3/10/13

CUNQUEIRO Y SU LITERATURA


LA POÉTICA DE ÁLVARO CUNQUEIRO EN SUS NOVELAS MITOLÓGICAS

Texto publicado en :  http://revista.abretelibro.com/2013/09/cunqueiro-mitologico-ariodante.html

A raíz de la lectura de Un hombre que se parecía a Orestes, se me ocurren unas ideas que podrían aglutinar la obra novelística del autor de Mondoñedo. Cunqueiro no solo escribió novela, sino que cultivaba muchas otras facetas: el periodismo, la poesía, el ensayo, el drama, alternando el gallego con el castellano, con excelentes resultados en ambas lenguas.  Tras leer, además de la ya citada de Orestes, Las mocedades de Ulises, Cuando el viejo Simbad vuelva a las islas, Merlín y familia, y Vida y fugas de Fanto Fantini, podría citar algunas características que tienen estas novelas en común. Lo primero que me viene a la mente: Borges. La imaginación desbordante de Cunqueiro podría asimilarse al torrente literario borgiano, a esa capacidad para conjuntar ficción y realidad, mito y razón. Digamos que un Borges a la gallega o a la española, sí, pero el espíritu de Borges planea sobre toda la obra de este autor. En realidad, más que a la española yo diría que «a la mediterránea». Porque si bien la «galleguidad» impregna la obra poética o la obra periodística, e incluso algunas de sus otras novelas, en éstas prima más el espíritu mediterráneo, grecolatino, diría yo.


La fantasía con que invade al lector cuando se sumerge en una novela de Cunqueiro es, por otra parte, muy peculiar. El discurso imaginario arrambla no solo con lo mitológico, mezclado con lo real, sino también con lo literario. Mezcla ficción con ficción. Mitos con ficciones literarias. Fantasía con más fantasía. Pero trufándola de una serie de detalles reales, que hacen que el lector deba abandonarse por completo a la lectura sin intentar buscar marco alguno de referencia. Hay que dejarse llevar, no tratar de racionalizar demasiado, sino disfrutar del lenguaje, gozar de las múltiples narraciones contenidas en fragmentos, reír con las situaciones y descripciones hilarantes, y no buscar ni profundidad psicológica de los personajes ni tramas cerradas coherentes, ni conflictos morales, que no los hay. Es más, en Un hombre que se parecía a Orestes describe o insinúa toda una serie de situaciones que parece impensable que las plantee con la naturalidad que lo hace. Es chocante como soslaya la moralidad en estas historias, en una época y desde un ángulo político que podríamos esperar lo contrario.  Es ficción de ficciones encadenadas. Retablo de las maravillas. Poética pura. Homérico.

Es decir, que si toma como base un mito griego, como en este de Orestes, mezcla personajes medievales, caballerescos, con referencias a la modernidad e incluso a elementos contemporáneos, referencias geográficas o culinarias impensables en Grecia, y sin embargo, el tono general es el de un relato mitológico griego, del que va derivando incontables digresiones, hasta el punto que la historia (y el lector) se pierde en un maremágnum de narraciones, personajes variopintos, historias ¿colaterales? y todo tipo de textos, incluido una pieza teatral que aparentemente nada tiene que ver con el conjunto. Centauros, hombres con orejas de animal, un rey con una pierna que crece y decrece según la época del año y que viaja con un fardo de piernas de repuesto, una infanta recluida en una torre, una mujer que se hace pasar por hombre para ocupar un cargo público…y que se enamora de un criado del viejo rey que tiene una taberna…Y Orestes. Humor cargado se silencios y de alusiones: feliz ironía.
Sin embargo, el lector lo lee con la sonrisa en los labios por el humor ―ironía, a veces demoledora, otras, hilarante― contenido, desbordante, arrollador. Pero también la lectura produce una sensación nostálgica, en ocasiones onírica, irreal…sin abandonar nunca el universo mítico elegido, como en este caso, el mito de Orestes. Mito que transforma, retoca, vuelve del revés, y llegado un punto no sabes si realmente está hablando de Orestes o ha tomado el nombre como punto de referencia para iniciar una larga digresión. Hay que leerle para entenderlo.  

