24/12/10

NAVIDAD, DULCE NAVIDAD

Otro año más y vuelve la Navidad: días de mucho movimiento, viajes, reencuentros familiares, regalos, comidas especiales, en fin, lo que hacemos los humanos que cuando no tenemos complicaciones, las buscamos...para luego quejarnos de que estamos muy ocupados. Pero siempre acabamos yendo de compras, cocinando extra, ...y comiendo probablemente de más.

Este año recibo un regalo navideño muy especial: mi hijo pone fin, con el último examen superado, a los años de carrera.  Supone un cierre y una nueva puerta abierta al futuro.  Futuro que se presenta difícil, pero cuando uno es joven y está sano, lo ve todo con otros ojos.
Así que a la vez que lo celebramos en casa con la familia, quiero haceros partícipes, a todos los que leéis estas letras, de mi satisfacción y gozo.

Dejemos para más adelante otras preocupaciones, que llegarán, por descontado: la vida es un eterno y continuo ocuparse y preocuparse, en el fluir cotidiano de nuestros trabajos y nuestras metas.

Y saludemos al año que entra, con la mirada puesta en nuevos recorridos y tratando de mejorar nuestras vidas y hacer reales nuestras ilusiones.
¡Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo!

20/12/10

VIAJANDO POR EL PELOPONESO

Reseña publicada en: http://www.elplacerdelalectura.com/2010/12/mani-patrick-leigh-fermor.html

MANI. VIAJES POR EL SUR DEL PELOPONESO
PATRICK LEIGH FERMOR
(Mani. Travels on the Southern Peloponese, 1958)
Trad.: Agustina Luengo
Ed. Acantilado


El libro que nos ocupa, Mani, es, ante todo, el resultado de una investigación profunda y detallada sobre el mundo griego, aunque tomando como base o punto de partida esa esquina, ese pequeño cono del Peloponeso, al sur de Esparta, llamada Mani. Recibe su nombre del castillo de Mani o Maina, le Magne, construido en 1248 por Guillermo II de Villehardouin, cuarto príncipe franco de Morea, que fue tomado por Bizanzio y se convirtió en un baluarte del imperio, del que el autor encontró sólo memorables ruinas.
Muchos han leído sobre la Grecia clásica, algunos han estado sobre el terreno en visita turística, pero sólo una pequeña minoría conoce tan al detalle el terreno que pisa como Leigh Fermor. Y es que el autor lo ha recorrido durante años, paso a paso. Ha charlado con sus gentes, bebido sus vinos resinosos, escuchado sus historias e impregnado de su espíritu.

Patrick, Paddy, Leigh Fermor (Londres, 1915), escritor e historiador británico, cuya participación como soldado fue decisiva en la Batalla de Creta en la II Guerra Mundial,  es, ante todo, un viajero empedernido, y, como buen británico, apasionado por el mundo griego y el Mediterráneo. Con sólo dieciocho años, a finales de 1933, cruzó Europa caminando hasta Estambul, adonde llegó el primer día de 1935. Desde allí se recorrió toda Grecia de norte a sur. Viaje muy fructífero, le proporcionó material para una buena cantidad de textos, aunque fueron escritos tiempo después. La guerra estalló cuando se encontraba en Moldavia, uniéndose inmediatamente a la Guardia Irlandesa y siendo destinado a Albania y Creta, donde realizó una labor memorable que incluso fue llevada al cine. La mayoría de sus escritos versan sobre sus múltiples periplos.

