16/4/10

SOY LEYENDA/ RICHARD MATHESON


Richard B. Matheson (Allendale, New Jersey, 1926), novelista y guionista estadonunidense de origen noruego, especializado en temas de ciencia ficción, terror, fantasía, creció en Brooklyn y tras participar como soldado en la II Guerra Mundial, se licenció en Periodismo por la Universidad de Missouri, trasladándose a vivir a California, donde se casó y tuvo cuatro hijos, tres de los cuales también son escritores y guionistas. Considerado por Ray Bradbury como “uno e los mejores escritores del siglo XX” .Guiones destacados suyos son los de las películas El increíble hombre menguante, la serie Dimensión desconocida, y el de la primera película de Spielberg, El diablo sobre ruedas, basado asimismo en uno de sus relatos.
Hay varias adaptacionesde esta novela al cine, de las que habría que destacar: la primera, una producción italiana del 1964 en la que Vincent Price protagoniza el papel de Neville, en este caso rebautizado como Dr Morgan, y cuyo guión, con algunos cambios, lo escribió el propio Matheson, aunque bajo seudónimo. En 1971 hubo otra película, titulada The Omega man, protagonizada por Charlton Heston, una producción deleznable que se aleja bastante de la obra introduciendo elementos satánicos e imágenes muy al uso en aquellos años. Finalmente, tras un frustrado intento de Ridley Scott en los noventa, en 2007 se estrenó la última versión protagonizada por Will Smith, para darle el toque afro y multicultural, dirigida por Francis Lawrence, trasladando de Los Ángeles a Nueva York los escenarios. Si bien tampoco ésta es completamente fiel a la novela, las imágenes de la desolada ciudad vacía son realmente impactantes.

La novela Soy leyenda, se publicó en 1954, en plena guerra fría. Se ha convertido en un clásico, no sólo inspiradora de cine, sino de otras novelas, como podría suponerse de La carretera, de Corman MacCarthy, cuyo eco es sonoro aún en sus páginas. Situada en un futuro no muy alejado, entre los años 1976-79, y ubicada en Los Ángeles, (aunque podría ser cualquier ciudad) su tema central es la de la lucha por la supervivencia de Neville; un único hombre inmune tras una guerra bacteriológica que afecta a la población mundial, infectada por una bacteria que les convierte en vampiros, en muertos vivientes, con todos los síntomas clásicos, y alguno añadido, ya que la cruz ahuyentadora se amplía a cualquier símbolo religioso, según las creencias de cada hombre antes de pasar al estado de muerto viviente.La narración en una aséptica tercera persona nos va contando escueta y fríamente, con frases cortas, la vida rutinaria de este hombre solitario, su tristeza, sus miedos; su vida al día, sin futuro; sus recuerdos, mediante la introducción de capítulos rememorando el cercano pasado y cómo la enfermedad fue minando la población, incluyendo a su hija y a su mujer, cómo sufrió cuando su mujer le visitó como vampiro, y cómo hubo de acabar definitivamente con su cuerpo. Neville sufre el acoso diario, desde hace tres años, de todos aquellos muertos vivientes, que por las noches atacan sin piedad su casa, convertida en bunker y protegida por ristras de ajos y cruces, y que cada mañana tiene que reparar, y quemar todos aquellos cuerpos que han quedado en el suelo, restos de la orgía nocturna.
En sus rutinas, surge un día algo diferente: aparece un perro. La emoción con la que advierte su presencia y le intenta atraer con comida, el entusiasmo con que celebra que el perro esté vivo, haya sobrevivido a la epidemia, la compañía que le supone un simple animal, le hace revivir, y retomar sus investigaciones sobre la enfermedad, le proporciona una esperanza de que haya alguien más, que no esté solo. Neville, que a pesar de no tener estudios específicos se ha ido documentando sobre la enfermedad y experimentando con los cuerpos que recogía, tratando de comprender, de buscar un antídoto, de aislar la bacteria. Pero sin llegar a nada.
El perro finalmente está infectado y muere, produciéndole un dolor inmenso, porque con él no sólo muere un animal, muere una esperanza. La cordura de Neville se tambalea, sufre accesos de cólera, de rabia, de tristeza inaudita, siente deseos de morir, no encuentra sentido a su vida, y sobre todo, necesita desesperadamente compañía: lo que menos soporta es la soledad.Más tarde aparece una mujer: Neville duda, ella parece huir, amedrentada. Finalmente se la lleva a casa, sucumbiendo ante la inmensa necesidad de hablar con alguien, tener a alguien al lado, y finalmente, de amor. A pesar de sus dudas y su pesimismo, no puede evitar bajar la guardia con ella, y dejar para el día siguiente la prueba de su posible infección. Ella le cuenta la verdad, finalmente: un nuevo grupo humano ha mutado, no en vampiro, sino en una clase de humano infectado pero controlando la enfermedad, una humanidad afectada pero viva, una humanidad manchada, portadora del mal, cual pecado original, que sobrevive y poco a poco va acabando con los vampiros definitivamente. Pero ante esa nueva humanidad, Neville es un extraño: un humano diferente, perfecto, inmune. Un peligro. Era para ellos un monstruo terrible y desconocido, una malignidad aun más espantosa que la plaga.(...)Neville miró a los nuevos habitantes de la Tierra. No era como ellos. Semejante a los vampiros, era un anatema y un terror oscuro que debían destruir.(...)Soy leyenda.


