15/3/12

PLACERES LECTORES

LOS PEQUEÑOS PLACERES
MIGUEL SANFELIU
Ed Paréntesis, 2011

Hay títulos que ya de por sí nos dicen todo, y este es uno de ellos. Bajo él se agrupa una serie de veintiún relatos, de distinta longitud, algunos muy breves, en los que Miguel Sanfeliu, nacido en Tenerife, pero de familia valenciana y residente en Valencia, nos habla de esos distintos momentos en los que vivimos un placer o un dolor (porque todo placer tiene su reverso). El Placer, así, con mayúscula, como la Felicidad, son conceptos universales: existen, como diría Platón, en un mundo ideal. Pero en la Caverna, este oscuro mundo del día a día, donde vivimos o sobrevivimos los mortales, pálidas sombras del Mundo Ideal, lo que existe son breves momentos de placer o de felicidad, que generalmente suelen ser fugaces, y que precisamente por la brevedad que les caracteriza, los valoramos tan alto. Porque una vida placentera constante sería tediosa, finalmente; es más, llegaría un momento en el que añoraríamos algo de contraste, porque habríamos perdido la noción de su valor. No hay nada más aburrido que esas vidas donde todo sale bien, nadando en riqueza, salud y amor. De hecho, esas vidas no existen. El placer, como el perfume, viene dosificado en frasco pequeño, para que sea verdaderamente intenso. Luego, queda el recuerdo.
 
Miguel Sanfeliu narra distintos momentos en los que capta, como cámara instantánea oculta, retazos de vidas, retazos de situaciones en los que el hombre, el ser humano se ve inmerso de modo cotidiano. En unos nos muestra el amor, en otros el dolor, la vida y la muerte, todo ello extraído con naturalidad de nuestro alrededor, nuestra cotidianeidad. Mirándolo todo, eso sí, con indulgencia. Así, esos padres cuyo hijo resulta ser un asesino, y que aman y odian a la vez que no comprenden qué les ha pasado, en Dolor; esa chica que se llama Libertad y su disfrute está en pasear por cementerios, contagiando al enamorado de su afición, en Reflexiones sobre la muerte; ese tal Edi que se hace pasar por potentado, cuando es alguien muy distinto, en Vacaciones con Edi. El médico acostumbrado a situaciones imprevisibles, inmunizado al dolor y a la muerte en Urgencia; en Remordimiento, dedicada al recuerdo de su padre, el autor nos transmite las sensaciones del anciano que siente lo que no hizo o no pudo hacer y el hijo asiste, impotente, a la decadencia senil; la vieja pareja, dominada por el aburrimiento y el hastío, en Tanto tiempo; sufrimos la tensión del atascado con el coche en plena vorágine del tráfico ciudadano, en El semáforo; y la ansiedad de ese muerto viviente, el padre cuya familia no le reconoce como vivo, y desesperado clama inútilmente en El hombre invisible. El enterrado en vida, que nos recuerda fuertemente a Poe, en Cerrado, o los entristecidos padres oyendo los gritos de su fantasmal hija en La muerta.
El microrrelato La foto pone un drástico broche final a un conjunto que se lee bien, que nos indica el buen hacer del autor, que se mueve holgadamente con el lenguaje, y que atrae con las historias que nos cuenta, con esos personajes que podríamos ser cualquiera de nosotros o nuestros vecinos o amigos. Sin embargo, a pesar de la cotidianeidad de esas historias, en casi todas hay un punto onírico, un hálito, un viento gélido que nos señala otro mundo, quizás a ese platónico ideal, o a otro impredecible y a veces, terrorífico, oculto tras el sofá del saloncito como Bob, el siniestro personaje de David Lynch que aparece y desaparece en Twin Peaks, recordándonos que tras lo cotidiano se esconde el horror, y que en cualquier momento puede surgir, de pronto, como una aciaga aparición. Lectura, pues, recomendable, correcta y cuidada, que Paréntesis nos presenta en la colección Umbral.
 