La novela  se divide en cuatro partes, con dos apéndices finales: seis retratos y el índice onomástico. En la primera y segunda parte trata de Egisto y su interminable espera de la llegada del vengador Orestes, llegada vaticinada y anunciada. Egisto siempre alerta, siempre preparado para el ataque,… pero Orestes nunca llega. Ifigenia mantiene una eterna juventud encerrada en una torre; Clitemnestra, como Egisto, envejece lentamente, cuidando sus flores y recordando la barba rubia de Agamenón.  Siempre preguntando por los forasteros, siempre a la espera.  La tercera parte es la dedicada a Orestes, un Orestes muy peculiar, perseguido por la imagen de Electra, perdida entre los sueños. Un Orestes nostálgico y lleno de dudas, envejecido y agotado por su interminable deambular viajero. La cuarta parte incluye, sorprendentemente, una pieza teatral sobre Doña Inés, soberana de Vado de la Torre, contada a Eumón, el rey de Tracia. En el apartado Seis Personajes, narra el final de Orestes, así como el final de Agamenón.

En realidad, no importa tanto la historia como las historias, los cientos de relatos y curiosísimos personajes a cual más complicado y sin embargo ¡tan humanos! Oníricos, prodigiosos, pero reales como la vida misma, aunque las circunstancias, las épocas, la geografía, estén todos mezclados hasta el punto de que, con elementos de distintas procedencias el autor ha construido un edificio imaginario, lleno de múltiples habitaciones y ventanas cada una con una orientación….pero verosímil y creíble, porque el lector ya ha entrado en un mundo fantástico en el que puede esperarlo todo.

Álvaro Cunqueiro Mora (Mondoñedo, 1911- Vigo, 1981). Escritor y cronista, gran conocedor de la gastronomía española. Estudia Filosofía y Letras en la Universidad de Santiago de Compostela entre 1927 y 1934. En 1929 colabora en varias revistas, como Vallibria y Galiza, publicando su primer libro de poemas, Mar ao Norde, (1932), seguido por Poemas do sí e non (1933). Durante la Guerra Civil se refugia en Ortigueira, donde trabaja como profesor en el colegio Santa Marta. En 1938 comienza a publicar en castellano en Pueblo gallego de Vigo, La voz de España de San Sebastián, y el ABC de Madrid. Publica después Elegías y canciones (1940) y también obras de teatro: Rogelia en Finisterre (1941), El caballero, la muerte y el diablo y otras dos o tres historias (1945), La balada de las damas del tiempo pasado (1945), y San Gonzalo (1945).  Desde Madrid colabora en revistas hasta que decide volver en 1946 a Galicia, donde continúa su labor intelectual y su colaboración con los principales periódicos gallegos. En 1964 ingresa en la Real Academia Gallega con su discurso Tesouros novos e vellos, una pieza clásica de la literatura gallega contemporánea. Gana numerosos premios como escritor, (Premio Nacional de la Crítica y el Premio Nadal) y como periodista, el premio Conde de Godó.


Ariodante

26/9/13

OTOÑO BERLINÉS



OTOÑO EN BERLÍN (BEATE Y MAREILE)
EDUARD VON KEYSERLING
Nocturna Ediciones, 2011


Penetrar en el universo que recrea Keyserling es sumergirse en una voluptuosidad decadente y amable, rodeados de color, sombras crepusculares y perfumes campestres de espliego y heno. Es el mundo de la antigua nobleza rural el que reproduce este autor nórdico, que a veces parezca más austríaco que prusiano. Y sobre todo, un mundo en vías de extinción, en el que algunos intuyen su cercano final mientras otros continúan por inercia. El contraste entre esas dos posiciones es lo que se puede apreciar en la obra de Keyserling.

Beate y Mareile es el título original. No es hasta las páginas finales que comprendemos la elección del título español, Otoño en Berlín. En realidad, ambos personajes son arquetipos no sólo de las dos posibilidades de relación con las mujeres: esposas o amantes, sino de la relación entre dos clases sociales, la que va a morir y la que emerge. Y la relación es en ambos casos, cuando menos, incierta.  Mareile, hija del mayoral Ziepe, ha tenido abiertas las puertas del palacio Kaltin, porque desde niña recibió la protección de la baronesa Losnitz, siendo educada junto a Beate. Ha conseguido elevarse socialmente, al menos en apariencia, y es una cantante de fama; sin embargo sus pensamientos y sentimientos siguen siendo los de una mujer del campo. Es significativo el hecho de que, las dos veces que se presenta en Kaltin, no hay ningún coche esperándola, y atraviesa a pie el campo mientras “la hierba caliente y polvorienta crujía bajo sus pies. Olía a ajenjo, enebro, milenrama. (…) La somnolencia bañada en luz de los lugares conocidos de antaño volvió pensativa a Mareile. La lucha por su destino la había alejado tanto de su tierra…”(pág. 29) Mareile derrocha vitalidad y belleza.