11/4/10

LOS INFORMANTES / J. G.VÁSQUEZ

Reseña publicada anteriormente en: http://libros.ciberanika.com/letras/v/p04903.htm

Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973), escritor, traductor, ensayista y crítico literario, autor del libro de relatos Los amantes de Todos los Santos (2001), de dos novelas, Los informantes (2004) e Historia secreta de Costaguana (2007, Premio Qwerty a la mejor novela en castellano, Barcelona, y premio de la Fundación Libros & Letras, Bogotá) y de una breve biografía de Joseph Conrad, El hombre de ninguna parte (2007). Ha traducido obras de John Hersey, Víctor Hugo, John Dos Passos y E. M. Foster. El ensayo que nos ocupa, “El arte de la distorsión” ha ganado el Premio de Periodismo Simón Bolívar. Es columnista de El Espectador, de Bogotá, aunque desde 1999 vive en Barcelona, después de haber estado viviendo en París y en Las Ardenas, Bélgica, en un voluntario alejamiento de su país natal, que él no quiere llamar exilio, sino inquilinato.

Esta es una novela un tanto complicada, por su estructura, aunque los temas que baraja son simples, eternos: las relaciones humanas, las de padre-hijo, las de los amantes, la posición ante la vida y la muerte...Está dividida en cuatro secciones: la vida insuficiente, la segunda vida, la vida según Sara Guterman y la vida heredada. Y una postdata a modo de epílogo. Y en cada una nos va mostrando un aspecto de los hechos en la vida de su padre y por tanto, de la suya, ya que el protagonista, que se llama Gabriel Santoro, como su padre, va modificando su visión de la vida según se modifica la información que consigue, por distintos medios. Su padre guarda un secreto inconfesable y muere con él. Pero alguien más conoce los hechos, y la investigación que Gabriel hijo lleva a cabo para escribir su libro sobre Sara y sobre el exilio alemán, va arañando la realidad hasta que empieza a rastrearse otro mundo, oculto tras la aparente simplicidad del primero, como el pentimento aparece en una pintura a través del tiempo.

El escenario es el exilio alemán en Colombia, en los años de la II guerra mundial, las diversas actitudes adoptadas por los exiliados, tanto para salir de su país como para establecerse en Colombia y qué relaciones entablan con los colombianos: unos se casan y tienen hijos, otros se marginan, otros crean negocios, etc. Esta sería la fachada: entre bambalinas circula otro tema, la colaboración, la denuncia. No sólo de los exiliados, sino de los propios colombianos. De ahí el nombre: los informantes.

