualmente se encontraron en el transatlántico o en Niza) y ello hace revivir los violentos, ardientes y dolorosos recuerdos… y el resurgir de la atracción. El autor entiende que es necesario  llegar a la madurez de los protagonistas para poder asumir el proceso amoroso vivido.  Es, pues, muy importante esa constante comparación entre los años jóvenes y los maduros con que dosifica la narración. Verla desde los ojos de la madurez, de la vida vivida, acumulada, recordada.


Hay varios elementos a destacar en la novela, además de la relación entre Max y Mecha. Los paisajes: caminamos por los viejos barrios porteños con una cierta ansiedad, recorremos el Paseo de los Ingleses de Niza como si estuviéramos allí, admiramos la bahía de Nápoles desde Sorrento y suspiramos de emoción. El clima de la acción está muy bien logrado: las descripciones detalladas y precisas de la ropa, los movimientos para vestirse, las miradas, la presencia continua de los cigarrillos, el tabaco: fumar es todo un rito. Las descripciones de los tugurios, los bajos fondos, la morbidez del sexo, todo tratado muy elegantemente pero sin quitar ni un gramo de la fuerza erótica. No hay un solo movimiento que no esté calculado y que no tenga su importancia.
Une la simbología del ajedrez y la del tango: todo es cuestión de los pasos a dar, de las figuras que se dibujan, que forman una intrincada malla, para la que no es imprescindible la música: la escena en que bailan el tango en silencio, con la música en las mentes y en los cuerpos, es arrebatadora. Qué símil mejor que un tango para explicitar el nexo que va del sexo puro al amor.

Por otra parte, la imagen del collar de perlas, está muy bien elegida; ese collar es el recuerdo de un pasado que permanecerá a través de los años. Pero si cabe, el símbolo mejor utilizado en mi opinión es el del guante. El guante simboliza una provocación, un desafío que la dama lanza al caballero…y que él recoge.
El ritmo de la narración también es destacable, porque el autor consigue equilibrar los tres tiempos, desde la narración contemporánea al recuerdo del primer encuentro en el barco y en Buenos Aires, mientras que la narración de los sucesos de Niza y los de Sorrento van acercándose hasta ser paralelos, con un tempo que paulatinamente va subiendo de tono: de un allegro moderato a un allegro vivace y finalmente a un presto vivacísimo. El final, con todo el dramatismo y la tensión acumulada a lo largo de la historia, es coherente con ella. Todo está descrito lo justo para que nos impacte. Y el resultado es inmejorable. En suma, una obra espléndida.

Ariodante
Agosto 2013

15/9/13

INTERIORES FLAMENCOS


ELOGIO DE LO COTIDIANO
TZVETAN TODOROV
Trad.: Noemí Sobregués
Galaxia Gutemberg, 2013


 Este breve pero atractivo ensayo de arte nos sumerge de lleno en la pintura holandesa del XVII, esa pintura de la que todos hemos visto alguna obra, al menos, al magnífico Vermeer, aunque no sea precisamente el mayor exponente de la cotidianeidad, como veremos en lo que va a desarrollar Todorov en su texto. En nueve cortos capítulos, el autor expone lo que considera el género de lo cotidiano, lo enmarca en la época y busca las causas del cambio que supone, estudia las diferentes opciones de interpretación, rastrea la posible relación de la estética con la moral, analiza una serie de obras que son reproducidas magníficamente en las páginas centrales, a todo color y en papel cuché. Finalmente, estudia pintor por pintor sus características más relevantes, los compara y los enmarca. En suma, una provechosa incursión por una etapa de la pintura muy especial, que solo ocurrió en Holanda, tal como sugiere el autor, y no se volvió a repetir.

A lo largo de la historia de la pintura, los artistas han pintado escenas cotidianas, desde las escenas de caza paleolíticas, los frescos pompeyanos o las labores de los constructores de catedrales medievales en los códices miniados, del mismo modo que enmarcaban el motivo principal del cuadro dentro de un paisaje, que azuleaba al fondo mientras que las figuras contaban la historia principal, que solía ser mitológica, religiosa o algún hecho guerrero importante de los reyes o emperadores.

