29/4/13

BODA ARISTOCRÁTICA


PRECIOSO DÍA PARA LA BODA
JULIA STRACHEY
Trad. Laura Salas

Ed Periférica, 2011

En este relato la autora muestra el sello del grupo de Bloomsbury, grupo que frecuentó, aunque como segunda generación. Relato o novela corta, la narración oscila entre lo objetivo y lo subjetivo, si bien tiene más peso la parte descriptiva; lo que se nos describe es un día, y sólo retazos del pasado son evocados en algún momento tanto por la novia, Dolly, como por Joseph, un amigo de Dolly que duda aún sobre su amor por ella. Pero esta es la excusa de que se vale la autora para pintar un fresco de la alta sociedad británica de los años 30, y de una familia enloquecida ―algo que probablemente ella misma conociera en el clan familiar de los Strachey―no sólo por el momento de la boda, sino probablemente porque estaban habituados al caos. La abuela de Julia, Jane Grant, tuvo trece hijos entre manifestación y manifestación sufragista, y dirigió su casa de un modo algo excéntrico, al parecer; su abuelo, Richard Strachey, era teniente general del ejército colonial, por lo que fue la abuela la que hubo de llevar el mando de la casa. No sé hasta qué punto conocería Julia Strachey este ambiente, pero desde luego algo de él puede verse reflejado en la lectura de este texto. Y el sello de la extravagancia es claramente Bloomsburiano.

Hay un lejano eco de La Señora Dalloway, de Virginia Woolf, aunque muy vago: también transcurre en un día, con incisos del pasado que acuden a la memoria de los protagonistas. También hay un antiguo amor que trae recuerdos. Pero nada más. En realidad, el estilo casi se parece más a Stella Gibbons y su serie de Flora Poste. Una especie de esperpento donde la clase alta se pasea por el escenario haciendo extravagancias (la mansión preparada para la boda), pero ni siquiera presenciamos la boda: sólo respiramos el ambiente, los nervios de la novia, los del amigo/amante y los de la madre, la señora Thatcham, que, intentando que todo salga bien, se confunde y coloca en la misma habitación al canónigo Dakin y a la señorita Spoon, cuyo encuentro en el baño crea un hilarante y embarazoso momento. Las dudas e histerias de Joseph,  los nervios de Dolly, que se tira un tintero encima de traje nupcial mientras se atiza unos lingotazos de ron para calmarse; Owen, el novio, entra y sale de escena ajeno a todo, preocupado más por la inclusión de una pequeña tortuga, propiedad de su flamante esposa que se empeña en llevarla en el viaje de novios a Sudamérica.

La boda parece ser uno más de los contratos formales que se hacían entre familias para mantener la posición social,  aunque la decisión,  tomada en un mes antes, haya sido de Dolly, la cual parece una chica que no tiene demasiadas complicaciones mentales. Es un relato  superficial, entretenido, humorístico, pero nada más. Nada del mundo interior de la Woolf.  Podría ser una divertida  comedia si alguien la llevase al cine. En cuanto a la edición, me ha parecido que la traducción, demasiado literal para mi gusto, acentuaba la “britaneidad” del texto.

  Julia Strachey (Allahabad, India, 1901-Londres, 1979) Escritora británica nacida en India, donde su padre, Oliver, hermano del prestigioso escritor Lytton Strachey, trabajó algún tiempo. Julia, sin embargo, pasó la mayor parte de su vida en Inglaterra, donde ejerció como modelo del famoso diseñador de moda Paul Poiret, para más tarde ocuparse como fotógrafa, lectora editorial y editora, formando parte del famoso Grupo de Bloomsbury, al igual que su tío Lytton. Entre 1927 y 1934 aparecieron relatos y reportajes suyos en diferentes medios, y en 1932 publicó, con gran éxito de crítica, Precioso día para la boda. Posteriormente siguió colaborando en numerosas revistas, entre ellas The New Yorker.


Ariodante


BUSCANDO UN NIÑO


EL NIÑO PERDIDO

THOMAS WOLFE

Ed. Periférica, 2011

No sabría si calificar de novela o de relato este texto que la Editorial Periférica ha tenido la magnífica idea de traducir y publicar. En realidad son cuatro relatos engarzados con un eje común: el hermano que el autor perdió por su temprana muerte, a los doce años, de un tifus fulminante. De hecho, Wolfe escribe sobre la muerte de su hermano en El ángel que nos mira, su primera y autobiográfica novela. Él tenía cuatro años y por tanto, sus recuerdos son difusos, pero al parecer la relación con Grover, su hermano, era muy tierna, y ciertamente, a pesar de su corta edad, sintió mucho esa pérdida.