El autor escribe, efectivamente, un libro de viajes; en cada capítulo nos describe sus desplazamientos, a pie, en burro, en autobús o en barca. Sin embargo, es un libro de viajes muy singular: además de contarnos cómo lo reciben en cada pueblo, cómo charla con pastores o con campesinos, lo que le ofrecen de comer y el calor que hace,  habla de muchas otras cosas. Supone todo un ensayo sobre una civilización perdida: sus múltiples disgresiones sobre las variantes lingüísticas, comparando palabras en sus  distintas expresiones de otras partes de Grecia –por ejemplo, la evolución de la palabra  centauro, de kentauros a kantzaros y de ahí kallikantzaroi, suerte de seres mezcla de humanos y animales del imaginario popular, así como la presencia de gorgonas,  nereidas, moiras, es continua. Estas investigaciones están íntimamente ligadas a la mitología, viva en las tradiciones populares de este rincón arcaico, que por sus condiciones geográficas, aislado por un macizo montañoso –el Taigeto- y limitado por el mar, le permite ser la primera parte de Grecia que se independiza de los turcos. La historia de las familias desde los tiempos clásicos, el medioevo, hasta la actualidad; las migraciones a Córcega y otros lugares, como la de la familia Stefanopoli, la relación con Napoleón, con los turcos; las luchas endémicas –vendette- entre clanes locales. Todo en Grecia es cautivador y gratificante –nos dice el autor- Apenas hay un peñasco o un riachuelo sin una batalla o un mito, sin un milagro, sin una anécdota lugareña o una superstición.
Uno de los objetivos de esta obra, -que, según Leigh Fermor es lo opuesto a una guía viajera- es transmitir al lector interés, curiosidad, placer o entusiasmo; el segundo es contextualizar y describir a los actuales griegos de las montañas y de las islas en relación con su hábitat y su historia, -pensemos que estos textos se publicaron en 1958, pero se gestaron años antes-  procurando descubrirlos en aquellas regiones en las que las malas comunicaciones o el aislamiento que ha mantenido sus tradiciones incólumes. Y creemos  que ambos objetivos son alcanzados con largueza por el autor.

Es francamente abrumadora la cantidad de información  ofrecida en este libro, y lo variado de ella, ya que lo mismo nos diserta largamente sobre historia de una pequeña población, remontándose siglos y siglos atrás, y relacionándola con otras pequeñas poblaciones cercanas, como sobre costumbres y tradiciones ancestrales, diferentes del resto de Grecia, y específicas de Mani. Destaca su carácter hospitalario: muchas cosas en Grecia han permanecido invariables desde los tiempos de la Odisea- nos dice-y quizá la más llamativa de todas sea la hospitalidad para con los forasteros. La llegada a un pueblo o una granja se asemeja mucho a la de Telémaco a los palacios de Néstor.
Nos relata, asimismo, mitos en sus distintas y curiosísimas versiones locales, y la evolución a través de la historia de los nombres referidos a ellos o derivados de ellos, su mixtura con las imágenes religiosas procedentes del cristianismo, la conversión de deidades clásicas en santos cristianos. Según el autor, la Iglesia cristiana fue el último gran logro de la cultura clásica griega. Los mirologia o  cantos fúnebres, son una muestra casi única de la lírica popular maniota. Los funerales eran un verdadero espectáculo al que el autor tuvo ocasión de presenciar y admirar, transportándole a la antigua literatura griega: el lamento de Andrómaca ante el cuerpo de Héctor.

Asimismo, en ese afán por hollar con su propio pie allí donde los héroes homéricos habían pisado, o en ver con sus propios ojos sagrados lugares ancestrales, el autor mismo bucea en una cueva submarina, en Marmari, la punta del extremo sur de la península, buscando la entrada al Hades, situada legendariamente en ese preciso lugar: la luz submarina proveniente de la distante boca de la cueva –nos dice-  hace que un intruso tenga la sensación de estar nadando a través del corazón de un colosal zafiro cuando, cubierto de fosforescencias, se zambulle en las frías profundidades. Allí abajo se encuentra el camino  hacia el río de los espectros y el horrible perro de tres cabezas (...) los oscuros campos y las amplias y tristes salas de Perséfone; el mundo gris en el que el fantasma de  la madre de Odiseo se desvanecía una y otra vez en los brazos de su hijo, como  la sombra de un sueño.

Libro imprescindible para el interesado en el tema griego, y a la vez altamente ilustrativo y entretenido para el lector curioso; fruto de la encomiable labor investigadora del autor y de su amor por Grecia, la clásica y la moderna.