 Sin embargo, cuando se habla del género de lo cotidiano, queremos decir que los pintores usan la escena cotidiana, generalmente en interiores, como motivo central, como luego ocurrirá también con el paisaje, el retrato y con la naturaleza muerta o bodegón. Consideran estos artistas que lo que van a representar tiene la suficiente dignidad como para que sea el objeto de su  mirada y de su pincel. Cita Todorov a Malraux: «lo que Holanda inventó no fue cómo colocar un pescado en un plato, sino que ese plato de pescado dejara de ser la comida de los apóstoles». La pintura de género, pues, no se limita a rechazar la historia, los grandes motivos mitológicos o bíblicos, sino que elige de entre las actividades cotidianas de los humanos los temas que llevará a los lienzos.
Pues bien, a partir del siglo XVI comienzan a pintarse escenas cotidianas, aunque son multitudinarias y en exteriores, muy integradas en el paisaje (recordemos Bruegel),   sin embargo, es en el XVII cuando se define más el género y florecen los mejores pintores que las llevan a cabo. A diferencia de la pintura italiana, del XVI y del XVII, más idealista en su búsqueda de la belleza, los flamencos muestran en sus lienzos la realidad tal como es, o como ellos la ven, pero sin amoldarse a ningún ideal estético. Esta es la opinión de Miguel Angel, que despreciaba la pintura flamenca. Y durante mucho tiempo se ha debatido si  el arte debe servir a la verdad y al bien o exclusivamente a la belleza.
Pequeño país que centraba su actividad principal en el comercio, a sus gentes a viajar por todo el mundo, destacando por su tolerancia, ya que, habituados a ver costumbres y religiones muy diversas, aunque dentro de cada religión fueran exigentes con sus miembros, veían con naturalidad las demás costumbres ajenas. Mientras los holandeses viajaban, las holandesas llevaban la casa y los negocios, si hacía falta. Por eso la vida en el interior de las casas, la vida cotidiana era la que llevaban las mujeres. No implica ello que desaparezcan los hombres en las pinturas, que no lo hacen, pero siempre en actitudes relajadas, relacionadas con el amor o con la vida casera.

La casa, como dice el autor, «es la encarnación de la comunidad ideal, jerarquizada y solidaria, y a la vez del recogimiento individual». Es llamativo que los pintores flamencos de esta época dirijan su mirada precisamente el ámbito de la casa, apreciando más los interiores que los exteriores. No hay escenas de batallas, ni de guerras (a pesar de que las sufrieron largamente) sino que es esa vida doméstica la que les atrae, reposo del guerrero y del viajero. Dominio femenino, su universo y campo de acción. Ellas se ocupan de la casa, la alimentación y la educación de los hijos, por lo que suelen ser instruidas, y podemos observar una gran cantidad de pinturas en las que las mujeres leen libros, cartas, o las escriben, igual que enseñan a sus hijos.

En general, las escenas que nos presenta la pintura holandesa del XVII representan a la gente disfrutando de lo que hacen. Y los pintores también parecen disfrutar reproduciéndolo. Como dice el autor, no podemos dejar de verlos como un himno a la vida: «la pintura holandesa no niega las virtudes y los vicios, pero los trasciende en alegría ante la existencia del mundo».
Desfilan por estas páginas pintores como Gerard Ter Borch, Vermeer, Jan Steen, Frans Hals, Judith Leyster (la única mujer cuyo breve pero intenso paso por la pintura es altamente destacable en este género), Gerard Dou, Gabriel Metsu, Pieter de Hooch, Frans van Mieris…y de modo inevitable, Rembrandt. La figura de Rembrandt se extiende poderosa sobre todos ellos, pero realmente no llegó a pintar cuadros que pudieran calificarse como género cotidiano, aunque sus discípulos sí lo hicieron. Hay muchas semejanzas entre unos y otros, teniendo en cuenta que todos eran contemporáneos, muchos de ellos se conocían entre sí y habían visto sus obras, y todos estaban interesados en la misma opción pictórica, si bien cada uno le transmitió su visión personal.
En conjunto, un ensayo que reflexiona sobre una etapa de la pintura y que profundiza en la interpretación de obras interesantes, entrañables o sencillamente, magistrales.

Tzvetan Tódorov (Sofía, Bulgaria, 1939) es un lingüista, filósofo, historiador, crítico y teórico literario de expresión y de residencia y nacionalidad francesa dese 1963. Es profesor y director del Centro de Investigaciones sobre las Artes y el Lenguaje, en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNRS), en París. Ha dado también clases en Yale, Harvard y Berkeley. En 2008 le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales por representar «el espíritu de la unidad de Europa, del Este y del Oeste, y el compromiso con los ideales de libertad, igualdad, integración y justicia».

Ariodante
 2013




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