JULES VERNE
Erasmus Ed., 2011
Un canto a la independencia, a la vida natural del hombre, a la organización libre de la sociedad, es esta novela póstuma de Julio Verne, novela que parece haber seguido una trayectoria problemática en su publicación. El hijo del escritor alteró en gran medida la obra, que fue publicada en España como Los náufragos del Jonathan, y no ha sido hasta ahora que ha visto la luz la versión original del gran novelista francés. Aúna la narración conocimientos geográficos, biológicos, históricos, sobre la zona de la Magallania, ese conjunto de islas y canales marinos entre las últimas puntas de tierra al sur de la Patagonia, al otro lado del Estrecho que lleva el nombre de su descubridor, y resulta un conglomerado interesantísimo y poco usual informe de una zona que habitualmente no suele ser muy tratada en las novelas.
En el estilo que cultivaba Verne, mezclando la documentación casi exhaustiva sobre el espacio y el tiempo del escenario donde van a ocurrir los hechos, el viejo escritor francés se vale para la narración de unos protagonistas marginales, unos seres solitarios, defensores a ultranza de la independencia y la individualidad humana, como son Kaw-Djer, el indio Karroly y su hijo Halg, aposentados en una cabaña en la Isla Nueva, dedicándose a vagar por las soledades fueguinas cazando, pescando y ayudando en lo posible a los indios autóctonos, pero evitando el contacto con los civilizados occidentales. Pero la civilización acaba por alcanzarle. Y en la disputa por establecer las fronteras entre Chile y Argentina, las autoridades largan sus tentáculos oficiales hasta las mismas puertas de la Tierra de Fuego. Kaw-Djer, el independiente, el hombre libre sin pasado ni futuro, se inquieta.
¿Qué ha querido transmitirnos Verne con esta historia? Una especie de alegato contra la socialización impuesta, y a favor de una libre asociación humana. Amargado y alejado de la civilización, sin embargo, el protagonista, Kaw-Djer, ―del que no nos aporta datos sobre su origen y nombre verdadero― se relaciona con los ingenuos y fieles indios y prefiere su trato al de sus antiguos compatriotas, ya que es un hombre que proviene de la civilización, un hombre cultivado y con conocimientos científicos importantes. Prefiere abandonar ese mundo que le ha educado y vivir como un indígena, en estrecho abrazo con la naturaleza en una de las más alejadas y agrestes zonas del planeta, a cambio de mantenerse impoluto, libre de autoridades ajenas y de dioses en lo que no cree. Pero Verne, que cuando escribe esta historia ya ha vivido mucho, no puede evitar un punto de amargura: la naturaleza humana, aún en las mejores e ideales condiciones, acaba por aflorar sus instintos malvados y crecer la semilla del odio, la ambición, el deseo de poder, etc. Lo simboliza con la aparición de pepitas de oro en la isla Hoste, que origina el derrumbe de todo por lo que durante años habían trabajado duramente. Verne es, finalmente realista, el hombre es así y no se le puede cambiar. Para aspirar a una pureza y una libertad ideales no hay más remedio que la soledad. Y símbolo de ello, además de un resquicio a la esperanza, es la construcción del faro―que podríamos llamar «del fin del mundo»― en el islote del cabo de Hornos, que pone broche final a esta narración/parábola.
Reseña publicada en:http://www.la2revelacion.com/?p=2981
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