14/12/10

CHAPLIN VIAJERO

MIS ANDANZAS POR EUROPA /  CHARLES CHAPLIN
Prólogo: Luis Alberto de Cuenca
Trad.: Arturo Gonzalo Aizpiri
Ed. Evohé / El Periscopio

 Un pastel de carne y riñones, gripe y un telegrama. Con estas tres razones justifica Chaplin su decisión de volver a Europa y son las razones con las que comienza su texto, mitad autobiografía, mitad relato de viajes, diario, un poco de todo.
Charles Chaplin, (Londres,1889-Vevey,1977) conocido mundialmente por su personaje Charlot, el vagabundo, fue un artista polifacético y un hombre excepcional: actor de teatro y cine, director, guionista, y compositor musical de sus propias bandas sonoras, mujeriego, viajero, inquieto por la situación social de los desfavorecidos, trabajador incansable y renovador de los hábitos del naciente cinematógrafo. Hijo de una pareja de artistas de variedades, a los cinco años debutaba en el escenario haciendo una imitación. Vivió penurias económicas y penalidades familiares, pero en 1898 ya era un experimentado actor, haciendo giras por pueblos con un grupo de chavales. En 1906 trabajó en un circo, y posteriormente en una compañía de pantomima donde coincidió con Stan Laurel. Tres años más tarde hizo una gira por París y posteriormente por EEUU. En 1913 se incorporó a la productora Keystone y llegó a Hollywood, comenzando a trabajar en su primera película, Charlot periodista (Making a Living); el mismo año rodó treinta y cinco cortos.
Dos años más tarde ya dirigía y escribía sus propios Films con la productora Essanay, disparándose su fama. Poco a poco fue creando el personaje de El vagabundo, popularizado en Francia como Charlot por su distribuidor. En el 18, ya completamente famoso y millonario, se casó con una jovencita Mildred Harris, de la que se divorció dos años después. En 1919, junto a Griffith, Fairbanks y Mary Pickford crearon la productora independiente United Artists. Su primer largo fue El chico (The kid, 1921), que fue un exitazo. Y he aquí donde se sitúa el comienzo del libro.

Tras terminar la película y estrenarla con multitudinario éxito, agotado, contrae una gripe. Para reponerse de ella, es invitado por el escritor Monty Glass a su casa de Pasadena y se le sirve de cena un pastel de carne y riñones, plato británico por excelencia.  Después de disfrutar de una velada deliciosa, reconfortado por sabores que le recordaban a su patria natal, llega a casa y se encuentra un telegrama de Londres con la sugerencia de que su presencia en el inminente estreno de El Chico sería un golpe de mano. Resultado: decide inmediatamente tomarse unas vacaciones y presentarse en Londres, y de paso, dar una vuelta por París, Berlín y si fuera posible, Rusia. En realidad no llegó a tanto, sólo hasta Berlín.

Y como resultado de ese viaje vacacional, en olor de multitudes y aclamado en su patria casi como héroe nacional, Chaplin escribe un reportaje entrañable, pleno de simpatía y emotividad, impregnado de un fino humor, con ese matiz compasivo que en sus películas siempre vemos, que nos da una visión de su efervescente personalidad y sus ideas, deseos y ambiciones. Escrito en un estilo directo, minimalista, casi como un guión cinematográfico. Ante su barrio natal de Kennington, por ejemplo, dice:“Todo está igual aunque quizá algo más deteriorado. Y, sin embargo, no es lo mismo. Estoy viendo todo esto con otros ojos. La edad intentando mirar atrás con los ojos de la juventud. Un deseo corriente, aunque vano”(pág.67).
 El viaje de costa a costa en EE.UU. lo realiza en tren, siempre acosado por periodistas y multitudes de admiradores. Se detiene en Nueva York un tiempo, antes de tomar el barco para cubrir el trayecto transatlántico. Y el trayecto en barco, que él espera relajante y tranquilo, resulta ser una constante lucha para evitar fotógrafos, periodistas y todo tipo de personas que intentan  acercarse al gran Chaplin, para acosarle con preguntas impertinentes.
La llegada a Londres, en parte liberadora del sufrimiento marítimo, le resulta impresionante: multitudinaria, explosiva: es un héroe nacional, cosa que, para el chico de los suburbios que trabajaba en un teatrucho miserable o en un circo y al que trataban a patadas en su infancia, resulta íntimamente un verdadero orgullo inesperado. Pero al mismo tiempo, también es un incordio. No puede estar solo ni un segundo, en seguida le reconocen y le acosan. Y él quiere, necesita un tiempo de soledad para volver a sus recuerdos, pasear por las calles donde aun siguen los mismos establecimientos, algunas de las personas que recordaba ver a menudo, como el viejo mendigo ciego bajo el puente, con “las mismas viejas ropas, un poquito más verdosas por la edad, y el arbusto irregular de sus barbas coloreadas casi como un arco iris, aunque con un sucio gris predominando. (...) Qué símbolo mediante el cual poder contar los años que he estado fuera. Un poco más de verde en su ropa. Un poco más de gris en su barba enmarañada.”(pág.64).