Miguel Sanfeliu (1962, St. Cruz de Tenerife), tiene entre sus publicaciones, un libro ilustrado por él, Anónimos, (2009) y colaboraciones en libros colectivos sobre cine: Cine y vampirismo (2005), En las ciudades (2009), Ellos y ellas (2010) entre otros, y en revistas literarias como Clarín, Batarro, Narrativas y Standdart. Colabora en el blog de crítica literaria La tormenta en un vaso gestiona un blog personal, Cierta distancia.








8/3/12

¿QUIÉN TEME A LEONARD WOOLF?

LAS VÍRGENES SABIAS
LEONARD WOOLF
Traducción y prólogo de Marian Womack
Impedimenta, 2009

Leonard Woolf (Londres, 1880-1969) ha sido considerado por muchos como personaje literario secundario, siempre en su papel de apoyo de la primera figura, su esposa Virginia, y sin embargo, es un escritor que tiene una larga y consistente obra, sobre todo de ensayo, pero también de ficción, artículos periodísticos, además del trabajo que desarrolló como editor en la Hogarth Press. En la biografía que le dedica Victoria Glendinning le considera como un outsider, como alguien que sobrellevó su condición de judío errante- le llamaban «el rabino» en el grupo de Los Apóstoles, en Cambridge-,  y que se acostumbró a trabajar a la sombra de otros. Al acabar los estudios hubo de ganarse la vida y marchó a Ceilán como funcionario. Es a su retorno, en 1911 cuando comienza a cortejar a Virginia y finalmente la desposa, decidiéndose así a residir en Inglaterra definitivamente. La relación entre Leonard y Virginia fue muy peculiar, altamente intelectual y afectiva, pero poco o nada física. En esta novela podemos vislumbrar algunos de los elementos de esa relación, puesto que el autor se vale de los personajes de Camilla y Harry para ejemplificar los sentimientos que les unían.
Woolf publicó esta obra en 1914, aunque fue escrita entre 1912, ―cuando se comprometió con Virginia, entonces Stephen― y 1913, recién casado, durante el viaje de novios que realizaron por España. En la novela retrata el ambiente que conocía –el que había conocido en Inglaterra, no el de los años de Ceilán, ya reflejado en una obra anterior―, las relaciones personales y de clase social, el ambiente de la época, pero muy directamente cercano a su propia vida. El espíritu de Bloomsbury, grupo al que pertenecieron y del que se rodearon, se trasluce en esta obra. En el tema y en la manera en que está escrita, ese distanciamiento irónico y a veces sarcástico, notamos  muy fuerte la influencia del estilo Bloomsbury, si puede hablarse de ello. Como un aire de familia. El hecho de su diferencia ―el judaísmo―respecto al resto del grupo, hace que mire desde fuera a la sociedad de los «cristianos», las costumbres y modo de ver la vida desde el ángulo imperante en la Britania victoriana.
Las relaciones entre los jóvenes, mediatizadas por la familia, que, vigilante, presidía las reuniones y excursiones, los bailes y las comidas, ejerciendo de carabinas permanentes hasta que los compromisos matrimoniales se hacían realidad. El mundo cerrado de las familias victorianas, el angustioso enclaustramiento de las mujeres en una vida de espectadoras, siempre a la espera del matrimonio o condenadas a la soltería monótona y a las obras de caridad. Es el mundo del cambio de siglo, la Britania Victoriana en franca decadencia, pero aún vigente, al menos hasta la primera conflagración mundial del 14. Los problemas que le preocupan a estos jóvenes son banales, o aparentemente banales: «su virginidad y sus párrocos, su punto de cruz y sus tés». Sin embargo, Harry, el alter ego de Leonard, rompe un poco con los esquemas que se encuentra en las familias y grupos que frecuenta: cree que las personas –sean hombres o mujeres―deben hacer en la vida algo más que vegetar, deben crear. Estamos hablando de una clase media o media alta (que es el mundo de Bloomsbury); clases que tienen resuelta la vida, que se mueven con holgura, tienen sirvientes, vacaciones de verano, casa en las afueras, y se permiten un cierto grado de holganza.