El texto que se nos presenta, El niño perdido, fue publicado en 1937, un año antes de morir el autor, también prematuramente, por tuberculosis. Está estructurado en cuatro partes, presentándonos distintas versiones del recuerdo del hermano querido. La primera es quizá la más emotiva, ya que nos presenta a Grover, o a su espíritu, deambulando por la calle como solía, mirando escaparates, respirando el aire y los aromas del país, y finalmente entrando en una tienda y tratando de comprar unos dulces sin dinero, con unos sellos. Al sentirse insultado, recurre a su padre, que está en su taller de marmolista. Y su padre le apoya, reclamando y recuperando lo que es suyo. Todo vuelve a la normalidad. Ese texto es de una belleza inmensa, lleno de imágenes preciosas y evocadoras, con la alusión al caballo y a la tormenta, a la luz que va y viene, como fluctuaciones del tiempo y del recuerdo. «Grover se giró y pasó junto a la cara norte de la plaza. En ese momento fue testigo de la unión entre el ahora y el para siempre. (…) Y la luz se fue y vino de nuevo a la plaza, y Grover se quedó allí pensando tranquilamente: “Aquí está l aplaza y aquí está Grover, aquí está la tienda de mi padre y aquí estoy yo”».

La segunda parte es la versión de la madre: el recuerdo del viaje en tren que hicieron a St. Louis, con todos sus hijos, para ver la Exposición Universal. La observación del paisaje, que Grover seguía atentamente desde la ventanilla mientras sus hermanos organizaban una barahúnda por los pasillos del tren, y el doloroso recuerdo de su madre. El hijo más amado, es el que desaparece. El texto es nostálgico y entrañable.
En la tercera parte es la hermana Helen, que, dirigiéndose a Thomas a raíz de una vieja fotografía, le va desgranando recuerdos de Grover y de aquel viaje a la exposición, ligado para siempre en su memoria con la enfermedad de Grover y su triste final. El texto en este caso es muy emotivo, muy dramático, transmitiendo los sentimientos de Helen hacia su hermano y tratando de hacerle ver a su hermano más joven los momentos vividos con Grover.

Por último, la propia versión del autor, el benjamín de la familia, que apenas se acuerda de su hermano, pero recuerda la casa y la calle donde ocurrió el triste suceso. Y vuelve, muchos años más tarde, tratando de rememorar las imágenes, los sonidos y olores que es lo que más guarda en su mente. La calle ha cambiado, la casa tiene otro propietario, pero algunas cosas siguen exactamente igual, y el espíritu de su hermano perdido transita por un momento: «El llanto de la ausencia de la tarde, la casa que esperaba y el niño que soñaba. Y a través de la maraña de recuerdos de un hombre, el pobre niño de ojos oscuros y rostro sereno, extranjero en la vida, exiliado de la vida, hace mucho tiempo perdido como todos nosotros, una cifra de los laberintos ciegos, mi pariente, mi hermano y mi amigo, el niño perdido, se había marchado para siempre y no regresaría nunca jamás».

Thomas Clayton Wolfe (Asheville, Carolina del Norte, 1900 – Baltimore, Maryland, 1938) fue el octavo hijo de W.O. Wolfe, tallador de piedra, y Julia Westhall; a los seis años su madre se trasladó con él a otra vivienda que convirtió en casa de huéspedes, y el padre con el resto de hermanos siguió viviendo en la casa natal. Hizo sus estudios en la universidad de Carolina, y más tarde en Harvard. En el verano de 1925, viajó a Europa y comenzó a escribir su primera novela, Look Homeward, Angel (traducida en España como El ángel que nos mira), que se publicó en 1929. Más tarde dio clases de dramaturgia en Nueva York y siguió produciendo extensas novelas autobiográficas, además de otras piezas cortas. Desgraciadamente, la temprana muerte truncó una carrera literaria que se auguraba esplendorosa.




Ariodante


26/4/13

EL FUEGUINO DEL BEAGLE


JEMMY BUTTON
Rufino Fernández
Evohé Ediciones, 2013

¿Qué es la civilización? ¿Sería preferible la vida natural y primitiva, como preconizaba Rousseau? ¿O necesariamente los humanos estamos abocados a progresar adecuadamente?  Tenemos en nuestras manos una historia que nos lleva a reflexionar sobre estas ideas. No, no se trata de un texto filosófico. Ni siquiera es una novela propiamente, aunque el texto está novelado y dramatizado. El autor, haciendo un esfuerzo de imaginación a la vez que documentándose intensamente, ha querido escribir las presuntas memorias de un indígena fueguino, que tuvo la suerte -o la desgracia- de ser “elegido”, junto con otros tres indígenas, contra su voluntad (o más bien, a pesar de su voluntad), para ser llevado a la civilizada Inglaterra de principios del siglo XIX.