Beate von Losnitz es, sin embargo, el contrapunto: la dulce  y callada esposa de Günther von Tarniff, heredero de una tradición de rompedores de corazones femeninos,  enfermedad de la que Günther parece haber sanado. Pero “nuestra época se ha traído su propio demonio”, como murmura Mankow, el guardabosques. Beate –el nombre ya nos indica mucho- está acostumbrada a esperar. “Su rostro estaba pálido, tenía la fina blancura de las viejas razas cansadas de mantenerse en pie durante siglos en las protegidas cumbres.”(pág. 28) La delicada y leve alusión al inminente contacto amoroso con su marido es una imagen bellísima y muy sugerente.

La irrupción de Mareile en la aburrida y rutinaria vida campestre de Kaltin produce un verdadero terremoto. Los hombres, como mariposas nocturnas, revolotear alrededor de su luz, ebrios de deseo. Pero ella no sabe bien lo que quiere. Le gustan los aristócratas pero la seduce un pintor. Günther, que tras unos años de soltería en la milicia, ha desterrado sus correrías y se ha casado con Beate, recuerda sus juegos infantiles con las dos niñas mientras observa la delicada figura de su esposa leyendo bajo los tilos. Las conversaciones entre Günther y Hans Berkow, pintor y amigo,  entre las viejas damas del castillo, entre los sirvientes, todo ello nos es mostrado a modo de pinceladas que conforman un cuadro revelador de los conflictos soterrados, a modo de un estanque de superficie mansa y llena de nenúfares cuyo fondo esconde insospechadas podredumbres.
Tras dos años de matrimonio, inmerso en la tranquilidad doméstica cotidiana, mientras Beate espera con placidez la llegada del primer hijo,  el hombre, el seductor que hay en él, empieza a inquietarse. “De pronto, fue como si Günther percibiera, en esa hora nocturna, que instantes preciosos de su vida pasaban vacíos.” (pág.59). Primero es Eve Mankow la que despierta su pasión, pero el retorno de Mareile a Kaltin, después de separarse del pintor Berkow, rompe todos los diques.
Lectura deliciosa y tierna, aunque también terrible en su significado profundo, esta novela de Keyserling nos vuelve a demostrar su maestría con el lenguaje, que usa como un pintor, y su capacidad para bucear en el alma humana, comparable a un Zweig. Es loable la cuidada edición de Nocturna, con una presentación estética exquisita y una muy destacable traducción de Carlos Fortea.


Eduard Graf von Keyserling (Castillo de Paddern, hoy Letonia, 1855- Munich, 1918), escritor alemán, descendiente de una  antigua y noble familia germano-báltica y primo del filósofo Hermann Keyserling. Inicia estudios en Dorpat, pero a los veintitrés años se ve obligado a abandonarlos, dirigiéndose a Viena a estudiar filosofía e historia del arte. A finales de siglo se traslada con sus hermanas a Munich. Posteriormente quedó ciego como consecuencia de la sífilis que padecía. Se le ha considerado como un exponente el impresionismo literario; las imágenes, luces y colores, sentimientos y sugerencias que despliega nos emocionan como una pintura de C.D.Friedrich o un dulce lieder de Schubert.


Ariodante




23/9/13

HOMÉRICAS


LA HIJA DE HOMERO
ROBERT GRAVES
EDHASA




Los hijos de Homero era el apelativo que se les adjudicaba a los bardos o poetas que cantaban las leyendas y los poemas épicos griegos, las hazañas de los héroes de Troya y de los dioses olímpicos. La obra que nos ocupa hoy, La hija de Homero, tiene diferentes lecturas. No sólo es una novela ambientada en la Magna Grecia,  o sea, en la Sicilia de una indefinida época post homérica,  basada en una reinterpretación absolutamente libre de la parte final de la Odisea, sino que también reflexiona sobre la poesía y los poetas, los narradores y las distintas versiones de los mitos. Y para rizar más el rizo, como Graves era un personaje controvertido, rompedor de moldes y barreras, pone la narración en boca de una mujer, que finalmente resulta ser, según la carga de profundidad que lanza la novela, la poetisa o Hija de Homero, que reescribe la Odisea y le da su toque personal al canto. 
Una princesa elimana, Nausícaa,(Nausicaa=quema de barcos) descendiente de la estirpe troyana, asentada en Sicilia, en Erix, el extremo occidental de la isla, nos narra en el prólogo la historia de su pueblo y de su familia; y nos avisa de que ha escrito un poema épico basándose en los dramáticos sucesos que nos narra a continuación.