Vásquez es un conradiano irremisible, y también es lector de W.G. Sebald y de V.S. Naipaul. También nos trae reminiscencias de la obra de Ian MacEwan, Expiación, en la que se trata de una segunda oportunidad, de un intento de reparar una traición; así como la novela de Philip Roth, La mancha humana, que también trata algo similar; aunque, aparentemente, esta obra no nos remita directamente a Conrad, en cierto modo a mi me recuerda a algunos de sus personajes, con una traición, una culpa en su interior que no les deja vivir normalmente y que cualquier motivo les hace rememorar su pasado, que intentan silenciar u olvidar pero que vuelve a emerger, como los cadáveres en el mar. Por un lado tenemos la culpa. Por otro, la memoria: y aquí veo el eco de Sebald. La memoria de quienes no vivieron la debacle pero nacieron en ella, y tratan de comprender y de asimilar el recuerdo, que no es su recuerdo, sino el recuerdo de generaciones precedentes, de sus antepasados. Por otro más, el intento de reparación: MacEwan y Roth. Y por último, el exilio: y la resonancia de Naipaul, e incluso de Conrad. Ambos escriben en países ajenos, en una lengua ajena, aunque sea por libre adopción, pero viven esa situación de amor/odio, aceptación y rechazo; sufrimiento y soledad, en suma.

El autor introduce un protagonista, un escritor, posible alter-ego, que cuenta en primera persona su historia, y desde el comienzo vemos que tiene una fuerte ligazón con su padre, ya fallecido, un padre cuya figura es importante socialmente, un distinguido abogado, profesor de oratoria, un padre que ha exigido a su hijo un nivel desproporcionado, sin olvidar el detalle de la mutilación paterna, símbolo e icono de la delación, de la traición.

Por otra parte, hay otro personaje, femenino éste, que juega el papel materno, ya que la madre del protagonista falleció muy joven. Y este protagonista femenino es una judía alemana exiliada con su familia en Colombia, amiga de su padre y de su familia. Sara Guterman representa la memoria, porque guarda dentro de sí nítidos recuerdos de lo ocurrido, impactada por los hechos que hubo de conocer.

Y se produce una trama de interrelaciones de amigos, amantes, padres-hijos, que resulta un tanto complicada y a veces difícil de seguir. Pero atrae mucho la tensión generada entre padre e hijo, los misterios, los malentendidos, el ataque y su marca, el azar del accidente y otras circunstancias que aliñan la narración.

El autor usa distintos medios para ir relatando los hechos, haciéndonos cambiar nuestra opinión conforme vamos recibiendo nueva información, al mismo tiempo que el protagonista. Se refiere a su novela como si nos hablara desde fuera de ella, como si todo fuera una conversación real, mezclando los niveles de ficción y temporales. Utiliza las transcripciones de grabaciones que Santoro junior le graba a Sara; introduce una conversación telefónica con Angelina, la amante de su padre y última en verlo; también la entrevista televisiva en que Angelina implica a su padre. Hay todo un entramado de delaciones, de muy diversa índole, incluyéndose Santoro como último delator al escribir el libro sobre su padre. Y un intento de redención final en su entrevista con la víctima, que surge de entre los desaparecidos para tratar de responder preguntas que no tienen respuesta.