Instalado en el Ritz, siempre rodeado de amigos y colaboradores hollywoodienses, echa en falta conocer a personajes británicos de la cultura: se planta ante la casa de Bernard Shaw, pero no llega a llamar a la puerta. Se da cuenta de que todos los actores americanos que llegan a Inglaterra van a verle, y piensa que debe estar harto de ellos, como él lo está de los periodistas. Chaplin quiere ser distinto...y se va sin conocerle. Sin embargo, sí que le presentan y charla con Barrie, el creador de Peter Pan, en una cena con un grupo de amigos. A Burke, el autor de Limehouse Lights, con quien da un paseo nocturno. Y también recibe una invitación de H.G.Wells para verse en su casa del campo. Con Wells se ve en varias ocasiones y mantienen una relación muy cordial.
Finalmente, abrumado por la ingente correspondencia, (por la cual descubre que tiene seiscientos y pico “parientes” de los que nada sabía, incluidas nueve señoras que reclamaban ser su madre)  visitas, cenas, invitaciones varias, entrevistas continuas, etc., repentinamente decide irse a París. Él es así: cualquier agudeza de percepción que pueda tener es momentánea, efímera. O lo observo todo en diez minutos o se me escapa por completo, -asegura.

París, Hotel Claridge. ¡Qué ciudad! –exclama –es una obra maestra entre las ciudades, la última palabra entre los placeres. Allí se sorprende de que le llamen Charlot. También es recibido por multitudes, y apenas consigue pasar desapercibido por las calles. Visita, cómo no, el Follies Bergère, que recordaba mejor, el Palais Royale, y se va a los Campos Elíseos a renovar su vestuario. Apenas habla francés, por lo que sigue rodeado de su tropa hollywoodiense.

La siguiente etapa es Alemania. Berlín, Hotel Adlon, frente a la Puerta de Brandemburgo. En Alemania no han exhibido sus películas y lógicamente, no le conoce nadie. En cierto modo, le sirve de relax, es una experiencia apacible, aunque en el fondo le perturba este paso radical de las multitudes al anonimato. Por la noche las calles son oscuras y tenebrosas, y es entonces cuando uno recibe la impresión de guerra y la derrota.(pág.134) Se reúne con Kauffman, el director de los estudios Famous Players en Berlín, que le presenta a la actriz Pola Negri, cuya voz le impresiona muy agradablemente, se encuentra con el violinista y compositor  Fritz Kreisler, el abogado Werthauer, en cuya cena se arma un lío con el idioma y comete una infracción algo inoportuna.
En fin, la visita berlinesa no se alarga mucho y vuelve a Londres vía París, esta vez no quiere barco y regresa en avión, haciendo una original llegada aterrizando en una fiesta campestre donde le espera sir Philip Sassoon. Con él hace al día siguiente una deprimente visita a un hospital militar, quedando impactado y compadecido por lo que allí observa.
Hace un último viaje a París, en avión de nuevo, para asistir al estreno de El chico. La recaudación iba a ser destinada a paliar los efectos de la guerra, se había declarado ese día festivo y en la sala estuvo el tout Paris.

La despedida londinense, antes de regresar definitivamente a EEUU, la realiza con su primo Aubrey y algunos amigos, pasando un buen rato en un pub con gente sencilla y amistosa.
Con tristeza parte de Southampton hacia América. Inglaterra nunca me pareció más adorable.-nos confiesa- ¿Por qué no fui allá? ¿Por qué no hice esto o aquello? Hay tanto que me he perdido. Tengo que venir otra vez. ¿Se alegrarán de verme? ¿Tanto como yo lo estoy de verlos a ellos? Eso espero. Mis mejillas están húmedas. Me doy la vuelta y me sacudo la tristeza. No voy a volver a mirar atrás.(pág. 165)


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