El tema del judaísmo también le preocupa a Woolf, o al menos, flota a lo largo de la novela, brotando aquí o allá de vez en cuando: «un judío sólo es sentimental en lo que se refiere al judaísmo, ya sabes». «Somos duros, buscamos cosas concretas, cosas distintas, las que creemos que merecen la pena». ¿Qué merece la pena? Harry/Woolf contesta: «El dinero, por supuesto. Y a partir del dinero, el poder. El poder de hacer cosas, de influir en la gente. Luego están el conocimiento, la inteligencia, el refinamiento.»Las reflexiones sobre la religión, la literatura, la posición emergente de las mujeres –son los tiempos del feminismo militante-, la confrontación con las costumbres tradicionales británicas, todo es materia de esta obra, que trascurre como un paseo en barca por el río: plácidamente, entre risas y sueños, conversaciones y pensamientos, aunque precipitándose a un final desesperanzado, puesto que implica la imposibilidad de evadirse y de escapar al engranaje social, cayendo atrapados los personajes en todo lo que abominan y están tratando de criticar.
Es una novela en la que el autor mezcla sus íntimos pensamientos,  las interminables conversaciones que probablemente mantuvo con los amigos en Cambridge y con Virginia, sintiéndose siempre distinto, por su judaísmo y por su posición social, ligeramente inferior a la de la familia Stephen y amigos. Fragua una serie de relaciones que forman una red en la que acaba por caer atrapado el protagonista. Incluso presenta a su propia familia de un modo corrosivo y mordaz, lo que le ocasionó un fuerte distanciamiento: su hermana le pidió que no la publicase, su madre recibió un fuerte impacto, y la propia Virginia tuvo uno de sus ataques después de una primera lectura.

Obra que apreciarán más los lectores habituados al ámbito de Bloomsbury, por las connotaciones y las alusiones que se pueden encontrar en ella, quizá sea una novela con ciertos altibajos, y que alarga demasiado algunos diálogos. Lo cierto es que tiene capítulos francamente buenos, como la excursión por el río. Y las conversaciones entre Harry y Camilla, en las que Woolf radiografía de modo casi doloroso su personal relación con Virginia, a la que califica de «dama refinada, infinitamente remota, intangible, cubierta de sedas, encajes  y satenes,  arropada con el mejor lino, y toda rodeada de doncellas». Una venus de mármol, completamente gélida.

La edición de Impedimenta es, como siempre, muy cuidada en cuanto a maquetación y presentación. La traducción de Marian Womack, es, en mi opinión, mejorable. Da la impresión de ser demasiado literal en algunos momentos. El prólogo, sin embargo, es interesante y clarificador.

Reseña publicada en:



3/3/12

CON JULIO VERNE POR LA TIERRA DE FUEGO

EL ÁCRATA DE LA MAGALLANIA
JULES VERNE
Erasmus Ed., 2011

Un canto a la independencia, a la vida natural del hombre, a la organización libre de la sociedad,  es esta novela póstuma de Julio Verne, novela que parece haber seguido una trayectoria problemática en su publicación. El hijo del escritor alteró en gran medida la obra, que fue publicada en España como Los náufragos del Jonathan, y no ha sido hasta ahora que ha visto la luz la versión original del gran novelista francés. Aúna la narración conocimientos geográficos, biológicos, históricos, sobre la zona de la Magallania, ese conjunto de islas y canales marinos entre las últimas puntas de tierra al sur de la Patagonia, al otro lado del Estrecho que lleva el nombre de su descubridor, y resulta un conglomerado interesantísimo y poco usual informe de una zona que habitualmente no suele ser muy tratada en las novelas.
En el estilo que cultivaba Verne, mezclando la documentación casi exhaustiva sobre el espacio y el tiempo del escenario donde van a ocurrir los hechos,  el viejo escritor francés se vale para la narración de unos protagonistas marginales, unos seres solitarios, defensores a ultranza de la independencia y la individualidad humana, como son Kaw-Djer, el indio Karroly y su hijo Halg, aposentados en una cabaña en la Isla Nueva, dedicándose a vagar por las soledades fueguinas cazando, pescando y ayudando en lo posible a los indios autóctonos, pero evitando el contacto con los civilizados occidentales. Pero la civilización acaba por alcanzarle. Y en la disputa por establecer las fronteras entre Chile y Argentina, las autoridades largan sus tentáculos oficiales hasta las mismas puertas de la Tierra de Fuego. Kaw-Djer, el independiente, el hombre libre sin pasado ni futuro, se inquieta.
Hasta que tiene lugar el naufragio del Jonathan, cerca del cabo de Hornos, la acción es apenas irrelevante, simplemente el autor hace una larga presentación del tema, que da comienzo propiamente con el avistamiento del Jonathan en apuros, en las cercanías del cabo de Hornos. Y aún así, la acción se desarrolla con calma, pausadamente, como un reportaje de los hechos imaginados por Verne. No es una novela de aventuras, es una toda una alegoría: una especie de Utopía a lo Thomas Moro o Ciudad Ideal o Nueva Atlántida, una República platónica, en suma: una manera libre de construirse un mini país, sin ligazón a ninguna potencia, desarrollándose por sus propias fuerzas, por medio del trabajo humano equilibrado y bien organizado. Cómo los naúfragos resuelven los problemas iniciales y se aclimatan al territorio, cómo surgen las discordancias, cómo el propio Kaw-Djer, que odia lo que suene a poder y jefatura, es el que, por aclamación popular, ha de dirigir los esfuerzos de los nuevos pobladores de esas tierras últimas del sur. Vemos de qué modo resuelven el problema de la violencia y los grupos antisociales o totalitarios, cómo el gobierno del país, las relaciones con otros países, la distribución de la tierra, la economía, etcétera.

¿Qué ha querido transmitirnos Verne con esta historia? Una especie de alegato contra la socialización impuesta, y a favor de una libre asociación humana. Amargado y alejado de la civilización, sin embargo, el protagonista, Kaw-Djer, ―del que no nos aporta datos sobre su origen y nombre verdadero― se relaciona con los ingenuos y fieles indios y prefiere su trato al de sus antiguos compatriotas, ya que es un hombre que proviene de la civilización, un hombre cultivado y con conocimientos científicos importantes.  Prefiere abandonar ese mundo que le ha educado y vivir como un indígena, en estrecho abrazo con la naturaleza en una de las más alejadas y agrestes zonas del planeta, a cambio de mantenerse impoluto, libre de autoridades ajenas y de dioses en lo que no cree. Pero Verne, que cuando escribe esta historia ya ha vivido mucho, no puede evitar un punto de amargura: la naturaleza humana, aún en las mejores e ideales condiciones, acaba por aflorar sus instintos malvados y crecer la semilla del odio, la ambición, el deseo de poder, etc. Lo simboliza con la aparición de pepitas de oro en la isla Hoste, que origina el derrumbe de todo por lo que durante años habían trabajado duramente. Verne es, finalmente realista, el hombre es así y no se le puede cambiar. Para aspirar a una pureza y una libertad ideales no hay más remedio que la soledad. Y símbolo de ello, además de un resquicio a la esperanza, es la construcción del faro―que podríamos llamar «del fin del mundo»― en el islote del cabo de Hornos, que pone broche final a esta narración/parábola.

Jules Verne (Nantes, 1828 - Amiens, 1905) Escritor francés,  está considerado como uno de los fundadores de la moderna literatura de ciencia ficción. Anticipó con gran precisión en sus relatos fantásticos la aparición de algunos de los productos generados por el avance tecnológico del siglo XX, como la televisión, los helicópteros, los submarinos o las naves espaciales. Escribió, además de las famosísimas Veinte mil leguas de Viaje submarino,, Viaje al centro de la Tierra o La vuelta al mundo en ochenta días,  otras obras de gran éxito como Las aventuras del capitán Hatteras (1866), Los hijos del capitán Grant (trilogía, 1868-1870), En torno a la luna (1870), La isla misteriosa (1874), Miguel Strogoff (1876), Un capitán de quince años (1878), Las tribulaciones de un chino en China (1879), El faro del fin del mundo (1881) y Los viajes del capitán Cook (1896), entre muchas otras novelas que superan el medio centenar de títulos.


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