4/4/10

COSIENDO RECUERDOS

Acabo de terminar la lectura de un libro que me ha causado honda impresión. No sólo por la novela en sí, de muy buena factura, y cuya reseña publicaré en su momento. La obra me ha calado porque, por diversos motivos, ha tocado varios hilos de mi memoria. Se titula El tiempo entre costuras, y la escribe María Dueñas. Esta autora, nacida una década después de mi nacimiento, no ha podido vivir directamente aquellas cosas que cuenta, aunque sus padres probablemente sí. En mi caso tampoco he podido vivirlo, pero en mis años infantiles, sí pude respirar una parte del ambiente que se relata en la novela. Y la otra parte la escuché una y otra vez de labios de mis padres y abuelos. Y la lectura me ha evocado esas imágenes de mi niñez, de oscuridades, silencios, miradas, años de potajes y de torrijas. Años de aprovecharlo todo, de ahorrar, de estirar faldas y mangas para que sirva la ropa del año anterior, cambiar cuellos para seguir usando la misma camisa, zurcir calcetines y coger puntos en las medias.
Así han aflorado a mi memoria las jornadas costureras de mi madre y abuela, grandes amateurs, que se reunían con mis tías a coser en días fijos, dirigidas por una costurera profesional, la típica viuda enlutada con gafas de cerca, y peineta en el blanco pelo recogido en un moño en la nuca. Angelita, se llamaba. Y ese día mi familia desplegaba retales, hilos, patrones, tijeras y jaboncillo y se lo pasaban en grande repasando la ropa familiar y dándoles un “repaso” a otras que no eran ropas precisamente. Yo merodeaba por allí, a saltitos, y escuchaba chismes hasta que me hacían salir si alguno pasaba de castaño oscuro.


Marruecos ha sido otro de los recuerdos resurgidos con el libro .Concretamente, Tánger y Tetuán. Visité ambas ciudades en 1980 y viví allí no como turista sino como residente, ya que me hospedaron amigos marroquíes en su casa, pude compartir con ellos comidas, charlas, paseos, excursiones, y ver cómo vivían por dentro y por fuera, ayudando a cocinar el tajine y probándome el kaftán y el khol en la alcoba. El sonido de la llamada a la oración al alba, escuchado desde mi cama, apenas despuntando el día. El fuerte olor a especias, al té de menta, las torvas miradas de los hombres enchilabados bajo sus capuchas, las mujeres tapadas recorriendo la medina por sus callejas laberínticas, la visión de la costa española desde el otro lado del Estrecho, mientras el viento de Levante soplaba fuerte y vigoroso. Todo ello me lo ha avivado la novela.
Lisboa es otro recuerdo más: visité por primera vez esta preciosa y a la vez melancólica ciudad en 1975, apenas triunfante la revolución de los claveles, con la alegría en las calles y las paredes inundadas de carteles políticos, esperanzados y novedosos. Se respiraba libertad –veníamos de la España franquista- nada más bajar del Lusitania Express, tras toda una noche de traqueteo, en la Estación de Santa Apolonia. En la gran avenida Da Liberdade, en la Praça Rossio, el ambiente era de festejo y alegría, aunque en los barrios se percibiera ese sabor de saudade. Desde el Castelo se podía ver toda la ciudad en su movimiento, recibiendo el viento del Atlántico y mirando al gran estuario del Tajo desde la Praça do Comerço. Volví en otras ocasiones, y siempre me resultó agradable, con un punto de tristeza, pero amable y bonita.
Y finalmente, Madrid. El Madrid que yo recuerdo y muy cercanamente, no es el de la novela, por supuesto; pero sí lo son algunos establecimientos que cita, como el restaurante Embassy, donde disfruté de la compañía de amigos y buena mesa. Otros, como el Palace y el Ritz, donde también degusté un delicioso servicio de té en buena compañía. Y calles cercanas a mis varias residencias madrileñas: Núñez de Balboa, Zurbano, Almagro, Hermosilla...Incluso alguien muy particular que conocí en mis años madrileños podría haber sido perfectamente uno de los personajes femeninos del libro.
Por todo ello probablemente mi lectura no ha sido objetiva, me he sumergido en la historia por completo porque me reconocía dentro de ella, reconocía ambientes y personajes, y he pasado unos momentos inmersa en un pasado que, para bien o para mal, forma parte de mi memoria. Y desde aquí agradezco a la autora haberme proporcionado tal placer.

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