Hay dos maneras de afrontar esta novela: una, desde la ignorancia de la historia de Ulises, narrada por Homero en la Odisea, y entonces disfrutar de una narración que te atrapa desde el primer momento y que tiene su intriga y su sabor griego. La otra, desde el conocimiento homérico, con una gran dosis de tolerancia y de humor, y entonces disfrutar de la novela como si de un juego se tratara.
Cabría una tercera opción: indignarse con Graves, y cerrar el libro cuando uno se da cuenta del calibre herético de lo que nos está contando. Pero creo que esta opción es la menos recomendable.
La novela está muy bien escrita, implica un dominio absoluto de la mitología griega, incluye varias narraciones internas y variaciones de otras narraciones, imagina una Odisea distinta y atribuye la que conocemos a Nausícaa, la protagonista, que no es la hija del rey Alcínoo y la reina Arete, del país de los feacios, donde recala Ulises y recibe ayuda para llegar a Ítaca, sino la hija del rey Alfides, hermana de Laodamante, de Halio (desterrado por su padre), el joven Clitóneo y el niño Telegonio.

Todo empieza porque la esposa de Laodamante, aburrida y sin hijos, le pide a su esposo que le traiga un collar. Y a partir de su marcha, comienzan a ocurrir toda una serie de desgracias: el rey parte a Grecia en busca de noticias de su hijo mayor, después de meses sin noticias, el regente, Méntor en qué se ve de contener a los enemigos del rey que abusan de la hospitalidad de palacio y pretenden casarse con Nausícaa (que, cual Penélope, les va dando largas), Clitóneo, cual Telémaco, tampoco puede enfrentarse a tanto enemigo, el patrimonio de palacio va disminuyendo, y las cosas se complican. Pero Nausícaa tiene un encuentro en la playa con un héroe desconocido, Etón, en el que deposita sus esperanzas (y del que se enamora perdidamente), y con el que, tras el asesinato de Méntor y de Laodamante, Nausícaa y Clitóneo traman un plan para conseguir la venganza y salvar a la familia de la vergüenza y el oprobio al que se ven sometidos. El premio será el lecho nupcial, lógicamente. Y el plan no es otro que repetir la historia de cómo Ulises –en este caso, Etón- tensó el arco y mató a los pretendientes.
En el capítulo final Nausícaa nos cuenta cómo se sirvió de tales sucesos y de otros textos clásicos, reinterpretados, para escribir un poema  que resultó ser la Odisea.

Antes hemos hablado de otras posibles lecturas, pero yo dejaría de lado los intentos de Graves de introducir nuevas tesis mitológicas y disfrutaría con la lectura, como si de un juego se tratara. Esta reescritura de Homero puede sonar a herejía, si se toma como un ensayo sobre mitología o como una revisión del poema, y si el lector tiene inclinación clásica; otros pueden encontrar la idea como feliz y apropiarse dichas tesis. Yo considero que lo mejor es tomarlo como una simple fabulación en la que se riza el rizo y se juega con las historias míticas y con los personajes, dando explicaciones alternativas posibles, cambiando los nombres y alterando los papeles, como si de un juego de las sillas se tratara. Todo el mundo ocupa el lugar del otro hasta que finalmente uno queda en pie y sin silla. Y me inclino por pensar que no es Homero el que se ha quedado sin silla.


Robert Graves (Londres, 1895- Deiá, Mallorca, 1985) escritor, poeta, erudito e investigador de la mitología griega británico afincado en España en sus últimos años. Graves se educó en la escuela Charterhouse ganando una beca para la Universidad de Oxford), donde prosiguió sus estudios. Participó y fue herido gravemente en la I Gran Guerra. Publicó su primer libro de poemas en 1916. Obtuvo una plaza en la Universidad de El Cairo, adonde se instaló con su esposa, sus hijos y la escritora  Laura Riding, con la que fundó la editorial Sizin Press. Allí conoció y trabó amistad con T.E. Lawrence, sobre el que escribió su Lawrence y los árabes
En 1929 descubrió Deiá (Mallorca), pero hubo de salir de allí al comienzo de la Guerra Civil española.  Tras la guerra mundial, se instaló definitivamente en Deiá,  y en 1950 se casó con segunda mujer. Y allí escribió sus obras más famosas, entre su extensa producción. Destacó, además de sus novelas de tema mitológico griego e histórico romano, por sus heterodoxas interpretaciones de la mitología, expuestas, sobre todo, en La Diosa Blanca, y Los Mitos Griegos. También es conocido su interés, en los años cincuenta y sesenta, por los hongos alucinógenos y lo que se ha venido en llamar enteogenia (entheos=dios adentro), significando con ello los trances poéticos, la posesión divina, la inspiración artística (inducida, suponemos, por la ingestión de un cierto hongo). Llevó una vida nada convencional, muy propia de un poeta, que era como él se consideraba a sí mismo.


Ariodante.




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