La goleta británica Beagle, comandada por el capitán Fitz-Roy (que después volvería a navegar con un pasajero famoso, un tal Darwin…) en su viaje exploratorio por la Tierra de Fuego y la Magallania, captura a un grupo de jóvenes fueguinos, como represalia por el robo de una ballenera; y de ahí surge la idea de llevarlos a Inglaterra, enseñarles idioma y costumbres y devolverlos, “culturizados”, a su país natal, para ayudar a los misioneros que intentan civilizar indios en tan alejadas tierras australes. Uno de estos pasajeros excepcionales es Jemmy Button, cuyo nombre originario era Orundellico, pero que es rebautizado como de tal nombre porque su llegada a la Beagle se produce por medio de un intercambio: el capitán ofrece un brillante botón nacarado a cambio del chaval. Y los demás fueguinos van recibiendo nombres según el modo en el que llegan al barco: Fuegia Basket, York Minster y Boat Memory.



Pues bien, Rufino Fernández se introduce bajo la piel del fueguino y trata de mirar el mundo con sus ojos. Tarea harto difícil y poco menos que imposible en su totalidad. Desde una mente contemporánea no podemos saber qué pensaba un indígena, ni siquiera si su sistema racional se asemejaba al nuestro, probablemente no. Pero al menos, lo intenta y consigue bastante verosimilitud. Se trata del relato, a modo de recuerdo, que este fueguino hace a su retorno de la metrópoli, años después, una vez de nuevo en su país natal.
Tras haber aprendido rudimentos del idioma y costumbres británicas, asistiendo además a una escuela en Inglaterra (donde los fueguinos son inmediatamente detestados y marginados por el resto de niños) y presentado al rey Guillermo y la reina Adelaida,  Jemmy Button es una especie de híbrido. De comer carne de foca e incluso carne humana, pasa a tomar el té con sándwiches de pepino, tostadas con mantequilla y bacon para desayunar. De ir apenas semidesnudo y cubriéndose con pieles de guanaco, a llevar guantes, zapatos con hebilla, corbatín y ropas cuidadas.

Jemmy Button va, pues, recordando su infancia y adolescencia, sus ancestrales costumbres y creencias, cómo fue cambiado por un botón y llevado al barco, la vida a bordo, la vida en la metrópoli, y las relaciones con los otros fueguinos, sobre todo con la única mujer, Fueguia Basket, y con York Minster, mucho mayor que él, con quien mantiene una constante enemistad. Es inevitable la comparación de mundos, de miradas y de costumbres. De algún modo Rufino Fernández usa este tema para resaltar la ingenuidad del “buen salvaje” frente al retorcimiento civilizatorio, a la maldad o a las brutalidades que también conlleva la civilización. A mi modo de ver es imposible la comparación, pero sí es literariamente interesante presentar esa mirada ingenua. Y el estilo entrecortado usado, la simplicidad de descripciones, que se amplían cuando hablan de la naturaleza o los animales, pero que se quedan cortas con las personas, que al fueguino le resultan incomprensibles, todo ello conforma un clima de primitivismo.

La vida en espacios cerrados, las costumbres, las relaciones humanas, resultan incomprensibles para Jemmy, y una vez retorna a su tierra natal resurge su naturaleza salvaje como un ave fénix. Toda la historia que se nos cuenta, salvo algunos detalles obvios, está basada en las anotaciones tanto de los diarios del capitán Fitz-Roy como en el libro del propio Darwin, Viaje de un naturalista alrededor del mundo, donde dedica un largo capítulo a Tierra de Fuego y los fueguinos llevados a Inglaterra, en especial a Jemmy Button, quien parece haberle resultado muy buen compañero de viaje. En su libro, Darwin hace este comentario: «Aunque hayan pasado solo tres años con hombres civilizados, no dudo de que nuestros tres fueguinos hubieran sido mucho más felices conservando nuestras costumbres, pero no era posible. Hasta temo mucho que su visita a Europa les haya sido perjudicial.» Probablemente ocurriría así.


Con una cuidada edición que incluye mapas, fotos y grabados y una magnífica portada, en la que se encuentran simbolizados tanto la vida salvaje como la ciudadana y la náutica, la Editorial Evohé nos presenta esta novedad, que seguramente interesará a los amantes del género aventuras como a los de la literatura en general.

Ariodante

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